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Acerca de
Me siento partícula, sólo eso
Sindicación
 
Quién lo iba a decir
Reverdece la hierba, o eso parece, en la estación plena del otoño. Pero a pesar de tener la piel de la tierra haciéndose terciopelo bajo mis pies, echo de menos sentirme en paz con ella, o vestirme con capas y capas de suaves briznas hasta creerme perfecto refugio vegetal para los pájaros de tu cabeza. Y es que quiero ser tu sueño, pero no puedo, o no me dejan los malditos pájaros, que todavía deben estar ocupados picoteando en tu boca las cerezas de la primavera...

Y yo, que también soy pájaro, vuelo buscándote entre las estaciones mientras me sobrevuelan otras aves que vienen de vuelta, y veo que todas llevan su cereza en el pico, y del mío cuelga únicamente un gusano que conseguí robarle a una manzana que te estabas comiendo una tarde. Muy simpático, sí, pero gusano.
 
Cuatro esquinitas tiene mi noche
Días para dormir
y noches para maullar


Días para dormir
con el sol calentándome el pelaje.
Noches para maullar
rompiendo tejas, pisando cristales.

Entre tantos cantos de luna,
silueta fugaz y oscura,
que cierra relojes y cruza tejados,
luna, puerta sin cerradura,
por la que me adentro maullando.

Y fuera se quedan los días,
dormidos o anestesiados,
Y dentro crujen las noches
y la madrugada de los gatos.
Y en el parque las farolas se giran,
y en los bancos no queda nadie
¡Nadie!

Nadie recorre las calles
ni dobla pasos,
en esta esquina, sólo los gatos,
sólo los gatos...


 
Tu nombre me da frío
Camino sola, deprisa, con ganas de llegar a mi pedestal en la barra de Teo, y detrás de mí oigo los pasos a oscuras que da la noche de un martes siguiéndome. Un martes estúpido e inoportuno, al que no he invitado ni he podido despistar en ninguna esquina y del que no puedo desprenderme ni ahogando su nombre en cerveza, sus letras se sientan conmigo y yo espero sentada en la barra a que se vayan una a una, por puro agotamiento.

Mientras tanto, dejo que el martes completo me bombardee, no me queda más remedio, con sus particularidades acerca del amor, la felicidad, la soledad... en fin, lo de siempre.

Mira que me gustas poco, martes, me atrevo a decirle aprovechando una pausa. Pero lo único que consigo es que se ponga más pesado todavía. Y va y me pregunta por mi familia, a mí se me ponen los ojos en blanco, y después me pregunta por éste, por ésa, por aquéllo, no olvidándose de nada ni de nadie, el muy... Me dan ganas de tirarle la cerveza encima, pero qué va, me hago diminuta en mi sitio, que ya no es un pedestal, es un simple taburete metálico que me deja fría, y le voy contestando con silencios y la mirada perdida.

Ante mí aparecen ahora diluyéndose los apacibles colores de Julio, la palabra trenzar deshaciéndose, las moléculas de aire sin aire, el ancho mar de los sargazos secándose, los juguetes de viento aburriéndose en mi pecho y algunas hojas caducas, que vienen a traerme el amor enlatado de otros otoños, y a recordarme lo que soy ahora.

Creo que me voy del martes, cojo el próximo vuelo y me voy.
Y me voy.
Y ya me he ido.
Y el martes se queda pagando mi cuenta en el bar.
 
Los colores de Julio, en Septiembre
Anoche estuve contigo y luego, además, te tuve en un sueño. Fue como si tu cuerpo se me hubiera quedado pequeño, o todo el tiempo disponible fuera insuficiente, y tuve que dibujarte más allá para seguir disfrutándote. Y esta mañana me he despertado confundiendo ambas situaciones. Dudo si lo que ocurrió en el sueño sucedió de verdad y viceversa. En cualquier caso, tengo en mi retina la imagen de ti que más deseaba: la de tu deseo conjugándose en mi cuerpo. Y queda en mi piel, además, el mismo sabor que encontré en tus labios. Todavía reciente, tibio, distinto.

Suéltate el pelo, te dije, y se abrió un abanico de colores en mitad de la penumbra cuando lo hiciste. No sabía con cuál de ellos extasiarme primero, así que empecé subiéndome a tu cuello, para olerte los colores primarios que de ahí se desprenden... Ven aquí, me gustas, me dijiste tú arrastrando las eses rojas de tu lengua sobre mis pechos... Y yo misma me sentí abanico de colores desplegándome para ti. Tú diste aire a mis rincones con tu abanico y yo aireé húmedas palabras con el mío, que se quedaron acompañándonos todo el tiempo, como materia azul, ligera e imprecisa, que flota y nada puede hacer descender. Y subidos, como estábamos, a ese universo de dedos rastreadores, besos con bengalas, matiz de colores, elipses y movimientos de rotación, se nos abrieron a la vez todas las puertas, y por ellas dejamos entrar y salir a cuantos habitantes de nuestro deseo vinieron a acompañarnos...

A estas horas, descansas en las constelaciones de mi cuerpo hasta que vengas de nuevo a remover mis estrellas.
 
Una noche de verano (sin sueño)
-Ésta es una música para caminar- le dije. Y es realmente lo que opinaba de su canción. Sin embargo él la había titulado Woman on mind.

...

Y aunque ahora la escucho con título, en absoluto dejo de pensar que es una música para caminar.

Cuando se despierta, ¡es que se le queda pequeño el mundo!. Lo sé por el secreto insomnio que se adivina en algunas de sus noches...

[Insomnio]

La luz no descansa encima de la cama, la arrasa, sacude las sábanas violentamente, envuelve, agita la piel, humedece y luego enfría; la luz que se fija en las paredes y en el techo, que bordea contornos haciéndolos sombríos, no deja dormir. Esta luz es un martillo en la retina. Y yo que traía tanta luz...

Sobran los pasos en el pentagrama. Pero no hay que deshacerse de ellos, al fin y al cabo, la música es un líquido vital, como el agua. Nada nos retiene lejos de la música.

Pero esto que se reproduce en mi habitación no es mi canción favorita, ni siquiera es una melodía, ¡es una atrocidad!
.


Ya te digo, se le queda pequeño el mundo.

 
Hebras
Me gusta la palabra trenzar si puedo trepar por ella hasta tus labios e hilvanar algunos de mis besos a las costuras de tu boca. Me gusta porque puedo enredar los hilos de mi conciencia con los tuyos, deshaciendo tu apretado grupo de letras anudadas, y hacer que mi boca permanezca abierta, esperando las eses de tu idioma. Me gusta el juego que tú no llamas juego. Pero a mí me gusta porque al mismo tiempo que desordeno tu abecedario, en el mío voy trenzando tus palabras inventadas.

Me gusta mezclarme contigo. Y quiero deshilachar mi corazón de hebras rojas sobre el tuyo. Pero me frena tu silencio de haches mudas, que intercalan su mutismo como agujas, entre las letras que te definen.

Dime algo. Vuelve a darme la palabra trenzar para alcanzarte.