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Me siento partícula, sólo eso
Sindicación
 
6,17 h
Vuelvo a casa recogiendo el silencio de las calles. A estas horas es lo único vivo que no duerme.
El silencio.
Y su agotadora pausa.

Y yo.
Que no quiero estar en silencio.
Lo saco del bolso y me lo fumo.
Y después pongo el disco que me regalaste.

No puedo creer lo que estoy oyendo ¡Pero si eres tú otra vez tronando en tu cuarto! Y a mí que me gusta la queja que arrastras de cuerda en cuerda... Y eso que no te entiendo, porque si te entendiera, seguro que desearía ser la nota que no se ajusta, la que tocas una y otra vez hasta que la afinas, la que tiene trascendencia sólo a través de tus dedos, ésa que se rebela después en tu garganta. El alarido. La discordancia. No desearía ser una nota perfectamente geométrica, que surge redonda y sonora, correcta. Desearía ser inesperadamente poliédrica, una corchea octogonal, por ejemplo, algo con lo que no te hubieras tropezado nunca en tu pentagrama...

¿Cómo me tocarías?
Te digo que no soy nada si no me sostienes entre tus dedos.
¿Cómo, pues?
 
Efecto óptico


Dos días.
Y un papel henchido de palabras tres días después.
El papel que llevo en el bolsillo dice que todos los caminos acababan en ti.
Dice que nunca más volveré a coger el atajo de tus ojos.
Y que cuando callaste, me sentí como si hubiera descendido de tu cuerpo...

¿Tanto es lo que subí mientras me hablabas?

Aunque no lo creas, veo un espacio en blanco en el papel...
Dime, preciosa Luz, ¿es blanca la esperanza?


 
A orillas del Norte
Es curioso pero, a veces, asomarse a esta ventana es como cerrarla. Detrás estoy leyendo capítulos o escribiéndolos, ya no lo sé, y es que no se sabe muy bien qué viene primero.

Creemos saberlo todo sobre el agua, pero de vez en cuando sucede que algo diferente se incorpora a la composición del agua. El cantábrico se deshizo y se rehizo la otra noche infinitas veces, por ejemplo, y nadie puso nada en duda, pero algunos lo vimos traer violines a la orilla, violines perseguidos, desquiciados unos, desorientados otros, desesperados todos. No corrían, se agitaban, eran cuerpecitos de madera esperando ser respetados, o ultrajados, porque a veces no se sabe muy bien qué viene primero, por eso los violines tiemblan en cualquier mano. También las manos tiemblan al intentar contenerlos. Y tras los violines otros náufragos de madera a su vez perseguidos, y detrás de todos ellos el estruendo de algo que acababa de romperse para siempre a lo lejos, y luego más violines que llegaban a la orilla, como astillas de ese algo... Yo estaba en la arena y, cuando quise darme cuenta, tenía los ojos cerrados y un cuerpo de madera entre las manos, o quizás una astilla, porque es difícil saber qué viene primero, y esto el cantábrico tampoco me lo desveló, pero sí que hizo temblar mis manos cuando toqué su madera, y eso se lo agradezco infinitamente.