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Me siento partícula, sólo eso
Sindicación
 
Ron con guindas

En estos días me estoy acordando de Devorah. Debe ser que el otoño se deja caer con placer, como Devorah cuando ladeaba la cabeza al servir una copa. El ron derretía el hielo y Devorah sencillamente lo derretía todo. Su voz tranquila, pausada, sugería siempre un lugar que no era ése. El bar era un oasis en su boca, y ella lo administraba con auténtica paciencia.

Devorah era (y es) muy alta. A veces se ponía un vestido que dejaba su espalda libre y desértica, sin más tejido que su propia piel, y un asomo de curvatura que anunciaba su culo, firme, rotundo. Entonces Devorah se daba la vuelta y era un espectáculo. La larga melena acatando con total armonía sus ciento ochenta grados de giro. Los ojos debatiéndose entre todas las tonalidades posibles del verde, según incidiera la luz, el momento. La prolongación de sus labios de sonrisa. Y ese lunar en cuyo centro no podías detenerte si no querías acabar presa de una locura repentina, y en cuyos alrededores podías estar horas y horas simplemente embelesada con su absoluta y contundente redondez, su color tostado, su textura de miel. Daban ganas de bebérselo de un trago, para ver si en verdad la dulzura era eso precisamente.

Devorah tenía (y tiene) los pechos pequeños y temblorosos, como si estuvieran hechos de crema o de nata, y no los sujetaba con nada, de manera que cuando caminaba de un lado a otro de la barra, esos petit choux que Devorah lucía, vibraban levemente a cada paso, y era imposible no fijarse en ellos ni en la guinda que los coronaba, dulce y apetitosa. A veces imaginé la guinda entre mis dedos, con tanto realismo que acabé chupando el almíbar de mis yemas, sin que Devorah me viera.

Una noche de invierno, como otras tantas noches de ese mismo invierno, estuve en ese bar tomando unas copas. La música sonaba en directo gracias a un grupo local que había hecho de ese lugar su segunda casa, y cada sábado montaban el mismo numerito teatrero-musical. Yo asistí en varias ocasiones porque andaba de lío con el bajista, pero últimamente solía quedarme en la barra, un poco harta del espectáculo. Así fue como llegué a conocer a Devorah. A mí me gustaba hacerle hablar porque era un deleite apreciar sus gestos, sus parpadeos, sus muecas, esa manera suya de mirar… Esa noche hacía un frío de mil demonios, pero Devorah llevaba puesto ese vestido de vértigo que hacía que te precipitases sin miedo al vacío de su espalda. Yo la miraba mientras ella servía copas. De repente se acercó y me preguntó si me apetecía probar algo muy dulce. A mí se me atropellaron todas las ideas y sólo me venían a la cabeza guindas rojas bañadas en brillante almíbar. Noté el rubor en mis mejillas y también noté que estaba tardando mucho en contestar, así que dije sí casi con prisa, temiendo agotar mi tiempo imaginario de respuesta. Asintió, sonrió y desapareció de la barra, haciéndome el gesto de que esperara. Mientras tanto, el espectáculo había ido terminando, la gente hablaba fuerte y los músicos recogían sus trastos. Mi bajista venía hacia mí con su bajo y su sonrisa a cuestas; y detrás de él, el resto del grupo. En un momento me vi rodeada por todos ellos, y todavía excitados por el fin de fiesta, buscaban a Devorah para que les sirviera unas cervezas. Pero yo lo que quería era que desaparecieran todos de repente, porque Devorah iba a volver de un momento a otro trayendo sus deliciosas guindas expresamente para mí, y temía que eso no llegara a ocurrir si ella veía que yo ya no estaba sola. La vi asomar por la puerta del fondo, pero igual que la vi la dejé de ver, porque me miró un instante y volvió a entrar por donde había salido, para volver a aparecer al cabo de unos segundos. Se encaminó hacia la barra, se dirigió a los chicos y les sirvió lo que quisieron. Cuando acabó, se me acercó y me dio un sobrecillo de azúcar. Al primer instante no supe cómo reaccionar y me quedé mirándola aturdida; ésa no era la dulzura que yo había imaginado que me entregaría. Ella insistió en el sobre haciéndome un gesto y entonces reparé en que había algo escrito en él: “Materia prima”, y debajo figuraba su número de teléfono al lado de su firma: “Petit choux”.

Recuerdo que el tiempo que transcurrió hasta que los músicos y yo abandonamos el bar supuso un único instante para mí. Era el tiempo de adelantarme a Devorah e imaginarla entre mis manos, como si fuera crema o nata, como si toda ella estuviera bañada en azúcar o almíbar, adornada con guindas rojas, y yo estuviera a punto de devorarla.

Cuando salíamos del bar, un último vistazo al interior me descubrió, en el espejo de la barra, el reflejo de una chica que se chupaba la yema de los dedos secretamente…


 
Ese rumor


Amor,
silencio de hojas.
No hay tacto desconocido
ni labios que no te sientan.
Lo demás es artificio,
juego de malabares,
pájaros,
secuestro de mariposas.

No existe lo contrario.
Rumores.
Hay alfileres y conciencias,
travesuras que se juntan,
y al final la captura de tu curva,
en las conchas de las caracolas.

Amor,
siempre,
primero amor,
y después que llueva