Miedos.
(Inciso: se me ha mencionado en algunos blogs a raíz de eso del meme de “cita a cinco blogs y prémialos… razona tu respuesta.” Yo no tengo nada que razonar, pero como no he correspondido con mis preferencias, por si a alguien no le ha quedado claro, me declaro incondicional de Coolkiku, el único blog que parece escrito por una escritora, de Titobeno, porque lo mismo te habla de ingeniería que de política que de tetas y culos, de Tribeca, porque a día de hoy no he leído un solo post de ella que no me haya encantado, de H&M porque sus posts te llevan irremediablemente a dar tu opinión, y de Art, porque no le entiendo y me paso días tratando de descifrarle y así me entretengo. Esos son mis premios, ea, ya he cumplido.)
Al tema de hoy.
Estaba pensando en mis miedos.
Como me enseñaron hace tiempo, nadie puede ser realmente seguro de sí mismo si no es capaz de admitir sus inseguridades y, aun así, seguirse sintiendo seguro.
No hablo de declararse un inseguro redomado, hablo de no tener miedo a serlo. Yo tengo unas cuantas inseguridades. La más conocida e incomprendida es mi inseguridad al teléfono. Creo que nadie encontraría mejor manera de torturarme que obligarme a llamar por teléfono. Por eso no llamo nunca. Es una inseguridad muy práctica: no gasto más de cinco euros al mes en llamadas. Si digo “te llamaré” es que te estoy mintiendo. Cuadra bien con ser amante: no te tienes que preocupar por eso de no poder llamar a tu casado cuando te de la gana, es que a mí no me da la gana nunca. También me molesta que me llamen. Bueno, no con todo el mundo. A mi mami le contesto. Y a mi niña. Y hasta puede que a mis amigos. Pero como un tío me diga “te llamaré” me puedo pasar días obsesionada con la idea de que lo haga. También es práctico: si no me llama nunca, me siento aliviada.
Lo que no me explico demasiado es como teniendo esa inseguridad me lo paso tan bien practicando sexo telefónico. Bueno, quizás sea una insegura guarrilla. Debe ser eso.
Otro de mis miedos conocidos son las fobias simples más clásicas: aviofobia, vértigo, miedo a la oscuridad, a caminar sola de noche, a la velocidad, a los cuchillos afilados, a quedarme sin deseo sexual de pronto, a no tener siete orgasmos en una noche, en fin, lo clásico.
Y por último, vienen mis miedos emocionales: a no verle más, a no escucharle más (bueno, menos si es por teléfono), a que me diga que ya no me desea, a que no vuelva a hacerme el amor, a que se olvide de mí, a que no venga a mi ciudad nunca más.
No sé por qué, pero creo que yo no sabría vivir sin mis miedos emocionales. Porque el día que ya no los tenga, será porque habré perdido todo mi interés en él.
Y quizás ese día, su llamada ya no me sobresalte y no conteste como una gilipollas “holaaaaaaaaa” y me tiemble la voz y me sienta profundamente insegura porque quiero decir cosas inteligentes para seguir impresionándole. Sí, ese día habré perdido el miedo al teléfono. Y habré perdido mucho más que eso.
Al tema de hoy.
Estaba pensando en mis miedos.
Como me enseñaron hace tiempo, nadie puede ser realmente seguro de sí mismo si no es capaz de admitir sus inseguridades y, aun así, seguirse sintiendo seguro.
No hablo de declararse un inseguro redomado, hablo de no tener miedo a serlo. Yo tengo unas cuantas inseguridades. La más conocida e incomprendida es mi inseguridad al teléfono. Creo que nadie encontraría mejor manera de torturarme que obligarme a llamar por teléfono. Por eso no llamo nunca. Es una inseguridad muy práctica: no gasto más de cinco euros al mes en llamadas. Si digo “te llamaré” es que te estoy mintiendo. Cuadra bien con ser amante: no te tienes que preocupar por eso de no poder llamar a tu casado cuando te de la gana, es que a mí no me da la gana nunca. También me molesta que me llamen. Bueno, no con todo el mundo. A mi mami le contesto. Y a mi niña. Y hasta puede que a mis amigos. Pero como un tío me diga “te llamaré” me puedo pasar días obsesionada con la idea de que lo haga. También es práctico: si no me llama nunca, me siento aliviada.
Lo que no me explico demasiado es como teniendo esa inseguridad me lo paso tan bien practicando sexo telefónico. Bueno, quizás sea una insegura guarrilla. Debe ser eso.
Otro de mis miedos conocidos son las fobias simples más clásicas: aviofobia, vértigo, miedo a la oscuridad, a caminar sola de noche, a la velocidad, a los cuchillos afilados, a quedarme sin deseo sexual de pronto, a no tener siete orgasmos en una noche, en fin, lo clásico.
Y por último, vienen mis miedos emocionales: a no verle más, a no escucharle más (bueno, menos si es por teléfono), a que me diga que ya no me desea, a que no vuelva a hacerme el amor, a que se olvide de mí, a que no venga a mi ciudad nunca más.
No sé por qué, pero creo que yo no sabría vivir sin mis miedos emocionales. Porque el día que ya no los tenga, será porque habré perdido todo mi interés en él.
Y quizás ese día, su llamada ya no me sobresalte y no conteste como una gilipollas “holaaaaaaaaa” y me tiemble la voz y me sienta profundamente insegura porque quiero decir cosas inteligentes para seguir impresionándole. Sí, ese día habré perdido el miedo al teléfono. Y habré perdido mucho más que eso.
Amores platónicos.
Mario fue el primer jefe de psiquiatría con quien trabajé.
Era un hombre casi cuarentón, gordito y medio calvo, que combinaba camisas rosas con corbatas verdes y bata blanca. Le costaba hablar de otras cosas que no fueran su trabajo, solía quedarse callado en las comidas y cenas que organizaba el hospital o el laboratorio de turno. Sólo cuando alguien comentaba acerca de un paciente, Mario se adentraba en la conversación, y siempre nos deslumbraba.
Era profesionalmente un genio. Por su manera de diagnosticar, de tratar a sus pacientes, de conseguir medios para el hospital, de participar en las investigaciones más novedosas, de aportar nuevos tratamientos, de formar a los residentes o a los psicólogos.
Por eso yo me enamoré de él.
Un enamoramiento de esos platónicos, basados en la admiración profesional.
Mario estaba casado. Su mujer trabajaba en la unidad de oncología. Era una mujer bellísima. Muchas veces nos preguntábamos cómo una mujer así se había enamorado de Mario. Aunque nunca nos cuestionamos porqué Mario se había casado con ella. Me gustaba imaginármelos llegando a casa, ella contándole alguna de las duras experiencias del día y él ayudándole a superar sus emociones. Los imaginaba haciendo el amor muy suave, con medios susurros, mientras ella tenía orgasmos dulces y tiernos, y él tenía orgasmos explosivos dentro de su cuerpo espectacular.
Les veía salir del hospital cogidos de la mano, en un contraste increíble de altura y belleza, serenos, comentando algunos de sus casos del día. Me enamoraba más de él al ver cómo, además, aparentaba ser uno de esos maridos modélicos, enteros, tranquilos, que acariciaba el cabello negro de su esposa mientras le sonreía.
Con el tiempo, Mario se fue del hospital y se forjó una impresionante carrera profesional. Le seguí la pista durante el tiempo que pude, tecleando su nombre en google y leyendo los últimos artículos que había publicado.
Su mujer tuvo dos hijos y dejó durante unos años la profesión. Supe que trabajaba en una clínica privada y ambos se habían trasladado de su pisito en el centro, a una de esas casitas con jardín y piscina en las afueras de la ciudad.
Una tarde, muchos años después de que Mario se fuera, me encontré a una de sus residentes por la calle y nos fuimos a tomar un café. Hablamos de sus años en el hospital, de algunas de las personas que pasaron por ahí y por supuesto de Mario.
Así me enteré de que Mario y ella habían sido amantes durante los años de residencia. Que la había dejado cuando entró la nueva residente rompiéndole (según me contó aun emocionada) el corazón, y de que todas esas aventuras las combinaba perfectamente con otra amante más o menos oficial, Luisa, la enfermera con la cara más agriada que yo recordaba.
Cuando me contó todo aquello dejé de imaginarme a Mario y a su mujer teniendo orgasmos dulces y suaves y paseando el cochecito de los niños por el parque.
El muy hijo de puta, me había tenido seis años babeando porque creía que era un tío gordito y bonachón, y lo que era, en realidad, era un casado más que se lo pasaba bomba cuando su mujer tenía guardia por las noches.
Y yo perdiendo el tiempo pensando que era un hombre inaccesible.
Lo llego a saber entonces, y este post de hoy sería, probablemente, el relato de cómo me cepillé a mi jefe de psiquiatría, en lugar de esta especie de confesión de que yo, una vez, me enamoré de un hombre porque creía que era un hombre fiel.
Era un hombre casi cuarentón, gordito y medio calvo, que combinaba camisas rosas con corbatas verdes y bata blanca. Le costaba hablar de otras cosas que no fueran su trabajo, solía quedarse callado en las comidas y cenas que organizaba el hospital o el laboratorio de turno. Sólo cuando alguien comentaba acerca de un paciente, Mario se adentraba en la conversación, y siempre nos deslumbraba.
Era profesionalmente un genio. Por su manera de diagnosticar, de tratar a sus pacientes, de conseguir medios para el hospital, de participar en las investigaciones más novedosas, de aportar nuevos tratamientos, de formar a los residentes o a los psicólogos.
Por eso yo me enamoré de él.
Un enamoramiento de esos platónicos, basados en la admiración profesional.
Mario estaba casado. Su mujer trabajaba en la unidad de oncología. Era una mujer bellísima. Muchas veces nos preguntábamos cómo una mujer así se había enamorado de Mario. Aunque nunca nos cuestionamos porqué Mario se había casado con ella. Me gustaba imaginármelos llegando a casa, ella contándole alguna de las duras experiencias del día y él ayudándole a superar sus emociones. Los imaginaba haciendo el amor muy suave, con medios susurros, mientras ella tenía orgasmos dulces y tiernos, y él tenía orgasmos explosivos dentro de su cuerpo espectacular.
Les veía salir del hospital cogidos de la mano, en un contraste increíble de altura y belleza, serenos, comentando algunos de sus casos del día. Me enamoraba más de él al ver cómo, además, aparentaba ser uno de esos maridos modélicos, enteros, tranquilos, que acariciaba el cabello negro de su esposa mientras le sonreía.
Con el tiempo, Mario se fue del hospital y se forjó una impresionante carrera profesional. Le seguí la pista durante el tiempo que pude, tecleando su nombre en google y leyendo los últimos artículos que había publicado.
Su mujer tuvo dos hijos y dejó durante unos años la profesión. Supe que trabajaba en una clínica privada y ambos se habían trasladado de su pisito en el centro, a una de esas casitas con jardín y piscina en las afueras de la ciudad.
Una tarde, muchos años después de que Mario se fuera, me encontré a una de sus residentes por la calle y nos fuimos a tomar un café. Hablamos de sus años en el hospital, de algunas de las personas que pasaron por ahí y por supuesto de Mario.
Así me enteré de que Mario y ella habían sido amantes durante los años de residencia. Que la había dejado cuando entró la nueva residente rompiéndole (según me contó aun emocionada) el corazón, y de que todas esas aventuras las combinaba perfectamente con otra amante más o menos oficial, Luisa, la enfermera con la cara más agriada que yo recordaba.
Cuando me contó todo aquello dejé de imaginarme a Mario y a su mujer teniendo orgasmos dulces y suaves y paseando el cochecito de los niños por el parque.
El muy hijo de puta, me había tenido seis años babeando porque creía que era un tío gordito y bonachón, y lo que era, en realidad, era un casado más que se lo pasaba bomba cuando su mujer tenía guardia por las noches.
Y yo perdiendo el tiempo pensando que era un hombre inaccesible.
Lo llego a saber entonces, y este post de hoy sería, probablemente, el relato de cómo me cepillé a mi jefe de psiquiatría, en lugar de esta especie de confesión de que yo, una vez, me enamoré de un hombre porque creía que era un hombre fiel.
Circunstancias.
A mi paciente Delia la tenía estabilizada: llevaba semanas apareciendo en consulta con una sonrisa, después de meses de culpabilidad, depresión, sentimientos de inutilidad y pensamientos absurdos del tipo “nunca voy a ser feliz.”
Así que la veía aparecer con su sonrisa y me sonría porque me daba las gracias por ya no sentirse ni culpable, ni inútil, y por empezar a pensar que quizás ser feliz no sea una meta en sí misma, si no simplemente vivir con una sonrisa.
Pero las circunstancias le han dado un revés, y me pide ayuda mientras llora, llora y llora, desconsolada, por favor ayúdame, y yo no puedo ayudarle, no puedo vencer sus circunstancias, y aunque puedo ayudarle a entender que no son más que eso, circunstancias, y éstas cambian, sólo hay que darles tiempo a cambiar, quisiera tener algo, una fórmula, un secreto, la magia, el poder, la oportunidad y la manera de cambiar sus circunstancias.
Tengo una solución: todos la tenemos. Excepto en la enfermedad incurable y en la muerte. Le explico a Delia la solución. Pero no depende de ella que la solución llegue, a veces tienes que luchar por alcanzarla, poner todo tu empeño, pero nada te garantiza que suceda, porque no depende totalmente de ti.
Lo que sí depende de ella es tener la conciencia tranquila: dormir cada noche sabiendo que está haciendo lo imposible por solucionar su problema. Y eso le explico.
Nos ponemos a escribir pasos, métodos y maneras. Le explico pautas, conductas. Hablamos de ellas, de si son factibles, de si puede llevarlas a cabo. ¿Puedes? Pues entonces ¡a trabajar! Seguimos escribiendo y hacemos dibujitos: aquí la solución, aquí el camino para llegar a ella. Aquí los obstáculos. En este lado las fortalezas.
Lo entiende perfectamente, es lista, depresiva, pero lista.
Entonces cuando estamos a punto de fijar una nueva cita para la semana que viene, Delia me mira y me pregunta, de nuevo emocionada: “¿lo conseguiré, Amanda?”
No tengo ni idea. Pero no es lo que ella quiere escuchar. Me toma la mano mientras me lo pregunta y vuelve a repetir: “Dime, Amanda, ¿saldrán las cosas bien?”
Me olvido de mi título y de mis 13 años de terapias varias.
Y le digo, mientras respondo cariñosa al gesto de su mano sobre la mía: “Claro, mujer, ya verás como todo va a salir. Tú tranquila.”
Las circunstancias adversas no necesitan a una psicóloga formada y entregada. Ni técnicas terapéuticas científicamente comprobadas. Ni teorías que nadan entre neurotransmisores y controles emocionales: sólo necesitan un abrazo. Un “tú tranquila”. Un “todo va a salir bien.”
Sólo necesitan a un amigo.
No, Toni, no.
Querido Toni:
(H&M, ¡la que hemos liado!)
Ya sabía que ibas a despedirte y créeme si te digo que te entiendo. Así que no seré yo quién te presione a regresar. Pero déjame que te presione a reflexionar.
Tú sabes, Toni, porque tú eres el amante de una mujer casada (que es casi lo mismo que ser la amante de un hombre casado pero al revés) que en estas relaciones nuestras, no somos los únicos que tenemos que adaptarnos a un rol: puede que apenas un siglo atrás las amantes, los queridos, los otros y las otras fueran moneda corriente y diaria. Por lo que intuyo alguna preparación se tendría para asumir este a priori complejo papel. Pero desde que nos empeñamos en ser puritanos y mezclar amor y pareja, las amantes, los queridos, los otros y las otras, no estamos naturalmente preparados para ser nada de eso.
Así que tú y yo hemos ido aprendiendo. Ya sabes, Toni: ni llamadas ni mensajes a partir de las nueve, ni vacaciones programadas, ni regalos físicos, ni exigencias ni demandas de explicaciones, ni celos demostrados ni futuros sonrosados. Nada de presentarse de improvisto, ni una sorpresa ni una misiva espontánea. Nada de preguntar ¿por qué no te conectaste ayer noche? Ni un enfado ni un mal rollo cuando nos dejan colgados, a veces, sin tiempo de avisar, de pronto, pum “puede que Ella no conteste porque parece estar sin conexión”, o “tengo que colgar” justo cuando estás explicando algo tan importante para ti.
Todo eso de saber que nadie sabe de ti en su mundo, mientras que en tu mundo todo el mundo sabe de él o de ella pero para obligarte a mantener doscientas conversaciones estúpidas acerca de porqué tú elegiste a alguien casado para enamorarte, y doscientas más acerca de que esa persona casada, te quiere, sí, te lo ha dicho mil veces, y te quiere.
Tú sabes muy bien lo que es todo eso.
Pero en esa relación existe otra parte, y la otra parte también tiene que adaptarse. Parece ser que ahora los infieles tampoco nacen preparados para dividir sus emociones y sus razones tan fácilmente como debieran si desean realmente ser unos perfectos adúlteros: a mi socio matrimonial lo quiero como socio, y a mi amante lo quiero como amante.
Así que es indiscutible que tienen que aprender, como nosotros.
A no prometer que se van a separar.
A no creer que siempre que ellos tengan su espacio para podernos llamar, nosotros estaremos perfectamente disponibles.
A no sentirse culpable la mayoría de su tiempo por ser infieles, y la otra mayoría por no tener el valor de romper esos lazos por una vida que intuyen sí les hace feliz. Y el poco espacio que les queda entre una culpabilidad y otra, tendrían que dejar de sentirse culpables por no ser, tampoco, capaces de dejar de ser infieles.
A no pensar que sus entregas ocasionalmente espléndidas, nos van a hacer desfallecer: una llamada a una hora inesperada puede tener un hermoso sentido la primera vez, pero tienen que asumir que no magnificamos la llamadita de marras, así que no pueden esperar nos corramos de gusto al recibirla (aunque eso depende del tono de la llamadita, también es cierto.)
A no hablar de planes de futuro con nosotros.
A no dejarnos soñar tonterías.
Y sobre todo, Toni, tienen que aprender que si, en un momento de crisis hemos decidido dejar de ser amantes, no es para recluirnos en un convento de clausura y escribir blogs titulados “yo antes fui La Amante”, si no para probar la aventura de ser felices en otros brazos que no sean adúlteros, y tienen que aprender, sí, a callar.
Ni mencionarlo, ni revivirlo, ni sufrirlo.
Porque nosotros, cada noche, a solas en casa, sabemos que hay cama por derecho y conversaciones que no tendremos. Que nuestro infiel querido y amado, que nos llena de hermosas palabras y nos mantiene a su lado enamorados, folla, quiere, duerme, comparte, sufre, llora, ríe, aprende, y sí, habla de futuro, y sí, recibe llamadas a las nueve de la noche, con ella, o él, oficial, verdadero, real. Y nosotros callamos.
Por ese respeto que nos debemos, por amor, porque hemos querido que las cosas sucedan así, tú y yo hemos cumplido nuestra parte del pacto.
Entonces, ¿cerrar el blog? ¿Porque tú creaste, inventaste, imaginaste o incluso, qué cojones, viviste una aventura cuando eras perfectamente libre para vivirla y a ella le dolió, se revolvió, hasta el punto que justificas cada una de las frases de tu despedida en un intenso “perdóname por ser un soltero que no puede jugar a ser pareja, pero tampoco puede jugar a ser soltero”?
No Toni, no. Tú eres el amante que ha aprendido a ser amante.
Y ella tiene que ser la adúltera que ha aprendido a ser adúltera.
Y ante tus desvaríos en tu vida sin ella, sean ciertos o pura fantasía ella tiene que callar. Porque tú llevas callando desde que te enamoraste.
(H&M, ¡la que hemos liado!)
Ya sabía que ibas a despedirte y créeme si te digo que te entiendo. Así que no seré yo quién te presione a regresar. Pero déjame que te presione a reflexionar.
Tú sabes, Toni, porque tú eres el amante de una mujer casada (que es casi lo mismo que ser la amante de un hombre casado pero al revés) que en estas relaciones nuestras, no somos los únicos que tenemos que adaptarnos a un rol: puede que apenas un siglo atrás las amantes, los queridos, los otros y las otras fueran moneda corriente y diaria. Por lo que intuyo alguna preparación se tendría para asumir este a priori complejo papel. Pero desde que nos empeñamos en ser puritanos y mezclar amor y pareja, las amantes, los queridos, los otros y las otras, no estamos naturalmente preparados para ser nada de eso.
Así que tú y yo hemos ido aprendiendo. Ya sabes, Toni: ni llamadas ni mensajes a partir de las nueve, ni vacaciones programadas, ni regalos físicos, ni exigencias ni demandas de explicaciones, ni celos demostrados ni futuros sonrosados. Nada de presentarse de improvisto, ni una sorpresa ni una misiva espontánea. Nada de preguntar ¿por qué no te conectaste ayer noche? Ni un enfado ni un mal rollo cuando nos dejan colgados, a veces, sin tiempo de avisar, de pronto, pum “puede que Ella no conteste porque parece estar sin conexión”, o “tengo que colgar” justo cuando estás explicando algo tan importante para ti.
Todo eso de saber que nadie sabe de ti en su mundo, mientras que en tu mundo todo el mundo sabe de él o de ella pero para obligarte a mantener doscientas conversaciones estúpidas acerca de porqué tú elegiste a alguien casado para enamorarte, y doscientas más acerca de que esa persona casada, te quiere, sí, te lo ha dicho mil veces, y te quiere.
Tú sabes muy bien lo que es todo eso.
Pero en esa relación existe otra parte, y la otra parte también tiene que adaptarse. Parece ser que ahora los infieles tampoco nacen preparados para dividir sus emociones y sus razones tan fácilmente como debieran si desean realmente ser unos perfectos adúlteros: a mi socio matrimonial lo quiero como socio, y a mi amante lo quiero como amante.
Así que es indiscutible que tienen que aprender, como nosotros.
A no prometer que se van a separar.
A no creer que siempre que ellos tengan su espacio para podernos llamar, nosotros estaremos perfectamente disponibles.
A no sentirse culpable la mayoría de su tiempo por ser infieles, y la otra mayoría por no tener el valor de romper esos lazos por una vida que intuyen sí les hace feliz. Y el poco espacio que les queda entre una culpabilidad y otra, tendrían que dejar de sentirse culpables por no ser, tampoco, capaces de dejar de ser infieles.
A no pensar que sus entregas ocasionalmente espléndidas, nos van a hacer desfallecer: una llamada a una hora inesperada puede tener un hermoso sentido la primera vez, pero tienen que asumir que no magnificamos la llamadita de marras, así que no pueden esperar nos corramos de gusto al recibirla (aunque eso depende del tono de la llamadita, también es cierto.)
A no hablar de planes de futuro con nosotros.
A no dejarnos soñar tonterías.
Y sobre todo, Toni, tienen que aprender que si, en un momento de crisis hemos decidido dejar de ser amantes, no es para recluirnos en un convento de clausura y escribir blogs titulados “yo antes fui La Amante”, si no para probar la aventura de ser felices en otros brazos que no sean adúlteros, y tienen que aprender, sí, a callar.
Ni mencionarlo, ni revivirlo, ni sufrirlo.
Porque nosotros, cada noche, a solas en casa, sabemos que hay cama por derecho y conversaciones que no tendremos. Que nuestro infiel querido y amado, que nos llena de hermosas palabras y nos mantiene a su lado enamorados, folla, quiere, duerme, comparte, sufre, llora, ríe, aprende, y sí, habla de futuro, y sí, recibe llamadas a las nueve de la noche, con ella, o él, oficial, verdadero, real. Y nosotros callamos.
Por ese respeto que nos debemos, por amor, porque hemos querido que las cosas sucedan así, tú y yo hemos cumplido nuestra parte del pacto.
Entonces, ¿cerrar el blog? ¿Porque tú creaste, inventaste, imaginaste o incluso, qué cojones, viviste una aventura cuando eras perfectamente libre para vivirla y a ella le dolió, se revolvió, hasta el punto que justificas cada una de las frases de tu despedida en un intenso “perdóname por ser un soltero que no puede jugar a ser pareja, pero tampoco puede jugar a ser soltero”?
No Toni, no. Tú eres el amante que ha aprendido a ser amante.
Y ella tiene que ser la adúltera que ha aprendido a ser adúltera.
Y ante tus desvaríos en tu vida sin ella, sean ciertos o pura fantasía ella tiene que callar. Porque tú llevas callando desde que te enamoraste.
Anamnesis.
Antecedentes:
Mujer de 37 años, divorciada, una hija, acude a consulta derivada por el médico de cabecera (¿o era por el médico con quien se iría a la cama de cabeza?), con un amplio historial de amantes y un par de preciosas tetas… digo… y un par de rupturas aparentemente dolorosas. Refiere que desde hace unos días, tras un episodio de desentendimiento verbal con una persona del sexo opuesto (nótese que en este punto, la paciente se detuvo en la palabra “sexo” y a este doctor se le originó una erección que duró los 37 minutos en que ella se empeñó en contarle lo que significaba dicha palabra en su vida), tiene recurrentes obsesiones, es decir, pensamientos incontrolados, que invaden su cotidianeidad.
Orientación diagnóstica:
La paciente está lúcida en el momento de la exploración, habla con coherencia, orientada y sin síntomas físicos observables (a parte de una faldita blanca monísima y las uñas de los pies pintadas de rojo pasión.)
Las obsesiones provienen de la incomunicación subsiguiente al episodio de desentendimiento verbal lo que la ha llevado a autoalimentarse cognitivamente (osease: comerse la cabeza) infiriendo conclusiones a cada cual más absurda, aunque a mí me gustó especialmente la de que el hombre de sexo opuesto había sido secuestrado por unos sicarios enviados por no sé cual de sus ex amantes, que a la media hora yo ya me estaba haciendo un lío con tantos nombres de hombres.
En consecuencia presenta angustia, ansiedad, nerviosismo y estado de ánimo deprimido pero no mucho porque se rió bastante cuando servidor le preguntó si algún otro hombre la había puesto anteriormente nerviosa.
Entrada en el ciclo obsesivoïde (pensamiento irracional, angustia, más pensamiento irracional, más angustia) se le diagnostica de “comida de olla fenomenal” y se le recomienda lea “Pienso, luego no existo” o bien que se coma otras cosas, que este doctor se ofrece sin dudar.
Pronóstico:
El pronóstico es leve – moderado porque la paciente tiene toda la pinta de superar sus comidas de ollas con relativa facilidad.
Orientación terapéutica:
Se recomienda simplemente hable con el ya citado hombre del sexo opuesto para preguntar y tratar de hallar una explicación racional al desentendimiento verbal, y así ya no tener obsesiones y empezar a tener certezas.
Acompañado de un Aalto de regusto ligeramente amargo en boca y recuerdos de aromas de madera y frutos rojos salpimentados … perdón, esto era del curso de cata de vinos… acompañado, decía, de una predisposición sincera a la reconciliación amistosa, una buena conversación evitará las angustias de la paciente y a lo mejor hasta me la trae contenta el próximo día y acepta lo del vino pero conmigo.
Se cita a la paciente a una siguiente sesión en una semana y no cuela que sea a las 10 de la noche, por tanto, se acuerda sea a las 12 del mediodía.
Se la ve marchar con un movimiento de caderas sugerente… quería decir… se la ve marchar con un caminar seguro y firme y con media sonrisa convencida, según afirma, de que los pensamientos, si no son confirmados, auténticos y demostrados, son distorsiones que no hacen más que tocarle los cojones a uno.
Y hablando de tocar los cojones… está bien, está bien… me callo y firmo esta historia clínica deseando volver a ver a la rubita esta que me pone cachondo.





