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Acerca de
Me siento partícula, sólo eso
Sindicación
 
Cuando equis tiende a infinito
Hubo una larga pausa cuando ella dejó de hablar. Él estaba sufriendo una pequeña reacción en cadena a raíz de sus palabras, actos reflejos que lo delataban. Los músculos de su cara eran más numerosos, ahora que se podían contar. Aprovechándose de ello, la ignorancia vino a propinarle una bofetada varias veces en el transcurso de unos minutos, y todas las veces él respondió de la misma manera, con un leve arqueamiento de sus cejas. Los ojos habían dejado de brillarle hacía rato.

Ella escaló por su perfil cuando él se lo ofreció. Creyó ver un animal en el camino, y se detuvo a esperarlo en la puerta de la boca. El animal no tardó mucho en llegar, ella lo vio llegar de frente:

-¿Pero esta historia es real? Quiero decir, ¿es verdad todo lo que me has contado?

Ella no respondió, esta fauna ya le era conocida. Prefirió dejarle una recompensa en el ángulo muerto de su mirada. ¿La encontraría alguna vez? Tuvo que mentirse para creerlo y seguir explorando.

Ahora que lo tenía de frente, nada le impedía volver a jugar con sus pecas, lanzándolas a un lado y a otro de la escasa anatomía de su nariz. Las pecas volvían a reunirse aquí y allá en sucesión magnética, como provistas de un imán. A ella le divertía hacerlas rebotar de vez en cuando, obligándolas a chocar entre sí. También le gustaba dotarlas de ciertas capacidades. Así fue como un día, el rostro de él recibió la visita inesperada de un banco de diminutos peces-peca, que se movían todos a la vez, convencidos de alguna respuesta unánime.

Ajeno al juego que estaba teniendo lugar delante de sus narices –nunca mejor dicho-, él seguía lanzando flechas de agua al infinito. Una atravesó la barrera límbica y logró llegar hasta ella, que la esperaba con una diana quince veces mayor que la flecha:

-Tienes una extraña manera de decir las cosas –dijo la punta de la flecha.

Y ella, toda cínica, respondió:

-Es que hace mucho que no me relaciono con la perspectiva.

Y dicho esto, se levantó, se secó, recogió su diana y se fue.

Un pequeño grupo de peces-peca salió nadando detrás de ella, como viento que agita el agua.

 
Parecidos con la realidad


El día que te conocí olvidé memorizar tu nombre.

Si lo hubiera hecho, ahora tendrían denominación esos enormes ojos que me observan desde cualquier parte. Dos abismos donde todo tiene entrada y nada tiene cabida.

Tal vez sean los mismos ojos que te observan a ti, mujer de palabra equivocada que te empeñas en usar como título de tu vida, o a ti, hombrecillo sin norte que te transformas en mueca cada vez que oyes tres solemnes toques en tu puerta, y como no sabes qué hacer, corres a tu rincón a gimotear y a arrugarte como un recién nacido ignorando esos tres latidos, como si correspondiera a otro la tarea de cortar tu adulto cordón umbilical. Tal vez se trate de los mismos ojos que un día te sirven como razones para seguir dudando y al día siguiente para seguir caminando, aunque sólo sea para huir…

Pero no he venido hasta aquí para infectarte de razones, mujer, hombrecillo, sino todo lo contrario, he venido a hacer pública nuestra locura anónima.