Como pez en el agua
Verano. Mañana de un sábado.
Mi cuerpo se levantó inquieto, como si alojara en su interior un millón de mariposas. Mi cabeza no; ella y sus pensamientos dormitaron un rato más intentando liberarse de ese laberinto de espejos que son casi siempre los sueños.
Sonó el teléfono en otra habitación, en otra casa o en otra ciudad, pero sonó como un toque de diana y supe que era para mí. Adiós al espacio en blanco. Lejos, en alguna parte, alguien se entretuvo en planificarme el día. Quise escribirlo para impedirlo, pero a veces no hay tiempo para escribir, aunque te lo propongas. Así que salí de casa con la certeza de que el destino me asaltaría en cualquier esquina -¿y cuándo no lo hace?- para hacer de un detalle sutil una montaña de cosas.
En este lugar, que es una ciudad, a veces un pueblo y otras sólo un atisbo de civilización, hay dos ríos. Uno es grande, apacible y tranquilo; el otro es un caudal diminuto pero bullicioso, que discurre agitado y no se entretiene con nada. Me gustan ambos, pero no sirven para lo mismo. Aquella mañana me senté en la orilla del bonachón, del que no corre sino pasea, para sacar a paseo yo también mis primeras horas sabáticas y, estando en esto, se me acercó un pescador. Con la excusa invariable de preguntar la hora, que no le pude dar por no llevar reloj, acabó sentándose a mi lado y contándome no sé qué cosa sobre unos pececillos que aquí llaman cabezotas. Mientras me hablaba, yo miraba más al río que a él mismo, más por timidez que por otra cosa, pero él no dejaba de incluirme en su monólogo intercalando preguntas sobre si soy de aquí o de allá, si me gusta pescar o no, si no me parece que el río es como una despensa... Conforme él iba avanzando preguntas y yo respuestas, la conversación se hacía más confiada. Entonces me atreví a mirarlo de pleno, con todos los sentidos puestos en él. Cuando clavé mis ojos en los suyos, tuve una duda al instante sobre si todavía estaba mirando al río en lugar de a él, porque sus ojos eran exageradamente del mismo color que el agua fluvial. Las hojas de un olmo componían un puzle de pequeñas sombras sobre su rostro y, movidas por la brisa, hacían de su semblante un caleidoscopio. Varios rizos inconclusos seguían rumbo hacia su cuello, separándose de él con cada suspiro de viento. Su boca fue una revelación; era un escondite perfecto para mí. Esto estaba yo pensando cuando noté que él había dejado de hablar y me miraba fijamente, sin borrar esa encantadora sonrisa de su cara. En ningún momento sacó la caña de pescar del agua, ni siquiera cuando me besó. Hubiera sido como romper su cordón umbilical. Segundos después me encontraba nadando en su río.
Me fui de allí con mi pequeña gran dosis de sorpresa... y un anzuelo más clavado en el corazón.
Mi cuerpo se levantó inquieto, como si alojara en su interior un millón de mariposas. Mi cabeza no; ella y sus pensamientos dormitaron un rato más intentando liberarse de ese laberinto de espejos que son casi siempre los sueños.
Sonó el teléfono en otra habitación, en otra casa o en otra ciudad, pero sonó como un toque de diana y supe que era para mí. Adiós al espacio en blanco. Lejos, en alguna parte, alguien se entretuvo en planificarme el día. Quise escribirlo para impedirlo, pero a veces no hay tiempo para escribir, aunque te lo propongas. Así que salí de casa con la certeza de que el destino me asaltaría en cualquier esquina -¿y cuándo no lo hace?- para hacer de un detalle sutil una montaña de cosas.
En este lugar, que es una ciudad, a veces un pueblo y otras sólo un atisbo de civilización, hay dos ríos. Uno es grande, apacible y tranquilo; el otro es un caudal diminuto pero bullicioso, que discurre agitado y no se entretiene con nada. Me gustan ambos, pero no sirven para lo mismo. Aquella mañana me senté en la orilla del bonachón, del que no corre sino pasea, para sacar a paseo yo también mis primeras horas sabáticas y, estando en esto, se me acercó un pescador. Con la excusa invariable de preguntar la hora, que no le pude dar por no llevar reloj, acabó sentándose a mi lado y contándome no sé qué cosa sobre unos pececillos que aquí llaman cabezotas. Mientras me hablaba, yo miraba más al río que a él mismo, más por timidez que por otra cosa, pero él no dejaba de incluirme en su monólogo intercalando preguntas sobre si soy de aquí o de allá, si me gusta pescar o no, si no me parece que el río es como una despensa... Conforme él iba avanzando preguntas y yo respuestas, la conversación se hacía más confiada. Entonces me atreví a mirarlo de pleno, con todos los sentidos puestos en él. Cuando clavé mis ojos en los suyos, tuve una duda al instante sobre si todavía estaba mirando al río en lugar de a él, porque sus ojos eran exageradamente del mismo color que el agua fluvial. Las hojas de un olmo componían un puzle de pequeñas sombras sobre su rostro y, movidas por la brisa, hacían de su semblante un caleidoscopio. Varios rizos inconclusos seguían rumbo hacia su cuello, separándose de él con cada suspiro de viento. Su boca fue una revelación; era un escondite perfecto para mí. Esto estaba yo pensando cuando noté que él había dejado de hablar y me miraba fijamente, sin borrar esa encantadora sonrisa de su cara. En ningún momento sacó la caña de pescar del agua, ni siquiera cuando me besó. Hubiera sido como romper su cordón umbilical. Segundos después me encontraba nadando en su río.
Me fui de allí con mi pequeña gran dosis de sorpresa... y un anzuelo más clavado en el corazón.
EL VIENTO
El viento es un capricho. Si no, ¿por qué iba a tener lugar un fenómeno de esas características?
En un día tórrido, en el que todo es sol y rubor en las mejillas, el viento es una brisa merecida y ni siquiera un recordatorio del invierno: nadie se acuerda de su aliento feroz ni de su enfado. Es un rumor de hojas bailarinas, un aleteo tan quedo que se confunde con la propia respiración y se escucha plácido y sedante, como una canción de cuna.
En otras épocas, el viento lo engulle todo con apetito voraz y ansias reprimidas, tras haberse contenido durante días y días, meses y, a veces, hasta años. El espectáculo es sobrecogedor. Es un monstruo que aúlla salvaje en la montaña, el hálito violento que entumece y paraliza, una sobredosis de terror.
Cuando pasa de largo es solamente aire, sin deseos de permanecer al lado de nadie, sin expectativas.
Lo cierto es que el viento se parece bastante a las personas en ese carácter que es amor pero también tiranía y, en ocasiones, indiferencia, es decir, las dos cosas a la vez y ninguna, como el mismísimo silencio. Pero estas ya son palabras mayores.
En un día tórrido, en el que todo es sol y rubor en las mejillas, el viento es una brisa merecida y ni siquiera un recordatorio del invierno: nadie se acuerda de su aliento feroz ni de su enfado. Es un rumor de hojas bailarinas, un aleteo tan quedo que se confunde con la propia respiración y se escucha plácido y sedante, como una canción de cuna.
En otras épocas, el viento lo engulle todo con apetito voraz y ansias reprimidas, tras haberse contenido durante días y días, meses y, a veces, hasta años. El espectáculo es sobrecogedor. Es un monstruo que aúlla salvaje en la montaña, el hálito violento que entumece y paraliza, una sobredosis de terror.
Cuando pasa de largo es solamente aire, sin deseos de permanecer al lado de nadie, sin expectativas.
Lo cierto es que el viento se parece bastante a las personas en ese carácter que es amor pero también tiranía y, en ocasiones, indiferencia, es decir, las dos cosas a la vez y ninguna, como el mismísimo silencio. Pero estas ya son palabras mayores.





