Habitación nº 3
Todos los días salgo de la habitación sin que nadie me haya llamado. Compro el periódico, tomo café mientras lo leo, y después busco un lugar lejos del hotel, del periódico y del café, donde volver a sentirme como en la habitación. Cuando vuelvo al hotel, ya en mi habitación de nuevo, repaso los miles de objetos que traigo, las luces que han quedado prendidas en el pelo, la ropa con la que me he presentado al mundo ese día, y tengo la sensación de que vengo de ninguna parte. Esto es así siempre. Pero no sólo me ocurre a mí, al huésped de la habitación nº 2 también le pasa, lo dejó caer un día en que hablábamos del tiempo en el recibidor. Ahora ya no está el huésped, su habitación está vacía, tanto como cuando él la ocupaba. El caso es que, ocupada o no, la habitación nº 2 siempre ha representado un vacío entre la nº 3 y la mía, un hueco donde a veces la nada se prensa, pero no hasta el límite de desaparecer, sino que sobrevive en una pequeña porción, una delgada línea de aire comprimido que se encierra entre paréntesis.
Esas veces en que la nada se prensa, llego a escuchar un rumor al otro lado del paréntesis, en la habitación nº 3, una boca que fuma palabras sin filtro, una mano descorazonando libros, una pluma que se carga de tinta blanca, una voz que a veces habla de mí y otras conmigo. Y yo, que creo que muchas de mis respuestas se quedan en el paréntesis de aire que nos separa, acerco mis latidos a la pared con la esperanza de que, por alguna razón que escapa a la física, no me sean devueltos, o para que me sean devueltos con un ritmo diferente. En el fondo albergo la esperanza de que alguien en la habitación nº 3, su huésped, mi huésped, me oiga y venga personalmente a tocarme el corazón.
Esas veces en que la nada se prensa, llego a escuchar un rumor al otro lado del paréntesis, en la habitación nº 3, una boca que fuma palabras sin filtro, una mano descorazonando libros, una pluma que se carga de tinta blanca, una voz que a veces habla de mí y otras conmigo. Y yo, que creo que muchas de mis respuestas se quedan en el paréntesis de aire que nos separa, acerco mis latidos a la pared con la esperanza de que, por alguna razón que escapa a la física, no me sean devueltos, o para que me sean devueltos con un ritmo diferente. En el fondo albergo la esperanza de que alguien en la habitación nº 3, su huésped, mi huésped, me oiga y venga personalmente a tocarme el corazón.
Juegos con Alicia
Me miras y me enciendes.
Y ahora veo a Alicia en el país de las maravillas jugando al futbolín. Porque Alicia, además de un cascabel entre los senos, tiene ganas de jugar, y se agarra a los mangos del futbolín como a los troncos: toda ella. Ahí están sus piernas, ligeramente separadas mientras juega; las miro de un extremo a otro, desde las esponjitas que son sus pies hasta la madriguera de su conejo... Míralas.
Y veo que tú también las miras.
Y me enciendes.
Y Alicia sigue jugando, y parece estar pidiendo a gritos que le metan un gol, porque desarrolla una sonrisa mientras juega que la prepara para ello y, sobre todo, porque abre la boca; dios, cómo abre la boca... Sus ojos no pierden de vista la bola, como si la bola fuera todo su mundo, todas las maravillas de su país, y su boca todas las maravillas del mío. Y del tuyo.
Queremos a Alicia con sus labios abiertos y su balanceo. Queremos pertenecer al sobresalto de su cuerpo cuando le meten un gol, a los saltitos que mueven sus pechos, al temblor de sus muslos cuando patalea. Queremos asistir a su derrota o que nos gane, que haga lo que quiera, pero que lo haga sobre nosotros.
Alicia es un juego en mis caderas. Y veo que tú lo sabes. Nos miras y juegas. Y a mí me enciendes.
Y a partir de aquí ardo.
Sólo quiero deshacerme en tu boca. Que me bebas caliente y me lleves dentro como una brasa, siempre incandescente.
Y ahora veo a Alicia en el país de las maravillas jugando al futbolín. Porque Alicia, además de un cascabel entre los senos, tiene ganas de jugar, y se agarra a los mangos del futbolín como a los troncos: toda ella. Ahí están sus piernas, ligeramente separadas mientras juega; las miro de un extremo a otro, desde las esponjitas que son sus pies hasta la madriguera de su conejo... Míralas.
Y veo que tú también las miras.
Y me enciendes.
Y Alicia sigue jugando, y parece estar pidiendo a gritos que le metan un gol, porque desarrolla una sonrisa mientras juega que la prepara para ello y, sobre todo, porque abre la boca; dios, cómo abre la boca... Sus ojos no pierden de vista la bola, como si la bola fuera todo su mundo, todas las maravillas de su país, y su boca todas las maravillas del mío. Y del tuyo.
Queremos a Alicia con sus labios abiertos y su balanceo. Queremos pertenecer al sobresalto de su cuerpo cuando le meten un gol, a los saltitos que mueven sus pechos, al temblor de sus muslos cuando patalea. Queremos asistir a su derrota o que nos gane, que haga lo que quiera, pero que lo haga sobre nosotros.
Alicia es un juego en mis caderas. Y veo que tú lo sabes. Nos miras y juegas. Y a mí me enciendes.
Y a partir de aquí ardo.
Sólo quiero deshacerme en tu boca. Que me bebas caliente y me lleves dentro como una brasa, siempre incandescente.
Luces y balizas
Tú,
que, quieras o no, te reproduces
y creces en la gama de rojos,
por ti germinan las amapolas
en la cima estéril de mis mejillas,
y arriba se agrupan las corolas
como surtidores de fuego;
en ellas el fuego es amuleto,
y es prenda,
y es sangre.
Por ti se arrodillan
las luces a la altura de mis ojos,
y son cuerpos celestes diminutos
al lado de tu volumen maestro.
Tú,
que, quieras o no, me entiendes
y unes el dibujo de tus caderas
al impulso devorador entre mis muslos,
por ti mueren en destierro
el resto de las flores lánguidas,
que no son rojas ni tienen fuego;
en ellas el fuego es desierto,
y es caos,
y es yermo.
Pero tú,
que eres lenguaje entre mis manos,
idioma de los cuerpos en movimiento,
y que tengo unidas a mis diptongos
las campanas y palomas de tus versos,
por ti firman alianza dos palabras
que traicionan mi orgullo de acero.
Y en ellas el acero es agua,
y es barro,
y es beso.
Por ti salto y me sumo
al vuelo de gaviotas en tu puerto,
perfil de círculos concéntricos
alrededor de tu volumen perfecto.
Algunas cosas
Hay algo más, lo noto.
Hay algo que traspasa el umbral de este compartimento estanco y me alcanza como una ráfaga de viento fugado de alguna parte. Alguna cosa hay que agita mis velos de incertidumbre; algo de aire es lo que palpita entre las sordas letras y se mueve, cambia de sitio, varía o se transforma, pero siempre sorprende con un sonido que se parece a las caracolas. Hay algo de arena en ese sonido, algo de noche apresurada y de lenguas de espuma.
Hay una flecha que atraviesa una frontera de palabras herméticas y que, contagiada de tinta, completa colecciones de versos en la sombra, y alguien que hace de arquero en la diana de mis pensamientos. Algo se desintegra ante mi atónita mirada, se me escapa, y me lo encuentro luego vagando en otros renglones, y en otro tiempo. Esta cosa, que no sé qué es, me nutre de todo y de nada, me brinda el universo entero y después me lo quita en un arrebato de silencio.
Hay una nota grave para esto en alguna parte. Algo que se desarrolla por cuenta propia. Un temor. Un deseo. Una dependencia. Una correspondencia... ¿o sólo es música de caracolas?
Hay algo que traspasa el umbral de este compartimento estanco y me alcanza como una ráfaga de viento fugado de alguna parte. Alguna cosa hay que agita mis velos de incertidumbre; algo de aire es lo que palpita entre las sordas letras y se mueve, cambia de sitio, varía o se transforma, pero siempre sorprende con un sonido que se parece a las caracolas. Hay algo de arena en ese sonido, algo de noche apresurada y de lenguas de espuma.
Hay una flecha que atraviesa una frontera de palabras herméticas y que, contagiada de tinta, completa colecciones de versos en la sombra, y alguien que hace de arquero en la diana de mis pensamientos. Algo se desintegra ante mi atónita mirada, se me escapa, y me lo encuentro luego vagando en otros renglones, y en otro tiempo. Esta cosa, que no sé qué es, me nutre de todo y de nada, me brinda el universo entero y después me lo quita en un arrebato de silencio.
Hay una nota grave para esto en alguna parte. Algo que se desarrolla por cuenta propia. Un temor. Un deseo. Una dependencia. Una correspondencia... ¿o sólo es música de caracolas?
Nuestro viaje al Planeta Bruma
Sin despedirse de nadie, se dio media vuelta y se fue.Se llevó de nosotros un resumen de nuestras sonrisas y la sal de las lágrimas que estaban por venir.
De él me llevé una tarde entre rosales, en el patio de su casa; tejimos telarañas en nuestras bocas, para atrapar las palabras del otro y devorarlas como pequeñas presas. Y luego la tarde se llenó de humo y de risas, y permanecimos sentados mientras se nos abalanzaban las rosas con su peso pluma y las horas se iban deteniendo a nuestro lado una tras otra, y a nosotros nos daba risa todo. A mí, sobre todo, su traje de hombre-araña...
La noche en que se fue se vinieron abajo todos los meses. En nuestras casas mutilábamos calendarios y, fuera de ellas, sólo éramos una pregunta que se repetía como los minutos: ¿Por qué? Nadie sabía por qué se iba.
Pero él se fue.
Y nosotros fuimos desterrados de la tierra que él pisaba y enviados al planeta Bruma, donde los días pasan tan despacio que nunca hay suficiente oxígeno para tantas horas, y la niebla, además, impide el tránsito de palabras.
Desde entonces, a los que compartíamos con él su lenguaje, se nos han quedado algunos sentimientos en desuso.
De nombre te voy a poner Susie Q
Si me ves bailar, no te pares, ven a decirme algo, no quiero estar sola, por eso bailo
Eso le decía Susie Q a cualquiera que se le quedara mirando.
Y, bailara o no con ella, Susie siempre encontraba la manera de hacer como que no bailaba sola.
Y, lo creas o no, no bailaba sola nunca.
Qué va.
¡Menuda era Susie Q!
¡Jaja!
*Este es mi pequeño homenaje de hoy a los Rolling y, por supuesto, a Susie Q
Eso le decía Susie Q a cualquiera que se le quedara mirando.
Y, bailara o no con ella, Susie siempre encontraba la manera de hacer como que no bailaba sola.
Y, lo creas o no, no bailaba sola nunca.
Qué va.
¡Menuda era Susie Q!
¡Jaja!
*Este es mi pequeño homenaje de hoy a los Rolling y, por supuesto, a Susie Q
Puntos suspensivos
Me das amor como si fueran uvas, en racimos maduros y apretados. Me das las uvas y el amor para que yo experimente con esta mezcla, para que la disuelva en agua o me emborrache de color púrpura. Y decido emborracharme, porque yo tampoco tengo término medio, y porque ahora me seducen más que nunca las suaves uvas, dulces y jugosas, que exhibes en tus besos como racimos de amor.
Ya no hay vuelta atrás. Ahora lo que hay son rumores convertidos en estruendos; quiero decir, hay hojas secas quebrándose en las palmas de tus manos, crujen las venas vegetales por donde pasa el torbellino de tus dedos, y la savia, o la sangre, es un río que te moja y te desborda. Sabes de lo que hablo.
Así es también tu boca cuando la llenas de uvas, o tu voz, cuando se libera de tu secuestro y se viene conmigo. Así consiguen tus uvas llegar hasta mi boca, una a una, como puntos suspensivos, o como goteo incesante de burbujas...
Ya no hay vuelta atrás. Ahora lo que hay son rumores convertidos en estruendos; quiero decir, hay hojas secas quebrándose en las palmas de tus manos, crujen las venas vegetales por donde pasa el torbellino de tus dedos, y la savia, o la sangre, es un río que te moja y te desborda. Sabes de lo que hablo.
Así es también tu boca cuando la llenas de uvas, o tu voz, cuando se libera de tu secuestro y se viene conmigo. Así consiguen tus uvas llegar hasta mi boca, una a una, como puntos suspensivos, o como goteo incesante de burbujas...





