Perífrasis asesinas y otras baladas

Se supone que tengo que…
Alguien dice que lo que procede es…
Eso que dices no se debe…
Lo normal es que yo…
Todo el mundo dice que…
Lo que hay que hacer es…
Lo que no puede ser es que…
Debo pensar que…
Qué complicado es el verbo cuando quiere imponerse.
Y encima va y se conjuga solo.
Dos en la hoguera
Dos días antes de la primavera, he consumido mis últimos temblores invernales sobre tus caderas. Desde esa atalaya, más cerca del cielo que de la tierra, veía arder la hoguera en un rincón; sus dedos, libres de humo como los nuestros, se soltaban una y otra vez de los troncos trenzándose entre sí y haciendo ligeras acrobacias. Tú también te movías dentro de mis pupilas como si fueras dedos de fuego en el espejo libre de mis ojos y, a veces, cuando me volteabas, eras las palmas de las manos ardiendo en libertad alrededor de mi cintura. ¿Qué importa si llovía fuera?, ¿qué importancia hubiera tenido que todos los ríos se desbordasen y alcanzaran la puerta de nuestro refugio, si el agua de mis muslos era igual de rebosante y existía porque tú te la bebías?
El último abrazo desprendió de tus labios su sustancia de beso, y la enjugué con los míos en un arrebato de glotonería, en mi urgencia de saber realmente cómo eres, qué esencia te viste por dentro. Tú me mirabas ofreciendo los eslabones de tu boca y yo encadené mis rubores a tus pequeñas elipses sonoras. Mis rubores y los fulgores de mi alma. Fue un ejercicio sumiso, una ofrenda, ¿te diste cuenta? Todo era arder, atarse al fuego. Era querer bailar en la hoguera, por y para la hoguera, como esos dedos libres de humo que lanzan sus chasquidos al aire…
El último abrazo desprendió de tus labios su sustancia de beso, y la enjugué con los míos en un arrebato de glotonería, en mi urgencia de saber realmente cómo eres, qué esencia te viste por dentro. Tú me mirabas ofreciendo los eslabones de tu boca y yo encadené mis rubores a tus pequeñas elipses sonoras. Mis rubores y los fulgores de mi alma. Fue un ejercicio sumiso, una ofrenda, ¿te diste cuenta? Todo era arder, atarse al fuego. Era querer bailar en la hoguera, por y para la hoguera, como esos dedos libres de humo que lanzan sus chasquidos al aire…
Ssshhhh
Callo, callo, callo… Porque a veces es mejor callar que hablar flojito. Porque el silencio es elástico si lo fuerzo. Y porque si me prolongo en silencio, sólo hago ruido con las manos. Y el ruido de manos es llevadero por subjetivo.
Callo.
Mejor callo.
No pienso en el sonido de un beso, por ejemplo. Llevo mi dedo corazón al borde de mis labios y lo aprieto como si el dedo me besara. Y no hace ruido. Pero el beso se produce igual porque yo me lo callo. Y después de retirar el dedo, hay una huella en la puerta de mi boca. Y eso quiere decir que efectivamente el beso pasó por allí y se detuvo a dejar su impronta.
También siento el ruido de manos ajenas como un silencio relativo. Como si alguien soltara palomas cerca de mí. Es un silencio que no se quiebra. Se mantiene en el aire. Elástico.





