Reconciliándose... o no.
Entre muchas de las noticias con las que me he encontrado al regresar de mis vacaciones, está la de que mi amiga Nadia se ha reconciliado con su ex marido Antón.
Nadia y Antón se casaron hace diez años, tuvieron dos churumbeles monísimos con nombres de esos que están tan de moda que te da la sensación de que en unos veinte años la mitad de la población se llamará exactamente igual, y se separaron en el regreso de su pasado verano, algo así como el fruto de la llamada “crisis vacacional” que es ese momento en que las parejas pasan tanto tiempo juntas que terminan por no soportarse.
Después de varios intentos fallidos de separación amistosa, Nadia me contó que el paso siguiente era la separación judicial, pero no se sentía ni con fuerzas ni con ganas de pasar por un juicio.
Así que fue retrasando las acciones legales hasta que, a principios de agosto, Antón le propuso, a modo de tregua, irse los cuatro juntos a Disneyland Paris. Nadia aceptó por los niños, según me dijo.
De allí volvieron aparentemente enamorados, y todo vuelve a empezar.
Las reconciliaciones tienen componentes de los que no somos realmente conscientes, porque para darse se tiene que volver al estado digamos “original”, aquel estado emocional en que estaba la pareja antes de llegar a la crisis.
Es decir, en un sentido meramente práctico, para entender que mi amiga se ha reconciliado tengo que entender que vuelve a estar emocionalmente unida a su marido como lo estuvo antes de que, hace casi un año, me anunciara que ya no podía más y que no soportaba estar casada con ese hombre, que ella misma definió como “vago, intransigente, despreocupado, gilipollas y picha corta.”
Lo de “picha corta” digo yo que sería en un ataque de mala leche, porque no creo que diez años después se le encogiera la picha a Antón, aunque todo puede ser.
Como decía, para volver a ese estado, Nadia ha tenido que pasar por emociones tan profundas como el perdón, la aceptación, la esperanza, la ilusión y la seguridad de un futuro común. Si no, no puede hablarse de reconciliación. Podemos hablar de un nuevo intento, una oportunidad más, un último aliento. Pero no de volver a las emociones anteriores a la crisis que les llevó a estar tantos meses viviendo separados, teniendo aventuras ambos por su cuenta o peleándose por quién se quedaba el cuatro por cuatro que pagaron a medias.
Así que me siento admirada de que alguien pueda irse a Disneyland y entre subidas a las atracciones, Mickey y Donald, nubes de algodón y sábanas blancas de hoteles demasiado caros, pueda perdonar las palabras que se gritaron y lanzaron, pueda aceptar que la picha corta ya no es un problema y la gilipollez aun menos, pueda sentir la esperanza de que las cosas van a salir bien, la ilusión de estar junto a la persona que admitió no soportar, y recupere de pronto la seguridad de un futuro en pareja alentador.
Y así se lo digo a Nadia.
Y ella me contesta: “no sé de qué me estás hablando, Amanda. Si he vuelto con él es porque esto del divorcio es un coñazo, y puestos a comparar, me quedo con el coñazo de estar casada con un gilipollas picha corta antes que el coñazo y la ruina económica de meterme entre abogados, jueces, leyes que no entiendo y un ex que me estaba amargando la vida.”
Parece ser que amarga menos un marido no querido que un ex marido deseado.
Nadia y Antón se casaron hace diez años, tuvieron dos churumbeles monísimos con nombres de esos que están tan de moda que te da la sensación de que en unos veinte años la mitad de la población se llamará exactamente igual, y se separaron en el regreso de su pasado verano, algo así como el fruto de la llamada “crisis vacacional” que es ese momento en que las parejas pasan tanto tiempo juntas que terminan por no soportarse.
Después de varios intentos fallidos de separación amistosa, Nadia me contó que el paso siguiente era la separación judicial, pero no se sentía ni con fuerzas ni con ganas de pasar por un juicio.
Así que fue retrasando las acciones legales hasta que, a principios de agosto, Antón le propuso, a modo de tregua, irse los cuatro juntos a Disneyland Paris. Nadia aceptó por los niños, según me dijo.
De allí volvieron aparentemente enamorados, y todo vuelve a empezar.
Las reconciliaciones tienen componentes de los que no somos realmente conscientes, porque para darse se tiene que volver al estado digamos “original”, aquel estado emocional en que estaba la pareja antes de llegar a la crisis.
Es decir, en un sentido meramente práctico, para entender que mi amiga se ha reconciliado tengo que entender que vuelve a estar emocionalmente unida a su marido como lo estuvo antes de que, hace casi un año, me anunciara que ya no podía más y que no soportaba estar casada con ese hombre, que ella misma definió como “vago, intransigente, despreocupado, gilipollas y picha corta.”
Lo de “picha corta” digo yo que sería en un ataque de mala leche, porque no creo que diez años después se le encogiera la picha a Antón, aunque todo puede ser.
Como decía, para volver a ese estado, Nadia ha tenido que pasar por emociones tan profundas como el perdón, la aceptación, la esperanza, la ilusión y la seguridad de un futuro común. Si no, no puede hablarse de reconciliación. Podemos hablar de un nuevo intento, una oportunidad más, un último aliento. Pero no de volver a las emociones anteriores a la crisis que les llevó a estar tantos meses viviendo separados, teniendo aventuras ambos por su cuenta o peleándose por quién se quedaba el cuatro por cuatro que pagaron a medias.
Así que me siento admirada de que alguien pueda irse a Disneyland y entre subidas a las atracciones, Mickey y Donald, nubes de algodón y sábanas blancas de hoteles demasiado caros, pueda perdonar las palabras que se gritaron y lanzaron, pueda aceptar que la picha corta ya no es un problema y la gilipollez aun menos, pueda sentir la esperanza de que las cosas van a salir bien, la ilusión de estar junto a la persona que admitió no soportar, y recupere de pronto la seguridad de un futuro en pareja alentador.
Y así se lo digo a Nadia.
Y ella me contesta: “no sé de qué me estás hablando, Amanda. Si he vuelto con él es porque esto del divorcio es un coñazo, y puestos a comparar, me quedo con el coñazo de estar casada con un gilipollas picha corta antes que el coñazo y la ruina económica de meterme entre abogados, jueces, leyes que no entiendo y un ex que me estaba amargando la vida.”
Parece ser que amarga menos un marido no querido que un ex marido deseado.
Antes de hablar de mis vacaciones, me apetecía hablar de esto.
Hubo un tiempo en que era perfectamente capaz de predecir acontecimientos y, mucho más extraordinario, predecir sentimientos en personas queridas que podían estar a cientos de kilometros y con las que no tenía contacto alguno.
Recuerdo que con 14 años le dije a mi madre que había soñado que aquella misma tarde mi hermana tendría un accidente en el que se vería implicado mi padre y agua, mucha agua.
Mi madre sonrío y me dijo que no me preocupase, que ni mi padre ni mi hermana tenían intención alguna de acercarse al mar aquel día, más que nada porque estábamos en pleno mes de diciembre.
Pero el accidente sucedió: mi padre duchaba a mi hermana y en un gesto brusco de ella se enredó con el cable y en su nerviosismo mi padre tiró del mismo, ahogándola. De no ser por los gritos, ni mi madre ni yo hubiésemos acudido a tiempo para desenredar el cable del cuello y conseguir tranquilizar a mi padre que seguía tirando creyendo hacer lo correcto.
A los 16 años me desperté de madrugada vomitando: al día siguiente me enteré de que mi hermana mayor que estaba entonces de vacaciones en Inglaterra había sido diagnosticada de una salmonelosis precisamente a esa hora en un hospital londinense. Los vómitos y la deshidratación que padeció la acompañó más de dos semanas, mientras que yo estaba perfectamente sana.
Con el tiempo, esas pequeñas intiuciones fueron limitándose a situaciones muchos más típicas que casi todos hemos vividos: saber que va a sonar el teléfono antes de que suene, intuir que un amigo está pasando un mal momento, incluso conseguí salvar de un robo seguro a mi motocicleta (entonces mi más preciada propiedad) cuando me desperté de madrugada y obligué a mi madre a acompañarme al parking a dos calles de nuestra casa de verano porque había soñado que me la robaban. Sorprendimos a dos jóvenes serrando el candado.
La psicología, que trata de ser lo más científica posible y encontrar explicaciones razonables a este tipo de circunstancias a priori inexplicables, habla de “actualizaciones” más que de intuiciones: aparentemente nuestro cerebro procesa tal cantidad de información que la mayoría de ella permanece escondida hasta que se actualizan y surgen apareciendo en forma de alarmas.
Quizás yo había visto merodear a aquellos jóvenes en el parking, o había escuchado que habían robado allí a la hora en que me desperté. Quizás había visto a mi padre bañar a mi hermana con la ducha de teléfono y como ella se revolvía nerviosamente porque le disgustaba el agua demasiado fría. Quizás una noticia leída acerca de una pasa de salmonelosis y una conversación con mi hermana en que me contó que aquella noche había cenado huevos me llevó a somatizar lo que creía podía ser una infección en ella.
Quizás todas las veces que hablo con Luis soy perfectamente capaz de entender su estado de ánimo y por eso sé, días después de haber hablado con él, que está pasando un mal momento, o está feliz y deseoso de volver a verme.
El caso es que he aprendido a fiarme al cien por cien de ese tipo de alarmas, no por algo sobrenatural, sino porque creo en esa teoría de la actualización y de que mi cerebro procesa información a velocidad de vértigo, mientras yo creo que estoy simplemente pensando.
De ahí que me sienta tranquila cuando no intuyo nada respecto a mi hija, y tremendamente inquieta cuando siento que algo va a suceder.
No tiene nada que ver con el miedo a que algo suceda, que siempre existe en las mamás, e imagino que en los papás también. Es más bien notar que una alarma se pone en marcha, se enciende y que tienes que escuchar lo que te dice.
El único accidente que ha tenido mi hija fue hace muchos años, cuando se empeñó en llevar ella el carrito de la compra. Se encendieron todas mis alarmas, pero se puso pesada y pensé que no debía escucharme, que nada puede ocurrir por dejar un carrito a una cría de cinco años. Pensé que debía escucharla a ella y acallar sus llantos y súplicas.
Cogió el carrito y al correr efusivamente con él, chocó contra un bordillo y el mango le partió la nariz.
Nunca más.
No sé por qué me da por pensar que hubo un piloto de Spanair que tuvo esa intuición. Que creyó hacer lo correcto y sentirse confiado y seguro cuando le dijeron que no pasaba nada.
Ni él ni las 153 personas que quizás pudieron escucharse podrán decir eso de “nunca más.”
Creo que todos los que volamos con frecuencia, especialmente con Spanair (una de mis compañía fetiche: al ser aviofóbiga suelo contratar compañías que tengan aviones MD-82, porque la sensación al despegue es mucho menor que en un Airbus al tener los motores en la parte trasera) ayer tuvimos un momento de recuerdo, pena, dolor y pensamiento para todos ellos: ni siquiera hubo espacio para el miedo.
Recuerdo que con 14 años le dije a mi madre que había soñado que aquella misma tarde mi hermana tendría un accidente en el que se vería implicado mi padre y agua, mucha agua.
Mi madre sonrío y me dijo que no me preocupase, que ni mi padre ni mi hermana tenían intención alguna de acercarse al mar aquel día, más que nada porque estábamos en pleno mes de diciembre.
Pero el accidente sucedió: mi padre duchaba a mi hermana y en un gesto brusco de ella se enredó con el cable y en su nerviosismo mi padre tiró del mismo, ahogándola. De no ser por los gritos, ni mi madre ni yo hubiésemos acudido a tiempo para desenredar el cable del cuello y conseguir tranquilizar a mi padre que seguía tirando creyendo hacer lo correcto.
A los 16 años me desperté de madrugada vomitando: al día siguiente me enteré de que mi hermana mayor que estaba entonces de vacaciones en Inglaterra había sido diagnosticada de una salmonelosis precisamente a esa hora en un hospital londinense. Los vómitos y la deshidratación que padeció la acompañó más de dos semanas, mientras que yo estaba perfectamente sana.
Con el tiempo, esas pequeñas intiuciones fueron limitándose a situaciones muchos más típicas que casi todos hemos vividos: saber que va a sonar el teléfono antes de que suene, intuir que un amigo está pasando un mal momento, incluso conseguí salvar de un robo seguro a mi motocicleta (entonces mi más preciada propiedad) cuando me desperté de madrugada y obligué a mi madre a acompañarme al parking a dos calles de nuestra casa de verano porque había soñado que me la robaban. Sorprendimos a dos jóvenes serrando el candado.
La psicología, que trata de ser lo más científica posible y encontrar explicaciones razonables a este tipo de circunstancias a priori inexplicables, habla de “actualizaciones” más que de intuiciones: aparentemente nuestro cerebro procesa tal cantidad de información que la mayoría de ella permanece escondida hasta que se actualizan y surgen apareciendo en forma de alarmas.
Quizás yo había visto merodear a aquellos jóvenes en el parking, o había escuchado que habían robado allí a la hora en que me desperté. Quizás había visto a mi padre bañar a mi hermana con la ducha de teléfono y como ella se revolvía nerviosamente porque le disgustaba el agua demasiado fría. Quizás una noticia leída acerca de una pasa de salmonelosis y una conversación con mi hermana en que me contó que aquella noche había cenado huevos me llevó a somatizar lo que creía podía ser una infección en ella.
Quizás todas las veces que hablo con Luis soy perfectamente capaz de entender su estado de ánimo y por eso sé, días después de haber hablado con él, que está pasando un mal momento, o está feliz y deseoso de volver a verme.
El caso es que he aprendido a fiarme al cien por cien de ese tipo de alarmas, no por algo sobrenatural, sino porque creo en esa teoría de la actualización y de que mi cerebro procesa información a velocidad de vértigo, mientras yo creo que estoy simplemente pensando.
De ahí que me sienta tranquila cuando no intuyo nada respecto a mi hija, y tremendamente inquieta cuando siento que algo va a suceder.
No tiene nada que ver con el miedo a que algo suceda, que siempre existe en las mamás, e imagino que en los papás también. Es más bien notar que una alarma se pone en marcha, se enciende y que tienes que escuchar lo que te dice.
El único accidente que ha tenido mi hija fue hace muchos años, cuando se empeñó en llevar ella el carrito de la compra. Se encendieron todas mis alarmas, pero se puso pesada y pensé que no debía escucharme, que nada puede ocurrir por dejar un carrito a una cría de cinco años. Pensé que debía escucharla a ella y acallar sus llantos y súplicas.
Cogió el carrito y al correr efusivamente con él, chocó contra un bordillo y el mango le partió la nariz.
Nunca más.
No sé por qué me da por pensar que hubo un piloto de Spanair que tuvo esa intuición. Que creyó hacer lo correcto y sentirse confiado y seguro cuando le dijeron que no pasaba nada.
Ni él ni las 153 personas que quizás pudieron escucharse podrán decir eso de “nunca más.”
Creo que todos los que volamos con frecuencia, especialmente con Spanair (una de mis compañía fetiche: al ser aviofóbiga suelo contratar compañías que tengan aviones MD-82, porque la sensación al despegue es mucho menor que en un Airbus al tener los motores en la parte trasera) ayer tuvimos un momento de recuerdo, pena, dolor y pensamiento para todos ellos: ni siquiera hubo espacio para el miedo.
Nos vamos de vacaciones.
Si estando por alguna de las maravillosas playas de Cádiz o de paseíto por la Feria de Málaga os encontráis a un rubia espectacular de metro setenta y cinco, medidas perfectas, un cubata en la mano, y cara de viciosa enviandos más que explícitas señales de que quiere guerra, pues esa no soy yo.
Seguramente seré la que está más apartadita, cenando en algún sitio tranquilo con mi mejor amiga y tratando de olvidarme, por unos días, de todo aquello que merezca olvidarse por unos días.
Sed malos, se lo pasa uno mucho mejor.
Raro, raro.
Las parafilias se caracterizan por impulsos sexuales muy intensos y recurrentes, fantasías o comportamientos sexuales que implican objetos, actividades o situaciones poco habituales. Crean en quien la padece un deterioro social, laboral o emocional importante y sobre todo crea un malestar significativo en la persona, que tiene la sensación de no poder controlar en ningún caso su parafilia, sintiéndose “vendido” a ella, y necesitándola para poder excitarse y mantener relaciones sexuales.
No voy a hablar de ellas porque realmente son muy desagradables, de lo peorcito de la depravación y enfermedad mental humana, pero me ha parecido que podría ser cuanto menos curioso hablar de sus primas pequeñas, aquellas filias no consideradas como “trastorno”: preferencias sexuales raras, no tanto por su falta de prevalencia, sino por su poca relación, en verdad, con los recursos físicos y mentales humanos.
Estas filias sexuales pueden llegar a ser extrañas, incluso incomprensibles para muchos de nosotros, sin embargo no tienen nada de distorsión mental, aunque alguno pueda tener la tentación de pensar que así es. Y si no juzgad vosotros mismos:
- La urofilia es probablemente la más extendida de ellas, existiendo una verdadera industria alrededor de ella. En el pornopor ejemplo, las llamadas “golden movies” tienen sus actores estrella, directores fetiche y productoras íntegramente dedicadas a este subgénero erótico. Los hombres suelen sentir especial placer en orinarse encima, a ser posible con una buena erección, para llegar cuanto más cerca del rostro y de la boca, mejor. En las mujeres, el comportamiento más raro es solicitar que el hombre orine en ella, pero no encima, sino dentro (por diós, ni se os ocurra hacer el experimento sin un preservativo puesto.) Dejo a vuestra imaginación el saber en qué consiste la coprofilia, porque a mí no me resulta nada agradable hablar de ella.
- En la electrofilia, la excitación consiste en estimularse vía electrodos e impulos eléctricos la polla hasta llegar al orgasmo. Existen foros de electrófilos, páginas web o blogs en donde se intercambian potencias, tipos de aparatitos, se aconsejan acerca de si ponérselo en el pene o en los testículos, se relatan experiencias para saber hasta cuánto son capaces de llegar en potencia eléctrica sin achichararse la polla, vamos, que si tu marido te pide que compres el aparatito ese de la tele para perder barriga, no te fíes.
- Todo un grupo social tienen montado los fetichistas de las deportivas. No, no es que les guste mirar a Kurnikova jugando el tenis, es que su gran excitación sexual la provoca las zapatillas deportivas cuanto más sudadas, grandes y sucias mejor. Suelen intercambiarse videos en que se corren sobre sus zapatillas, las huelen profundamente para excitarse o, increíble, se las follan. Todo esto acompañado de una estética muy Skate: su carta de presentación suele ser ellos, sus zapatillas deportivas y su skateboard.
- La asfixia erótica es una de las pocas filias sexuales mayoritariamente femenina. La mujer intensifica el orgasmo tapándose la nariz y la boca para no poder inspirar, provocando un orgasmo cercano a la inconsciencia, una sensación parecida al desmayo por placer. En pareja los juegos consisten en taponar las vías respiratorias a la mujer en el momento en que se siente va a correrse, generalmente con la mano. Pocas veces se utiliza la bolsa en la cabeza o la cuerda que nos representan algunas películas, porque es especialmente peligroso. Si sentís curiosidad, intentadlo siempre a solas y únicamente con vuestras manos, porque así controláis perfectamente cuando la falta de respiración puede llegar a ser problemática (el reflejo os hará apartar la mano, igual que cuando jugábamos a “a ver quién aguanta más sin respirar”.) Tengo una amiga que padece esta filia y dice que es la bomba, aunque a mí la verdad, no me ha dado nunca por probar.
- Otra filia básicamente femenina es aquella en que la mujer se excita esencialmente escuchando obscenidades: no consisite en que tu pareja te diga cosas como “te voy a follar, puta”, sino en obscenidades mucho más subidas de tono, con insultos descontrolados, repetitivos y constantes. Puede ir unida o no a cierta violencia durante la relación sexual, pero lo habitual es que la mujer solicite los insultos y las obscenidades en una situación sexual más bien romántica, tranquila, en un misionero por ejemplo. Sus parejas a veces rondan foros sexuales pidiendo consejo y palabros nuevos.
- Por último, la más aceptada de todas y para mí sin embargo sigue siendo la más rarita, es el bondage: una especie de mezcla entre sadomasoquismo light y juego de roles en donde una parte es el amo y la otra el esclavo. Tiene unas normas muy estrictas que no se pueden romper, y llega al punto de traspasar la barrera de lo meramente sexual para convertirse en un estilo de vida. Así, quien tiene una relación de este tipo puede verbalizar en el trabajo a su jefe que no puede quedarse hasta más tarde ese día porque su amo se lo impide (esto lo he vivido yo.) En la cama el esclavo está absolutamente plegado a los deseos de su amo. La estética de cueros, correas y cadenas suele estar presente pero en menor medida que en el sadomaso. Es un jueguecito sin más pero quienes lo practican se lo toman muy en serio. No es extraño encontrarse incluso en páginas de contactos a amos buscando esclavos o a esclavos buscando amos que los sometan.
En fin, sólo quería daros una visión curiosa de cómo cada uno tiene sus preferencias, y que son todas completamente respetables, lo que no quiere decir que no sean en algunos caso, cuanto menos, chocantes.





