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Acerca de
Me siento partícula, sólo eso
Sindicación
 
A veces, violeta
Te he visto en la calle, caminabas delante de mí. Y he visto cómo mi nariz se alargaba increíblemente para abusar de tu ondulante perfume, que se expandía en oleadas de intenso violeta. Casi podía ver tu rostro, atrapado en la hermosura de su contorno, reflejándose fugazmente en los escaparates. Caminabas ligera y sedosa como tu falda, agitando cascabeles. Y en tus manos no llevabas nada, o quizás el roce todavía reciente, quién sabe... Algunos de tus cabellos, recogidos perezosamente, se liberaban escapando hacia tu nuca, otros custodiaban el hueco para caricias minúsculas que se esconde detrás de los lóbulos de tus orejas, como pequeños tesoros. Mirándote así, me hubiera gustado ser cabello lascivo y caracolear humedeciendo tus hombros para dejar, en una esquina tuya, un susurro con una nota: “No me olvides”.


 
Ornamento



Rosa que muerde tu sexo perverso
Camino que sigue
La lengua que quema


Entre pétalos ardiendo, Vértice de mis ingles
Silencio gritando
En la caricia lenta


Espejo de mis ojos, Reflejo permanente
La sangre se agolpa
En la mirada deseosa


Valor indeleble que multiplicas en mi pubis
Los labios que acogen
La boca sin tormenta


A la vuelta de mi cuello, Aire de tu pecho
Aliento contenido
Susurro sin lamento


Barrera franqueable, Mar adentro
Reducto último
Que atraviesa tu deseo



 
Desarmada
Ayer, a la misma hora en que tú aparcabas en mi puerta tu pregunta, yo estaba encarándome con la estrechez que me encierra. No tuve más remedio que abrir la ventana, y al hacerlo, enseguida noté tu brisa nocturna haciendo presos mis sentidos. Otro encierro, pensé mientras me tapaba, tengo miedo sin propiedad y sin razón... no es propio de mí, pero es legítimo; invento una excusa para que lo sea más todavía: “me sorprende la capacidad que tiene a veces la noche para hacerme partícipe de su oscuridad, dejándome ciega, sola y dura”. Y me sirve para olvidarme del temor que modera mi respuesta, porque me dejo llevar por la vaguedad de esos conceptos, sentenciándome a la tranquilidad del sueño. Y así he pasado el sopor de la noche, haciendo mezclas aleatorias que siempre daban como resultado tu nombre.

Hoy, a la misma hora en que tú hacías temprana la espera, yo volvía a empaparme con el rocío de tu boca. Y ya no he podido volver a ponerme la armadura que dejé a los pies de la cama...
 
Nunca lo dije (pero lo digo ahora)
No quiero hablar del tiempo que se hace herrumbre en los fragmentos de mí que son aristas. Ni quiero pensar en el dilema que todos los días me ofrece mi cuerpo, rebatiendo las órdenes que le dicto. No puedo enumerar las veces que he amado con él, sencillamente porque nunca he dejado de hacerlo: es la escalera de mi vida, y no tiene fin. No voy a volver sobre mis pasos, desgastando los mismos peldaños con los pies descalzos, para eso prefiero seguir subiendo, aún a riesgo de torcerme los tobillos.

No quiero acordarme de los campos marchitos de deseos en espera de ser recolectados, con el sol todavía instigador y el viento peinando las espigas, porque siento que todavía me quedan tantos días para florecer que la impaciencia por la próxima cosecha se reduce a obtener, simplemente, un ramillete de besos.

No quiero hablar de lo que nunca dije, pero las palabras son pajarillos inquietos anidando en mi espalda, y cada vez hay más armando alboroto cerca de mis oídos.
 
Ecos del corazón
Me pareció una buena idea asomarme al balcón de sus ojos, para ver si era verdad que allí la altura tiene cotas diferentes y la distancia es un hilo quebradizo en el mástil de su guitarra, que se rompe si se tensa y se lleva para siempre el tacto de sus dedos a otras canciones. Y descubrí que no sólo eso es verdad, sino que también es verdad que, entre las suaves melodías que desmenuzan sus manos, hay un ingrediente extraño, una especialidad en una nota, repetida tantas veces que cientos de oídos acostumbrados al ruido colectivo no podrían apreciar ni en el más real de sus silencios, pero aislados los sentidos físicos y despreciados los circunstanciales, la nota se acentúa y es por sí sola una obra mágica. Yo oigo esa nota mágica porque no la oigo, porque la siento. Porque si su música suena y yo cierro los ojos, es para abrir el arca de mi pecho, donde guardo, junto al corazón, un hueco para su guitarra y para sus dedos imprecisos.

En el balcón de sus ojos siento la ingravidez de esa nota y el mundo me parece un lugar que no nos corresponde.
 
Naufragio para dos
Yo sé que si te dejo entrar en mi boca me morderás.
Tú sabes que a mí me gustan tus dentelladas.
Yo abro la puerta de mi gartanta.
Tú entras en mí sin más.


A partir de aquí, percibo tu volumen cúbico sólo como un milímetro más en la playa de mi cuerpo. Hoy me acompaña una cantidad enorme de gente, y a pesar de todo llegas con la misma puntualidad y el plan que acordamos en nuestra última cita. Siempre eres más coherente que yo. No lo entiendo, tratándose de ti.

Es de noche y derramamos nuestras últimas gotas en la arena, ¿y quién dijo que son las últimas?, alguien dejó un charco tan grande que es imposible no bañarse en él. Algunos están tumbados (o tirados) en la orilla, a merced del oleaje, esperando a una sirena o yo qué sé... Otros ya encontraron un sitio mejor donde aparcar sus sonrisas, pero tú y yo... yo sólo escucho esa música que me aferra a ti, y tú te abrazas como siempre a mi cintura, como un complemento más. No quiero ningún otro canto. Ni ninguna sirena que no conozca ya. Ahora es el momento de bailar chapoteando en tu espuma, a ver si me atrapa una de tus burbujas y consigo despegar por fin...

La noche es más larga de lo que pensaba en un principio, y el sabor de todas las noches pasadas junto a ti se hace presente en cada uno de los mordiscos que doy al aire. Los rostros se confunden, y me encuentro saludando a la misma gente quince veces (entre ellos, veo a alguien parecido a mí, al que también saludo, sin obtener respuesta. No creas que me agobia, al contrario, me resulta divertido este encuentro desconocido con mi persona). Tu abrazo es una vuelta completa en el reloj que marca la felicidad. No quiero agotar todo el tiempo esta noche, pero tampoco puedo hacer nada para impedir que me traiga unas horas de realidad.

Yo sé que en nuestra próxima cita me abordarás.
Tú sabes que a mí me gustan tus embestidas.
Yo abro la puerta de mi playa.
Tú entras en mí sin más.

 
Cuento para un caracol
If dormía la siesta debajo de una Amanita Muscaria...

If dormía la siesta, dentro de su concha, debajo de una Amanita Muscaria.

La casa de If era un espacio en el que todas sus cosas estaban dispuestas en espiral. De dentro hacia fuera, salía If todos los días con lo imprescindible, olvidándose del orden que reinaba en su concha. Y cuando regresaba -sin haber salido del todo- la espiral había dado un giro más, un nuevo anillo volvía a alejar a If del centro. Así pasaban los días y ya no se sabía con exactitud lo que ahí guardaba, pero se intuía.

Los años hicieron a If acostumbrarse al recoveco y a la curva, y tenía una habilidad increíble para entrar y salir de su casa, aunque fuera a medias, apurando cada oquedad que le permitiera expandirse y cada quiebro en la espiral para entrar a toda velocidad, sin apenas ser visto y sin resultar dañado. A pesar de eso, If seguía intuyendo otra razón, una distinta, para continuar saliendo.

El día que supo esta razón, como ya he dicho, If dormía la siesta, dentro de su concha, debajo de una Amanita Muscaria. Estaba teniendo un sueño típico de caracoles: se encontraba despreocupado junto a otros en un prado y todos comían la misma hierba. Pero en ese afán unánime de devorar sin más, avanzando como una plaga uniformada, If no se dio cuenta y se alejó más de lo que ni en sueños es posible, y menos para un caracol. Lo que vio a partir de entonces fue demasiado para olvidarse de ello. De repente todo cuanto le rodeaba era distinto, la hierba desprendía un olor irresistible y desconocido, con infinitos matices, que levantaban en If un sinfín de controversias aromáticas. El agua era un río dividiéndose en mil arroyos, cada uno con sus idílicas orillas donde se podían predecir interminables y plácidas horas de siesta futura. El aire era una caricia húmeda de la que supo que jamás podría volver a prescindir, y que entraba en su espiral removiendo sus cosas y llevándose algunas de ellas, dejando a If ligero y autónomo, con capacidad para entrar y salir holgadamente de su concha, abandonándola por completo. El placer que sintió If mientras, por primera vez, pudo revolcarse, enroscarse, estirarse, aplanarse y dar vueltas sobre sí mismo, era sólo una pequeña muestra de lo que se adivinaba... Y ya nunca se quedaría sin sentirlo del todo.

Y así fue como If, un caracol mediano, con una voluntad y un ansia de libertad infinitas, consiguió bajar de su única espiral para iniciar otro camino lejos, más de lo que ni en sueños es posible, y menos para un caracol.
 
La importancia de ser palabra
Leo la complicada caligrafía que dibujó el ánimo en mis cartas de amor en otro tiempo, y entiendo que nunca llegaran a su destino. A veces, el beso que acentúa la sílaba incorrecta o un inoportuno sinónimo de sospecha, bastan para profanar el conjunto de normas. Y no es una falta de respeto, es un exceso de ignorancia, o una confianza disfrutada de antemano, sin haber sido prestada (para ese favor todavía me faltaban muchas lecturas entre líneas, bien lo saben los versos que me conocen).

Antes de la cortesía del saludo, que reside entre signos de euforia más que de exclamación, leo un día sin fecha en el calendario de la memoria, y tras él un silencio numérico de páginas camuflándose escandalosamente entre los renglones. Dura demasiado. Paso página.

Después de un largo peregrinaje, en el que voy identificando y recomponiendo la extraña figura que de mí quedó, encuentro por fin el día en el que me dedico a recoger las vocales que se me cayeron:

Autoestima...
Esperanza...
Ilusión...
Optimismo...
Unidad...

Hoy tengo un gran tesoro.