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Acerca de
Me siento partícula, sólo eso
Sindicación
 
El Domingo y La Intuición
Hoy me ha despertado su respiración. Otros días es otra cosa: a lo lejos se oye un estruendo y el eco se magnifica hasta llegar a mi casa reventando ventanas. Hoy no. Hoy ha sido al oírlo respirar. Y me he quedado un rato quieta en la cama, temiendo que en cualquier momento comenzara a rugir como siempre, pero no ha sido así, son las doce y todavía ni se ha movido, así que puedo campar a mis anchas por la casa.

Hace tiempo que no deshago cucharadas de cacao en leche, hoy me permito este mínimo placer infantil tres veces. Toda la casa está fría excepto donde yo duermo, el único rincón que todavía permanece caliente. Ese rincón, y ahora también mis manos alrededor de la taza (aunque siempre tengo algo caliente entre las manos, es un matiz que me acompaña desde que nací.). Me bebo el primer sorbo del domingo con boca de niña. Y con el último trago aparco una sonrisa en la ventana. No veo esos paisajes lánguidos que se esperan: las hojas caducando lacias en los árboles, las fuentes en los parques congelándose, ni el silencio que dejan las aves fuera de sus nidos; el río no se detiene para mí, no veo el círculo que el otoño cierra. A través del cristal, lo que se me ofrece es un tejado espolvoreado de azúcar, abajo nacen las fresas a destiempo, y el cielo incluye mi ventana en su reparto de algodones... Y esto, Amor, tal vez quiere decir que te estoy viendo venir.
 
Vértigo
El vértigo es tu lengua cuando fondea en mi sexo.
Cuando, con tu lengua, me limitas al ámbito de la piel y soy todas las olas de tu boca.
Eres vértigo horadando cavidades, con una flecha entre los dientes y tus manos de labrar mares abriendo el camino.
Me entrego a tu labor vertiginosa: soy una sucesión de vocales abiertas y tú eres el delirio que las alimenta.
Eres
vértigo,
entre todos
los colores,
yo te defino
tiñéndome
de rojo.

 
Introducción
Era tan breve que sólo era la mitad.

Sin embargo servía de paréntesis.

 
De hospitales y mancuspias
"PULSE PARA SUBIR". Y pulso el número 6. Los demás también pulsan sus respectivos botones numerados y empezamos el ascenso. Todos sabemos lo que arriba nos espera, cada uno de nosotros tiene allí un órgano vital, en algunos casos varios, y la angustia por recuperarlos es un animal con mandíbulas de plomo que nos tiene cogidos por los tobillos y nos doblega conforme vamos subiendo. La maquinaria se detiene a cada momento, y se abren las puertas para que entren otros dedos pulsadores que esperan en los descansillos con los bolsillos llenos de polvo y ansiedad. Suben todos ellos con sus pesadas pertenencias, de manera que, cuando por fin llego a la sexta planta, me he convertido en espanto y estoy al borde del colapso. Se abre la puerta y consigo salir de un salto; antes escupo dos bolas de pelo y un conejito blanco... y creo que también algunas mancuspias, no estoy segura.

Avanzo por el pasillo en busca de mi órgano vital; detrás de alguna puerta late dislocado. En el camino, se abren puertas de par en par, y asoman brazos y piernas, y bocas hechas de lamento; el aire se escapa de estas estancias sin que nadie lo vea, como fugitivo silencioso, pero no del todo discreto, como si hubiera podido agrupar todas sus moléculas y fuera hálito en vez de aire, pero sin dejar de ser, conservando cierto movimiento, como sustancia en suspenso. (Como esto, como aquello... otro aullido de mancuspia queriendo ser entendido.)

La puerta que busco late. Palpita porque mi órgano vital, que se encuentra al otro lado, me llama de la única manera que sabe hacerlo, y su pulso es de materia que late, y está conectado al mío hasta que la vida quiera, así que todo lo que está cerca de mi órgano vital late también y me llama. Abro la puerta y atravieso la alambrada de dolor dejándome la piel y el cabello, pero a estas alturas nada me duele más que esos latidos a la espera de ser escuchados. Dentro llueven cenizas, y el aire, que todavía no es hálito indiscreto, se arremolina en torno a mi órgano vital, que flota a punto de caer en cualquier momento. Lo miro, y sólo soy ojos fuera de las órbitas para intentar igualar su mirada. Quiere decirme algo, pero mi nombre apenas es un contorno de letras dibujadas en su boca, y yo le ahorro el esfuerzo gritando el suyo. Con mis dedos trazo una red en el aire y lo atrapo, se lo arrebato al caos. Lo sujeto fuerte hasta que deja de moverse y me presta su voz para que la deje vacía de lamentos, y yo me voy quejando despacio, como si no doliera, hasta que mi órgano vital se duerme tranquilo en mi regazo.
 
Noviembre

Sube la bestia breve
como reptil caleidoscópico,
las treinta escamas de su piel,
su sonrisa leve,
la lluvia de cristales en los ojos
y en la boca su espiral violenta
como futuro temporal de nieve.
Sube con todo.


Sube perezoso,
con pasos infinitos,
con su huella amarilla en el torso
y el placer de detenerse.
Hay flores en su cabeza, las últimas,
y las copas
se vacían
de hojas,
de vida
y de olores.

 
Sigo gritando