Cambio de nombres
La soledad no se llama soledad, se llama desierto en tus manos; y cada vez que las agitas o gesticulas, incluso cada vez que acaricias con ellas, un puñado de arena se derrama hacia el mismo lado, donde estoy yo aguardando mi porción de duna. ¿Qué otra cosa puedo esperar? Si quieres dímelo tú, pero no hagas como aquella vez que intentaste hablar y se te llenó la boca de pájaros y de hojas, y al final parecía que estabas a punto de escupir, o de desangrarte. No tiene por qué haber tanto dolor en los gestos. El dolor no se llama dolor, se llama conjetura. Y deberíamos estar acostumbrados a especular con él. Sin embargo, cada vez que dibujo una mueca, tengo que omitir algún trazo para que la asumas, y entonces ya ni siquiera se llama conjetura, se llama exactamente lo que tú quieras, olvidando que, al fin y al cabo, la mueca es mía. Y aquí llegamos a tu palabra favorita. El olvido no se llama olvido, se llama niebla en tus ojos. Supongo que al trasluz de esa cortina es más fácil abordar mi geometría, pero eso no me hará desaparecer. Entre las cosas que olvidas, olvidas que soy grande, a pesar de que ése es un concepto que tengo que robarle a mi memoria todos los días.





