Mis detectives favoritos (post crítico auto erótico, no sé si se me entiende...)
Uno de los elementos que tiende a evolucionar casi tanto como las arrugas que no teníamos y ahora tenemos, son las preferencias.
¿Os acordáis de cuando nos parecía asqueroso que nuestros padres bebieran vino en lugar de Coca Cola? ¿O de cómo sólo pensar en ese vomitivo mi-cuit de oca se nos revolvían las tripas? ¿O de que no había para nosotros aberración mayor que pedir pescado (puag) en el restaurante en lugar de una hamburguesa quemada con patatas fritas?
Bueno, pues no me detendré mucho más en ejemplos gastronómicos y me centraré en los visuales y, particularmente, en los míos.
Hace años (mucho) yo era consumidora habitual de películas de Walt Disney y fui adicta a La Cenicienta. Con la entrada en mi vida del Sentido Común y de la Realidad Evidente, me di cuenta de que aquello era un bluff, que Cenicienta le hubiera puesto una demanda por acoso y daños morales a la madrastra en el Juzgado de Violencia contra la Mujer y que lo que hubiera perdido en cualquier caso, serían las bragas y no un zapato.
Así que pasé de ver películas de amor a películas de terror (interesante fase de la adolescencia) a películas de asesinatos hasta su derivación más reciente, las series policiacas.
Y no os voy a engañar, tres hombres tienen la culpa.
Robert Goren, Mike Logan y mi reciente adicción: Micheal Raines.
De Goren he hablado en tantas ocasiones que ya le considero el sustituto perfecto a la Nutella en mis desvaríos solitarios: Vincent D’Onofrio es la contención perfecta del detective recto, duro, e inteligente, cuyos conocimientos de psiquiatría parecen sacados de un Doctorado de Harvard: lo mismo descubre un asesino con motivaciones obsesivas, como que uno mata porque su padre le dio un tortazo de crío. Para muestra, la escena final del último episodio: mientras todos están convencidos de que el asesino en serie es su mentor, un criminólogo de prestigio, se entretiene en hablar con la hija del mismo para preguntarle cosas como “tu papá no te hacía caso, ¿verdad? Siempre mirando esas fotos de mujeres asesinadas, mientras tú tratabas en vano de llamar su atención. Estaría bien ser una de las primeras mujeres asesinas en serie, para que te mirase un poco a ti, ¿no es cierto? ¿lo hiciste por eso, verdad? Para que supiera que tú existías, que tú podías ser tan interesante como esos asesinos que le obsesionaban. Que tú podías ser objeto de su estudio…” Buah, qué orgasmo de diálogo.
Pero a Goren se le unió Logan en la temporada 6 de la serie. ¿Alguien recuerda a Mr. Big? Glamour, elegancia, sensualidad, morbosidad… Pues es el mismo actor quien ahora interpreta a un detective bueno, honesto, ingenuo, pueblerino y visceral. ¡Qué interesante cambio para Chris Noth, ese actor anulado por la ñoñería insufrible de la neurótica, plasta y pija Carrie Bradshaw! Ahora le da la vez Anabella Scoria, pequeñita, madura, lista como un bicho, quien le ayuda a entender que no se detiene ni se encuentra a asesinos a base de mamporrazos, si no de inteligencia, observación y deducción. Me comería a Logan después de comerme a Goren, y luego repetiría con ambos a la vez.
Y a estos dos hombres altos, se añade un alto por excelencia: Raines. El actor Jeff Godlum ha pasado de ser el insulso científico de Parque Jurásico o el científico loco de La Mosca a un detective con alucinaciones comedidas que sostiene diálogos llenos de emocionabilidad consigo mismo a través de los asesinados. Qué guapo está ese hombre pasada la cincuentena, qué diferencia. Sensible, torturado, preocupado, bueno y solitario, triste y entregado, nominado constantemente al suicidio que ronda sin pudor en su mente, lo mismo echa a llorar cuando la víctima es una niña, que cambia el aspecto de sus alucinaciones en función de tópicos mentales, como dándonos lecciones de cuan absurdos son esos tópicos en nuestras mentes. Si descubre que la asesinada tuvo una relación extramatrimonial, de pronto su alucinación se convierte en una puta. Y pasa a ser una intelectual con gafas, cuando descubre que acudía a clases nocturnas de repaso para adultos.
Os dejo las fotos de mis tres detectives favoritos en sus papeles respectivos. Ya sabéis que si algún día amanezco muerta a cachitos en varios contenedores de mi ciudad, quiero que ellos lleven la investigación.
Es mi película, ¿no? Pues yo elijo a los protagonistas.
Aunque no os engañaré: yo lo que quisiera es protagonizar una porno con los tres, sus pistolas y sin (sus) esposas…



¿Os acordáis de cuando nos parecía asqueroso que nuestros padres bebieran vino en lugar de Coca Cola? ¿O de cómo sólo pensar en ese vomitivo mi-cuit de oca se nos revolvían las tripas? ¿O de que no había para nosotros aberración mayor que pedir pescado (puag) en el restaurante en lugar de una hamburguesa quemada con patatas fritas?
Bueno, pues no me detendré mucho más en ejemplos gastronómicos y me centraré en los visuales y, particularmente, en los míos.
Hace años (mucho) yo era consumidora habitual de películas de Walt Disney y fui adicta a La Cenicienta. Con la entrada en mi vida del Sentido Común y de la Realidad Evidente, me di cuenta de que aquello era un bluff, que Cenicienta le hubiera puesto una demanda por acoso y daños morales a la madrastra en el Juzgado de Violencia contra la Mujer y que lo que hubiera perdido en cualquier caso, serían las bragas y no un zapato.
Así que pasé de ver películas de amor a películas de terror (interesante fase de la adolescencia) a películas de asesinatos hasta su derivación más reciente, las series policiacas.
Y no os voy a engañar, tres hombres tienen la culpa.
Robert Goren, Mike Logan y mi reciente adicción: Micheal Raines.
De Goren he hablado en tantas ocasiones que ya le considero el sustituto perfecto a la Nutella en mis desvaríos solitarios: Vincent D’Onofrio es la contención perfecta del detective recto, duro, e inteligente, cuyos conocimientos de psiquiatría parecen sacados de un Doctorado de Harvard: lo mismo descubre un asesino con motivaciones obsesivas, como que uno mata porque su padre le dio un tortazo de crío. Para muestra, la escena final del último episodio: mientras todos están convencidos de que el asesino en serie es su mentor, un criminólogo de prestigio, se entretiene en hablar con la hija del mismo para preguntarle cosas como “tu papá no te hacía caso, ¿verdad? Siempre mirando esas fotos de mujeres asesinadas, mientras tú tratabas en vano de llamar su atención. Estaría bien ser una de las primeras mujeres asesinas en serie, para que te mirase un poco a ti, ¿no es cierto? ¿lo hiciste por eso, verdad? Para que supiera que tú existías, que tú podías ser tan interesante como esos asesinos que le obsesionaban. Que tú podías ser objeto de su estudio…” Buah, qué orgasmo de diálogo.
Pero a Goren se le unió Logan en la temporada 6 de la serie. ¿Alguien recuerda a Mr. Big? Glamour, elegancia, sensualidad, morbosidad… Pues es el mismo actor quien ahora interpreta a un detective bueno, honesto, ingenuo, pueblerino y visceral. ¡Qué interesante cambio para Chris Noth, ese actor anulado por la ñoñería insufrible de la neurótica, plasta y pija Carrie Bradshaw! Ahora le da la vez Anabella Scoria, pequeñita, madura, lista como un bicho, quien le ayuda a entender que no se detiene ni se encuentra a asesinos a base de mamporrazos, si no de inteligencia, observación y deducción. Me comería a Logan después de comerme a Goren, y luego repetiría con ambos a la vez.
Y a estos dos hombres altos, se añade un alto por excelencia: Raines. El actor Jeff Godlum ha pasado de ser el insulso científico de Parque Jurásico o el científico loco de La Mosca a un detective con alucinaciones comedidas que sostiene diálogos llenos de emocionabilidad consigo mismo a través de los asesinados. Qué guapo está ese hombre pasada la cincuentena, qué diferencia. Sensible, torturado, preocupado, bueno y solitario, triste y entregado, nominado constantemente al suicidio que ronda sin pudor en su mente, lo mismo echa a llorar cuando la víctima es una niña, que cambia el aspecto de sus alucinaciones en función de tópicos mentales, como dándonos lecciones de cuan absurdos son esos tópicos en nuestras mentes. Si descubre que la asesinada tuvo una relación extramatrimonial, de pronto su alucinación se convierte en una puta. Y pasa a ser una intelectual con gafas, cuando descubre que acudía a clases nocturnas de repaso para adultos.
Os dejo las fotos de mis tres detectives favoritos en sus papeles respectivos. Ya sabéis que si algún día amanezco muerta a cachitos en varios contenedores de mi ciudad, quiero que ellos lleven la investigación.
Es mi película, ¿no? Pues yo elijo a los protagonistas.
Aunque no os engañaré: yo lo que quisiera es protagonizar una porno con los tres, sus pistolas y sin (sus) esposas…



Obsesión.
Hablé una vez de la obsesión y de sus fatales consecuencias cuando el objeto de obsesión es una persona.
La única solución demostrada como eficaz es la pérdida total del contacto con el objeto de obsesión, sea por iniciativa del obsesivo (ya convertido en acosador) que es consciente de que la angustia del pensamiento repetitivo no se alivia más que momentáneamente, como un efecto “droga”, necesitando cada vez con más frecuencia su “dosis” (ver o hablar con el acosado) o sea por iniciativa de éste último complicando el proceso y, en muchos casos, no teniendo la fuerza ni la capacidad emocional suficiente (así como el entendimiento psiquiátrico necesario) para llevar a cabo la separación total.
Siento el rollo anterior, pero voy a lo que voy, y esta puntualización era imprescindible.
Hablábamos ya entonces de la pareja, porque es inevitable relacionar obsesión hacia una persona con ruptura (no siempre es así: existen cientos de casos de acoso hacia personas desconocidas, sean famosas o no) y no solo eso, si no que más de uno me preguntó cómo evitar el contacto con el acosador habiendo niños comunes de por medio.
No tengo solución a esto de manera global (ni yo ni nadie) aunque existen pautas individualizadas.
Pero no quiero ir tan lejos.
Quiero quedarme en el antes que es, precisamente, el momento de la ruptura.
Cuando somos la parte en oposición a la ruptura (en lenguaje claro y directo: nos da por saco que nos dejen) se unen el hambre con las ganas de comer, o la tristeza con la impotencia, o el no me da la gana con el no quiero y así no es tan difícil que surja la obsesión, el acoso y el ciclo de la violencia todo enterito.
Así que es necesario romper con ese círculo desde el mismo momento de la ruptura: asumir el duelo y pasar por todas y cada una de sus etapas estoicamente.
Pero como mientras se nos van jodiendo las entrañas, propongo un modelo alternativo que no muy lucidamente ya apuntó una colega de Jorge Bucay (“Todo –no- terminó”) que es entender la relación perdida en nuevos términos, reinventarla, conceptualizarla distinta.
Así, mi novio pasa a ser mi ex novio. No deja de ser alguien en mi vida, es mi ex. Mi marido se ha convertido en mi ex marido, mi mujer en mi ex mujer y todo ello dirigido a mitigar el dolor de la pérdida completa del otro.
Yo me siento muy orgullosa de mis ex novios, hablo de ellos, los tengo presentes, trato de verlos cuando me es posible, los recuerdo y los quiero muchísimo. Lo que no tengo es sexo con ellos.
Aunque con el tiempo y con esta actitud sé que no me resultaría muy complicado follarme a cualquiera de ellos, incluso a los dos que me dejaron en la estacada destrozándome el corazón.
A mi ex marido le enseñé a dejar de lamentarse porque ya no era su mujer y empezar a enorgullecerse de que fuera su pareja de madre, porque pasamos de ser una pareja de sexo a serlo de padres.
Le costó entender el concepto, desligarse de la dependencia absoluta que sentía hacia mí, desprenderse de un estilo de vida sin duda cómodo e irresponsable mientras yo asumía absolutamente todo lo que se refería a ambos.
Pero acabó sintiéndose muy orgulloso de ser el único hombre de los … ¿50? Amantes que han pasado por mi cama que sigue siendo algo realmente importante en mi vida, nada menos que mi pareja de padre.
Cuando te separas dejas de tener ciertas cosas, pero mantienes muchas otras y añades nuevas conexiones y relaciones.
Con niños de por medio, hemos de dejar de pensar en nuestros derechos y pensar en los derechos de nuestros hijos, y por eso hemos de transformar nuestras relaciones, empezar a valorar el café y la conversación con el papá de nuestros hijos acerca del colegio y las notas y la fiestita de cumpleaños y dejar de lloriquear porque no nos vamos a la cama ya con ese hombre.
Hemos de empezar a disfrutar de la pareja de padre, del ex novio, tanto como disfrutamos del marido y del novio que echamos de menos todos los días.
Hoy he pensado en esto por una persona en concreto y después me he acordado de Enrique y de, con todo lo que lloré por haberle perdido, lo feliz que me sentí, lo orgullosa que me sentí, lo grande que me sentí cuando, hace apenas unos tres meses, hablando con él por su cumpleaños me dijo: “eres mi ex novia favorita.” Sí, para Enrique, sigo siendo alguien.
La única solución demostrada como eficaz es la pérdida total del contacto con el objeto de obsesión, sea por iniciativa del obsesivo (ya convertido en acosador) que es consciente de que la angustia del pensamiento repetitivo no se alivia más que momentáneamente, como un efecto “droga”, necesitando cada vez con más frecuencia su “dosis” (ver o hablar con el acosado) o sea por iniciativa de éste último complicando el proceso y, en muchos casos, no teniendo la fuerza ni la capacidad emocional suficiente (así como el entendimiento psiquiátrico necesario) para llevar a cabo la separación total.
Siento el rollo anterior, pero voy a lo que voy, y esta puntualización era imprescindible.
Hablábamos ya entonces de la pareja, porque es inevitable relacionar obsesión hacia una persona con ruptura (no siempre es así: existen cientos de casos de acoso hacia personas desconocidas, sean famosas o no) y no solo eso, si no que más de uno me preguntó cómo evitar el contacto con el acosador habiendo niños comunes de por medio.
No tengo solución a esto de manera global (ni yo ni nadie) aunque existen pautas individualizadas.
Pero no quiero ir tan lejos.
Quiero quedarme en el antes que es, precisamente, el momento de la ruptura.
Cuando somos la parte en oposición a la ruptura (en lenguaje claro y directo: nos da por saco que nos dejen) se unen el hambre con las ganas de comer, o la tristeza con la impotencia, o el no me da la gana con el no quiero y así no es tan difícil que surja la obsesión, el acoso y el ciclo de la violencia todo enterito.
Así que es necesario romper con ese círculo desde el mismo momento de la ruptura: asumir el duelo y pasar por todas y cada una de sus etapas estoicamente.
Pero como mientras se nos van jodiendo las entrañas, propongo un modelo alternativo que no muy lucidamente ya apuntó una colega de Jorge Bucay (“Todo –no- terminó”) que es entender la relación perdida en nuevos términos, reinventarla, conceptualizarla distinta.
Así, mi novio pasa a ser mi ex novio. No deja de ser alguien en mi vida, es mi ex. Mi marido se ha convertido en mi ex marido, mi mujer en mi ex mujer y todo ello dirigido a mitigar el dolor de la pérdida completa del otro.
Yo me siento muy orgullosa de mis ex novios, hablo de ellos, los tengo presentes, trato de verlos cuando me es posible, los recuerdo y los quiero muchísimo. Lo que no tengo es sexo con ellos.
Aunque con el tiempo y con esta actitud sé que no me resultaría muy complicado follarme a cualquiera de ellos, incluso a los dos que me dejaron en la estacada destrozándome el corazón.
A mi ex marido le enseñé a dejar de lamentarse porque ya no era su mujer y empezar a enorgullecerse de que fuera su pareja de madre, porque pasamos de ser una pareja de sexo a serlo de padres.
Le costó entender el concepto, desligarse de la dependencia absoluta que sentía hacia mí, desprenderse de un estilo de vida sin duda cómodo e irresponsable mientras yo asumía absolutamente todo lo que se refería a ambos.
Pero acabó sintiéndose muy orgulloso de ser el único hombre de los … ¿50? Amantes que han pasado por mi cama que sigue siendo algo realmente importante en mi vida, nada menos que mi pareja de padre.
Cuando te separas dejas de tener ciertas cosas, pero mantienes muchas otras y añades nuevas conexiones y relaciones.
Con niños de por medio, hemos de dejar de pensar en nuestros derechos y pensar en los derechos de nuestros hijos, y por eso hemos de transformar nuestras relaciones, empezar a valorar el café y la conversación con el papá de nuestros hijos acerca del colegio y las notas y la fiestita de cumpleaños y dejar de lloriquear porque no nos vamos a la cama ya con ese hombre.
Hemos de empezar a disfrutar de la pareja de padre, del ex novio, tanto como disfrutamos del marido y del novio que echamos de menos todos los días.
Hoy he pensado en esto por una persona en concreto y después me he acordado de Enrique y de, con todo lo que lloré por haberle perdido, lo feliz que me sentí, lo orgullosa que me sentí, lo grande que me sentí cuando, hace apenas unos tres meses, hablando con él por su cumpleaños me dijo: “eres mi ex novia favorita.” Sí, para Enrique, sigo siendo alguien.
Con hijos o sin hijos.
Mi hermana siempre dice que existen dos tipos de hombres: los que les gustan los críos, y los que no. Ella aplica a cada tipo una consecuencia diferente en sus planteamientos. De los primeros, posibles futuros. De los segundos, sexo y punto.
Es casi como la distinción que hacía mi padre: las vírgenes para casarse, las otras para follar. Bueno, mi padre es antiguo, machista y viejo, así que no me he parado nunca a debatir semejante estupidez con él.
En cambio con mi hermana he tenido discusiones de todo tipo respecto a su teoría salvemos-la-especie. Mi hermana es como yo, apasionada. Pero mucho más dura, fuerte y radical. Y no me refiero sólo a sus perfectos glúteos.
Según ella, un hombre que no tiene interés en tener hijos no tiene ningún interés. Los hombres no sirven para nada: ni saben ni quieren saber de quehaceres domésticos. No son comprensivos, ni compasivos, ni empáticos como las amigas. No saben bailar (o al menos el 90% de ellos), así que no te los puedes llevar para echar unos bailecitos. Por uno con cierta cultura e inteligencia que te aporta algo nuevo, tienes cien que sólo saben de fútbol, de coches o de qué tetas llevan siliconas y cuáles no. No les gusta hablar de ropita, ni llevarte de compras y no puedes compartir con ellos ni bolsos, ni tops ajustados. Tampoco tienen ni puta idea de cómo decorar una casa y de hecho la casa les importa una mierda, lo que se traduce en que tú compras, tú decoras, tú llenas la nevera y tú limpias.
Los que cocinan dejan la casa hecha un asco y no te dejan probar bocado porque su única obsesión es tener una mujer delgada. Así que siempre es mejor irse con unos amigos a pegarte una buena comilona que tratar de comerte la comida de él. Hablan poco y nunca de sus emociones, que es la conversación favorita de las mujeres. Dicen “te quiero” dos veces en su vida y el resto simplemente te preguntan “¿y para qué me preguntas eso? ¿Es que no lo ves?” Les tienes que mendigar cariño y atenciones y además escuchar la cantarela de que están muy cansados por su trabajo, cuando tú trabajas exactamente las mismas horas que él y además le das unos mimitos incondicionales siempre que puedes. Sus conversaciones son insulsas, cuando las tienen porque hablar hablan poco, a ellos lo que les gusta es ver la tele.
Según mi hermana, en resumen, los hombres tienen dos elementos maravillosos, y sólo dos: el sexo y ser tus socios en el cometido paterno.
Así que si no quieren tener hijos, te los haces como amantes y están felices ellos y feliz tú. A ellos no les agobiarás jamás con el tema del hogar, la casa, la convivencia y la pareja, porque un hombre que no quiere tener hijos no es un posible marido, es un coñazo que tendrías que aguantar en tu casa sin nada que aportar. Un mueble al lado del televisor que pide cosas como “¿dónde pusiste los calcetines, cariño?”
Si quieren tenerlos, tienes una oportunidad de ser su socia. Seguirán siendo insulsos, aburridos, desordenados y vagos, pero serán necesarios: serán el padre de tus hijos. Te ayudará a educar, a criar, a crear familia, a sustentar unidad y vínculos, a compartir responsabilidades, a sentirte acompañada. Será tu socio. Y de paso te lo follas, claro.
Y si no quieres tener hijos: ten amantes.
Siempre he pensado que mi hermana estaba un poco loca. Trabaja en una ONG en el quinto pino, se ha casado dos veces (con un biólogo marino y con un actor de teatro), ha sido modelo de desnudos en una escuela de Bellas Artes para pagarse la carrera de Derecho, y tiene un perro que se llama “Nelson Mandela.”
Pero cada año que pasa, aunque yo voy en camino opuesto a mi hermana, cada vez menos radical, cada día más tolerante, y cada año más liberal, le voy dando la razón.
La dos únicas veces que me plantee seriamente una relación con un hombre (y obtuve, obviamente) fueron de hombres que querían tener hijos. Así, en futuro. Uno de ellos, mal que me pese, es un padre fantástico que ni educa, ni cría ni ayuda, pero quiere con locura a nuestra descendencia. No sólo eso, si no que, además, lo demuestra. No habrá psicólogo alguno capaz de decir que a mi niña le falta afecto, amor, y cariño. Le faltarán otras cosas, pero no lo esencial.
El otro, se me rompió en el camino.
Después de él nunca nadie ha sido para mí nada realmente serio. Ni siquiera Luis. Quizás los que pudieron serlo, duraron demasiado poco para consolidarse. Y los que se consolidaron, como no querían (o podían) tener hijos, nunca fueron para mí verdaderos compañeros. Fueron amantes o aventuras. Pero nada más.
He obviado totalmente el tema económico en esta ecuación de la argumentación fraternal. Es lógico: mi hermana trabaja en una ONG y yo me gano correctamente la vida. A ninguna de las dos se nos ha planteado jamás la idea de que un hombre sirva para pagar hipotecas. Eso se lo dejamos, ambas, para las putas.
Es casi como la distinción que hacía mi padre: las vírgenes para casarse, las otras para follar. Bueno, mi padre es antiguo, machista y viejo, así que no me he parado nunca a debatir semejante estupidez con él.
En cambio con mi hermana he tenido discusiones de todo tipo respecto a su teoría salvemos-la-especie. Mi hermana es como yo, apasionada. Pero mucho más dura, fuerte y radical. Y no me refiero sólo a sus perfectos glúteos.
Según ella, un hombre que no tiene interés en tener hijos no tiene ningún interés. Los hombres no sirven para nada: ni saben ni quieren saber de quehaceres domésticos. No son comprensivos, ni compasivos, ni empáticos como las amigas. No saben bailar (o al menos el 90% de ellos), así que no te los puedes llevar para echar unos bailecitos. Por uno con cierta cultura e inteligencia que te aporta algo nuevo, tienes cien que sólo saben de fútbol, de coches o de qué tetas llevan siliconas y cuáles no. No les gusta hablar de ropita, ni llevarte de compras y no puedes compartir con ellos ni bolsos, ni tops ajustados. Tampoco tienen ni puta idea de cómo decorar una casa y de hecho la casa les importa una mierda, lo que se traduce en que tú compras, tú decoras, tú llenas la nevera y tú limpias.
Los que cocinan dejan la casa hecha un asco y no te dejan probar bocado porque su única obsesión es tener una mujer delgada. Así que siempre es mejor irse con unos amigos a pegarte una buena comilona que tratar de comerte la comida de él. Hablan poco y nunca de sus emociones, que es la conversación favorita de las mujeres. Dicen “te quiero” dos veces en su vida y el resto simplemente te preguntan “¿y para qué me preguntas eso? ¿Es que no lo ves?” Les tienes que mendigar cariño y atenciones y además escuchar la cantarela de que están muy cansados por su trabajo, cuando tú trabajas exactamente las mismas horas que él y además le das unos mimitos incondicionales siempre que puedes. Sus conversaciones son insulsas, cuando las tienen porque hablar hablan poco, a ellos lo que les gusta es ver la tele.
Según mi hermana, en resumen, los hombres tienen dos elementos maravillosos, y sólo dos: el sexo y ser tus socios en el cometido paterno.
Así que si no quieren tener hijos, te los haces como amantes y están felices ellos y feliz tú. A ellos no les agobiarás jamás con el tema del hogar, la casa, la convivencia y la pareja, porque un hombre que no quiere tener hijos no es un posible marido, es un coñazo que tendrías que aguantar en tu casa sin nada que aportar. Un mueble al lado del televisor que pide cosas como “¿dónde pusiste los calcetines, cariño?”
Si quieren tenerlos, tienes una oportunidad de ser su socia. Seguirán siendo insulsos, aburridos, desordenados y vagos, pero serán necesarios: serán el padre de tus hijos. Te ayudará a educar, a criar, a crear familia, a sustentar unidad y vínculos, a compartir responsabilidades, a sentirte acompañada. Será tu socio. Y de paso te lo follas, claro.
Y si no quieres tener hijos: ten amantes.
Siempre he pensado que mi hermana estaba un poco loca. Trabaja en una ONG en el quinto pino, se ha casado dos veces (con un biólogo marino y con un actor de teatro), ha sido modelo de desnudos en una escuela de Bellas Artes para pagarse la carrera de Derecho, y tiene un perro que se llama “Nelson Mandela.”
Pero cada año que pasa, aunque yo voy en camino opuesto a mi hermana, cada vez menos radical, cada día más tolerante, y cada año más liberal, le voy dando la razón.
La dos únicas veces que me plantee seriamente una relación con un hombre (y obtuve, obviamente) fueron de hombres que querían tener hijos. Así, en futuro. Uno de ellos, mal que me pese, es un padre fantástico que ni educa, ni cría ni ayuda, pero quiere con locura a nuestra descendencia. No sólo eso, si no que, además, lo demuestra. No habrá psicólogo alguno capaz de decir que a mi niña le falta afecto, amor, y cariño. Le faltarán otras cosas, pero no lo esencial.
El otro, se me rompió en el camino.
Después de él nunca nadie ha sido para mí nada realmente serio. Ni siquiera Luis. Quizás los que pudieron serlo, duraron demasiado poco para consolidarse. Y los que se consolidaron, como no querían (o podían) tener hijos, nunca fueron para mí verdaderos compañeros. Fueron amantes o aventuras. Pero nada más.
He obviado totalmente el tema económico en esta ecuación de la argumentación fraternal. Es lógico: mi hermana trabaja en una ONG y yo me gano correctamente la vida. A ninguna de las dos se nos ha planteado jamás la idea de que un hombre sirva para pagar hipotecas. Eso se lo dejamos, ambas, para las putas.
Discusiones y soluciones.
Ayer mi horóscopo decía que me iba a casar y hoy que probablemente entraría en una discusión con mi marido que acabaría con mi matrimonio. ¡Habrase visto matrimonio más corto! Tanto que ni siquiera he tenido tiempo de ser consciente de él.
El caso es que todo eso ha coincidido con una encuesta que establece nada esclarecedores datos acerca de las discusiones en el matrimonio. Digo lo de nada esclarecedores, porque me piden a mí que diga así, a bote pronto, lo que creo son las discusiones en el matrimonio y acierto a la primera. Vamos, que o esto es consecuencia de que estuve casada, o lo es porque cualquiera con dos dedos de frente es perfectamente capaz de deducir de qué discuten los casados.
Las mujeres inician las discusiones siempre por motivos materno-filiales (las que las tienen, listillos, a ver si me vais a venir a hora con “yo no discuto nunca de temas relacionados con niños, porque no los tengo.”) Éstos, básicamente, son de tres tipos:
a- ""Con mi niño no te metas cabrón: Sucede cuando el papi se pone a machacar al niño (“le dejas hacer lo que quiera”, “el niño está gordo – no – le – des –más – bollycaos”, “es un puto desastre, hay que ver lo mal que lo has criado” etc…) Las mamás protectoras con sus vástagos hagan éstos lo que hagan (o dejen de hacer) se lían verbalmente a discutir con su pareja, como debe de ser. ¡Qué pruebe mi pareja a hablar mal de mi peque! Le hundo, le hundo.
b-"Eres un puto vago y del niño sólo me ocupo yo": Esto sucede todos los días. Es innecesario poner ejemplos, baste con preguntar a los papás presentes cuándo hace el niño natación y cuál fue su última lección de sociales.
c- "Dame más pasta": Para el niño, claro. Porque el padre se empeña en apuntarlo a todo (fútbol, tai-chi, japonés y curso de bonsaï avanzado) pero él no pone un duro. Hay que joderse.
Los hombres en cambio, inician la mayoría de sus discusiones con el tema sexual.
- Follamos?
- No.
- Te la meto por el culo?
- No.
- Invitamos a tu amiga Laurita a nuestra cama y nos la comemos los dos?
- No.
- Me follo a mi secretaria, ¿te importa?
- No. Digo: sí, jodido cabrón, y ocúpate del niño de una puta vez, que tengo ganas de echarme una siesta, pedazo de vago.
Así que la solución (porque no vamos a hablar de discusiones sin ofrecer una solución para todos los que las padecen) se me antoja realmente simple:
Por cada acción parental relacionada con el buen funcionamiento de los roles materno-filiales, mamá ofrecerá culito, trío, sexo y lo que haga falta.
Es un fantástico toma y daca (y no, no me refiero a lo del culito y Laurita)
Los niños felices. Los papás follados. Y las mamás orgullosas de sus pequeñines y de las nuevas experiencias sexuales que mantienen con su maridito.
Y problema resuelto.
El caso es que todo eso ha coincidido con una encuesta que establece nada esclarecedores datos acerca de las discusiones en el matrimonio. Digo lo de nada esclarecedores, porque me piden a mí que diga así, a bote pronto, lo que creo son las discusiones en el matrimonio y acierto a la primera. Vamos, que o esto es consecuencia de que estuve casada, o lo es porque cualquiera con dos dedos de frente es perfectamente capaz de deducir de qué discuten los casados.
Las mujeres inician las discusiones siempre por motivos materno-filiales (las que las tienen, listillos, a ver si me vais a venir a hora con “yo no discuto nunca de temas relacionados con niños, porque no los tengo.”) Éstos, básicamente, son de tres tipos:
a- ""Con mi niño no te metas cabrón: Sucede cuando el papi se pone a machacar al niño (“le dejas hacer lo que quiera”, “el niño está gordo – no – le – des –más – bollycaos”, “es un puto desastre, hay que ver lo mal que lo has criado” etc…) Las mamás protectoras con sus vástagos hagan éstos lo que hagan (o dejen de hacer) se lían verbalmente a discutir con su pareja, como debe de ser. ¡Qué pruebe mi pareja a hablar mal de mi peque! Le hundo, le hundo.
b-"Eres un puto vago y del niño sólo me ocupo yo": Esto sucede todos los días. Es innecesario poner ejemplos, baste con preguntar a los papás presentes cuándo hace el niño natación y cuál fue su última lección de sociales.
c- "Dame más pasta": Para el niño, claro. Porque el padre se empeña en apuntarlo a todo (fútbol, tai-chi, japonés y curso de bonsaï avanzado) pero él no pone un duro. Hay que joderse.
Los hombres en cambio, inician la mayoría de sus discusiones con el tema sexual.
- Follamos?
- No.
- Te la meto por el culo?
- No.
- Invitamos a tu amiga Laurita a nuestra cama y nos la comemos los dos?
- No.
- Me follo a mi secretaria, ¿te importa?
- No. Digo: sí, jodido cabrón, y ocúpate del niño de una puta vez, que tengo ganas de echarme una siesta, pedazo de vago.
Así que la solución (porque no vamos a hablar de discusiones sin ofrecer una solución para todos los que las padecen) se me antoja realmente simple:
Por cada acción parental relacionada con el buen funcionamiento de los roles materno-filiales, mamá ofrecerá culito, trío, sexo y lo que haga falta.
Es un fantástico toma y daca (y no, no me refiero a lo del culito y Laurita)
Los niños felices. Los papás follados. Y las mamás orgullosas de sus pequeñines y de las nuevas experiencias sexuales que mantienen con su maridito.
Y problema resuelto.
Escenas del pasado.
Quizás porque me gusta leer a Pilar, he recordado esos momentos especiales que viví en esos amores especiales que también viví. Quizás sea por eso, o quizás sea, simplemente, una cuestión meramente práctica. Vamos, que no tengo nada mejor que contar hoy.
Nos habíamos despertado tarde, más allá de las 12 del mediodía. Me despertó él, recostándose en mi pecho. Nos besamos con sabor a tabaco rancio y a alcohol siempre exagerado. Y convertimos los besos en fresa y nata, el sabor de la pasión temprana. Después de follar como amantes, y de hacer el amor como enamorados, me levanté a preparar algo de comer. A esas horas, nada de tostadas con aceite y café de Colombia. Ya apetecía un poco de sopa caliente y algunos embutidos con pan con tomate para acompañar. Hacía frío, mucho. Entraba, como siempre a esas horas y en días claros, sol a través de la ventana.
Nos sentamos uno frente al otro y nos pusimos a charlar, mientras comíamos y servíamos unas copas de un Priorat un pelín fuerte. Estábamos riendo, o no, quizás riendo sólo por dentro, y por fuera comiendo. Era una escena completamente normal. Dos personas que se quieren y se comparten.
Entonces Enrique miró el reloj en la pared de la cocina y dijo: “coño, son las tres. Mi vuelo sale a las cinco y media. Me voy pa’la ducha, preciosa.”
No recuerdo dolor tan intenso. Mi amor, se iba. Se iba ya. En una hora ya no estaría junto a mí. No besos, no caricias, no risas. No sexo, no charlas, no compañía. Miraba a Enrique y se proyectaba, cruel, la imagen de su partida. Partida que llevaba repitiéndose exactamente igual desde hacía meses, cada cuatro semanas. Y que ese día, en aquel momento, con el sol brillando en los ojos verdes de Enrique, venía a joderme, una vez más, la felicidad de estar a su lado.
En silencio, antes de que él se levantara, eché a llorar.
“¿Qué te pasa, mi niña?” preguntó alarmado.
“No quiero que te vayas”
Parecía una cría de ocho años alejándose de su mamá.
Enrique se levantó y vino a tomar mi rostro entre sus manos: “venga, mi niña, no llores. Ya verás que el tiempo vuela. Y en un tiempito me tienes aquí de nuevo. Vamos, linda, que eres lo más lindo que he conocido en mi vida.”
Me besó como besaría mamá a su niña de ocho años. Contuve más lágrimas, y así, con media tristeza dentro, me despedí de él, como previsto, una hora más tarde en el aeropuerto.
Nunca antes y nunca después he sentido un desconsuelo mayor. Enrique no era culto, ni ducto, ni inteligente, ni hermoso, ni apasionado, ni cariñoso, ni siquiera era un hombre del que me hubiera enamorado. Pero fue el único hombre capaz de devolverme a la inocencia de la infancia, al dolor de la separación, al drama de no poder vencer las circunstancias. Y ese amor tan ilógico y tan grande, no tiene precio en mi vida. Es lo único por lo que volvería, una y otra vez, a aquella cocina, a aquel llanto, y a sus tiernas palabras.
Por la noche, muchas horas después, como siempre, Enrique me llamó.
“Venga, mi niña, que te he comprado un billete para este fin de semana. Que te he visto mu’ triste, y yo a mi preciosa la quiero ver feliz.”
No hay nada mejor que saber que tu dolor está en manos de otro, y que ese otro, es capaz de cualquier locura, por verte feliz.
Supongo que cuando me envió a la mierda dos meses más tarde, todo eso se quedó en donde se quedan los amores enormes: en una escena del pasado.
Flechazo.
¿Os ha pasado alguna vez eso del flechazo? Yo lo llamo más precisamente “el calentón inexplicablemente provocado por un tío que acabas de conocer.” Ya, ya sé que es bastante más largo, pero reconoced que también es bastante más acorde a la realidad.
Por motivos profesionales, tenía que acudir a una reunión con alguien de quién no sabía ni siquiera el nombre. Me llamó su secretaria hace unos días, muy maja. La clásica secretaria que empieza por preguntarte si eres la Señora Tal y acaba llamándote de tú y contándote su vida. Que no, que no lo digo con acritud, que lo digo en serio: ese tipo de mujeres me chiflan, no pierden la oportunidad de pasar un ratito agradable mientras realizan su trabajo, y de paso, te lo hacen pasar a ti.
El caso es que me dijo la secre (a partir de ahora “mi secre favorita”) que si podía acudir tal día a tal hora para hablar con su jefe y yo: “¿me vais a pagar por ello?”, “claro, chata, tu pásame las tarifas y yo te tendré preparado un talón a la salida.” ¿Es o no es la secretaria perfecta?
El motivo de reunión era una de esas cosas que hacemos los psicólogos y que nadie quiere llamar psicología y entonces van y lo llaman “crecimiento personal” o “coaching” o memeces similares. Te lo filtra la secre de turno y quedas estupendamente diciendo que tienes un “coach emocional particular.”
En esencia, es lo mismo que ir al psicólogo pero con entrega a domicilio.
El caso es que me planté allí a la hora convenida y mi secre favorita monísima ya me estaba esperando en la puerta con un café en la mano: “hola chata, Alejandro te espera.” Tras un recorrido bastante más largo de lo que esperaba (me jodió haber olvidado las miguitas de pan para recordar el camino de vuelta) me presenta a Alejandro y ¡zás! ¡flechazo! Digo… ¡calentón inexplicablemente provocado por un tío que acabo de conocer!
Joder, qué carisma, coño. Para empezar, a pesar de estar en la última punta del punto más alto de la empresa en cuestión con impresionantes vistas (más o menos: hoy llovía) y de tener el cargo más rimbombante de por ahí, el tío iba en vaqueros negros y camisa estilo mao desabrochada hasta el botón dos. Que sí, que sí, que me quedé un ratito contando los botones desabrochados.
Bueno, pues Alejandro con su título rimbombante y sus botones desabrochados, despliega todo su carisma y me planta dos besazos con un sonrisón que ni yo tras el séptimo polvo bien conseguido: “hola Amanda! Qué bien que hayas podido venir habiéndote avisado con tan poco tiempo de antelación!”
Encanto, si te llego a ver antes, te adelanto la reunión fijo.
Tiene una edad, dudo entre más de cincuenta o justo un par menos. Pelo cano pero abundante, ojos negros, pequeños, y un par de arrugas de experiencias que me apetece conocer cuanto antes, cuando le hago sonreír.
No quiere hablar de él. Hemos venido a eso, pero no quiere. Sólo quiere que le hable de mí. ¿Por qué empecé en esto? ¿Qué puede hacer la psicología por la empresa? ¿Quién suele recurrir a un psicólogo? ¿Por qué? ¿Cuántos años tienes? ¿Eres de aquí? Y ese pelo rubio… ¿tan real como tú?
Pero bueno, ¿esto qué es? ¿una sesión de coaching o una sesión de ligoteo barato? Bah, a la mierda con el coaching.
Nos lo pasamos bomba. Charlamos de cómo empezó él en ese trabajo, de la conveniencia o no de vestir traje en el entorno profesional, de qué espera, qué quiere, qué sueña. Le cuento en qué puedo ayudarle y en qué no.
Oh, me dice de pronto, no no, ¡no es para mí! Estoy pensando en un par de sesiones colectivas para mis comerciales.
Ahhhhhhhhhhhhhhh! Ya me extrañaba a mí que ese hombre tan interesante, tan sano, tan guapo, que me está poniendo tan cachonda, necesite de mis servicios. Oiga, que si me necesita para que le sirva mis tetas en bandeja, pues gratis, oiga, gratis.
Le cuento cómo irían las sesiones colectivas, cómo se hacen y qué se obtiene con ellas. Un rato de charla super profesional. Luego vuelve a lo suyo, a lo nuestro. Su vida un poco más, pregunta más sobre la mía, me vuelve a hacer reír, y por último espeta un “Bueno, Amanda, esto va a salir muy bien”
¿En tu cama o en la mía?
Mi secre favorita aparece en la sala y se ofrece a acompañarme a la salida. Quita, dice Alejandro (a partir de ahora mi cliente favorito) ya la acompaño yo.
Pues hasta otra chata. Muacks muacks.
Desde que salí de allí no hago otra cosa que pensar en él, sobre todo en el momento en que me despidió en la puerta de la empresa, me dio dos besos de nuevo y me dijo: “nos veremos pronto, Amanda, esta conversación contigo ha sido un verdadero placer. Y yo, los placeres, los repito.”
Estoy pendiente del teléfono, no me llaméis en dos meses, no vaya a ser que mi cliente favorito quiera invitarme a cenar y yo esté comunicando. Así que no me molestéis. Que a mí los calentones, me duran eso, lo que un calentón.
Por motivos profesionales, tenía que acudir a una reunión con alguien de quién no sabía ni siquiera el nombre. Me llamó su secretaria hace unos días, muy maja. La clásica secretaria que empieza por preguntarte si eres la Señora Tal y acaba llamándote de tú y contándote su vida. Que no, que no lo digo con acritud, que lo digo en serio: ese tipo de mujeres me chiflan, no pierden la oportunidad de pasar un ratito agradable mientras realizan su trabajo, y de paso, te lo hacen pasar a ti.
El caso es que me dijo la secre (a partir de ahora “mi secre favorita”) que si podía acudir tal día a tal hora para hablar con su jefe y yo: “¿me vais a pagar por ello?”, “claro, chata, tu pásame las tarifas y yo te tendré preparado un talón a la salida.” ¿Es o no es la secretaria perfecta?
El motivo de reunión era una de esas cosas que hacemos los psicólogos y que nadie quiere llamar psicología y entonces van y lo llaman “crecimiento personal” o “coaching” o memeces similares. Te lo filtra la secre de turno y quedas estupendamente diciendo que tienes un “coach emocional particular.”
En esencia, es lo mismo que ir al psicólogo pero con entrega a domicilio.
El caso es que me planté allí a la hora convenida y mi secre favorita monísima ya me estaba esperando en la puerta con un café en la mano: “hola chata, Alejandro te espera.” Tras un recorrido bastante más largo de lo que esperaba (me jodió haber olvidado las miguitas de pan para recordar el camino de vuelta) me presenta a Alejandro y ¡zás! ¡flechazo! Digo… ¡calentón inexplicablemente provocado por un tío que acabo de conocer!
Joder, qué carisma, coño. Para empezar, a pesar de estar en la última punta del punto más alto de la empresa en cuestión con impresionantes vistas (más o menos: hoy llovía) y de tener el cargo más rimbombante de por ahí, el tío iba en vaqueros negros y camisa estilo mao desabrochada hasta el botón dos. Que sí, que sí, que me quedé un ratito contando los botones desabrochados.
Bueno, pues Alejandro con su título rimbombante y sus botones desabrochados, despliega todo su carisma y me planta dos besazos con un sonrisón que ni yo tras el séptimo polvo bien conseguido: “hola Amanda! Qué bien que hayas podido venir habiéndote avisado con tan poco tiempo de antelación!”
Encanto, si te llego a ver antes, te adelanto la reunión fijo.
Tiene una edad, dudo entre más de cincuenta o justo un par menos. Pelo cano pero abundante, ojos negros, pequeños, y un par de arrugas de experiencias que me apetece conocer cuanto antes, cuando le hago sonreír.
No quiere hablar de él. Hemos venido a eso, pero no quiere. Sólo quiere que le hable de mí. ¿Por qué empecé en esto? ¿Qué puede hacer la psicología por la empresa? ¿Quién suele recurrir a un psicólogo? ¿Por qué? ¿Cuántos años tienes? ¿Eres de aquí? Y ese pelo rubio… ¿tan real como tú?
Pero bueno, ¿esto qué es? ¿una sesión de coaching o una sesión de ligoteo barato? Bah, a la mierda con el coaching.
Nos lo pasamos bomba. Charlamos de cómo empezó él en ese trabajo, de la conveniencia o no de vestir traje en el entorno profesional, de qué espera, qué quiere, qué sueña. Le cuento en qué puedo ayudarle y en qué no.
Oh, me dice de pronto, no no, ¡no es para mí! Estoy pensando en un par de sesiones colectivas para mis comerciales.
Ahhhhhhhhhhhhhhh! Ya me extrañaba a mí que ese hombre tan interesante, tan sano, tan guapo, que me está poniendo tan cachonda, necesite de mis servicios. Oiga, que si me necesita para que le sirva mis tetas en bandeja, pues gratis, oiga, gratis.
Le cuento cómo irían las sesiones colectivas, cómo se hacen y qué se obtiene con ellas. Un rato de charla super profesional. Luego vuelve a lo suyo, a lo nuestro. Su vida un poco más, pregunta más sobre la mía, me vuelve a hacer reír, y por último espeta un “Bueno, Amanda, esto va a salir muy bien”
¿En tu cama o en la mía?
Mi secre favorita aparece en la sala y se ofrece a acompañarme a la salida. Quita, dice Alejandro (a partir de ahora mi cliente favorito) ya la acompaño yo.
Pues hasta otra chata. Muacks muacks.
Desde que salí de allí no hago otra cosa que pensar en él, sobre todo en el momento en que me despidió en la puerta de la empresa, me dio dos besos de nuevo y me dijo: “nos veremos pronto, Amanda, esta conversación contigo ha sido un verdadero placer. Y yo, los placeres, los repito.”
Estoy pendiente del teléfono, no me llaméis en dos meses, no vaya a ser que mi cliente favorito quiera invitarme a cenar y yo esté comunicando. Así que no me molestéis. Que a mí los calentones, me duran eso, lo que un calentón.
Citas a ciegas.
Mi primera experiencia con eso de las citas a ciegas, fue por obra y gracia de mi hermana, que es muy ONG y esas cosas, pero igual de guarrilla que yo. Andaba la mujer recién separada y con ganas de marcha, y visto (y descartado) lo que el mercado ofrecía a una mujer con inquietudes sociales, se las ingenió para apuntarse a cuantos sitios de citas web hubieran y follarse todo lo follable. No me quedó muy claro, por aquel entonces, si andaba buscando compañero de aventuras voluntarias o pegarse una aventura voluntariamente, pero bueno, se la veía feliz.
Tanto era así, que le pedí me aleccionara en eso de nicks y messengers y hasta me creó una cuenta monísima que todavía, siete años después, mantengo. Como las dos andábamos en el mismo sitio y mi hermana, ya lo he dicho, es muy de ayudar a los demás, me iba pasando los perfiles que ella descartaba por feos o por tontos, según le diera. Creo que no conocí mayor panda de chalados, depravados, enfermos mentales y asociales como en aquella época.
Pero en estas, mi hermana se encaprichó de un tío cuya foto era la hostia: una mezcla entre Brad Pitt y George Clonney, casi nada. Claro que llevaba gafas de sol, gorra marinera y la boca cortada, así que bien pudiera haber sido una mezcla de El Fari y Micheal Jackson, vaya usted a saber (con mis respetos a El Fari, si es que los recibe.) El tema fue que el guaperillas aparente se encaprichó no con ella, si no conmigo, y claro, entre la foto y la curiosidad y que hasta entonces todo eran subnormales profundos y éste parecía un tipo normal superficial, pues quedé con él.
Me gasté 150 euros en aquella cita, transformados en pesetas que es lo que se llevaba en el año 2000. Peluquería, lencería, maquillaje y top nuevo. Quedamos en un bar céntrico, y yo iba tan nerviosa que creí me daría un pasmo antes de entrar. Pero no: el pasmo me dio justo después de conocerle. Efectivamente, era un feo de los auténticos, tonto del culo y encima un chulo putas que se pasó las dos horas de la cena contándome su máster en IESE, su paso por la Universidad de Columbia y su trabajo de ejecutivo importante de importante multinacional que según él (idiota) no iba a revelar por no poner en peligro su imagen profesional.
Cuando salimos del restaurante (con creces le hice pagar los 150 euros invertidos pidiéndome un Vega Sicilia que se me había antojado) apareció un taxi y como por arte de magia me escabullí en él despidiéndome con un simple “no, no me llames.”
La cita dio de sí seis o siete cenas de amigos, venga a descojonarse de mí, venga a llamarme pringada, venga a reírse. Ahora ellos tienen citas a ciegas y la que se parte soy yo, pero eso es otra historia.
El caso es que seguí insistiendo, porque por aquel entonces mi hermana se estaba follando a un holandés de metro ochenta que había conocido en la misma página de contactos.
Soy incapaz de recordar cuántas citas he tenido en este plan: algunas fueron sorprendentes, otras un puto rollo, muy pocas excepcionales y alguna rozó lo psicopático.
Pero todas ellas valieron la pena el día en que, enamorada hasta las trancas de un tío que ni siquiera había visto en foto, con el que no chatee jamás, del que no sabía ni siquiera su nombre real, y con el que no había hablado nunca, me aventuré a tener mi cita a ciegas (y muy ciega) número tropecientos.
Nos habíamos intercambiado mails diarios durante 60 días y todo estaba en su imaginación y en la mía. Así que cuando escribió que vendría a mi ciudad, no dudé ni un segundo en quedar con él.
Eran las cuatro de la tarde. Yo estaba en mi despacho, charlando con una compañera y fumando mal que le pesase a quién ya había impuesto la Ley Antitabaco en mi consulta. De pronto sonó mi móvil. No reconocí el número. Contesté con un forzado “¿Quién es?” y entonces su imagen, su fantasía, su posibilidad se hizo realidad.
No olvidaré jamás ese “hola bonita. Soy yo: tu cita a ciegas de esta noche.” Recuerdo a Piazzola tocando el bandoleón, a Pavarotti cantando Turandot, a Barbra Streisand tarareando en voz baja, a un coro de perfectas chicas bailando sobre pétalos de rosa y a Nacho Vidal follándome por detrás… ¡qué momentazo!
Cuando nos conocimos, por fin, unas horas más tarde, me enamoré por tercera vez en menos de doce horas y del mismo hombre. Fue la cita más increíble que he tenido la oportunidad de vivir.
Hasta ahora.
Lo cierto es que la pasión que despertó en mí aquel Nick infantil, me alimentó durante años. Lástima que él no me alimentara en consonancia: a los siete meses de profundo y apasionado amor, me dijo que estaba casado y que por eso nunca nos veíamos en su ciudad, tenía el móvil apagado a partir de las nueve de la noche, y su empresa (esta vez con bastante menos estupidez que en el caso de mi primera cita) se mantenía en confidencia. Me dejó, obviamente. Digo lo de “obviamente” porque tan enamorada estaba yo, que tal detalle me dio absolutamente igual. Sólo quería seguir escuchando a Piazzola cada vez que él me llamaba y decía “hola bonita. Soy yo: tu cita real.”
Creo que pronto voy a volver a tener una de esas citas: de momento suena, lejano, Marc Anthony y su “vivir lo nuestro.” Pero todo llegará… basta con pedirle a Piazzola que toque mucho más fuerte.
Tanto era así, que le pedí me aleccionara en eso de nicks y messengers y hasta me creó una cuenta monísima que todavía, siete años después, mantengo. Como las dos andábamos en el mismo sitio y mi hermana, ya lo he dicho, es muy de ayudar a los demás, me iba pasando los perfiles que ella descartaba por feos o por tontos, según le diera. Creo que no conocí mayor panda de chalados, depravados, enfermos mentales y asociales como en aquella época.
Pero en estas, mi hermana se encaprichó de un tío cuya foto era la hostia: una mezcla entre Brad Pitt y George Clonney, casi nada. Claro que llevaba gafas de sol, gorra marinera y la boca cortada, así que bien pudiera haber sido una mezcla de El Fari y Micheal Jackson, vaya usted a saber (con mis respetos a El Fari, si es que los recibe.) El tema fue que el guaperillas aparente se encaprichó no con ella, si no conmigo, y claro, entre la foto y la curiosidad y que hasta entonces todo eran subnormales profundos y éste parecía un tipo normal superficial, pues quedé con él.
Me gasté 150 euros en aquella cita, transformados en pesetas que es lo que se llevaba en el año 2000. Peluquería, lencería, maquillaje y top nuevo. Quedamos en un bar céntrico, y yo iba tan nerviosa que creí me daría un pasmo antes de entrar. Pero no: el pasmo me dio justo después de conocerle. Efectivamente, era un feo de los auténticos, tonto del culo y encima un chulo putas que se pasó las dos horas de la cena contándome su máster en IESE, su paso por la Universidad de Columbia y su trabajo de ejecutivo importante de importante multinacional que según él (idiota) no iba a revelar por no poner en peligro su imagen profesional.
Cuando salimos del restaurante (con creces le hice pagar los 150 euros invertidos pidiéndome un Vega Sicilia que se me había antojado) apareció un taxi y como por arte de magia me escabullí en él despidiéndome con un simple “no, no me llames.”
La cita dio de sí seis o siete cenas de amigos, venga a descojonarse de mí, venga a llamarme pringada, venga a reírse. Ahora ellos tienen citas a ciegas y la que se parte soy yo, pero eso es otra historia.
El caso es que seguí insistiendo, porque por aquel entonces mi hermana se estaba follando a un holandés de metro ochenta que había conocido en la misma página de contactos.
Soy incapaz de recordar cuántas citas he tenido en este plan: algunas fueron sorprendentes, otras un puto rollo, muy pocas excepcionales y alguna rozó lo psicopático.
Pero todas ellas valieron la pena el día en que, enamorada hasta las trancas de un tío que ni siquiera había visto en foto, con el que no chatee jamás, del que no sabía ni siquiera su nombre real, y con el que no había hablado nunca, me aventuré a tener mi cita a ciegas (y muy ciega) número tropecientos.
Nos habíamos intercambiado mails diarios durante 60 días y todo estaba en su imaginación y en la mía. Así que cuando escribió que vendría a mi ciudad, no dudé ni un segundo en quedar con él.
Eran las cuatro de la tarde. Yo estaba en mi despacho, charlando con una compañera y fumando mal que le pesase a quién ya había impuesto la Ley Antitabaco en mi consulta. De pronto sonó mi móvil. No reconocí el número. Contesté con un forzado “¿Quién es?” y entonces su imagen, su fantasía, su posibilidad se hizo realidad.
No olvidaré jamás ese “hola bonita. Soy yo: tu cita a ciegas de esta noche.” Recuerdo a Piazzola tocando el bandoleón, a Pavarotti cantando Turandot, a Barbra Streisand tarareando en voz baja, a un coro de perfectas chicas bailando sobre pétalos de rosa y a Nacho Vidal follándome por detrás… ¡qué momentazo!
Cuando nos conocimos, por fin, unas horas más tarde, me enamoré por tercera vez en menos de doce horas y del mismo hombre. Fue la cita más increíble que he tenido la oportunidad de vivir.
Hasta ahora.
Lo cierto es que la pasión que despertó en mí aquel Nick infantil, me alimentó durante años. Lástima que él no me alimentara en consonancia: a los siete meses de profundo y apasionado amor, me dijo que estaba casado y que por eso nunca nos veíamos en su ciudad, tenía el móvil apagado a partir de las nueve de la noche, y su empresa (esta vez con bastante menos estupidez que en el caso de mi primera cita) se mantenía en confidencia. Me dejó, obviamente. Digo lo de “obviamente” porque tan enamorada estaba yo, que tal detalle me dio absolutamente igual. Sólo quería seguir escuchando a Piazzola cada vez que él me llamaba y decía “hola bonita. Soy yo: tu cita real.”
Creo que pronto voy a volver a tener una de esas citas: de momento suena, lejano, Marc Anthony y su “vivir lo nuestro.” Pero todo llegará… basta con pedirle a Piazzola que toque mucho más fuerte.
Felicidad.
Felicidad: tener la libertad necesaria para poder realizar el plan de vida que sólo nosotros hemos elegido.
Llego tarde, llego tarde. Mierda, llego tarde. Me quedan siete manzanas todavía, siete. No siento el suave fresquito de la mañana porque estoy demasiado enfrascada en la posibilidad de no llegar a tiempo. Semáforo en rojo. A pararse. Coño, esta esquina me suena. Es mi esquina, mi bar de la esquina. Hace unas semanas iba a este bar todos los días a la misma hora. Y me encontraba con mi chico del bar. Y sí, parece que le veo, entre los ventanales, postrado frente a su café y su diario, como todas las mañanas de siempre desde hace un año. Pero está solo. Y yo quiero compartir mi café con él. No. No me atreveré a decirle nada. Volveré a sentarme dos mesas más allá y a jugar con sus miradas y las mías. Llego tarde, llego tarde. Bah. Paro la moto. Entro en el bar. ¡Mi camarero maki de toda la vida! Me saluda, me sirve mi café perfecto. Y me siento dos mesas más allá. Para verle, para que me vea. Sí, sí… llegué muy tarde ese día. Pero era mi plan de vida, compartir otro café más con él.
Tengo que esperar aun diez minutos más. Lili está en su clase de juego de equipo. Puedo encenderme un cigarrillo y mirar el reloj compulsivamente. Veo de pronto que quién la está guiando en su juego (más arriba, corre más, lanza, pasa, dale, cuidado, defiende) es el profe de mates alias “estoy tan bueno que ni yo me lo creo.” Pues entro. ¿Para qué esperar fuera? Me cuelo entre mochilas y niños y mamás y conversaciones de deberes y obligaciones. Me acerco al campo. Él está justo donde yo me coloco, en la línea que separa jugadores y entrenadores. Y ahora mamá que desea el cercano contacto. ¿Lo hace bien, verdad? Me besa: “hola, Amanda. Está muy ilusionada, se le nota, le gusta”. Ostras, me salté la norma de “no entres en el colegio hasta que salga la niña” y me he llevado un beso. Me gusta este plan de vida, estar cerca de él.
Quiero salir de casa hoy. Es complicado, está Lili y no quiero dejarla sola. Hablo con Sonia: ¿Te vienes a cenar? Vale, me dice. Adecento la casa. No me gustan las tareas del hogar. No quiero marujear y cocinar y después fregar platos. Quiero salir. Sonia, ¿vamos al restaurante de al lado? Es caro, me dice. Lo sé, pero he cobrado 100 euros de una paciente hoy mismo, de unas visitas atrasadas, te invito. A Lili le encanta el restaurante de al lado de casa. A todos nos encanta. Es tan caro, que no vamos casi nunca. Pero hoy quiero ir. Y las tres compartimos excelencias de primero y excelencias de segundo. Para mí unos pies de cerdo rellenos de foie. Magret de pato para Sonia. Mi hija se pide ese surtido de croquetas que combina las de pollo, con las de jamón de jabugo, con las de setas de temporada. Un Viñas del Vero. Y copazos para las dos adultas. No pasa nada, es tarde, pero Lili ha encontrado la manera de tumbarse sobre dos sillas y hacerse una cama, y se queda dormida mientras Sonia y yo hablamos de todo lo nuestro y de todo lo que no es nuestro. Mi plan de vida era salir, y lo he conseguido.
Debe ser verdad entonces toda esa definición de la felicidad. Yo ayer fui perfectamente feliz.
Llego tarde, llego tarde. Mierda, llego tarde. Me quedan siete manzanas todavía, siete. No siento el suave fresquito de la mañana porque estoy demasiado enfrascada en la posibilidad de no llegar a tiempo. Semáforo en rojo. A pararse. Coño, esta esquina me suena. Es mi esquina, mi bar de la esquina. Hace unas semanas iba a este bar todos los días a la misma hora. Y me encontraba con mi chico del bar. Y sí, parece que le veo, entre los ventanales, postrado frente a su café y su diario, como todas las mañanas de siempre desde hace un año. Pero está solo. Y yo quiero compartir mi café con él. No. No me atreveré a decirle nada. Volveré a sentarme dos mesas más allá y a jugar con sus miradas y las mías. Llego tarde, llego tarde. Bah. Paro la moto. Entro en el bar. ¡Mi camarero maki de toda la vida! Me saluda, me sirve mi café perfecto. Y me siento dos mesas más allá. Para verle, para que me vea. Sí, sí… llegué muy tarde ese día. Pero era mi plan de vida, compartir otro café más con él.
Tengo que esperar aun diez minutos más. Lili está en su clase de juego de equipo. Puedo encenderme un cigarrillo y mirar el reloj compulsivamente. Veo de pronto que quién la está guiando en su juego (más arriba, corre más, lanza, pasa, dale, cuidado, defiende) es el profe de mates alias “estoy tan bueno que ni yo me lo creo.” Pues entro. ¿Para qué esperar fuera? Me cuelo entre mochilas y niños y mamás y conversaciones de deberes y obligaciones. Me acerco al campo. Él está justo donde yo me coloco, en la línea que separa jugadores y entrenadores. Y ahora mamá que desea el cercano contacto. ¿Lo hace bien, verdad? Me besa: “hola, Amanda. Está muy ilusionada, se le nota, le gusta”. Ostras, me salté la norma de “no entres en el colegio hasta que salga la niña” y me he llevado un beso. Me gusta este plan de vida, estar cerca de él.
Quiero salir de casa hoy. Es complicado, está Lili y no quiero dejarla sola. Hablo con Sonia: ¿Te vienes a cenar? Vale, me dice. Adecento la casa. No me gustan las tareas del hogar. No quiero marujear y cocinar y después fregar platos. Quiero salir. Sonia, ¿vamos al restaurante de al lado? Es caro, me dice. Lo sé, pero he cobrado 100 euros de una paciente hoy mismo, de unas visitas atrasadas, te invito. A Lili le encanta el restaurante de al lado de casa. A todos nos encanta. Es tan caro, que no vamos casi nunca. Pero hoy quiero ir. Y las tres compartimos excelencias de primero y excelencias de segundo. Para mí unos pies de cerdo rellenos de foie. Magret de pato para Sonia. Mi hija se pide ese surtido de croquetas que combina las de pollo, con las de jamón de jabugo, con las de setas de temporada. Un Viñas del Vero. Y copazos para las dos adultas. No pasa nada, es tarde, pero Lili ha encontrado la manera de tumbarse sobre dos sillas y hacerse una cama, y se queda dormida mientras Sonia y yo hablamos de todo lo nuestro y de todo lo que no es nuestro. Mi plan de vida era salir, y lo he conseguido.
Debe ser verdad entonces toda esa definición de la felicidad. Yo ayer fui perfectamente feliz.
Buenas noticias.
Zapatero ha logrado que sus negociaciones sean fructíferas y ha devuelto a Luis sano y salvo a casa. El pobre está tan traumatizado por la experiencia vivida que ni siquiera habla del secuestro. Es más, seguro que su terapeuta post-trauma le ha recomendado hacer ver que nunca ha pasado nada y se comporte con total naturalidad, hablando de trabajo y esas cosas. Pobrecillo, con lo mal que lo tiene que haber pasado. Y lo fuerte que es mi chico, eh? Que tras un secuestro me llama como si nada, y me sigue llamando “princesita”.
¿Es para quererle o no?
Sobre todo teniendo en cuenta que le han secuestrado tres veces en menos de un año y que otras tantas le embargaron los bienes, especialmente el teléfono y el PC. Y nunca, ni una sola vez, ha flaqueado y ha hablado de ello. Es un tiarrón, claro que sí. Estoy muy orgullosa de él.
Por no agobiarle y recordarle los malos momentos pasados en el zulo de Etiopía, me he abstenido de decirle que le he echado de menos. Y como yo soy psicóloga, y de estrés post-traumático pues algo sé, tampoco he querido preguntarle nada, aunque me queda la duda de si realmente fue en Etiopía o en Sudáfrica, pero de estas cosas mejor no hablar.
El caso es que ya me he quedado tranquila.
Por un momento, lo confieso, llegué a desconfiar de las relaciones externas de este nuestro Gobierno y temer por su vida.
En fin, ¡qué bien se está sabiendo que la normalidad impera sobre el fanatismo de unos secuestradores que la han tomado con Luis! Aunque les entiendo y les perdono… ¡es tan guapo!
Me voy a tomar un Chivas de 12 años para celebrarlo, que me han dicho que el de 25 no existe aunque yo tengo botellas guardadas desde el año 2000, eso qué quiere decir, ¿que mi Chivas tiene 19 años? Bueno, pues como ya es mayor de edad, me lo voy a cepillar enterito…
¿Es para quererle o no?
Sobre todo teniendo en cuenta que le han secuestrado tres veces en menos de un año y que otras tantas le embargaron los bienes, especialmente el teléfono y el PC. Y nunca, ni una sola vez, ha flaqueado y ha hablado de ello. Es un tiarrón, claro que sí. Estoy muy orgullosa de él.
Por no agobiarle y recordarle los malos momentos pasados en el zulo de Etiopía, me he abstenido de decirle que le he echado de menos. Y como yo soy psicóloga, y de estrés post-traumático pues algo sé, tampoco he querido preguntarle nada, aunque me queda la duda de si realmente fue en Etiopía o en Sudáfrica, pero de estas cosas mejor no hablar.
El caso es que ya me he quedado tranquila.
Por un momento, lo confieso, llegué a desconfiar de las relaciones externas de este nuestro Gobierno y temer por su vida.
En fin, ¡qué bien se está sabiendo que la normalidad impera sobre el fanatismo de unos secuestradores que la han tomado con Luis! Aunque les entiendo y les perdono… ¡es tan guapo!
Me voy a tomar un Chivas de 12 años para celebrarlo, que me han dicho que el de 25 no existe aunque yo tengo botellas guardadas desde el año 2000, eso qué quiere decir, ¿que mi Chivas tiene 19 años? Bueno, pues como ya es mayor de edad, me lo voy a cepillar enterito…
Tópicos vigentes.
A medida que los hombres (y mujeres) se van haciendo mayores, van cambiando sus hábitos, costumbres, pensamientos y elementos de fantasmeo y vacilación. Si a los veinte lo que se promulga es la cantidad de polvos que se han echado, a los 60 el principal método para provocar envidias y sorpresas ajenas son los hijos (para quiénes los tienen, obviamente, y para los que suelen vacilar, obviamente también.)
Pues bien, mi padre es de esos. Sobra decir que le quiero con locura, pero que además le respeto, y eso que es un fantasma de los de verdad, que nunca pierde la oportunidad de hablar de lo suyo con malintencionado deseo de dejar a los otros con dos palmos de narices.
Superada la época de hablar del tamaño de su pene, de su coche, y de su pantalla de plasma, papá se dedica a hablar de sus hijos creándose competencias curiosas entre los sesentones que le rodean: “pues mi hijo es médico y ha publicado en el Lancet.” “Pues el mío es abogado y lo van a proponer para el Tribunal Supremo.” “Pues mi hija es micobióloga y participa en la búsqueda de la vacuna contra el SIDA.” En fin…
El caso es que como él no va a ser menos, se dedica a ensalzarnos lo indecible, tan indecible que la mitad se lo inventa, como buen vacilón que se precie.
Con mi hermana no le resulta muy complicado habida cuenta de su trabajo en una ONG por todos conocida. Así que si mi hermana se va a cualquier país que la mayoría de nosotros ni siquiera sabría dónde colocar en un mapa, a ayudar en una misión, mi padre cuenta que mi hermana es la Directora General y se queda tan ancho.
Conmigo le resulta algo más complicado, porque eso de tener una hija psicóloga no viste tanto, pero se esfuerza.
Como estoy en mi tercera carrera universitaria, allí él ha encontrado cierto filón vacilístico y en esas debía de estar el otro día, cuando sucedió lo que voy a contar.
El caso es que mis tres carreras no dan mucho de sí, y ni mucho menos para vacilar: diplomada en Turismo, carrera que me saqué copiando entre fiesta y fiesta, licenciada en Psicología, carrera que se saca cualquiera que sepa leer y escribir sin grandes esfuerzos y futura licenciada en Derecho, esta ya algo más puta, pero que me voy sacando casi más por sentido común y cierta experiencia vital que otra cosa.
Pero a saber qué contaría papá en su despacho reunido con unos clientes, mientras yo estaba en mi consulta, que tengo siete despachos más allá del de él. Lo mismo contó que yo era licenciada en ciencias exactas, física electrónica e ingeniera de caminos. O que lo era en filología árabe, telecomunicaciones y ciencias políticas.
Tonta no soy, vale. Pero disto mucho de ser una cerebrito. De hecho no me considero triunfadora en absolutamente nada. Quizás en el hecho de que a pesar de todo lo que he vivido, que era para tumbar a cualquiera, yo sigo de pie y muy entera. Pero él debe tirar de “hija lista” igual que quien habla de “hijo en el Supremo”.
Porque ese día salió de su despacho y al encontrarse conmigo dijo: “¡Amanda! Justo hablaba de ti y de tus carreras a unos clientes… ¿no te importa que te los presente?”
Y allí que entro yo, con una sonrisa, orgullosa del padre orgulloso y dos señores de mediana edad se levantan y saludan sin más importancia, hasta que mi padre les dice: “y esta es mi hija, Amanda, la de las tres carreras.”
Y de pronto el más mayor de los dos ejecutivos con pinta de babosos espeta sorprendido: “Pero coño, Don Padre de Amanda, pero … ¡si es guapa!”
Sobra decir que mi padre debió pintarme como una superdotada, porque aquel hombre estaba absolutamente anonadado de ver a una mujer con cierto atractivo físico. Obviamente, en su cerebro cincuentón, no cabía otra posibilidad de que la niña lista del Señor Experto en Fiscalidad, fuera fea de cojones.
Pues bien, mi padre es de esos. Sobra decir que le quiero con locura, pero que además le respeto, y eso que es un fantasma de los de verdad, que nunca pierde la oportunidad de hablar de lo suyo con malintencionado deseo de dejar a los otros con dos palmos de narices.
Superada la época de hablar del tamaño de su pene, de su coche, y de su pantalla de plasma, papá se dedica a hablar de sus hijos creándose competencias curiosas entre los sesentones que le rodean: “pues mi hijo es médico y ha publicado en el Lancet.” “Pues el mío es abogado y lo van a proponer para el Tribunal Supremo.” “Pues mi hija es micobióloga y participa en la búsqueda de la vacuna contra el SIDA.” En fin…
El caso es que como él no va a ser menos, se dedica a ensalzarnos lo indecible, tan indecible que la mitad se lo inventa, como buen vacilón que se precie.
Con mi hermana no le resulta muy complicado habida cuenta de su trabajo en una ONG por todos conocida. Así que si mi hermana se va a cualquier país que la mayoría de nosotros ni siquiera sabría dónde colocar en un mapa, a ayudar en una misión, mi padre cuenta que mi hermana es la Directora General y se queda tan ancho.
Conmigo le resulta algo más complicado, porque eso de tener una hija psicóloga no viste tanto, pero se esfuerza.
Como estoy en mi tercera carrera universitaria, allí él ha encontrado cierto filón vacilístico y en esas debía de estar el otro día, cuando sucedió lo que voy a contar.
El caso es que mis tres carreras no dan mucho de sí, y ni mucho menos para vacilar: diplomada en Turismo, carrera que me saqué copiando entre fiesta y fiesta, licenciada en Psicología, carrera que se saca cualquiera que sepa leer y escribir sin grandes esfuerzos y futura licenciada en Derecho, esta ya algo más puta, pero que me voy sacando casi más por sentido común y cierta experiencia vital que otra cosa.
Pero a saber qué contaría papá en su despacho reunido con unos clientes, mientras yo estaba en mi consulta, que tengo siete despachos más allá del de él. Lo mismo contó que yo era licenciada en ciencias exactas, física electrónica e ingeniera de caminos. O que lo era en filología árabe, telecomunicaciones y ciencias políticas.
Tonta no soy, vale. Pero disto mucho de ser una cerebrito. De hecho no me considero triunfadora en absolutamente nada. Quizás en el hecho de que a pesar de todo lo que he vivido, que era para tumbar a cualquiera, yo sigo de pie y muy entera. Pero él debe tirar de “hija lista” igual que quien habla de “hijo en el Supremo”.
Porque ese día salió de su despacho y al encontrarse conmigo dijo: “¡Amanda! Justo hablaba de ti y de tus carreras a unos clientes… ¿no te importa que te los presente?”
Y allí que entro yo, con una sonrisa, orgullosa del padre orgulloso y dos señores de mediana edad se levantan y saludan sin más importancia, hasta que mi padre les dice: “y esta es mi hija, Amanda, la de las tres carreras.”
Y de pronto el más mayor de los dos ejecutivos con pinta de babosos espeta sorprendido: “Pero coño, Don Padre de Amanda, pero … ¡si es guapa!”
Sobra decir que mi padre debió pintarme como una superdotada, porque aquel hombre estaba absolutamente anonadado de ver a una mujer con cierto atractivo físico. Obviamente, en su cerebro cincuentón, no cabía otra posibilidad de que la niña lista del Señor Experto en Fiscalidad, fuera fea de cojones.
