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VUELVE LA AMANTE
Entre las caza-maridos y las feas, existe Amanda.
Acerca de
La novia de mi ex dice que soy prepotente, chula y un poco guarrilla. Mi ex dice lo mismo, pero que a él le gusta. Luis dice que soy cursi y salida al mismo tiempo y que eso le pone y le enternece. Mi madre dice que soy demasiado pragmática y que deje de contarle mis aventuras sexuales, que está hasta el gorro de tanto amante. Mi amiga Sonia dice que soy una lanzada y que esconda mis hormonas, que así no hay manera de salir a la calle conmigo. Pero yo me quedo con lo que dice de mí mi vecino: "joder, ¡qué tetas!"
Sindicación
 
Mezclar cosas que no sé mezclar.

En unos días regreso a Carlos.

Hace seis meses que no le veo, y quiero verle.

Me muero por sus besos.

No sé si alguna vez conté en La Amante a qué sabían los besos de Carlos.

Saben a voz.

Hablan y hablan suavecito, pausados, medio desgarrados, como la voz de Salva, forzándolos desde algo que debe de tener muy dentro.

Quizás por eso cuando me besa se me colocan los besos en los oídos: se parece a mezclar gusto y música, como si te estuvieras comiendo la canción, o como si estuvieras escuchando el té con aroma a rosas de la mañana.

Pero lo malo de los besos de Carlos es que también te obligan a pensar.

¿Qué hay después?

Comerme su polla, tragarme su semen, sentirle hasta el fondo mientras me penetra tomándome de las caderas, correrme pidiéndole que me tape la boca, para no romper sus caricias y su sexo con mis gritos chabacanos, tomarle del pelo y estirárselo con fuerza mientras se pierde entre mis piernas y revuelve con su saliva el sabor de mi placer.

¿Cómo puede la ternura de la música pasar en tan poco tiempo a ser el basto instinto animal descontrolado?

¿Por qué el amor que siento por él se diluye en cada embestida y mis emociones se pierden en el camino de la lujuria y el egoísmo orgásmico?

A veces siento que quiero parar en sus besos.

Y a veces siento que si deja de meter su mano bajo mi falda sobre mis braguitas ya húmedas no le voy a permitir besarme nunca más.

Y otras me doy cuenta de que pasión y cariño no siempre van reñidos.

No sé por qué el cariño se me hace extraño junto al deseo. Como si me escindiera. Como si amar con ternura no pudiera entregarse a la misma persona con la que follas desatada.

Quizás por ello no sepa amar completamente.

Quizás por ello me resulte imprescindible regresar estos días a Carlos: para sentir que soy capaz de escuchar un bolero y una canción de trash punk en el mismo MP3.

Pero la experiencia no puede durar más que unas horas.

Luego vuelvo a mi vida en donde ser Amanda enamorada y ser Amanda la guarra son departamentos estancos.

Al menos ahora mismo.
 
La música de la ignorante.
Este es, posiblemente, el primer y último post en el que yo hable de mis gustos musicales. Soy en extremo discreta acerca de ellos, porque tengo una especie de pudor matizado por mi ignorancia. Creo que la música, igual que la lectura o el cine, son artes que requieren de cierto conocimiento para ser alabados o demonizados.

Entiendo que alguien que no lea más de un libro al año o quizás incluso haya leído uno sólo en los últimos diez años, diga que “el Código da Vinci” es un buen libro.

Yo asiento. Igual que asiento cuando me dicen que “Aída” es la mejor serie del panorama nacional o que el cine español es lo mejor que se puede ir a ver en la cartelera (maravillosas excepciones a parte.)

Pero yo no osaría hablar de algo de lo que no sé afirmando que es bueno o malo tratándose de artes que requieren de tantísima complejidad, en donde sólo unos pocos llegan y que parten directamente de un don natural, que con trabajo se ejercita, pero que es don que ni tengo ni tendré.

Así que puedo hablar de libros, de cine o de series de televisión, porque algo sé.

Pero de música no. Escucho poca, poquísima me alienta, la uso como un instrumento puro de divertimiento y no tiene, para mí ni en mi vida, mucho espacio.

Excepto cuando sale alguien como él.

Un gran amigo que de esto sí entiende, dice que la complejidad de lo que él hace es tan tremebunda, que si no te emocionas escuchándole es que de música no tienes ni idea. Luego le digo que eso va a gustos. Y él me dice que eso va a buen gusto.

Tiene sólo 16 años.

Y ni siquiera os voy a poner su enlace, porque escucharle en los altavoces baratos de un pc no le hacen justicia.

Ayer ganó un concursito que a mí es lo que menos me importaba. Le seguía (seguíamos) desde hace varios meses, cuando intentó entrar en otro al que no pudo acceder por ser menor de 16 años. Mi amigo y yo decíamos a veces que si nadie sacaba un disco de él o le contraba para un concierto en directo le íbamos a hacer una huchita e irnos nosotros mismos pa' Albacete.

Ayer ganó 150.000 euros, así que ya no le haremos falta.

Si de algo sé es de literatura, y el muy canalla eligió un texto de inconmensurable belleza escrito por Lorca. Lo cantó acompañado de una guitarra prodigiosa y de un cajón. Le dió un toque Camarón. Sin estridencias. Llanito. Haciéndolo tan fácil todo, sin desgarrarse en ni una sola nota.

Como no pretendo con esto ni publicitar ni al chico ni mis gustos, no digo más. Si alguien quiere escucharle, por curiosidad, o porque quiere saber qué mueve a Amanda, ya me lo dirá.

Sólo quería hablar de él. O de donde a él, con su música, me lleva.

Mi amigo sigue allí: dice que todavía no quiere volver.
 
Pero si quieres hacerlo, dilo.

Tengo una paciente con ideas claras pero grandes bloqueos a la hora de actúar. Está dispuesta, quiere, desea, sabe que es lo mejor, y anhela, separarse de su pareja. Pero lleva meses sin hacerlo. El problema (tal cual lo explica ella misma) es la vergüenza que siente sólo de pensar en enfrentarse ya no a él, sino a su familia y amigos:

- Me muero de vergüenza sólo de pensar que tengo que colocarme frente a mi madre después del café de los domingos, y decirle que voy a separarme. Mi madre lloró el día en que le dije que íbamos a tener un hijo. Mi madre adora a ese hombre. De hecho, todo el mundo le adora. Me imagino a mis amigas juzgándome, llamándome loca, diciéndome que estoy cometiendo un error. Cuando tengo ese tipo de pensamientos, creo que quizás tengan razón, y yo esté a punto de cometer una insensatez.

Le recuerdo en este punto la cantidad de motivos que ha estado esgrimiendo, uno tras otro, para resolver que desea separarse. Lo hago como si fuera una niña pequeña: “venga, empecemos por el motivo número uno. Y yo lo iré repitiendo contigo.”

Y ella dice: “No le amo” y yo repito: “así que no le amas. Pero ese debe de ser un motivo muy pequeñito, intrascentente” Ella adopta de pronto posición de ataque, con su cuerpo avanzado, manos sobre la mesa: “No. Ese es el motivo más grande que tengo. Si no amo a mi pareja, ¡no puedo seguir junto a ella!”

- Tranquila, - sonrío - , es que tienes ese motivo, no le amas, pero todo se detiene frente a la vergüenza de hablar con tus familiares de ello. Visto desde mi silla, y utlizando simplemente la lógica, diría que es más importante no sentir vergüenza que no amar. Y por eso llevas meses sin hacerlo.

Lo hablamos en el momento, lo entiende, respira, sale fuerte, dice “será esta noche, esta noche hablaré con él” pero regresa a la siguiente sesión hundida. A veces utiliza excusas absurdas, como que ha estado muy ocupada o que su pareja está pasando un mal momento, o que el bebé de año y medio que tienen lleva varias noches sin dormir.

La realidad es que esa vergüenza de verbalizar esconde mucho más que el simple temor a ser juzgado o a la reacción de los demás. Esconde la confirmación verbal del acto. Ese acto que a veces verbalizamos y no somos capaces de llevar a cabo, como mi amiga Laurita que sigue diciéndole a Adrián que no volverán a follar pero se muere por follar con él, y por eso, sigue haciéndolo. Pero cuando sí sabemos lo que queremos, cuando estamos dispuestos, cuando no se esconden detrás de eso que queremos hacer ningún tipo de duda, todos sabemos que el paso siguiente a decirlo es hacerlo.

A mi paciente, en realidad, no le importan las opiniones puesto que en realidad no tiene ni idea de ellas. Es más, en el 100 por 100 de los casos que he llevado similares, nunca ha habido familiar ni amigo que juzgue, bien al contrario: ante un anuncio así, todos reaccionan con comprensión, tristeza o desconsuelo, pero con absoluto respeto y comprensión.

Lo que mi paciente hace es tener diálogos consigo misma a través de esas supuestas opiniones. Y la vergüenza no es sino el temor a la certeza de que una vez dicho, hecho. Así va retrasando ese momento, algo en su cabecita le dice que quizás no haga lo correcto, que puede equivocarse.

Yo le digo que si no pensara en que puede equivocarse no estaría tomando una decisión, estaría adivinando el futuro, y eso, a estas alturas, no me lo creo. Que no tenga miedo. Que ella sabe que decirlo es hacerlo. Y que quizás precisamente el decirlo le ayude a acabar de hacerlo. Que los meses pasan, y el amor se diluye cada vez más. Y todos y cada uno de los motivos para separarse se van soportando con el tiempo. Que si no habla ya, se va a conformar y tendrá por vida conyugal una vida insulsa, donde se hace el amor una vez por semana sin pasión y con obligación y en donde cuando te preguntan sobre tu marido tú contestas “enamorada no estoy, pero le quiero como a un hermano.”

Ella me mira de nuevo, en sus ojos el brillo de “hoy lo digo.” En mi próxima sesión la volveré a ver entrar derrotada: la conformidad y el miedo se le están comiendo la vida.
 
Si no vas a hacerlo, no digas que lo harás.

A todos nos ha pasado alguna vez (o más de alguna) aquello de decir lo que no se piensa, producto de la rabia, la impotencia, la tristeza o la ansiedad.

Y no, no estoy hablando de decirle a tu mejor amiga que su bebé es divino cuando en realidad te parece un petardo (el bebé, no tu amiga.)

Si no de todas aquellas veces en que pocos segundos después de haber dicho algo, nos hemos arrepentido de ello.

Esto no tendría mayor trascendencia si no fueran más que palabras dichas en circunstancias de gran intensidad o emoción, de las que puedes desdecirte con la más que razonable excusa de estar bajo la presión de dicha circunstancia.

Vamos, que le dices a tu novio que en la cama es un asco cuando estás enzarzada con él en una discusión absurda y basta con decir unos segundos más tarde que en realidad no pensabas nada de eso (y si lo piensas, se lo dices igual, o te vas a quedar sin novio.)

Pero lo que sí toma trascendencia es cuando ese tipo de afirmaciones, sean producto de lo que sean, tienen forma de acción.

En fácil y claro: decir que vas a hacer algo, cuando en realidad no estás pensando en hacerlo, o no vas a ser capaz de hacerlo, es materia prima para el descrédito y pasar a entrar en un ciclo parecido al del cuento de Pedro y el Lobo. Y las consecuencias de ello son devastadoras emocionalmente. Tanto que a veces bastaría con grabarse esa máxima del “si no vas a hacerlo, no lo digas” a fuego en nuestras neuronas para vivir con una más que aceptable tranquilidad.

Dos ejemplos. Uno que hasta puede producir cierta gracia, con el que fácilmente nos sentiremos identificados la mayoría de nosotros. Otro que no hace gracia alguna.

Mi amiga Laurita lleva tres meses en una relación nueva. La relación empezó con una especie de acoso y derribo por parte del muchacho en cuestión, llamémosle Adrián. Adrián se instaló en el piso vacío desde hacía dos años frente al piso de Laurita, recién separada y aun traumatizada por un abandono mal llevado. Durante varios meses, Adrián utilizó todo tipo de estrategias para arrancarle a Laurita una cita (en realidad, unos cuantos orgasmos.) Y Laurita sorteó sus embistes con suma elegancia, utilizando desde el “no estoy todavía preparada” hasta el más radical “mira tío que no voy a salir contigo y punto” (reondo que diría el amigo de Titobeno.)

Pero las flores, los “es que no entiendes que me estoy enamorando de ti”, y muchos “dame una oportunidad Laurita” acabaron por ablandar el corazón roto de mi amiga. En resumen: cita, cena, copa, polvazo. Las dos primeras semanas, ella vivió una especie de sueño romántico. Vivía en rosa y hablaba en verso, sonaban boleros y milongas a partes iguales, bulerías y serenatas de Bach. Tanto era así, que el pisito recién estrenado de Adrián se convirtió en el centro de las quejas de toda la comunidad debido a los orgasmos de Laurita a todas horas, los descorches de botellas de cava, la bossanova de madrugada, y los miles de besos sonoros en el umbral de la puerta.

Y de pronto, todo empezó a cambiar. Lento, pero implacable. Adrián pasó de llamar a diario a hacerlo cada tres o cuatro días. De tomar café juntos al despertar, a quedar para cenar algún sábado. De visita obligada al vecino, a el vecino lleva tres días sin aparecer. Y Laurita empezó a pasarlo mal.

A preguntarse por qué habían cambiado las cosas. A buscar en qué había fallado. A llorar porque Adrián no contestaba a sus sms. A odiarse un poquito. A volverse a romper el corazón.

Así que, desconsolada, Laurita decidió que aquella no era manera de iniciar una relación, que los llantos por sus inseguridades descompensaban los pocos momentos en que Adrián pasaba a verla para decirle que no podían salir esa noche porque se iba con unos amigos, y le daba un simple beso en los labios.

Tomó el teléfono, y envalentonada, le dijo a Adrián más o menos lo siguiente: “No estoy contenta con esta relación, Adrián, y lo mejor es que no volvamos a acostarnos nunca más. Podemos ser amigos. Pero no me llames para echar un polvo porque la respuesta va a ser que no.”

Ole por mi amiga Laurita.

Dos días después de aquella llamada, Adrián tentó su suerte. La llamó para tomar un café. Ella accedió. Al café le siguió una invitación a cenar. La copa. Y polvazo.

Y vuelta a empezar. A día de hoy Laurita ha repetido la llamada del “nunca volveremos a acostarnos” doce veces. Y ha echado los doce polvos que a Adrián le ha dado la real gana.

Y es que el descrédito de la primera vez, cuando Adrián supo que Laurita no iba a cumplir con su “amenaza”, le ha dado a Adrián la confianza suficiente para no hacerle ni caso en sus afirmaciones. Así que para él, Laurita es Pedro diciendo “que viene el lobo, que viene el lobo” y él es el populacho que se mofa de ello.

El segundo ejemplo, como he dicho, no tiene gracia alguna. Y es que cada vez que una mujer maltratada le dice a su maltratador que nunca volverá con él, y sin embargo le vuelve a perdonar y a abrir la puerta, le está dando, en realidad, las alas que él necesita para seguir volando sobre ella destrozándole la vida.
 
Va la cosa de toros.

Tuve un inteligente profesor (no por la anécdota que ahora voy a relatar, sinó porque era, en verdad un profesor inteligente: sabía explicar las cosas de tal manera que todos deseásemos llegase su hora de clase y solían escucharse murmullos de desaprobación cuando espetaba “y seguiremos el próximo día”. Y eso a mí, me parece lo más inteligente que puede hacer un profesor) que decía que para subir el escalón del “convencer” al “persuadir” tenían que moverse las tripas del interlocutor. Tenías, en realidad, que conseguir que quien te escuchara se viera arrastrado a tu argumentación y a tu posición sin ser capaz de explicar el porqué, sin creerse ni intender ni uno sólo de tus argumentos, pero marchándose del debate sintiendo que tu posición era la correcta y la suya nunca existió.

Decía que había tres temas que no eran materia de persuasión: la política, la fe, y los toros.

Seguramente habrá muchos más. Pero a mí se me quedaron en la memoria estos tres.

Quizás influída por ello, o quizás porque soy competitiva en mis debates y no me siento satisfecha nunca con un simple “te voy a convencer” sino que siempre aspiro al “te voy a persuadir”, son temas que he debatido siempre de la emocionabilidad, con el único objetivo de exponer mis sensaciones, respetando las de los demás, pero sin mayores pretensiones: ni pienso cambiar mi opción política, ni estoy dispuesta a cambiar mis creencias religiosas (o mis descreencias religiosas) ni me siento en disposición de persuadir a un antitaurino de que deje de serlo, igual que me parece inviable que alguien intente que yo sienta el toreo como una vergüenza nacional, mundial o humana.

En los tres existe siempre un elemento valorativo que los psicólogos cognitivistas rechazamos de pleno: la diferencia entre lo que está bien y lo que está mal. No es que rechacemos que existan cosas que estén bien y cosas que estén mal, sino que rechazamos que la definición del bien y del mal sean categorías estancas y universales, que cuentan con la absoluta y total aprobación de todos los seres humanos que pueblan la tierra.

Esto enlaza con lo que se entiende por “moral crítica”. La moral crítica es aquella moral individual que nos permite entender algunas cosas como correctas y otras como incorrectas sin que ello esté relacionado con la “moral positiva”, que es la moral que aparentemente todos llevamos dentro y nos permite de manera muy genérica, entender que está mal matar, violar a un niño, o ser infiel engañando a nuestra pareja.

No obstante, la moral crítica nos permite precisamente criticar esta moral positiva según nuestra experiencia y sobre todo, según nuestras emociones, que en multitud de ocasiones son totalmente opuestas a lo que la moral positiva dictamina.

Es éxito del trabajo de la moral crítica de unos pocos cuando se ven cambios en la moral positiva. El ejemplo más en boga ahora mismo entre la comunidad psicológica es la homosexual, que hace unos años tenía una moral positiva que la valoraba de “malo” mientras unas pocas morales críticas trataban de debatir contra esto plasmando que no era nada malo. Con el tiempo, la suma de morales críticas que abogaban por una conexión “homosexual = bueno” fue transformando poco a poco la moral positiva. Y así ahora mismo, ésta entiende la homosexualidad como una opción más que correcta.

Sólo pertenece a la moral crítica el debatir esta nueva idea, y así, sucesivamente, la sociedad va adquiriendo nuevos valores, nuevas categorizaciones, creando morales positivas distintas y, en consecuencia, cambiando el devenir social: bodas homosexuales, pronto seguramente adopciones homosexuales, libertad absoluta en la elección del sexo y un largo etécé.

La moral positiva dice que matar está mal. Dice que hacer sufrir está mal. Dice que provocar dolor está mal.

Pero mi moral crítica me permite discernir la línea del bien y del mal allí donde mis emociones así lo deciden, de manera libre, y sin influencia social alguna.

Así puedo considerar el toreo un arte maravilloso que no me parece mal. Y cualquier otro puede considerarlo una “crueldad gratuita” que está mal.

Por eso no hay persuasión posible.

Y en el fondo, es una considerable ventaja que así sea.

Porque así nos permite a todos ser más o menos moralmente positivos, sin dejar de conservar nuestra esencia que es crítica, y yo ser yo, y todos los demás ser cientos de millones de “yo” diferentes a mí.

Como veis no he tratado de convenceros ni de persuadiros de nada: sólo explicaros por qué el hecho de que yo piense como pienso me pertenece sólo a mí, y es absurdo (además de contraproducente) tratar de convencerme de lo contrario (o, en este caso, de persuadirme de ello.) Aplíquese este derecho crítico-moral a todas y cada una de las circunstancias empapadas de valoraciones “bueno-malo” y tendréis la respuesta al porqué unos son infieles y otros no, unos son de derechas y otros de izquierdas, unos creen que el sexo sin amor es malo y otros lo creen factible, e incluso por qué a mí personalmente, Blancanieves me parecía cursi e idiota y la madrastra una crack.
 
O picha dentro o picha fuera (versión avanzada del clásico “o todos moros o todos cristianos”)

Al hilo de la noticia de la mujer que no se sentía mujer y decidió transexualizarse porque en realidad era un hombre encerrado en un cuerpo que no identificaba como suyo, y poco después de legalizar su situación decidió que lo de ser mujer no estaba tan mal por lo menos para embarazarse y tener un hijo en un cuerpo ya masculinizado, se me ocurre que tendríamos que hacer todos lo mismo y ser “mujerhombres” según nos interese.

Por ejemplo, yo quiero ser mujer para:

- Tener hijos.
- Que me toquen las tetas.
- Colgar un perfil en Internet y me entren el cuadrúple de candidatos a hacerme un favor que si colgara el mismo perfil siendo hombre.
- Tener mi propio Juzgado en caso de que un tío (o mujer) me acose, me maltrate o me pegue.
- Follar cuando me apetezca con quien yo elija.
- Fundirme la tarjeta de crédito en trapitos y botes de crema sin que nadie se asuste por ello.
- Hacerme la tonta y que parezca lo más normal del mundo por ser rubia.
- Sacarme una carrera consetudinariamente masculina y parecer por ello la hostia de lista.
- Ponerme minifalda con botas altas y que me queden bien.
- Tener empatía suficiente como para ejercer correctamente mi profesión.
- Poder coger un trabajo de media jornada para dedicar el resto al cuidado de la prole y que parezca lo más normal del mundo.
- Llorar sin que parezca idiota.
- Cabrearme y achacarlo a que tengo la regla.
- Confesar que veo Fama y no sentirme juzgada por ello.
- Ganar un sueldazo y que eso impresione.
- Conducir un Z4 por mi ciudad y que todos los tíos me miren con deseo y todas las mujeres con envidia.
- Tener un amante veinte años mayor que yo sin parecer un gigoló contratado.
- Besar a mi amiga Sonia con cariño y efusión sin que nadie ponga en tela de juicio mi orientación sexual.
- Ser la única prota el día de mi boda.


Y quiero ser hombre para:

- Tirarme pedos, escupir o soltar eruptos provocando un montón de risas.
- Follarme a cuantos más mejor y que me llamen “machote” en lugar de “puta.”
- No tener ni idea de cómo poner una lavadora.
- Hacerme pajas con mis amigotes viendo unas pelis porno.
- Ganar mucho más de lo que gano haciendo exactamente el mismo trabajo.
- Tener un 87% más de posibilidades de ser la máximo dirigente de una multinacional.
- No tener que hablar de mis emociones con nadie y que eso sea lo que se espera de mí.
- Divertirme hasta con un partido de fútbol en la tele.
- Saber colgar un cuadro bien recto, poner un enchufe, pintar bien la habitación o cambiar una rueda del coche sin pedir ayuda a nadie.
- Decir “ya te llamaré” y no llamar nunca sin que eso me cree un cargo de conciencia.
- Catalogar a mis ligues entre “amigos con derecho a roce”, “futuribles”, “amantes” o “putones de una sola noche.”
- Dedicarme a jugar con mis niños a la pelota.
- Elegir un trabajo que implique viajar tres veces por semana dejando a mi pareja al cuidado de la casa y los niños, y que eso sea admirable, en lugar de una irresponsabilidad.
- No tenerme que maquillar nunca, ni depilarme las axilas con cera caliente.
- Estar gordito y aun así ligar la hostia.
- Poder decir cosas como “lo siento pero no busco una relación seria ahora mismo” y que el interlocutor, en lugar de enviarme a la mierda, se cuelgue más por mí todavía.
- Tomar coñac y fumar puros sin parecer una friki.
- Tener amigos de esos hasta la muerte que nunca te tendrán envidia por ser más guapo que ellos.
- Llevar un bebé a pasear y que a todas las mujeres se les caiga la baba por ello.
- Decir que cocino bien, y tenerlas a mis pies.
- Hacer las clásicas tareas del hogar y que me feliciten por ello.
- Escribir poesía y parecer sensible y romántico en lugar de cursi.
- Hablar de sexo abiertamente sin que me insulten por hacerlo.
- Roncar sin que eso cree burla alguna.

Y, por supuesto, hacer pipí entre dos coches sin tener que congelarme el culito.
 
Algunos problemas.
Supongo habréis observado serias dificultades para acceder a las páginas de ya.com, a mi blog o al de otros aquí alojados. El temita lleva así más de una semana. Así que ando buscando nueva residencia.

De momento os pido paciencia... o esperamos a que esto mejore (y pueda actualizar como costumbre) o esperamos a encontrar un sitio mejor.