Tengo dudas.
¿Soy puntual o le hago esperar un rato?
¿Elijo yo el vino o dejo que lo elija él?
¿Me hago la tonta y río a cada chiste, o voy de intelectual y le hablo del sentido de la vida?
¿Suelto o recogido en coleta?
¿Mini y botas o vestido y zapatos?
Si me besa, ¿me hago la ofendida o me pongo cachonda?
¿El tanga blanco o las braguitas de puntilla negra?
¿Mejor sin ropa interior?
¿Comérsela antes o después de que me coma a mí?
¿Compro yo los condones?
Cuál de los estos lubricantes: ¿el de efecto frío o el de efecto calor?
Dudas que se me plantean cada vez que tengo una nueva cita...
No me marees más
Ayer estuve hablando con ex Chico Nuevo.
Las emociones que me unen a él ahora mismo se pueden catalogar de tres tipos distintos:
La primera de ellas se manifiesta generalmente entre mis sábanas y mis sueños húmedos: le pienso todavía y todavía deseo volver a verle. Una no pierde sus deseos por el mero hecho de decidir que no puede mantener una relación con un hombre, cuando el hecho de no poder mantenerla atiende, no a una cuestión sentimental, sino a una cuestión pragmática. Si recordáis, decidí romper con él debido a la inseguridad que me creaba su manera de relacionarse conmigo. Digamos que era realmente complicado dilucidar hasta qué punto esa manera de relacionarse tenía alguna posibilidad de fortalecerse y me creaba constantes dudas. Digamos que era complicado saber si valía la pena invertir mi tiempo y mis ilusiones en una persona excesivamente hermética. Digamos que era complicado quererle.
La segunda tiene que ver con la desilusión de no haber podido llevar buen puerto (de no haber podido llegar a ningún puerto) lo que iniciamos: estuvimos juntos apenas un mes y medio y la ruptura llegó en un momento en que yo emocionalmente estaba todavía muy vinculada a esa ilusión. Tenía ilusión. Quería que funcionara. Y existían muchas cosas en él que me hacían mantener esa ilusión. Así que cuando ves que las cosas no tienen visos de funcionar, entras en barrena emocional, y vas cayendo hasta la más profunda de las decepciones. De esas que no remontas. Y de esas que permanecen.
La tercera se parece más a la contradicción entre mantener con él otro tipo de relación y lo innecesario de ello. Es decir, uno puede decir eso de “vamos a ser amigos”, pero cuando andas todavía con los deseos allí puestos y las desiluniones rompiéndote el corazón, fructificar en una amistad me parece, no sólo imposible, si no absurdo: ¿quiero un amigo que me ha fallado y a quien deseo follarme? ¿No es precisamente eso lo contrario a la amistad? Porque, veamos, a un amigo se le pide que no te falle y que no te folle, digo yo. Pero, por otra parte, ¿quiero perderme el contacto que pudiera tener con un hombre que subyagó mi mente?
Cuando me llamó ayer, me sorprendí y supongo que esperaba que la parte de mí que aun le desea se viera recompensada. Pero la que atendió al teléfono fue una Amanda desilusionada y decepcionada, que no sabe si quiere seguir hablando del tiempo con un hombre que ya no forma parte de su vida pero que quisiera permanciera en ella.
Tuvimos media cháchara de apenas diez minutos en donde no nos dijimos nada. Entonces él entró en una conversación del tipo “seamos amigos” y me preguntó qué tal me iba con mis “chicos”, si había conocido a alguien y si desde que nos habíamos separado había follado con alguien. Le contesté que eso no era asunto suyo. Entonces él me dijo que se había acostado con una tía hace un par de semanas y yo le dije que igual que con quien yo me acostaba no era asunto suyo, con quien él no hiciera no me importaba los más mínimo.
Dijo: “vaya, creo que hoy no estamos en sintonía.”
Y yo contesté: “creo que hace mucho que dejamos de estarlo.”
- No me gusta este final para la conversación.
- No tengo otro.
Después se despidió.
Y volví a sentirme decepcionada, contradictoria en mi opción de mantener o no una relación con él y sobre todo, más que nunca, ansiosa por tenerle de nuevo entre mis brazos, como cuando acariciaba mi cabello y me decía “qué lindo pelo tienes, Amanda: me pasaría la vida acariciándotelo tan suave como tu acaricas mi alma.”
Las emociones que me unen a él ahora mismo se pueden catalogar de tres tipos distintos:
La primera de ellas se manifiesta generalmente entre mis sábanas y mis sueños húmedos: le pienso todavía y todavía deseo volver a verle. Una no pierde sus deseos por el mero hecho de decidir que no puede mantener una relación con un hombre, cuando el hecho de no poder mantenerla atiende, no a una cuestión sentimental, sino a una cuestión pragmática. Si recordáis, decidí romper con él debido a la inseguridad que me creaba su manera de relacionarse conmigo. Digamos que era realmente complicado dilucidar hasta qué punto esa manera de relacionarse tenía alguna posibilidad de fortalecerse y me creaba constantes dudas. Digamos que era complicado saber si valía la pena invertir mi tiempo y mis ilusiones en una persona excesivamente hermética. Digamos que era complicado quererle.
La segunda tiene que ver con la desilusión de no haber podido llevar buen puerto (de no haber podido llegar a ningún puerto) lo que iniciamos: estuvimos juntos apenas un mes y medio y la ruptura llegó en un momento en que yo emocionalmente estaba todavía muy vinculada a esa ilusión. Tenía ilusión. Quería que funcionara. Y existían muchas cosas en él que me hacían mantener esa ilusión. Así que cuando ves que las cosas no tienen visos de funcionar, entras en barrena emocional, y vas cayendo hasta la más profunda de las decepciones. De esas que no remontas. Y de esas que permanecen.
La tercera se parece más a la contradicción entre mantener con él otro tipo de relación y lo innecesario de ello. Es decir, uno puede decir eso de “vamos a ser amigos”, pero cuando andas todavía con los deseos allí puestos y las desiluniones rompiéndote el corazón, fructificar en una amistad me parece, no sólo imposible, si no absurdo: ¿quiero un amigo que me ha fallado y a quien deseo follarme? ¿No es precisamente eso lo contrario a la amistad? Porque, veamos, a un amigo se le pide que no te falle y que no te folle, digo yo. Pero, por otra parte, ¿quiero perderme el contacto que pudiera tener con un hombre que subyagó mi mente?
Cuando me llamó ayer, me sorprendí y supongo que esperaba que la parte de mí que aun le desea se viera recompensada. Pero la que atendió al teléfono fue una Amanda desilusionada y decepcionada, que no sabe si quiere seguir hablando del tiempo con un hombre que ya no forma parte de su vida pero que quisiera permanciera en ella.
Tuvimos media cháchara de apenas diez minutos en donde no nos dijimos nada. Entonces él entró en una conversación del tipo “seamos amigos” y me preguntó qué tal me iba con mis “chicos”, si había conocido a alguien y si desde que nos habíamos separado había follado con alguien. Le contesté que eso no era asunto suyo. Entonces él me dijo que se había acostado con una tía hace un par de semanas y yo le dije que igual que con quien yo me acostaba no era asunto suyo, con quien él no hiciera no me importaba los más mínimo.
Dijo: “vaya, creo que hoy no estamos en sintonía.”
Y yo contesté: “creo que hace mucho que dejamos de estarlo.”
- No me gusta este final para la conversación.
- No tengo otro.
Después se despidió.
Y volví a sentirme decepcionada, contradictoria en mi opción de mantener o no una relación con él y sobre todo, más que nunca, ansiosa por tenerle de nuevo entre mis brazos, como cuando acariciaba mi cabello y me decía “qué lindo pelo tienes, Amanda: me pasaría la vida acariciándotelo tan suave como tu acaricas mi alma.”
Sí son horas para salir a cenar
Ayer me invitaron a cenar.
Uno de los papás divorciados del colegio de mi hija.
47 años. Metro noventa.
Llevábamos todo este tiempo coincidiendo a las nueve de la mañana y a las cinco de la tarde los dos días semanales que mi niña no tiene canguro.
Ni siquiera había reparado en él.
Ni siquiera habíamos pasado del “hola buenos días” y del “hola buenas tardes.”
Pero ayer salíamos de una de esas actividades extraescolares en las que metes a los niños para poder combinarte mejor el trabajo con la responsabilidad de recogerlos a horas imposibles para la conciliación laboro-familiar y mi hija dijo que se iba a casa de su abuela a dormir a todo aquel que preguntaba que qué iba a hacer este fin de semana y él debió de cazar al vuelo la idea, porque dos horas más tarde me llamó.
Me dijo que había pedido mi teléfono a una de las mamás con la que yo más trato tengo.
Luego dijo que era el padre de Marquitos.
Por un momento me acordé del Marquitos de “Fama” y casi me da un pasmo.
Luego recordé el metro noventa y las canas en los costados. También los ojos azules y la moto de gran cilindrada.
“Ah, sí, sé quién eres. Cuéntame”
Esto es muy típico de mí cuando me pongo nerviosa (creo que el hecho de que te llame un papá de metro noventa que ha conseguido tu teléfono a través de una mamá es motivo suficiente para ponerse nerviosa): repito varias veces eso de “cuéntame.”
Me contó que tenía un restaurante en el centro de la ciudad, que cerraba a la una de la madrugada y que aunque era muy tarde, le apetecía invitarme a esa hora a cenar en la cocina. Que su chef (dijo la palabra “chef” así que de pronto me imaginé en un restaurante con al menos una estrella michelín y un vino de 200 euros) nos preparía algo. Y que eso nos daría la oportunidad de hablar algo más que “hola buenos días” y “hola buenas tardes.”
Me pareció la cita más romántica a la que me han invitado jamás.
Fue la cita más romántica a la que me han invitado jamás.
¿Alguien sabe lo que es cenar en una cocina de un restaurante con ninguna estrella Michelín y un chef que es un tío super simpático llamado “Paco”? ¿Y tomar un vino de lo más normalito con un papá contándote lo preciosa que eres mientras te hace degustar uno a uno los platos que tiene previstos para el menú del día siguiente?
¿Alguien sabe lo que es aguantar hasta la una de la mañana para cenar junto a un hombre maduro, interesante, divertido, sexy y abrumadoramente complaciente?
¿Alguien sabe lo que es tener un calentón cuando te acerca el tenedor a la boca y te dice “prueba esto, Amanda”?
A las tres y media regresé a casa imaginando cosas muy guarras en esa cocina, con Paco preguntando a su jefe si iba a querer comidita de coño de postre.
Tan diferente todo que hoy estoy todavía en una especie de sueño en donde el papá de Marquitos me sigue clavando los ojos azules en el escote y espera a que me sonroje para apartar la mirada y volver a rellenar mi copa de vino.
Creo que voy a despedir a la canguro que va a recoger a la niña tres veces por semana.
Uno de los papás divorciados del colegio de mi hija.
47 años. Metro noventa.
Llevábamos todo este tiempo coincidiendo a las nueve de la mañana y a las cinco de la tarde los dos días semanales que mi niña no tiene canguro.
Ni siquiera había reparado en él.
Ni siquiera habíamos pasado del “hola buenos días” y del “hola buenas tardes.”
Pero ayer salíamos de una de esas actividades extraescolares en las que metes a los niños para poder combinarte mejor el trabajo con la responsabilidad de recogerlos a horas imposibles para la conciliación laboro-familiar y mi hija dijo que se iba a casa de su abuela a dormir a todo aquel que preguntaba que qué iba a hacer este fin de semana y él debió de cazar al vuelo la idea, porque dos horas más tarde me llamó.
Me dijo que había pedido mi teléfono a una de las mamás con la que yo más trato tengo.
Luego dijo que era el padre de Marquitos.
Por un momento me acordé del Marquitos de “Fama” y casi me da un pasmo.
Luego recordé el metro noventa y las canas en los costados. También los ojos azules y la moto de gran cilindrada.
“Ah, sí, sé quién eres. Cuéntame”
Esto es muy típico de mí cuando me pongo nerviosa (creo que el hecho de que te llame un papá de metro noventa que ha conseguido tu teléfono a través de una mamá es motivo suficiente para ponerse nerviosa): repito varias veces eso de “cuéntame.”
Me contó que tenía un restaurante en el centro de la ciudad, que cerraba a la una de la madrugada y que aunque era muy tarde, le apetecía invitarme a esa hora a cenar en la cocina. Que su chef (dijo la palabra “chef” así que de pronto me imaginé en un restaurante con al menos una estrella michelín y un vino de 200 euros) nos preparía algo. Y que eso nos daría la oportunidad de hablar algo más que “hola buenos días” y “hola buenas tardes.”
Me pareció la cita más romántica a la que me han invitado jamás.
Fue la cita más romántica a la que me han invitado jamás.
¿Alguien sabe lo que es cenar en una cocina de un restaurante con ninguna estrella Michelín y un chef que es un tío super simpático llamado “Paco”? ¿Y tomar un vino de lo más normalito con un papá contándote lo preciosa que eres mientras te hace degustar uno a uno los platos que tiene previstos para el menú del día siguiente?
¿Alguien sabe lo que es aguantar hasta la una de la mañana para cenar junto a un hombre maduro, interesante, divertido, sexy y abrumadoramente complaciente?
¿Alguien sabe lo que es tener un calentón cuando te acerca el tenedor a la boca y te dice “prueba esto, Amanda”?
A las tres y media regresé a casa imaginando cosas muy guarras en esa cocina, con Paco preguntando a su jefe si iba a querer comidita de coño de postre.
Tan diferente todo que hoy estoy todavía en una especie de sueño en donde el papá de Marquitos me sigue clavando los ojos azules en el escote y espera a que me sonroje para apartar la mirada y volver a rellenar mi copa de vino.
Creo que voy a despedir a la canguro que va a recoger a la niña tres veces por semana.
De algunos casos no tengo solución.
Hoy os quiero hablar de Sandro.
Sandro vino a mi consulta derivado por José Antonio, mi jefe en el hospital, adjunto a un mail en donde decía “hay algo muy extraño en él. Pero yo no puedo ayudarle.”
Era un hombre de cuarenta y pocos, correcto en sus formas, de aspecto pulido pero distando de ser atractivo. Serio, apocado, poco hablador.
Se sentó delante de mí y a mi requerimiento de “bien, cuéntame qué te sucede” contestó algo así como “no me gusto nada y creo que tengo bulimia, aunque sea una enfermedad de mujeres.”
Nunca me dejo llevar por los auto diagnósticos, así que inicié la batería de preguntas típica para revisar sus síntomas y poder encuadrarlo en algún lugar en el DSM-IV, sin obviar en ningún caso, que él había definido su problema como un trastorno de alimentación.
A priori todo encajaba: la bulimia se caracteriza por atracones incontrolados y exagerados de ingesta alimentaria especialmente calórica (azúcares, cereales, chocolate, grasas) seguidos de conductas de purgación física. La más conocida es el vómito provocado, pero son muchas más: algunos eligen métodos laxantes agresivos (se hacen enemas cinco o seis veces al día, toman laxantes fortísimos en dosis nunca recomendadas), otros utilizan los diuréticos (peligrosísimos para la salud debido a los bajones de tensión que provocan si se toman sin cuidado médico) y unos pocos eligen tablas de ejercicio repetitivas (bicicleta estática, cintas para correr, sesiones maratonianas de aerobic casero.)
Pero lo que diferencia al bulímico de otras enfermedades mentales no es tanto la conducta “atracón – purgación” como los pensamientos que le llevan a esa conducta: son personas que quieren poseer un cuerpo perfecto, y por tanto se martirizan y culpabilizan cuando se desvían de su objetivo, ganando unos kilos, comiendo algo que saben les perjudicará en su imagen u observando flacidez o estrías. Además, se sienten especialmente inseguros si alguien comenta algo al respecto o si, al contrario, no lo hacen cuando esperan que sí lo hagan: comprarse una faldita nueva y no recibir ningún comentario al respecto, les lleva aun pensamiento de “mi cuerpo no ha gustado lo suficiente” de manera obsesiva, obsesión que sólo pueden paliar comiendo, volviendo al pensamiento de “ahora sí que la falda me quedará fatal” y acabando el ciclo con la conducta purgatoria.
Es un trastorno complejísimo de tratar: primero porque el paciente, que busca y necesita sentirse perfecto, difícilmente admitirá que no lo es y por tanto necesita ir a un psicólogo. Segundo, porque muchas de las conductas ayudan a mejorar esa imagen, así que logran, incorrectamente, su objetivo: se sienten reforzados y por ello, seguirán haciéndolo, ya que “funciona”. Tercero, porque a menos que sea una bulimia extrema, es fácil de llevar y los síntomas secundarios tardan años en salir, por lo que a su alrededor no es nada fácil captarlo. Por último, pueden llevar una vida de lo más normal, aprendiendo a vomitar en absoluto silencio, reduciendo los atracones a las noches para no ser sorprendidos y no sentirse incapacitados por culpa de ellos, comiendo con absoluta normalidad cuando la relación social así lo requiere.
Aunque Sandro tenía conducta bulímicas, no entraba dentro del tipo concreto, y de eso me di cuenta a la media hora de visita, cuando me dijo que no tenía espejos en su casa y hacía un recorrido mucho más largo de lo habitual de su casa al trabajo y viceversa, para no pasar por ciertos escaparates en donde podía verse reflejado. De hecho, llevaba más de dos años sin saber qué aspecto objetivo tenía.
Eso no era propio de la bulimia, que lleva al enfermo a mirarse constantemente, buscarse defectos, evaluar su imagen o pesarse hasta veinte veces al día.
Lo que Sandro padecía es el llamado “trastorno dismorfofóbico”, es decir, una fobia a su propio cuerpo y a su imagen.
Como sabía de la bulimia, le resultaba más fácil atarse a ese tipo de conductas antes que admitir que no soportaba su aspecto, hasta el punto de temerlo.
Era tan grave en su caso, que llevaba años sin mantener relaciones con el sexo opuesto por miedo a que descubriesen su fobia, a ir a una casa en donde hubiera un espejo a la entrada e incluso había cambiado de trabajo por no tener que subir en un ascensor donde pudiera reflejarse.
El tratamiento es extremadamente complejo, con pocos o nulos resultados. Hicimos algunos avances como traer un espejo a la consulta y tratar de mirarse poco a poco mediante una técnica llamada “desensiblización sistemática”, pero el día en que debíamos dar el gran paso, Sandro no se presentó y nunca más supe de él.
No conseguí ligar su enfermedad con trauma alguno del pasado y no existía, en verdad, explicación. Es una enfermedad clínica rarísima y no he vuelto a tener ningún otro paciente con algo así, si acaso un paciente que sí traté con éxito que tenía fobia a su nariz y que había pasado por doce operaciones de cirugía estética.
Hay cosas que pasan en consulta que son misterios que estamos muy lejos de entender. Así que al saber que hace unos días se celebró el 25 cumpleaños de la aparición del album Thriller de Micheal Jackson, el gran dismorfofóbico de la historia contemporánea, me acordé de Sandro y me pregunté si seguiría sin entrar en lavabos públicos por miedo a encontrarse con un espejo, solitario y bulímico, odiándose por tener la forma que tenía y decidí escribir esto para rendirle mi pequeño homenaje y decirle, si acaso, “no tengas miedo a mirarte, Sandro.”
Sandro vino a mi consulta derivado por José Antonio, mi jefe en el hospital, adjunto a un mail en donde decía “hay algo muy extraño en él. Pero yo no puedo ayudarle.”
Era un hombre de cuarenta y pocos, correcto en sus formas, de aspecto pulido pero distando de ser atractivo. Serio, apocado, poco hablador.
Se sentó delante de mí y a mi requerimiento de “bien, cuéntame qué te sucede” contestó algo así como “no me gusto nada y creo que tengo bulimia, aunque sea una enfermedad de mujeres.”
Nunca me dejo llevar por los auto diagnósticos, así que inicié la batería de preguntas típica para revisar sus síntomas y poder encuadrarlo en algún lugar en el DSM-IV, sin obviar en ningún caso, que él había definido su problema como un trastorno de alimentación.
A priori todo encajaba: la bulimia se caracteriza por atracones incontrolados y exagerados de ingesta alimentaria especialmente calórica (azúcares, cereales, chocolate, grasas) seguidos de conductas de purgación física. La más conocida es el vómito provocado, pero son muchas más: algunos eligen métodos laxantes agresivos (se hacen enemas cinco o seis veces al día, toman laxantes fortísimos en dosis nunca recomendadas), otros utilizan los diuréticos (peligrosísimos para la salud debido a los bajones de tensión que provocan si se toman sin cuidado médico) y unos pocos eligen tablas de ejercicio repetitivas (bicicleta estática, cintas para correr, sesiones maratonianas de aerobic casero.)
Pero lo que diferencia al bulímico de otras enfermedades mentales no es tanto la conducta “atracón – purgación” como los pensamientos que le llevan a esa conducta: son personas que quieren poseer un cuerpo perfecto, y por tanto se martirizan y culpabilizan cuando se desvían de su objetivo, ganando unos kilos, comiendo algo que saben les perjudicará en su imagen u observando flacidez o estrías. Además, se sienten especialmente inseguros si alguien comenta algo al respecto o si, al contrario, no lo hacen cuando esperan que sí lo hagan: comprarse una faldita nueva y no recibir ningún comentario al respecto, les lleva aun pensamiento de “mi cuerpo no ha gustado lo suficiente” de manera obsesiva, obsesión que sólo pueden paliar comiendo, volviendo al pensamiento de “ahora sí que la falda me quedará fatal” y acabando el ciclo con la conducta purgatoria.
Es un trastorno complejísimo de tratar: primero porque el paciente, que busca y necesita sentirse perfecto, difícilmente admitirá que no lo es y por tanto necesita ir a un psicólogo. Segundo, porque muchas de las conductas ayudan a mejorar esa imagen, así que logran, incorrectamente, su objetivo: se sienten reforzados y por ello, seguirán haciéndolo, ya que “funciona”. Tercero, porque a menos que sea una bulimia extrema, es fácil de llevar y los síntomas secundarios tardan años en salir, por lo que a su alrededor no es nada fácil captarlo. Por último, pueden llevar una vida de lo más normal, aprendiendo a vomitar en absoluto silencio, reduciendo los atracones a las noches para no ser sorprendidos y no sentirse incapacitados por culpa de ellos, comiendo con absoluta normalidad cuando la relación social así lo requiere.
Aunque Sandro tenía conducta bulímicas, no entraba dentro del tipo concreto, y de eso me di cuenta a la media hora de visita, cuando me dijo que no tenía espejos en su casa y hacía un recorrido mucho más largo de lo habitual de su casa al trabajo y viceversa, para no pasar por ciertos escaparates en donde podía verse reflejado. De hecho, llevaba más de dos años sin saber qué aspecto objetivo tenía.
Eso no era propio de la bulimia, que lleva al enfermo a mirarse constantemente, buscarse defectos, evaluar su imagen o pesarse hasta veinte veces al día.
Lo que Sandro padecía es el llamado “trastorno dismorfofóbico”, es decir, una fobia a su propio cuerpo y a su imagen.
Como sabía de la bulimia, le resultaba más fácil atarse a ese tipo de conductas antes que admitir que no soportaba su aspecto, hasta el punto de temerlo.
Era tan grave en su caso, que llevaba años sin mantener relaciones con el sexo opuesto por miedo a que descubriesen su fobia, a ir a una casa en donde hubiera un espejo a la entrada e incluso había cambiado de trabajo por no tener que subir en un ascensor donde pudiera reflejarse.
El tratamiento es extremadamente complejo, con pocos o nulos resultados. Hicimos algunos avances como traer un espejo a la consulta y tratar de mirarse poco a poco mediante una técnica llamada “desensiblización sistemática”, pero el día en que debíamos dar el gran paso, Sandro no se presentó y nunca más supe de él.
No conseguí ligar su enfermedad con trauma alguno del pasado y no existía, en verdad, explicación. Es una enfermedad clínica rarísima y no he vuelto a tener ningún otro paciente con algo así, si acaso un paciente que sí traté con éxito que tenía fobia a su nariz y que había pasado por doce operaciones de cirugía estética.
Hay cosas que pasan en consulta que son misterios que estamos muy lejos de entender. Así que al saber que hace unos días se celebró el 25 cumpleaños de la aparición del album Thriller de Micheal Jackson, el gran dismorfofóbico de la historia contemporánea, me acordé de Sandro y me pregunté si seguiría sin entrar en lavabos públicos por miedo a encontrarse con un espejo, solitario y bulímico, odiándose por tener la forma que tenía y decidí escribir esto para rendirle mi pequeño homenaje y decirle, si acaso, “no tengas miedo a mirarte, Sandro.”
Muchas Amandas antes...
Algunos comentaristas dijeron que se sorprendieron al conocer la Amanda que se dejó manipular tan fácilmente por Enrique el Incoherente (yo sigo en mis trece.)
Pues bien, dejadme soprenderos mucho más.
Hasta los 12 años era una niña monísima llena de inseguridades, empollona, tímida, soñadora. Creí que mi vida de adulta sería la de una mujer casada con un futbolista y madre de tres hijos, que no trabajaría y viviría en el lujo y la opulencia. Acompañaría a mi marido a los partidos y mis hijos se llamarían Martina, Adrián y Mark (con “k”.) Escribía un diario y ponía corazones sobre las “i”.
De los 12 a los 17 fui una estúpida depresiva insegura que se pasaba el rato llorando y preguntándose cosas como “qué se siente en la muerte” y “por qué Ignacio se enrolló con mi amiga Natalia”. Mi padre me parecía el hombre más injusto y malo de la tierra y decidí que nunca me casaría porque mi madre era una esclava. Quería ser periodista y poner a parir a todos los padres del planeta. Me relacionaba poco y mal, fumaba porros y me emborrachaba a diario. No estudiaba nada y si aprobaba era siempre justito tirando a muy justito. Mi padre me castigaba día sí y día también y el sexo me parecía la cosa más aburrida del mundo. En mi diario sólo escribía poesías acerca de la muerte y la mierda de mundo que me había tocado vivir.
A los 17 años conocí al padre de mi hija y entonces mi padre me pareció un hombre comprensivo y bueno que siempre estaría a mi lado, mientras que mi madre era una pesada. Quería casarme y tener dos hijos que se llamarían Diego y Cristina. Sólo tenía una amiga. Quería estudiar empresariales para montar mi propio negocio. El que sería mi marido me parecía el hombre más inteligente y guapo del mundo. En mi diario escribía manifiestos liberales y libertarios y el sexo me parecía lo más divertido que se podía hacer.
A partir de los 22 años la sociedad me parecía injusta. No quería tener hijos y quería adoptar a dos niños negritos, a una niña china y a un par de hermanos con VIH. Empecé a estudiar psicología y fui elegida Delegada de curso los cuatro años de la carrera. Mi marido me parecía un idiota y mi padre un aburrido. Mi madre me empezó a caer bien. Tenía un grupo de siete amigas con las que me iba de fiesta, salía de viaje y compartía interesantes conversaciones acerca de lo que podríamos hacer para mejorar la sociedad. No escribía nada en mi diario. Era beligerante, guerrera, batalladora, polémica y estaba metida en todos los fregaos.
A los 28 años creía que mi trabajo era lo más importante del mundo y trabajaba catorce horas diarias. Descuidaba a mi hija que se criaba con canguros y niñeras. Viajaba tres días por semana. Me creía una ejecutiva agresiva y que me comería el mundo. Quería ser soltera por el resto de mis días y vivir en Nueva York con mi hija, un chófer, una nani y tres sirvientas. En mi diario escribía los casos de mis pacientes con la intención de publicarlos en el Lancet. Mi sueño era follarme a un médico.
A los 32 creí que lo mejor que me podía ocurrir era que me pasara un camión por encima. Me odiaba y me asqueaba. No sabía cómo criar a mi hija y me sentía tremendamente sola. Quería morirme, quedarme en el paro, quedarme sin amigos y no hablaba con nadie. En mi diario escribía que era una inútil fracasada. Era agresiva, estaba amargada y amargaba a todos a mi alrededor. Pensaba que no llegaría a los 33.
A los 33 era la mujer más feliz del mundo. Era guapa, adoraba mi trabajo, entendía a mis pacientes, me levantaba cantando y disfrutaba horrores de mi sexualidad y de mi personalidad. Ayudaba a mis amigos, me sentía arropada por todo el mundo y mis padres eran lo mejor que me podía haber pasado. Mi hija era lo más importante de mi vida y me lo pasaba bomba con ella, hacía lo imposible por pasar cuanto más tiempo pudiera a su lado, y estaba brutalmente enamorada. Quería aprender todo lo que la vida me aportaba. Era divertida, ocurrente, sensible, cariñosa y entregada. En mi diario escribía todo lo que aprendía cada día y acerca del milagro de la vida.
Con 36 era una mujer que estaba entregada a su maternidad. Renuncié a parte de mi trabajo para poder volver a estudiar y dedicarle a ella el tiempo que merecía. Era alegre, consecuente, madura y respetuosa con mi entorno. Serena, tranquila, sin grandes sobresaltos, seguía enamorada y había empezado a apreciar los pequeños detalles, como una sonrisa de mi hija, su compañía, y el amor tácito de Luis. Quería seguir siendo la Amante durante toda la vida, sin hijos, soltera, y creía que el sentido de mi vida era esperar a que Luis y yo pudiéramos pasar unas horas juntos. Dejé de escribir un diario y empecé a escribir un blog. Era feliz, casi tanto como cualquier otra persona.
Ahora que tengo (casi) 38 años, me gustaría tener otro hija y que se llamara Bárbara, como mi hermana. Creo que Luis no es el sentido de m vida, pero que es la relación que tiene más sentido en ella. Sigo escribiendo. Y sigo siendo feliz.
Pues bien, dejadme soprenderos mucho más.
Hasta los 12 años era una niña monísima llena de inseguridades, empollona, tímida, soñadora. Creí que mi vida de adulta sería la de una mujer casada con un futbolista y madre de tres hijos, que no trabajaría y viviría en el lujo y la opulencia. Acompañaría a mi marido a los partidos y mis hijos se llamarían Martina, Adrián y Mark (con “k”.) Escribía un diario y ponía corazones sobre las “i”.
De los 12 a los 17 fui una estúpida depresiva insegura que se pasaba el rato llorando y preguntándose cosas como “qué se siente en la muerte” y “por qué Ignacio se enrolló con mi amiga Natalia”. Mi padre me parecía el hombre más injusto y malo de la tierra y decidí que nunca me casaría porque mi madre era una esclava. Quería ser periodista y poner a parir a todos los padres del planeta. Me relacionaba poco y mal, fumaba porros y me emborrachaba a diario. No estudiaba nada y si aprobaba era siempre justito tirando a muy justito. Mi padre me castigaba día sí y día también y el sexo me parecía la cosa más aburrida del mundo. En mi diario sólo escribía poesías acerca de la muerte y la mierda de mundo que me había tocado vivir.
A los 17 años conocí al padre de mi hija y entonces mi padre me pareció un hombre comprensivo y bueno que siempre estaría a mi lado, mientras que mi madre era una pesada. Quería casarme y tener dos hijos que se llamarían Diego y Cristina. Sólo tenía una amiga. Quería estudiar empresariales para montar mi propio negocio. El que sería mi marido me parecía el hombre más inteligente y guapo del mundo. En mi diario escribía manifiestos liberales y libertarios y el sexo me parecía lo más divertido que se podía hacer.
A partir de los 22 años la sociedad me parecía injusta. No quería tener hijos y quería adoptar a dos niños negritos, a una niña china y a un par de hermanos con VIH. Empecé a estudiar psicología y fui elegida Delegada de curso los cuatro años de la carrera. Mi marido me parecía un idiota y mi padre un aburrido. Mi madre me empezó a caer bien. Tenía un grupo de siete amigas con las que me iba de fiesta, salía de viaje y compartía interesantes conversaciones acerca de lo que podríamos hacer para mejorar la sociedad. No escribía nada en mi diario. Era beligerante, guerrera, batalladora, polémica y estaba metida en todos los fregaos.
A los 28 años creía que mi trabajo era lo más importante del mundo y trabajaba catorce horas diarias. Descuidaba a mi hija que se criaba con canguros y niñeras. Viajaba tres días por semana. Me creía una ejecutiva agresiva y que me comería el mundo. Quería ser soltera por el resto de mis días y vivir en Nueva York con mi hija, un chófer, una nani y tres sirvientas. En mi diario escribía los casos de mis pacientes con la intención de publicarlos en el Lancet. Mi sueño era follarme a un médico.
A los 32 creí que lo mejor que me podía ocurrir era que me pasara un camión por encima. Me odiaba y me asqueaba. No sabía cómo criar a mi hija y me sentía tremendamente sola. Quería morirme, quedarme en el paro, quedarme sin amigos y no hablaba con nadie. En mi diario escribía que era una inútil fracasada. Era agresiva, estaba amargada y amargaba a todos a mi alrededor. Pensaba que no llegaría a los 33.
A los 33 era la mujer más feliz del mundo. Era guapa, adoraba mi trabajo, entendía a mis pacientes, me levantaba cantando y disfrutaba horrores de mi sexualidad y de mi personalidad. Ayudaba a mis amigos, me sentía arropada por todo el mundo y mis padres eran lo mejor que me podía haber pasado. Mi hija era lo más importante de mi vida y me lo pasaba bomba con ella, hacía lo imposible por pasar cuanto más tiempo pudiera a su lado, y estaba brutalmente enamorada. Quería aprender todo lo que la vida me aportaba. Era divertida, ocurrente, sensible, cariñosa y entregada. En mi diario escribía todo lo que aprendía cada día y acerca del milagro de la vida.
Con 36 era una mujer que estaba entregada a su maternidad. Renuncié a parte de mi trabajo para poder volver a estudiar y dedicarle a ella el tiempo que merecía. Era alegre, consecuente, madura y respetuosa con mi entorno. Serena, tranquila, sin grandes sobresaltos, seguía enamorada y había empezado a apreciar los pequeños detalles, como una sonrisa de mi hija, su compañía, y el amor tácito de Luis. Quería seguir siendo la Amante durante toda la vida, sin hijos, soltera, y creía que el sentido de mi vida era esperar a que Luis y yo pudiéramos pasar unas horas juntos. Dejé de escribir un diario y empecé a escribir un blog. Era feliz, casi tanto como cualquier otra persona.
Ahora que tengo (casi) 38 años, me gustaría tener otro hija y que se llamara Bárbara, como mi hermana. Creo que Luis no es el sentido de m vida, pero que es la relación que tiene más sentido en ella. Sigo escribiendo. Y sigo siendo feliz.
La coherencia de Enrique (que veo que os interesa el tema.)
Pocas veces expongo los hechos tal cual fueron de manera cronológica, porque esto es un blog que pretende entretener y, en un máximo de objetivo egocéntrico, provocar alguna que otra reflexión. Normalmente no lo consigo, y los artículos que escribo suelen acabar en debates acerca de cómo soy yo, de si hago lo correcto o lo incorrecto, de si existo, soy un tío, una enferma mental (equiparándome a mis pacientes), una puta, una loca o, por supuesto, si los personajes que me acompañan son unos imbéciles, tontos, sinceros, que si de qué te quejas Amanda y un largo etecé.
Pero lo de la coherencia de Enrique me ha subyugado completamente, así que echemos madera al fuego. Lo primero que quisiera puntualizar (ya que la que escribo e invierto mi tiempo en esto soy yo, me permito hasta puntualizar) es que coherente Enrique, no sé, pero los que escribieron los comentarios al respecto, algo desviados del tema, pues sí. Pero no importa, asumo que es culpa mía debido a mi incapacidad de explicar las cosas que deseo explicar (me esmeraré más la próxima vez.)
Al tema, que me disperso.
Esto es exactamente (sin subjetividad alguna) lo que sucedió con Enrique:
Enrique era paciente de una colega, y quiso el azar que coincidiéramos en una fiesta. Nos líamos una primera vez y durante tres meses nos seguimos liando más o menos cuando coincidíamos, o nos llamábamos (a veces él, a veces yo.) Enrique regresó entonces a su ciudad de origen. Al irse dijo que no se planteaba una relación a distancia y que lo apropiado era romper la relación.
A la semana exacta de su partida (no hubo despedida de ningún tipo, sólo sé que se marchó), gané el único premio que he ganado en mi vida: una compañía aérea me pagaba un vuelo al mes entre la ciudad que yo eligise y la mía durante 12 meses (a veces enviar un sms sirve para algo.) Coincidió que Enrique me llamó para contarme qué tal le iban las cosas en el regreso a casa de sus padres. Le conté lo del premio, me dijo que eligiese su ciudad, que se había dado cuenta de que me echaba de menos y quería recuperar lo nuestro y darle un empujón.
De Mayo hasta agosto, nos vimos el fin de semana al mes que yo iba a verle. En agosto me dijo que quería pasar las vacaciones conmigo y nos fuimos juntos a una ciudad del Sur de Francia. Regresando, me dijo que se había enamorado de mí y quería que fuésemos fieles, pareja y convencionales. Seguimos viéndonos a razón de billete de premio al mes hasta diciembre, mes en que me dijo quería pasar las Navidades conmigo y mi familia.
Después de las únicas Navidades felices que recuerdo haber tenido (por si alguien no lo sabe, yo perdí a una hermana y desde entonces nadie ha querido celebrar las Navidades en mi familia. Ese año se hizo una excepción por la “presentación” oficial de Enrique) volvimos a consumir billete al mes.
Coincidió que en Febrero nos vimos dos fines de semana por motivos que no vienen a cuento y que él quiso que fuera en San Valentín. Purito amor pasteloso.
El día 24 de febrero de 2001 me dejó por teléfono diciéndome que no estaba seguro de querer seguir conmigo.
Aunque su dolorosa decisión me dejó K.O. fui muy respetuosa y no hablé con él hasta un mes más tarde, coincidiendo con una fiesta muy popular en su ciudad, a la que fui con cuatro amigas utilizando otra vez más, mi premio.
Como él sabía que yo iría, puesto que lo habíamos hablado antes de que me dejara, se presentó en el aeropuerto y me dijo que se lo había pensado mucho y que seguía enamorado y quería recuperar lo que teníamos.
Pasamos juntos cinco días en dicha fiesta y nos acompañó a todas al avión de vuelta (que había pagado yo aparte, puesto que no coincidía sólo con un fin de semana.) Después de despedirse de mis amigas, me dijo que quería hablar conmigo y nos quedamos a solas. Me dijo que no estaba seguro de que fueran a funcionar las cosas y que mejor lo dejábamos.
Regresé llorando todo el viaje de vuelta con mis amigas pidiendo wiskie a las azafatas a ver si me emborrachaban y me callaba de una vez.
Dos meses más tarde (el billete del mes de Abril no lo aproveché), me llamó y me preguntó si iba a utilizar el premio del mes. Le dije que no. Me dijo que por favor, que fuera a verle, que estaba convencido de que había cometido un error y quería volver conmigo.
Pasé un fin de semana con él, me llevó a su pueblo natal y la noche antes de regresar, me dijo tras una cena super divertida y romántica, que lo nuestro no podía ser, que sentía haberme mareado haciéndome venir, pero que ahora que había pasado un fin de semana conmigo se daba cuenta de que lo nuestro no era posible.
Me estaba volviendo loca. Coincidió que un par de meses más tarde (ya con el premio agotado), me lié con mi vecino y empezamos una relación que duró hasta diciembre del 2001. Yo no había vuelto a saber de Enrique y aunque todavía dolida, agradecía pasara el tiempo sin saber de él, pues me permitía mantener más o menos cierta ilusión con mi nueva pareja.
En diciembre recibí un sms de Enrique que decía textualmente “ven a verme: mi vida sin ti no tiene sentido.”
Le llamé en respuesta, para decirle que estaba con alguien, que no era el momento, seis meses después, de pedirme nada. Me dijo que se había dado cuenta en seis meses de que me amaba sólo a mí, y que había cambiado y lo tenía todo muy claro (lo de cambiar nunca lo entendí.)
Como buena pringada e idiota que ya he demostrado por todo lo anterior ser, cogí un vuelo y pasé un fin de semana con él. Al día siguiente de separarnos me mandó un sms en donde decía que se había arrepentido de pedirme que volviera con él, que no era el momento y que lo sentía mucho.
Yo ya había contado a mi pareja que le dejaba porque volvía con Enrique, así que se rió en mi cara cuando al recibir el sms le dije que me diera otra oportunidad.
Pasé seis meses muy deprimida (me quedé incluso sin trabajo) y en Junio de 2002 me llamó de nuevo Enrique para decirme que me amaba y que por favor, lo volviéramos a intentar. En una especie de declaración de intenciones, me pidió que me fuera a vivir con él ya que no tenía trabajo, que me ayudaría a encontrar uno en su ciudad.
El 2 de julio de 2002 me mudé a su ciudad. Dejé a mi hija en casa de su papá (coincidía con su mes de vacaciones con él) hasta que yo encontrara trabajo y me la trajera en agosto.
El 29 de Julio de 2002 Enrique regresó del trabajo a casa, me preguntó qué había de cena, yo le había preparado una tortilla de patatas y ensalada (recuerdo perfectamente ese detalle.) Comió callado y cuando se encendió el cigarrillo de después de comer, me dijo que teníamos que hablar.
Me dijo que la convivencia era buena, que me quería muchísimo y que tenerme en casa era un lujo, pero que no estaba seguro de lo que quería y que volviera a mi ciudad.
Me había comprado el billete de vuelta.
Mis amigas me llamaron idiota, gilipollas, imbécil, tonta del culo y muchas más cosas cuando recogieron las migas de mí en el aeropuerto.
En agosto, me fui de vacaciones con mi hija a una ciudad cercana a la suya. Y me llamó. Me preguntó qué tal estaba y me dijo que me echaba de menos, que quería ver a la niña y a mí y que se venía a pasar unos días con nosotras.
Yo le dije que sí (claro, soy gilipollas perdida) y después de cuatro días juntos me dijo que quería que fuéramos una familia los tres y tener un hijo conmigo y casarnos.
Se fue el día cinco y me llamó desde el coche y me dijo que se había equivocado pidiéndome tal cosa, que lo nuestro no podía ser y que tratase de ser feliz sin él.
Un mes más tarde conocí a Luis.
Tengo que puntualizar dos cosas: entretiempo tuve algunas aventuras y un par de historias que cuajaron pero que se rompieron tras las llamadas de Enrique.
Os puedo asegurar que jamás desde que me dejó en Febrero de 2001 yo he llamado a Enrique como iniciativa: jamás.
La última vez que le vi fue en su ciudad estando yo con Luis: de eso hace más de cuatro años.
Me sigue llamando y contando lo mismo siempre: que me ama, que quiere que vaya a verle y que volvamos juntos. Yo he vuelto montones de veces a su ciudad pero no le he vuelto a ver.
Eso sí, Enrique es muy coherente.
(esta historia es completamente verídica. No he puesto mis sentimientos. ¿Para qué? Qué cada uno imagine lo que yo sentí. Y por cierto, que soy imbécil, o lo fui, lo sé perfectamente, no me recriminéis por amar a un capullo... ¿incoherente?)
Con un par, sí señor.
Ayer insistía Enrique en que teníamos que vernos.
(Inciso - “insistir”: al primer “no” seguir dando el coñazo hasta que se obtenga el “sí” - fin del inciso.)
- Venga, Amanda. Lo pasaremos bien. ¿Cuánto tiempo hace que no nos vemos?
- Cuatro años, siete meses y dos días.
- ¿Lo ves? Me echas de menos.
- Claro. Te echo de menos todos los días.
- Pues ¿qué esperas? Entra en Rumbo, en Travelprice, en Pepetravel... ve a la estación, al aeropuerto, alquila un coche. Me da igual. Pero plántate aquí la semana que viene.
- No.
- Te llevaré a cenar, te invitaré a un Chivas, te besaré como siempre te besé, te haré el amor toda la noche, te querré con todo el amor que tengo sólo para ti.
- ¿Qué día?
- El que tú quieras. ¿Lunes? ¿Martes? ¿Miércoles?
- No puedo: tengo consulta.
- Pues desplaza a tus pacientes a otro día.
- ¿Y qué hago con la niña?
- La dejas en casa de tus padres.
- Mis padres trabajan.
- Pues que se cojan el día libre. Si les dices que es por venir a verme, seguro que te harán el favor. Venga, Amandita, venga, mi niña querida, mi amor, mi preciosa. Me muero por verte.
- Es que es complicado.
- Tú puedes subsanar todas las complicaciones que se te presenten. Sólo has de tomar un billete. Y directo a mis brazos.
- No sé.
- Vaya, ya no es “no”. Estoy avanzando. Sé que en unos minutos te tendré deseosa...
- Yo estoy deseosa ya. Pero ¿qué hago con la niña, el trabajo, de dónde saco el dinero?
- Nimiedades para mi Amanda. La recompensa es volver a estar juntos. Dormir abrazados. Despertarnos entre suspiros y susurros.
- Ya pero...
- No hay “pero” que valga, mi reina. ¿Martes qué viene? ¿Qué dices? ¿Eh? ¡Dí que sí!
- Bueno, vaaaaaaaaaaaaleeeeeeeee. Cogeré un billete para el viernes y pasaremos el fin de semana juntos. Será divertido.
- ¿Fin de semana?
- Dos días mejor que uno, cariño.
- Yo no puedo el fin de semana, yo paso el fin de semana con mi novia.
- Ays, Enrique querido, mira que te quiero, pero, ¿sabes? ... ¡Véte a la mierda!
A juzgar por lo rápido que cortó la comunicación, se fue, se fue.
(Uno de los efectos más evidentes del tiempo es que convierte tus recuerdos en recuerdos selectivos: de ahí que no recordase yo que Enrique tuviera los cojones más grandes que un piano.)
(Inciso - “insistir”: al primer “no” seguir dando el coñazo hasta que se obtenga el “sí” - fin del inciso.)
- Venga, Amanda. Lo pasaremos bien. ¿Cuánto tiempo hace que no nos vemos?
- Cuatro años, siete meses y dos días.
- ¿Lo ves? Me echas de menos.
- Claro. Te echo de menos todos los días.
- Pues ¿qué esperas? Entra en Rumbo, en Travelprice, en Pepetravel... ve a la estación, al aeropuerto, alquila un coche. Me da igual. Pero plántate aquí la semana que viene.
- No.
- Te llevaré a cenar, te invitaré a un Chivas, te besaré como siempre te besé, te haré el amor toda la noche, te querré con todo el amor que tengo sólo para ti.
- ¿Qué día?
- El que tú quieras. ¿Lunes? ¿Martes? ¿Miércoles?
- No puedo: tengo consulta.
- Pues desplaza a tus pacientes a otro día.
- ¿Y qué hago con la niña?
- La dejas en casa de tus padres.
- Mis padres trabajan.
- Pues que se cojan el día libre. Si les dices que es por venir a verme, seguro que te harán el favor. Venga, Amandita, venga, mi niña querida, mi amor, mi preciosa. Me muero por verte.
- Es que es complicado.
- Tú puedes subsanar todas las complicaciones que se te presenten. Sólo has de tomar un billete. Y directo a mis brazos.
- No sé.
- Vaya, ya no es “no”. Estoy avanzando. Sé que en unos minutos te tendré deseosa...
- Yo estoy deseosa ya. Pero ¿qué hago con la niña, el trabajo, de dónde saco el dinero?
- Nimiedades para mi Amanda. La recompensa es volver a estar juntos. Dormir abrazados. Despertarnos entre suspiros y susurros.
- Ya pero...
- No hay “pero” que valga, mi reina. ¿Martes qué viene? ¿Qué dices? ¿Eh? ¡Dí que sí!
- Bueno, vaaaaaaaaaaaaleeeeeeeee. Cogeré un billete para el viernes y pasaremos el fin de semana juntos. Será divertido.
- ¿Fin de semana?
- Dos días mejor que uno, cariño.
- Yo no puedo el fin de semana, yo paso el fin de semana con mi novia.
- Ays, Enrique querido, mira que te quiero, pero, ¿sabes? ... ¡Véte a la mierda!
A juzgar por lo rápido que cortó la comunicación, se fue, se fue.
(Uno de los efectos más evidentes del tiempo es que convierte tus recuerdos en recuerdos selectivos: de ahí que no recordase yo que Enrique tuviera los cojones más grandes que un piano.)
Tralaralará
Luis y yo nos hemos organizado para pasar cuatro días juntos. ¡Cuatro días! ¿Alguien sabe lo que son cuatro días en el diccionario de una amante? Es el lujo, son esas vacaciones que siempre quisiste tener pero creíste nunca tendrías, es agua fresca en mitad del desierto, es ilusión, es fantasía: es la primera vez que pasaremos juntos más de 48 horas.
Y ¿si sale mal? Quizás el secreto sea precisamente no pasar más de 48 horas, menos son pocas, no te sacian, y más son demasiadas y te aburren, y el punto medio está en estar saciada sin sentirte empachada, en verle marchar cuando aun le deseas, pero quedándote satisfecha. A veces pienso en tonterías así, en reducir mi relación con él a detalles tan nimios como la cantidad de tiempo que pasamos juntos, que normalmente es la justa y adecuada. Otras pienso que lo que hay entre él y yo ha superado barreras que en otras relaciones fueron mucho más bajas y sin embargo me hicieron tropezar.
Mi amigo Paco dice que hay dos cosas que le hacen entender el porqué de mi relación con Luis: por como es él ( “un Señor con fino sentido del humor inteligente” dice) y por todo lo de bueno que ha supuesto para mí.
Dice que cada alegría relacionada con Luis es por algo tan simple, tan sencillo, que no puede ser menos que felicidad. Que verme ilusionada por pasar más de 48 horas junto a él no puede ser sino amor. Que le jode que sea un hombre casado que considere mucho más importante su familia que las emociones que le provoca la rubita sexy (así me define a mí mi amigo Paco), porque esa rubita soy yo. Pero que le entiende. Que yo soy una rubita muy sexy pero para novia no me quisiera ni dios (esto último me toca un poco las narices, pero me temo que tiene razón.)
Sea como sea, todavía hay gente que sigue sin entender porqué coño mantengo una relación con un hombre casado después de tanto tiempo.
¿Pero es que no se ve?
Cuatro años más tarde, sigo cantarruneando porque algo va a pasar entre él y yo. Sigue haciéndome feliz.
(ahora vendréis todos los amargaditos a decirme que eso es poco... ¡já! Demostradme que tenéis mucho más.)
Y ¿si sale mal? Quizás el secreto sea precisamente no pasar más de 48 horas, menos son pocas, no te sacian, y más son demasiadas y te aburren, y el punto medio está en estar saciada sin sentirte empachada, en verle marchar cuando aun le deseas, pero quedándote satisfecha. A veces pienso en tonterías así, en reducir mi relación con él a detalles tan nimios como la cantidad de tiempo que pasamos juntos, que normalmente es la justa y adecuada. Otras pienso que lo que hay entre él y yo ha superado barreras que en otras relaciones fueron mucho más bajas y sin embargo me hicieron tropezar.
Mi amigo Paco dice que hay dos cosas que le hacen entender el porqué de mi relación con Luis: por como es él ( “un Señor con fino sentido del humor inteligente” dice) y por todo lo de bueno que ha supuesto para mí.
Dice que cada alegría relacionada con Luis es por algo tan simple, tan sencillo, que no puede ser menos que felicidad. Que verme ilusionada por pasar más de 48 horas junto a él no puede ser sino amor. Que le jode que sea un hombre casado que considere mucho más importante su familia que las emociones que le provoca la rubita sexy (así me define a mí mi amigo Paco), porque esa rubita soy yo. Pero que le entiende. Que yo soy una rubita muy sexy pero para novia no me quisiera ni dios (esto último me toca un poco las narices, pero me temo que tiene razón.)
Sea como sea, todavía hay gente que sigue sin entender porqué coño mantengo una relación con un hombre casado después de tanto tiempo.
¿Pero es que no se ve?
Cuatro años más tarde, sigo cantarruneando porque algo va a pasar entre él y yo. Sigue haciéndome feliz.
(ahora vendréis todos los amargaditos a decirme que eso es poco... ¡já! Demostradme que tenéis mucho más.)
El comodín de la llamada.
Ayer me llamó Álex. Para quien no le recuerde (normalmente, no le recuerdo ni yo) Álex es lo que yo llamo “un amante comodín.”
Los “amantes comodín” son aquellos tíos a los que recurres cuando estás en etapa de sequía, de despecho, cachonda como una moto, o con la autoestima por los suelos.
La cosa funciona de la siguiente manera: lo primero que haces en cualquiera de esas circunstancias es tratar de superar tú sola el momento. Te pones a hacer Yoga, Pilates, Tai Chi o su puta madre. Tomas tilas y valerianas. Te coges un par de pelis porno a ver si Nacho Vidal le come las tetas a la siliconada de turno (qué buen comer tiene ese hombre, pordió). Te enzarzas en una pelea con tu madre acerca de si la merluza fresca es la que tiene los ojos saltones o la que tiene las escamas brillantes. Te fumas un paquete de Chester y te pimplas media botella de Chivas.
Y cuando ves que sigues exactamente igual (cachonda, despechada, con la autoestima por los suelos o en etapa de sequía) te acuerdas de Álex. Te entretienes en una conversación absurda con él que normalmente empieza por “y qué tal te va todo” y cuando ves el momento oportuno le sueltas: “¿Tienes hambre?”.
- No, Amanda, acabo de cenar.
- No me refería a comida precisamente.
Diez minutos tarda el tío en plantarse en mi casa. A eso colabora el hecho de que viva a diez minutos de mi casa y que tenga una moto de esas de cilindrada no sé qué, eso siempre me lo cuenta y nunca me entero.
Te echa un par de polvos, te dice que eres preciosa, te cuenta una milonga acerca de lo enamorado que está de ti, luego te dice que tendríais que hacer más a menudo y cuando ves el momento oportuno le sueltas: “¿Tienes hambre?”
- De ti nunca me sacio.
- No me refería a mí precisamente.
Siempre le invito a comer helado o a tomarse una copita conmigo. Nos reímos, nos contamos nuestras cosas, me gusta mirarle a los ojos, los tiene casi tan bonitos como su cuerpo de treintañero, y después de un ratito de caricias, besitos y risas, se va.
Álex es mi amante comodín desde hace cinco años. Y aunque he tenido otros, sólo a él le mantengo, porque cumple perfectamente su misión.
Lo único que no entiende, después de tanto tiempo, es que yo no soy su amante comodín. Así que ayer me llamó, pero yo no estaba ni despechada, ni cachonda (bueno, no más de lo habitual), ni con la autoestima por los suelos, ni siquiera estaba en época de sequía. Y simplemente no contesté al teléfono.
Como el tío es un fenómeno y tiene mucho arte, me encontré con un sms minutos después. Decía: “tienes hambre.” Y yo contesté: “hoy no. pero quizás algún día no tenga hambre alguna y aun así me apetezca un postre. Sólo por placer.”
Los “amantes comodín” son aquellos tíos a los que recurres cuando estás en etapa de sequía, de despecho, cachonda como una moto, o con la autoestima por los suelos.
La cosa funciona de la siguiente manera: lo primero que haces en cualquiera de esas circunstancias es tratar de superar tú sola el momento. Te pones a hacer Yoga, Pilates, Tai Chi o su puta madre. Tomas tilas y valerianas. Te coges un par de pelis porno a ver si Nacho Vidal le come las tetas a la siliconada de turno (qué buen comer tiene ese hombre, pordió). Te enzarzas en una pelea con tu madre acerca de si la merluza fresca es la que tiene los ojos saltones o la que tiene las escamas brillantes. Te fumas un paquete de Chester y te pimplas media botella de Chivas.
Y cuando ves que sigues exactamente igual (cachonda, despechada, con la autoestima por los suelos o en etapa de sequía) te acuerdas de Álex. Te entretienes en una conversación absurda con él que normalmente empieza por “y qué tal te va todo” y cuando ves el momento oportuno le sueltas: “¿Tienes hambre?”.
- No, Amanda, acabo de cenar.
- No me refería a comida precisamente.
Diez minutos tarda el tío en plantarse en mi casa. A eso colabora el hecho de que viva a diez minutos de mi casa y que tenga una moto de esas de cilindrada no sé qué, eso siempre me lo cuenta y nunca me entero.
Te echa un par de polvos, te dice que eres preciosa, te cuenta una milonga acerca de lo enamorado que está de ti, luego te dice que tendríais que hacer más a menudo y cuando ves el momento oportuno le sueltas: “¿Tienes hambre?”
- De ti nunca me sacio.
- No me refería a mí precisamente.
Siempre le invito a comer helado o a tomarse una copita conmigo. Nos reímos, nos contamos nuestras cosas, me gusta mirarle a los ojos, los tiene casi tan bonitos como su cuerpo de treintañero, y después de un ratito de caricias, besitos y risas, se va.
Álex es mi amante comodín desde hace cinco años. Y aunque he tenido otros, sólo a él le mantengo, porque cumple perfectamente su misión.
Lo único que no entiende, después de tanto tiempo, es que yo no soy su amante comodín. Así que ayer me llamó, pero yo no estaba ni despechada, ni cachonda (bueno, no más de lo habitual), ni con la autoestima por los suelos, ni siquiera estaba en época de sequía. Y simplemente no contesté al teléfono.
Como el tío es un fenómeno y tiene mucho arte, me encontré con un sms minutos después. Decía: “tienes hambre.” Y yo contesté: “hoy no. pero quizás algún día no tenga hambre alguna y aun así me apetezca un postre. Sólo por placer.”
Mintiendo es más fácil
Llevo una temporada de cierta actividad (lamentablemente, no muy sexual.) Desde que desapareció mi ya oficialmente ex chico nuevo, y a la espera de que surjan mejores oportunidades, me he dedicado a filtrear con algunos machotes, cuestión de seguir tomándole el pulso a esto de la inter relación (que no es lo mismo que relación inter: a mí me va lo autóctono.)
El caso es que he conocido a tres tíos, tres, de cierto interés. Los tres viven convenientemente a más de 300 km de mí, son declarada y confirmadamente solteros (con prole claro, pero sin obligaciones conyugales, que para eso tengo a mi Luis que les da cien vueltas a todos – a los solteros también), de charla fácil y de verbo interesante.
Eso es todo lo que tenía de ellos, porque a los tres los conocí casualmente como se conocen los hombres y las mujeres ahora mismo: vía cita a ciega.
Creo que acabo de errar en mi afirmación: los conocí casualmente como yo conozco a los hombres ahora mismo (vía cita a ciegas.)
El caso es he tenido unas cuantas de esas y tengo que decir que siempre han salido estupendamente, excepto por un detalle que a mí me tiene un tanto atormentada: ¿qué coño se supone le tengo que decir a una cita a ciegas que resulta rematadamente fea?
Justo en el momento del “¿te apetece que vayamos a tu casa y nos tomemos una última copa juntos?” cuya traducción exacta para los ingenuos es “¿follamos?” me veo en la digna situación de declinar la oferta porque el tío es un encanto, listo de cojones, interesante y hasta fascinante, pero joder, una tiene sus gustos, y yo no me meto en la cama a un tío gordo de metro sesenta con unos dientes que jamás supieron lo que es un odontólogo y tres pelos mal peinados y grasientos en el lugar en donde tendría que haber una cosa llamada “cabello”.
¿Qué le digo?
Versión cruel: “no majete, que eres feo”
Versión atenuada: “no, creo que no ha habida mucho química entre los dos. Lo siento”
Versión psicóloga anti traumas: “no, eres maravilloso, pero necesito replantearme muchas cosas en mi vida y no es el momento de enamorarme.”
Versión hombre: “no, que mañana madrugo: ya te llamaré.”
Tengo que decir que a mí nunca me ha pasado algo así respecto a una cita a ciegas, es decir, ni uno solo dejó de plantear lo de la copa, aunque más de uno, después de lo que pudo pasar (y que no os voy a contar porque todos os lo imagináis) me soltó lo del “ya te llamaré” y nunca llamó.
Así que no será tanto por mi belleza como por aquello de que “en tiempos de guerra cualquier agujero es trinchera.”
Pero yo soy muy honesta para estas cosas, o más bien, tengo mis manías, y yo si echo un polvo, aunque al tipo no piense volver a llamarle, prefiero que sea más o menos a mi gusto, que no guapo, pero al menos no feo.
Y entonces es cuando me acuerdo de todos aquellos que prodigan la verdad y la sinceridad por todos lados, y a mí dime lo que piensas, porque será cruel, pero será cierto, y no me mientas Amanda y di que piensas, y blá blá. Y yo sé que si a mí un tío me dice que no quiere meterse en la cama conmigo porque soy fea se me va a quedar un cuerpo todavía peor, así que no me siento capaz de decir la verdad a esas citas a ciegas, que vienen con cierta ilusión, se ponen colonia barata, se asesoran por su tía abuela acerca de con qué estarán más guapos, se duchan y se afeitan, hasta se cepillan los dientes, todo con el único objetivo de gustar. Y voy yo y les suelto que ni de coña porque me chirrían sus pantalones de pana verde o su camiseta de publicidad regalada en un chiringuito, o que no consiguieron disimular su calvície o que tampoco consiguieron con esa camisa XXL negra simular las tetas flácidas bajo ella.
No.
No soy capaz y no lo haré.
Así que tengo mi versión “no hacer daño pero ser tajante” y al último le dije:
- Es que tengo novio.
¿Novio? Joder, puñetera mentirosa estoy hecha.
El caso es que he conocido a tres tíos, tres, de cierto interés. Los tres viven convenientemente a más de 300 km de mí, son declarada y confirmadamente solteros (con prole claro, pero sin obligaciones conyugales, que para eso tengo a mi Luis que les da cien vueltas a todos – a los solteros también), de charla fácil y de verbo interesante.
Eso es todo lo que tenía de ellos, porque a los tres los conocí casualmente como se conocen los hombres y las mujeres ahora mismo: vía cita a ciega.
Creo que acabo de errar en mi afirmación: los conocí casualmente como yo conozco a los hombres ahora mismo (vía cita a ciegas.)
El caso es he tenido unas cuantas de esas y tengo que decir que siempre han salido estupendamente, excepto por un detalle que a mí me tiene un tanto atormentada: ¿qué coño se supone le tengo que decir a una cita a ciegas que resulta rematadamente fea?
Justo en el momento del “¿te apetece que vayamos a tu casa y nos tomemos una última copa juntos?” cuya traducción exacta para los ingenuos es “¿follamos?” me veo en la digna situación de declinar la oferta porque el tío es un encanto, listo de cojones, interesante y hasta fascinante, pero joder, una tiene sus gustos, y yo no me meto en la cama a un tío gordo de metro sesenta con unos dientes que jamás supieron lo que es un odontólogo y tres pelos mal peinados y grasientos en el lugar en donde tendría que haber una cosa llamada “cabello”.
¿Qué le digo?
Versión cruel: “no majete, que eres feo”
Versión atenuada: “no, creo que no ha habida mucho química entre los dos. Lo siento”
Versión psicóloga anti traumas: “no, eres maravilloso, pero necesito replantearme muchas cosas en mi vida y no es el momento de enamorarme.”
Versión hombre: “no, que mañana madrugo: ya te llamaré.”
Tengo que decir que a mí nunca me ha pasado algo así respecto a una cita a ciegas, es decir, ni uno solo dejó de plantear lo de la copa, aunque más de uno, después de lo que pudo pasar (y que no os voy a contar porque todos os lo imagináis) me soltó lo del “ya te llamaré” y nunca llamó.
Así que no será tanto por mi belleza como por aquello de que “en tiempos de guerra cualquier agujero es trinchera.”
Pero yo soy muy honesta para estas cosas, o más bien, tengo mis manías, y yo si echo un polvo, aunque al tipo no piense volver a llamarle, prefiero que sea más o menos a mi gusto, que no guapo, pero al menos no feo.
Y entonces es cuando me acuerdo de todos aquellos que prodigan la verdad y la sinceridad por todos lados, y a mí dime lo que piensas, porque será cruel, pero será cierto, y no me mientas Amanda y di que piensas, y blá blá. Y yo sé que si a mí un tío me dice que no quiere meterse en la cama conmigo porque soy fea se me va a quedar un cuerpo todavía peor, así que no me siento capaz de decir la verdad a esas citas a ciegas, que vienen con cierta ilusión, se ponen colonia barata, se asesoran por su tía abuela acerca de con qué estarán más guapos, se duchan y se afeitan, hasta se cepillan los dientes, todo con el único objetivo de gustar. Y voy yo y les suelto que ni de coña porque me chirrían sus pantalones de pana verde o su camiseta de publicidad regalada en un chiringuito, o que no consiguieron disimular su calvície o que tampoco consiguieron con esa camisa XXL negra simular las tetas flácidas bajo ella.
No.
No soy capaz y no lo haré.
Así que tengo mi versión “no hacer daño pero ser tajante” y al último le dije:
- Es que tengo novio.
¿Novio? Joder, puñetera mentirosa estoy hecha.
