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Acerca de
Me siento partícula, sólo eso
Sindicación
 
Los animales felices
De pronto siento que el mundo me acosa por todas partes, que la vida es un jeroglífico que no sé resolver, que voy ensamblando días y noches anárquicamente, que aquello que construyo un lunes, se encuentra en estado de ruina el martes, y así sucesivamente.

Me miro las manos y veo los callos que la esperanza ha ido formando en mis nudillos. Viéndolas así, pienso que es imposible que vuelvan a sentir dolor alguno, pero una vez más me equivoco, como suelo errar siempre con todos los pequeños animales felices que se me ocurre cobijar en ellas. Animales que viven en mis manos-madriguera durante un tiempo, saltando de la línea del amor a la de la fortuna, todo ello sin salir de la línea de la vida.

Conejillos, ratones, pequeños insectos… Cualquier animal de cuerpo insignificante y ojos grandes y benévolos, cuyas mordeduras puedan interpretarse de otra manera. Tactos suaves, cosquillas, pequeñas humedades. Los animales que se establecen por un tiempo en los límites de mis manos viven felices mientras haya una porción mínima de piel virgen que recorrer. Entretanto se alimentan de todo cuanto yo les llevo: tiernos brotes de felicidad, semillas de amor, frutas maduras de la pasión, largas espigas granadas de sueños y esperanza… Y engordan. Y con ellos engordan sus sonrisas de animal pequeño hasta convertirse en grandes carcajadas que comparten conmigo. Hasta que un mal día dejan de comer y de moverse, y sus sonrisas se evaporan como gotas de sudor, dejando árida la piel. Entonces cierro los ojos –que no las manos- deseando volver a encontrármelos felices, pero cuando miro de nuevo sucede lo peor: los animales se han ido, mis manos están desiertas. Es cuando la esperanza se arremolina en torno a los nudillos y se endurece bajo capas y capas de piel. Y ya no la vuelvo a ver en mucho tiempo.
 
¿Conversación o sin versación?
Él eludía mirarla mientras ella le hablaba, prefería encaminar sus ojos hacia cualquier otro rincón. Hasta los botones nacarados de su camisa parecían desear otros orificios a los que asomarse que no fueran los ojales, y a punto de desabrocharse desesperadamente, eran lo más parecido a un futuro regimiento de estrellas fugaces en ese cielo textil a medida.

Ella tenía la boca llena de mensajes y era fácil que las palabras rebasaran los límites labiales sin apenas esfuerzo. Algunas vocales se quedaban dudando largo rato, del paladar a la lengua y de la lengua al paladar, iniciando un centrifugado lento, sonoro y abierto, que no parecía acabar nunca. Sin embargo, otros fonemas más angulosos salían disparados con fuerza en todas direcciones, dejando el suelo y las paredes salpicados de consonantes nasales, palatales, fricativas…

En medio de este caos alfabético escupido, una ese solitaria quedó anclada en la comisura de sus labios, y mientras ella seguía masticando con la boca abierta otras consonantes, la ese desafiaba a la gravedad y no perdía el equilibrio, permanecía en ese húmedo vértice tan sólo movida por el propio vaivén mandibular, agitando su sinuoso trazo a modo de bandera.

La ese estaba sola, era un signo, era simple y a veces sublime, decía , decía soledad, decía siempre, quería sexo, hablaba suave pero era salvaje, recordaba silencios, añoraba sabores, silbaba, dibujaba siluetas, realizaba sacrificios, guardaba secretos, en ocasiones sangraba y hasta soportaba suicidios… Irremediablemente, él se detuvo en la ese que salía de esa boca. Significaba el fin de la verborrea. Era su salvavidas, el salvoconducto a la abstracción, el soporte de su indiferencia. Sacó la mano de su bolsillo y la señaló con un dedo; ella silenció su boca en medio de la sorpresa, la ese detuvo su vaivén, él situó su mano abierta justo por debajo del mentón de ella, la ese saltó, él la sostuvo en la palma de la mano tres segundos, sonrió, y después sopló.

Fin de la sátira.


 
Despertar


Te has empeñado en ser río. Y yo, que te prefiero mar, escribo en tus orillas para abrirte, para que te salgan brazos y piernas de sal, para que la arena llegue a tu lecho y el musgo de tus piedras sea bosque de algas y su movimiento música de caracolas.

Esto mismo te dije el último día que te bebí, aquella tarde de desorden en los minutos en la que los pájaros no guardaban turno para piar, sino que todo eran trinos desquiciados y picos, y aleteos ruidosos, y pisadas minúsculas a nuestro alrededor. Sin embargo, esa tarde de alianza con la anarquía, me puse tu anillo y tu corona para ver qué se sentía siendo círculo concéntrico, ombligo del mundo. Y después de eso, ya nunca pude mirarte igual porque conocí tu distancia. Realmente entonces supe que tu distancia era esa sábana que extendías entre el colchón de mis besos y tu cuerpo caliente, ese tejido que crujía y se resquebrajaba sin llegar a envolverte; o esa porción de tiempo –sí, de tiempo- que moría de aburrimiento entre todos tus minutos vanidosos. Tu distancia no eran unidades métricas, era un elemento interpuesto entre la señal de mi dedo índice, cuando te apuntaba, y la primera de tus aristas. Luego, cuando te devolví tu disfraz de rey y tu trono, supe que había dejado atrás tu distancia, pero no por haberla acortado, sino por haber alimentado la mía con todos los minutos que llevaban mi nombre y que nunca empleaste.

Esta noche me voy a sentir lejos de ti, como llevo haciéndolo mucho tiempo, con la diferencia de que esta noche lo haré voluntariamente y desde mi distancia.