De lunas y lunares

Antes era su color lo que se establecía en los alrededores de mi ombligo, y el vientre me brillaba, liso y lechoso, mientras incubaba su reflejo. Se oían latidos dentro de otros latidos, que estaban dentro de otros latidos, que estaban dentro de otros, que a su vez estaban… En aquel tiempo nos buscábamos, yo le hacía un hueco en mi costado para verla madrugar sobre mí, y esas noches eran de verdad diferentes, sin límites, no por lo indefinido de la oscuridad, sino por la larga cola de plumas que ella siempre traía; cada pluma un vuelo prometido, cada promesa una nueva remesa de cosquillas, una risa esparciéndose en porciones de sonrisa, como una burbuja que estalla y salpica, y cada porción un despunte de su brillo en mis pupilas, un latido universal, un círculo que nunca cerrábamos, crecía y crecía, se ampliaba como su contorno, como el fondo de sus ojos, y yo no tenía que fijar mi conciencia en ningún otro punto del universo para sentir su bendita pausa, ni derrocharme en espacios yermos de colores, donde curiosamente crece algo hacia adentro después de atravesarlos, una mala hierba quizás; sólo tenía que abrir mi ventana para que ella me abriera su esfera y, una vez dentro, el azar y la anarquía de matices provocaban la infinita y valiosa mezcla…
Hoy, en cambio, tengo que hacer un esfuerzo -que nunca será el último porque no confío en la jerarquía de los sucesos-, para hacer lo que antes hacía ella con toda facilidad: pintarme los contornos sin dejar de mirarte.
Tic tac...
Palabras tuyas. Un gesto de labios. Apenas una abertura por donde se filtran tus símbolos. Los signos que descienden de tu boca. Los que me dicen qué quieres, qué deseas, con qué urgencia, qué apetencia te acerca a mí, para qué, con qué ilusión, con qué fin, por dónde empezar, el lugar exacto en el que debo trascender, la manera de hacerlo, la forma de ajustarme a tu cadencia, a tu goteo, los matices que puedo incorporar a tu ritmo, la interrupción, la continuidad, nuestro enigma…
Me gustaría hablar de “lo nuestro” pero sin palabras. Me gustaría untarlo como mantequilla en las tostadas de mi desayuno y digerirlo con la misma naturalidad, con ausencia de peso y de movimiento, sin pensarlo, sin crecer quince centímetros cada vez que lo hago, sin que se me mueva un pelo del pubis… pero es imposible. Cada vez que te presiento me convierto en hetaira (que queda mejor), y se me caen las prendas al suelo, las de vestir y las que siempre te entrego. No tendría que haber bebido vino, ni ahora ni el día que te conocí (o sí). Tal vez me hubieras abierto otro pasadizo, y no el que desemboca en tu epicentro, y ahora no estaría caracoleando dentro de tu espiral… Tal vez hubiéramos apurado sumisamente nuestras copas de ricino como hacen tantos otros, sin repetir, sin preguntarnos dónde va a parar la amargura de la vida, o la vida en sí, o los dulces de la vida, o la vida que nos mueve, nos llena o nos vacía como copas… Uf, qué va. Hacemos bien en quedarnos con nuestras respuestas, que sabes que no lo son, que no colman ninguna expectativa, ni tienen rigor en el mercado de rigores, ni funcionalidad en las funciones, ni practicismo en la práctica, ni son ejemplo de nada ni para nadie. Pero a nosotros nos llenan de imprecisión, ese flujo de incógnitas que nos hace desesperar ante los relojes, los horarios y las obligaciones. Qué dulce, te lo he dicho tantas veces, qué dulce es la imprecisión, amor mío, amigo de todos, amante, compañero... Me estás empezando a morder de verdad, por todas partes, de manera imprecisa. Y me gusta a rabiar.
Me gustaría hablar de “lo nuestro” pero sin palabras. Me gustaría untarlo como mantequilla en las tostadas de mi desayuno y digerirlo con la misma naturalidad, con ausencia de peso y de movimiento, sin pensarlo, sin crecer quince centímetros cada vez que lo hago, sin que se me mueva un pelo del pubis… pero es imposible. Cada vez que te presiento me convierto en hetaira (que queda mejor), y se me caen las prendas al suelo, las de vestir y las que siempre te entrego. No tendría que haber bebido vino, ni ahora ni el día que te conocí (o sí). Tal vez me hubieras abierto otro pasadizo, y no el que desemboca en tu epicentro, y ahora no estaría caracoleando dentro de tu espiral… Tal vez hubiéramos apurado sumisamente nuestras copas de ricino como hacen tantos otros, sin repetir, sin preguntarnos dónde va a parar la amargura de la vida, o la vida en sí, o los dulces de la vida, o la vida que nos mueve, nos llena o nos vacía como copas… Uf, qué va. Hacemos bien en quedarnos con nuestras respuestas, que sabes que no lo son, que no colman ninguna expectativa, ni tienen rigor en el mercado de rigores, ni funcionalidad en las funciones, ni practicismo en la práctica, ni son ejemplo de nada ni para nadie. Pero a nosotros nos llenan de imprecisión, ese flujo de incógnitas que nos hace desesperar ante los relojes, los horarios y las obligaciones. Qué dulce, te lo he dicho tantas veces, qué dulce es la imprecisión, amor mío, amigo de todos, amante, compañero... Me estás empezando a morder de verdad, por todas partes, de manera imprecisa. Y me gusta a rabiar.





