Punto débil
Puede no parecer verdad, pero hacía mucho tiempo que no me sentaba aquí, en mi escritorio, en mi casa, a escribir.
Mi casa. Mi pequeña burbuja doméstica.
Puede no parecer verdad, pero mi casa es menos mía cuanto más mía es. En las paredes se abren grietas que sólo yo veo. Y los escenarios cambian (no quiero acordarme de eso ahora, pero es verdad que los escenarios cambian).
Tengo mi casa llena de plantas. Unas me las fumo y otras no (habrá quien piense que por eso digo que los escenarios cambian, pero insisto, los escenarios cambian aunque yo no fume nada). Las plantas que no me fumo son como pájaros anidando en los rincones. Puede no parecer verdad, pero hacen ruido de colores. De las plantas que me fumo no hablaré, prefiero fumármelas.
Mis plantas. Mis pequeñas burbujas vegetales.
Esta mañana mi casa amanecía siendo refugio. A lo largo de la noche, se habían ido amontonando, en un rincón de mi habitación, todas las píldoras nocivas. Encima de la cama, dos animales exhaustos dormían intercambiando sueños y espirales, un extraño beso-mano reposaba en mi cadera y se perdía después hacia mi púbico remanso de paz. La mezcla imposible y la perfecta simbiosis sólo tienen lugar en mi cama, pensé.
Mi cama. Mi pequeña burbuja animal.
Puede no parecer verdad, pero debajo de la cama no existe nada. Sin embargo, un poco más abajo, rota la burbuja, se adivina una ciudad sin ánimo vistiéndose de lunes. Mi casa tiene que flotar por encima de ella. A cambio, la ciudad se muestra lunes sólo una vez a la semana.
Mi casa. Mi pequeña burbuja doméstica.
Puede no parecer verdad, pero mi casa es menos mía cuanto más mía es. En las paredes se abren grietas que sólo yo veo. Y los escenarios cambian (no quiero acordarme de eso ahora, pero es verdad que los escenarios cambian).
Tengo mi casa llena de plantas. Unas me las fumo y otras no (habrá quien piense que por eso digo que los escenarios cambian, pero insisto, los escenarios cambian aunque yo no fume nada). Las plantas que no me fumo son como pájaros anidando en los rincones. Puede no parecer verdad, pero hacen ruido de colores. De las plantas que me fumo no hablaré, prefiero fumármelas.
Mis plantas. Mis pequeñas burbujas vegetales.
Esta mañana mi casa amanecía siendo refugio. A lo largo de la noche, se habían ido amontonando, en un rincón de mi habitación, todas las píldoras nocivas. Encima de la cama, dos animales exhaustos dormían intercambiando sueños y espirales, un extraño beso-mano reposaba en mi cadera y se perdía después hacia mi púbico remanso de paz. La mezcla imposible y la perfecta simbiosis sólo tienen lugar en mi cama, pensé.
Mi cama. Mi pequeña burbuja animal.
Puede no parecer verdad, pero debajo de la cama no existe nada. Sin embargo, un poco más abajo, rota la burbuja, se adivina una ciudad sin ánimo vistiéndose de lunes. Mi casa tiene que flotar por encima de ella. A cambio, la ciudad se muestra lunes sólo una vez a la semana.
Toda una vida

Si quieres te vuelvo a contar aquella historia del garbanzo que quería ser cocido en una taza de té…
No, no es necesario. Creo que ya soy lo suficientemente garbanzo.
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