Vuelo de cometas
Aquel exceso parecía que no iba a acabar nunca. El límite no estaba al terminar el día, el mes o el año. Tampoco importaba el clima ni el cambio de estación: el cabello nos seguía creciendo con la misma desmesura tanto en invierno como en verano.
Era peor si llovía porque el pelo se adhería a la piel como una sábana sudada y se enredaba entre las piernas al caminar, como lenguas ávidas. Parar en un café y sentarse en esta situación era un calvario, primero había que desenganchar las lenguas de pelo de sus amarres, y después retirar todo el conjunto de cabellos hacia un lado y dejarlos reposando en el suelo, sobre su propio charco. Al llegar a casa, teníamos que volver a mojarlos para eliminar el barro, y luego secarlos cuidadosamente antes de ir a dormir; acostarse con el cabello mojado es como encerrarse voluntariamente en un nicho de agua, y eso no se entiende siendo de tierra, como nosotros. A nosotros nos gusta morir sobre la tierra, da igual una montaña que un campo de labranza, pero lo importante es que haya tierra que nos envuelva.
Disfrutar del sol a la intemperie tampoco nos gustaba, porque cuando lo hacíamos dejábamos de hablar. La causante de esto era la temperatura cercana al infierno que alcanzaba toda esa ingente masa capilar, sobre todo en el norte de la cabeza, y entonces las ideas y pensamientos empezaban a hervir y a consumirse lentamente, sentenciándonos al silencio. Miles de iniciativas se evaporaban sin más, despreciando el valor de tanto tiempo invertido en idearlas; cientos de perspectivas se escapaban de nuestro banco de observaciones cotidianas sin que pudiéramos hacer nada por comentarlas; y lo peor de este episodio de borrachera solar era saber que estábamos perdiendo parte del subconsciente, no veíamos exactamente qué cuestión se perdía, puesto que en cualquier caso era subliminal, pero sabíamos que estábamos aniquilando para siempre quizás un aspecto de la infancia, un capítulo subterráneo de la adolescencia, una cicatriz adulta o tal vez una palabra clave que servía de enlace entre el aspecto, los capítulos y las cicatrices, ya nunca lo sabremos. Así que en los días de sol, intentábamos solucionar el problema con sombreros. Él con su gorrito de tela y yo con mi pamela de paja. Digo intentábamos porque a veces era imposible que tanto volumen capilar acabara entrando en continente tan breve.
El viento, en cambio, tenía sus ventajas. Por supuesto que cuando soplaba de espaldas era una tortura para los cinco sentidos, ya que el cabello se volcaba sobre el rostro negándonos la visión de las cosas, dificultando la respiración, silenciando la boca, abrochando los oídos y atrofiando el tacto a base de latigazos inesperados. Pero ¿y cuando soplaba de frente? Mmmm… Oh, amigos, cuando soplaba de frente era un placer que sólo puedo perfilar aquí escuetamente, porque para sentirlo en plenitud hay que experimentar lo que significa poseer una estela de metros y metros de finos cabellos danzando etéreamente en el aire mientras caminas, sentir los dedos de viento durante largo rato desde la raíz a las puntas, escuchar el rumor que provocan los mechones chocando entre sí. Esos días de viento de frente, yo caminaba a bastante distancia por delante de él –había que hacerlo así si no queríamos lastimarnos entre nosotros- y lo hacía deprisa, cuanto más deprisa caminaba mejor se apreciaba el milagro que el aire obraba en nuestro cabello, ese asombroso milagro de los mechones-cometa…
Hoy no hace sol, amenaza lluvia y el viento sopla en todas direcciones. Como todavía no tenemos controlada esta situación de climatología múltiple, hemos decidido quedarnos en casa con el pelo recogido.
Era peor si llovía porque el pelo se adhería a la piel como una sábana sudada y se enredaba entre las piernas al caminar, como lenguas ávidas. Parar en un café y sentarse en esta situación era un calvario, primero había que desenganchar las lenguas de pelo de sus amarres, y después retirar todo el conjunto de cabellos hacia un lado y dejarlos reposando en el suelo, sobre su propio charco. Al llegar a casa, teníamos que volver a mojarlos para eliminar el barro, y luego secarlos cuidadosamente antes de ir a dormir; acostarse con el cabello mojado es como encerrarse voluntariamente en un nicho de agua, y eso no se entiende siendo de tierra, como nosotros. A nosotros nos gusta morir sobre la tierra, da igual una montaña que un campo de labranza, pero lo importante es que haya tierra que nos envuelva.
Disfrutar del sol a la intemperie tampoco nos gustaba, porque cuando lo hacíamos dejábamos de hablar. La causante de esto era la temperatura cercana al infierno que alcanzaba toda esa ingente masa capilar, sobre todo en el norte de la cabeza, y entonces las ideas y pensamientos empezaban a hervir y a consumirse lentamente, sentenciándonos al silencio. Miles de iniciativas se evaporaban sin más, despreciando el valor de tanto tiempo invertido en idearlas; cientos de perspectivas se escapaban de nuestro banco de observaciones cotidianas sin que pudiéramos hacer nada por comentarlas; y lo peor de este episodio de borrachera solar era saber que estábamos perdiendo parte del subconsciente, no veíamos exactamente qué cuestión se perdía, puesto que en cualquier caso era subliminal, pero sabíamos que estábamos aniquilando para siempre quizás un aspecto de la infancia, un capítulo subterráneo de la adolescencia, una cicatriz adulta o tal vez una palabra clave que servía de enlace entre el aspecto, los capítulos y las cicatrices, ya nunca lo sabremos. Así que en los días de sol, intentábamos solucionar el problema con sombreros. Él con su gorrito de tela y yo con mi pamela de paja. Digo intentábamos porque a veces era imposible que tanto volumen capilar acabara entrando en continente tan breve.
El viento, en cambio, tenía sus ventajas. Por supuesto que cuando soplaba de espaldas era una tortura para los cinco sentidos, ya que el cabello se volcaba sobre el rostro negándonos la visión de las cosas, dificultando la respiración, silenciando la boca, abrochando los oídos y atrofiando el tacto a base de latigazos inesperados. Pero ¿y cuando soplaba de frente? Mmmm… Oh, amigos, cuando soplaba de frente era un placer que sólo puedo perfilar aquí escuetamente, porque para sentirlo en plenitud hay que experimentar lo que significa poseer una estela de metros y metros de finos cabellos danzando etéreamente en el aire mientras caminas, sentir los dedos de viento durante largo rato desde la raíz a las puntas, escuchar el rumor que provocan los mechones chocando entre sí. Esos días de viento de frente, yo caminaba a bastante distancia por delante de él –había que hacerlo así si no queríamos lastimarnos entre nosotros- y lo hacía deprisa, cuanto más deprisa caminaba mejor se apreciaba el milagro que el aire obraba en nuestro cabello, ese asombroso milagro de los mechones-cometa…
Hoy no hace sol, amenaza lluvia y el viento sopla en todas direcciones. Como todavía no tenemos controlada esta situación de climatología múltiple, hemos decidido quedarnos en casa con el pelo recogido.