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La Biblioteca de Babel
DIARIO DE LECTURAS, DIVAGACIONES Y MUCHAS OTRAS COSAS
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El universo (que otros llaman la Biblioteca) se compone de un número indefinido, y tal vez infinito, de galerías hexagonales, con vastos pozos de ventilación en el medio, cercados por barandas bajísimas. Desde cualquier hexágono se ven los pisos inferiores y superiores: interminablemente... La biblioteca de Babel, JORGE LUIS BORGES
Sindicación
 
EL HOMBRE DE HIELO
La narrativa de Haruki Murakami, escribe John Updike, habita la zona de la ensoñación, “cerca del surrealismo viciado de Kôbô Abe y del sobrecalentado pero generalmente sólido realismo de Mishima y Tanizaki”. Murakami es, sin lugar a dudas, el escritor vivo más prestigioso del Japón. Presentamos aquí, inédito en español, un cuento de este autor eminentemente contemporáneo, en traducción de Mauricio Montiel.

EL HOMBRE DE HIELO
Haruki Murakami

Me casé con un hombre de hielo.
Lo vi por primera vez en un hotel para esquiadores, que es quizá el sitio indicado para conocer a alguien así. El lobby estaba lleno de jóvenes bulliciosos pero el hombre de hielo permanecía sentado a solas en una butaca en la esquina más alejada de la chimenea, absorto en un libro. Pese a que era cerca de mediodía, la luz diáfana y fría de esa mañana de principios de invierno parecía demorarse a su alrededor.

—Mira, un hombre de hielo —susurró mi amiga.

En ese momento, sin embargo, yo no tenía la menor idea de lo que era un hombre de hielo. A mi amiga le sucedía lo mismo:
—Debe estar hecho de hielo. Por eso lo llaman así. —Dijo esto con una expresión grave, como si hablara de un fantasma o de alguien que padeciera una enfermedad contagiosa.
El hombre de hielo era alto y aparentemente joven pero en su cabello grueso, similar al alambre, había zonas de blancura que hacían pensar en parches de nieve sin derretir. Sus pómulos eran angulosos, como piedra congelada, y sus dedos estaban rodeados por una escarcha que daba la impresión de que nunca se fundiría. Por lo demás, no obstante, parecía un hombre común y corriente. No era lo que se dice guapo aunque uno notaba que podía ser muy atractivo, dependiendo del modo en que se le observara. En cualquier caso, algo en él me conmovió hasta lo más profundo, algo que sentí se localizaba en sus ojos más que en ninguna otra parte. Silenciosa y transparente, su mirada evocaba las astillas de luz que atraviesan los carámbanos en una mañana invernal. Era como el único destello de vida en un cuerpo artificial.
Me quedé inmóvil por un tiempo, espiando al hombre de hielo a la distancia. No alzó la vista. Continuó sentado sin inmutarse, enfrascado en su libro como si no hubiera nadie en torno suyo.
A la mañana siguiente el hombre de hielo se hallaba otra vez en el mismo lugar, leyendo un libro de la misma manera. Cuando fui al comedor para el almuerzo, y cuando regresé de esquiar con mis amigos al atardecer, aún estaba ahí, fijando la misma mirada en las páginas del mismo libro. Al día siguiente no hubo cambios. Incluso al caer el sol, y mientras la oscuridad ganaba terreno, permaneció en su butaca con la quietud de la escena invernal al otro lado de la ventana.

La tarde del cuarto día inventé alguna excusa para no salir a esquiar. Me quedé sola en el hotel y vagué un rato por el lobby, desierto como un pueblo fantasma. El aire era cálido y húmedo y la estancia tenía un olor curiosamente abatido: el olor de la nieve adherida a la suela de los zapatos que ahora se derretía frente a la chimenea. Miré por los ventanales, hojeé uno o dos periódicos y luego, armándome de valor, me dirigí al hombre de hielo y le hablé.

Tiendo a ser tímida con extraños, y salvo que haya una buena razón no acostumbro platicar con gente que no conozco. Pero pese a todo me sentí impelida a hablar con el hombre de hielo. Era mi última noche en el hotel, y temía que si dejaba pasar la oportunidad nunca volvería a conversar con alguien así.
—¿No esquías? —le pregunté del modo más casual que pude.

Alzó el rostro con lentitud, como si hubiera oído un ruido lejano, y me miró con esos ojos. Después negó con la cabeza.

—No esquío —dijo—. Me gusta sentarme aquí a leer y observar la nieve.
Encima de él las palabras formaron nubes blancas semejantes a los globos de un cómic. De hecho pude ver las palabras en la atmósfera, hasta que las borró con un dedo escarchado.
No supe qué decir a continuación. Me sonrojé y me quedé inmóvil. El hombre de hielo me vio a los ojos y pareció esbozar una sonrisa tenue.

—¿Quieres sentarte? —preguntó—. Te intereso, ¿verdad? Quieres saber qué es un hombre de hielo. —Rió—. Tranquila, no hay por qué preocuparse. No vas a resfriarte sólo por hablar conmigo.
Nos sentamos juntos en un sofá en un rincón del lobby y vimos danzar los copos de nieve a través de la ventana. Pedí un chocolate caliente y lo bebí, pero él no ordenó nada. Al parecer era tan torpe como yo a la hora de entablar una conversación. No sólo eso, sino que daba la impresión de que no teníamos ningún tema en común. Al principio hablamos del clima. Luego, del hotel.

—¿Estás solo? —le pregunté.
—Sí —contestó. Después preguntó si me gustaba esquiar.
—No mucho —dije—. Vine únicamente porque mis amigos insistieron. De hecho casi no esquío.
Había tantas cosas que quería saber. ¿Realmente su cuerpo era de hielo? ¿Qué comía? ¿Dónde pasaba los veranos? ¿Tenía familia? Cosas por el estilo. Pero el hombre de hielo no habló de sí mismo, y yo me abstuve de hacerle preguntas personales.
En lugar de eso, habló de mí. Sé que es difícil creerlo, pero de alguna manera sabía todo sobre mí. Sabía quiénes eran los miembros de mi familia; sabía mi edad, mis preferencias y aversiones, mi estado de salud, a qué escuela iba, qué amigos frecuentaba. Sabía incluso cosas que me habían ocurrido hacía tanto tiempo que hasta las había olvidado.

—No entiendo —dije, confundida. Me sentía como si estuviera desnuda ante un extraño—. ¿Cómo sabes tanto de mí? ¿Puedes leer la mente?
—No, no puedo leer la mente ni nada parecido. Sólo sé —respondió—. Sólo sé. Es como si mirara con fuerza dentro del hielo: cuando te miro así, de pronto veo perfectamente cosas acerca de ti.
—¿Puedes ver mi futuro? —le pregunté.
—No puedo ver el futuro —dijo con calma—. El futuro no me puede interesar para nada; para ser más preciso, no sé qué significa. Eso es porque el hielo no tiene futuro; todo lo que posee es el pasado que encierra. El hielo es capaz de preservar las cosas de esa forma: limpia y clara y tan vívidamente como si aún existieran. Ésa es la esencia del hielo.
—Qué bonito —dije, y sonreí—. Me alegra escucharlo. A fin de cuentas, lo cierto es que no me importa averiguar mi futuro.
Nos volvimos a encontrar en varias ocasiones, una vez que regresamos a la ciudad. A la larga comenzamos a salir. No íbamos al cine, sin embargo, ni a tomar café. Ni siquiera íbamos a restaurantes. Era raro que el hombre de hielo comiera algo. En lugar de eso, solíamos sentarnos en una banca en el parque a hablar de distintas cosas: de todo salvo de él.

—¿Por qué? —le pregunté un día—. ¿Por qué no hablas de ti? Quiero conocerte mejor. ¿Dónde naciste? ¿Cómo son tus padres? ¿Cómo te convertiste en un hombre de hielo?
Me observó un rato y luego sacudió la cabeza.
—No lo sé —dijo nítida, serenamente, exhalando una bocanada de palabras blancas—. Conozco la historia de todo lo demás, pero yo carezco de pasado. No sé dónde nací ni cómo eran mis padres; ni siquiera sé si los tuve. Ignoro qué tan viejo soy; ignoro, aun más, si tengo edad.

El hombre de hielo era tan solitario como un iceberg en la noche oscura.
Me enamoré perdidamente del hombre de hielo. Él me amaba tal como era: en el presente, sin ningún futuro. Yo, por mi parte, lo amaba tal como era: en el presente, sin ningún pasado. Incluso empezamos a hablar de matrimonio.

Yo acababa de cumplir veinte años y él era mi primer amor real. En aquella época ni siquiera podía imaginar qué significaba amar a un hombre de hielo. Pero dudo que haberme enamorado de un hombre común hubiera aclarado mi noción del amor.

Mi madre y mi hermana mayor se oponían con firmeza a que me casara con él.
—Estás muy joven para casarte —decían—. Además, no sabes nada de su vida. Vaya, no sabes dónde ni cuándo nació. ¿Cómo decirles a nuestros parientes que te casarás con alguien así? Por si fuera poco, hablamos de un hombre de hielo: ¿qué vas a hacer si de pronto se derrite? Parece que ignoras que el matrimonio implica un compromiso auténtico.

Sus preocupaciones, no obstante, eran infundadas. Al fin y al cabo, un hombre de hielo no está hecho verdaderamente de hielo. Por más calor que haga no se va a fundir. Se le llama así porque su cuerpo es frío como el hielo pero su constitución es distinta, y no es la clase de frialdad que roba la calidez de la gente.
De modo que nos casamos. Nadie bendijo la unión, ningún amigo o pariente compartió nuestra alegría. No hubo ceremonia, y a la hora de anotar mi nombre en su registro familiar, bueno, resultó que el hombre de hielo no tenía. Así que simplemente decidimos que estábamos casados. Compramos un pequeño pastel y lo comimos juntos: ésa fue nuestra modesta boda.

Rentamos un departamento diminuto, y el hombre de hielo comenzó a ganarse la vida en un depósito de carne congelada. Podía soportar las más bajas temperaturas, y por mucho que trabajara nunca se sentía exhausto. Le caía muy bien al patrón, que le pagaba mejor que al resto de los empleados. Llevábamos una rutina feliz, sin molestar y sin que nos molestaran.

Cuando él me hacía el amor, en mi mente aparecía un trozo de hielo que estaba segura existía en algún sitio en medio de una soledad imperturbable. Pensaba que quizá él sabía dónde se hallaba. Era un pedazo de hielo duro, tanto que yo imaginaba que nada podía igualar su dureza. Era el trozo de hielo más grande del orbe. Se encontraba en un lugar muy lejano, y el hombre de hielo transmitía la memoria de esa gelidez tanto a mí como al mundo. Al principio me sentía turbada cuando él me hacía el amor, aunque al cabo de un tiempo me acostumbré. Incluso me empezó a agradar el sexo con el hombre de hielo. De noche compartíamos en silencio esa enorme mole congelada en la que cientos de millones de años —todos los pasados del mundo— se almacenaban.
En nuestro matrimonio no había problemas de consideración. Nos amábamos profundamente, nada se interponía entre nosotros. Queríamos tener un hijo, algo que se antojaba imposible tal vez porque los genes humanos no se mezclan fácilmente con los de un hombre de hielo. En cualquier caso, fue en parte debido a la ausencia de hijos que de golpe me vi con tiempo de sobra. Terminaba con todas las labores hogareñas por la mañana y después no tenía nada qué hacer. No había amigos con los que pudiera platicar o salir y tampoco congeniaba con los vecinos del barrio. Mi madre y mi hermana aún estaban furiosas conmigo por haberme casado con el hombre de hielo y no daban señales de querer verme de nuevo. Y pese a que, con el paso de los meses, la gente a nuestro alrededor empezó a platicar con él de vez en cuando, en lo más hondo de sus corazones todavía no aceptaban al hombre de hielo ni a mí, que lo había desposado. Éramos distintos a ellos, y ni todo el tiempo del mundo podría salvar el abismo que nos separaba.
Así que mientras el hombre de hielo trabajaba yo me quedaba en el departamento, leyendo libros o escuchando música. Sea como sea prefiero por lo general estar en casa, y no me importa la soledad. Pero aún era joven, y hacer lo mismo día tras día comenzó a incomodarme a la larga. Lo que dolía no era el tedio sino la repetición.

Por eso un día le dije a mi marido:
—¿Qué tal si para variar viajamos a algún lado?
—¿Un viaje? —contestó. Entrecerró los ojos y me miró—. ¿Por qué se te ocurre que debemos viajar? ¿No estás contenta aquí conmigo?
—No es eso —dije—. Soy feliz. Pero estoy aburrida. Tengo ganas de viajar a un sitio lejano para ver cosas que jamás he visto. Quiero saber qué se siente respirar aire nuevo. ¿Comprendes? Además, aún no hemos tenido nuestra luna de miel. Contamos con ahorros y tus días de vacaciones se acercan. ¿No es hora de que huyamos de aquí para descansar un poco?
El hombre de hielo lanzó un suspiro glacial y profundo que se cristalizó en la atmósfera con un sonido tintineante. Entrelazó sus largos dedos sobre las rodillas y dijo:
—Bueno, si en serio te mueres por viajar no tengo nada en contra. Iré a donde sea si eso te hace feliz. Pero ¿sabes a dónde quieres ir?
—¿Qué tal si vamos al Polo Sur? —dije. Elegí el Polo Sur porque estaba segura de que al hombre de hielo le interesaría visitar un lugar frío. Y, para ser sincera, siempre había querido viajar ahí. Quería vestir un abrigo de pieles con capucha, ver la aurora austral y una bandada de pingüinos.
Al oír esto mi esposo me vio directamente a los ojos, sin parpadear, y yo sentí como si una afilada estalactita me taladrara hasta la parte trasera del cráneo. Permaneció un rato en silencio y al fin dijo, con voz fulgurante:
—De acuerdo, si eso es lo que quieres, vamos al Polo Sur. ¿Estás absolutamente convencida de que es lo que deseas?
Fui incapaz de responder de inmediato. El hombre de hielo me había clavado su mirada durante tanto tiempo que sentía adormecido el interior de mi cabeza. Luego asentí.
Con el tiempo, sin embargo, fui arrepintiéndome de haber propuesto la idea de viajar al Polo Sur. Ignoro por qué, pero me dio la impresión de que en cuanto mencioné las palabras “Polo Sur” algo cambió dentro de mi marido. Sus ojos se aguzaron, su aliento comenzó a salir más blanco, la escarcha de sus dedos aumentó. Ya casi no hablaba conmigo, y dejó de comer por completo. Todo ello me hizo sentir muy insegura.
Cinco días antes de nuestra partida, me armé de valor y dije:
—Olvidémonos de visitar el Polo Sur. Ahora que lo pienso me doy cuenta de que va a hacer mucho frío, lo que quizá no es bueno para la salud. Empiezo a creer que tal vez sea mejor ir a un lugar más ordinario. ¿Qué tal Europa? Vámonos de vacaciones a España. Podemos beber vino, comer paella y ver una corrida de toros o algo así.

Pero mi esposo no me prestó atención. Durante unos minutos se quedó con la mirada perdida en el espacio. Después dijo:
—No, España no me atrae particularmente: demasiado calurosa para mí. Demasiado polvo, comida muy condimentada. Además, ya compré los boletos para el Polo Sur y hay un abrigo de pieles y botas especiales para ti. No podemos tirar todo a la basura. Ahora que llegamos tan lejos no se puede dar marcha atrás.

La verdad es que estaba asustada. Tenía la sospecha de que si íbamos al Polo Sur nos sucedería algo que seríamos incapaces de remediar. Sufría una pesadilla recurrente, siempre la misma: daba un paseo y caía en una grieta insondable que se había abierto a mis pies. Nadie me encontraría y yo me congelaría. Encerrada en el hielo, escrutaría la bóveda celeste. Estaría consciente pero no podría mover ni un dedo. Descubriría que poco a poco me transformaba en el pasado. Las personas que me observaban, que veían en lo que me había convertido, miraban el pasado. Yo era una escena que retrocedía, alejándose de ellas.
Y entonces despertaba para toparme con el hombre de hielo durmiendo junto a mí. Acostumbraba dormir sin respirar, como un difunto.
Aunque lo amaba. Yo empezaba a llorar y mis lágrimas goteaban en su mejilla y él se incorporaba para abrazarme.
—Tuve una pesadilla —le decía.
—Es sólo un sueño —me contestaba—. Los sueños vienen del pasado y no del futuro. No estás atada a ellos, tú eres quien los atas. ¿Lo entiendes?
—Sí —decía yo pese a no estar convencida.
No hallé una buena razón para cancelar el viaje, de modo que al final mi marido y yo abordamos un avión rumbo al Polo Sur. Todas las aeromozas se veían taciturnas. Yo quería admirar el paisaje por la ventanilla, pero las nubes eran tan espesas que obstaculizaban la visibilidad. Al cabo de un rato la ventanilla se cubrió con una capa de hielo. Mi esposo iba sentado en silencio, absorto en un libro. Yo no sentía ni un gramo de la excitación que implica salir de vacaciones. Actuaba como autómata, haciendo cosas que ya estaban decididas.

Al bajar por la escalerilla y tocar el suelo del Polo Sur, noté que el cuerpo de mi marido se cimbraba. Duró menos que un parpadeo, apenas medio segundo, y su expresión no varió, pero lo advertí con claridad. Algo dentro del hombre de hielo se había agitado secreta, violentamente. Se detuvo y estudió el cielo, después sus manos. Soltó un enorme suspiro. Entonces me miró y sonrió. Dijo:
—¿Es éste el sitio que querías conocer?
—Sí —respondí—. Así es.
El desamparo del Polo Sur rebasó todas mis expectativas. Casi nadie vivía ahí. Había únicamente un pueblo pequeño, anodino, con un hotel que era también, por supuesto, pequeño y anodino. El Polo Sur no era un destino turístico. No había pingüinos. No se podía ver la aurora austral. No había árboles, flores, ríos ni estanques. A dondequiera que iba sólo había hielo. El erial congelado se extendía por doquier, hasta donde alcanzaba la vista.

Mi esposo, no obstante, caminaba con entusiasmo de un lado a otro como si no tuviera suficiente. Aprendió pronto el idioma local, y platicaba con los lugareños con una voz en la que se detectaba el sordo rugido de una avalancha. Charlaba con ellos durante horas con una expresión seria en el rostro, pero yo no tenía manera de saber de qué hablaban. Sentía como si mi marido me hubiera traicionado y dejado a que me cuidara yo sola.
Ahí, en ese orbe sin palabras rodeado de hielo sólido, perdí a la larga toda mi energía. Poco a poco, poco a poco. Al final ya no tenía ni la fuerza necesaria para enojarme. Era como si en algún punto hubiera extraviado la brújula de mis emociones. Había perdido la noción de a dónde me dirigía, la noción del tiempo, la noción de mí misma. Ignoro en qué momento esto comenzó o cuándo concluyó, pero al recobrar la conciencia me encontraba en un mundo de hielo, un invierno eterno drenado de color, cercada por mi soledad.

Aun al cabo de que me abandonaran casi todas mis sensaciones, no se me escapaba lo siguiente: en el Polo Sur mi esposo no era el mismo hombre de antes. Me atendía igual que siempre, me hablaba con cariño. Sabía que en verdad profesaba las cosas que me decía. Pero también sabía que ya no era el hombre de hielo que yo había conocido en el hotel para esquiadores.
Sin embargo, no había forma de comunicarle esto a nadie. Toda la gente del Polo Sur lo quería, y sea como sea no podían comprender ni media palabra de lo que yo expresaba. Exhalando su aliento blanco, intercambiaban bromas y discutían y cantaban canciones en su idioma mientras yo permanecía sentada en nuestra habitación, mirando un cielo gris que no daba señales de despejarse en los meses venideros. El avión que nos trajo había desaparecido mucho tiempo atrás y la pista de aterrizaje no tardó en ser cubierta por una firme capa de hielo, al igual que mi corazón.

—Ha llegado el invierno —dijo mi marido—. Será muy largo y no habrá más aviones ni barcos. Todo se ha congelado. Parece que tendremos que quedarnos aquí hasta la primavera.
Unos tres meses después de arribar al Polo Sur, caí en la cuenta
de que estaba embarazada. El bebé, lo asumí desde el inicio, sería un pequeño hombre de hielo. Mi útero se había congelado, mi líquido amniótico era aguanieve. Sentía su frialdad dentro de mí. Mi hijo sería idéntico a su padre, con ojos como carámbanos y dedos escarchados. Y nuestra nueva familia jamás se mudaría del Polo Sur. El pasado perpetuo, denso más allá de todo juicio, nos tenía en su poder. Nunca nos libraríamos de él.

Ahora ya casi no me queda corazón. Mi calor se ha ido muy lejos; en ocasiones olvido que existió alguna vez. En este sitio soy la persona más solitaria del mundo. Cuando lloro, el hombre de hielo besa mi mejilla y mi llanto se endurece. Toma las lágrimas congeladas y se las lleva a la lengua.
—¿Ves cuánto te amo? —murmura.
Dice la verdad. Pero un viento que sopla desde ninguna parte arrastra sus palabras blancas hacia atrás, rumbo al pasado.

Murakami (Kyoto, 1949). Algunos de sus libros están editados por Tusquets. Este cuento viene incluido en la antología Vintage Murakami (Vintage Books, Nueva York, 2004).
Traducción de Mauricio Montiel Figueiras.

 
¿CON QUIÉN HABLO?
Jorge Ibargüengoitia es sin duda un caso particular en la literatura mexicana, inclinada a la solemnidad. Este guanajuatense (1928-1983) hizo del humor irreverente su marca de identidad. Prolífico dramaturgo, escritor y articulista, se nos presenta en la BIblioteca de Babel con el texto: ¿Con quién hablo?, hilarante historia en donde participan muchos conocidos intelectuales y creadores de su generación.

¿Con quién hablo?
Por Jorge Ibargüengoitia


Leí en el papel las letras mayúsculas escritas a mano:
“MVORTSGHORO
XANACVWRJIP
FUCADSG...”, etcétera.
Gilberto Sullivan me miraba con impaciencia.
—¿Entiendes lo que dice? —preguntó.
—¿Mvortsghoro o fudcasg?
Me quitó el papel y señaló las letras que estaban al final del primer renglón y al principio del segundo.
—Aquí dice “Roxana”.
Era la transcripción parcial de los resultados de la primera sesión de espiritismo, a la cual no asistí. Gilberto Sullivan había llegado un mediodía a mi casa, me había mostrado el papel y relatado lo que había ocurrido la noche anterior. Varios amigos se habían reunido en el departamento de León y Salka Jitchkov y, sin muchas ganas, casi por aburrimiento, habían improvisado una ouija. Habían escrito las letras del alfabeto en pedacitos de papel, las habían puesto formando una circunferencia sobre una mesa para café, habían agregado otros dos pedacitos de papel con las palabras “sí” y “no”, habían pues-
to sobre la mesa, boca abajo, el vasito más ligero que había en la casa, sobre el cual dos de los concurrentes habían colocado las yemas de dos dedos, apenas tocándolo, hasta que el vaso, sin que nadie lo empujara, había empezado a deslizarse sobre la mesa y llegado hasta las letras. Habían apagado la luz eléctrica, encendido una vela y hecho la transcripción que teníamos enfrente.
—Berta me envió un mensaje —dijo Gilberto Sullivan. Berta, su esposa, había muerto dos años antes.
—¿Qué te dice? —pregunté.
—No se entendió claramente.
Además de Roxana, habían estado en contacto con otro espíritu, llamado “Mening”, que les había prometido “manifestarse” la noche siguiente, es decir “esa” noche.
—¿No quieres ir?
Dije que no. En parte por incrédulo, pero sobre todo por celos sociales: me molestaba que mis amigos se hubieran reunido en casa de León y Salka sin invitarme.
En la segunda sesión, que Gilberto me describió al día siguiente, ocurrieron fenómenos inexplicables. Mening cumplió lo que había prometido y se manifestó varias veces. Pidió que apagaran la vela, que se pusieran de pie y se tomaran de las manos hasta formar un círculo, que caminaran de lado hasta completar una vuelta y luego se soltaran y guardaran silencio. Al cumplir con estas instrucciones oyeron, en una ocasión, voces extrañas, que provenían de un librero, que parecían quejarse en un idioma ininteligible; en otra, un ruido que les pareció sobrenatural y que resultó ser el que hacían todas las llaves del agua que había en la casa, que un instante antes habían estado cerradas, chorreando a toda capacidad. La tercera manifestación fue la más impresionante. Mening la había anunciado para las dos de la mañana en punto: ellos apagaron las luces, hicieron la rueda, giraron, se soltaron, guardaron silencio y no pasó nada. Cuando cada uno pensaba que no iba a haber manifestación, dice Gilberto que sintió “que había una presencia” a su espalda.
Dejó su lugar en el círculo y procurando no hacer ruido fue a la puerta del departamento y la abrió. Frente a él, en el pasillo iluminado, había una figura de mujer.
Varios gritaron aterrados, inclusive la mujer que estaba en el pasillo, que era la criada de León y Salka, que había tenido el día libre, regresaba a la casa muy tarde y estaba desde hacía un rato con la oreja pegada en la puerta, porque al ver la rendija se había dado cuenta de que la sala estaba a oscuras y sin embargo oía adentro ruido de pasos y de gente que se movía.
Decidí asistir a la tercera sesión y a todas las que siguieran.
Como suele ocurrir cuando uno tiene esperanzas de ver algo notable, esa noche no ocurrió nada extraordinario.
—Hubieras venido ayer, cuando oímos las voces —dijo Salka, que era la más perturbada.
Logramos contacto varias veces con Roxana, pero después de deletrear su nombre, el vasito se iba deteniendo en letras cuya secuencia no tenía ningún sentido, S M O R V D R O R, por ejemplo.
—Pregúntale si quiere decir “smorgasbord” —dijo David Jitchkov, hermano de León.
—¿Quiere decir “smorgasbord”? —preguntó, con los ojos cerrados, Horacio Recto, uno de los que estaba moviendo el vasito.
El vasito se desvió abruptamente y fue a parar encima de la palabra “no”.
Cambió la pareja que ponía los dedos sobre el vasito y cuando éste empezó a deslizarse muy lentamente, Olga Felegrini, que en tres noches de aprendizaje había adquirido un tono profesional, preguntó:
—¿Hay alguien aquí presente?
“S I”
—Dinos tu nombre.
“N O”
—¿Eres hombre o mujer?
“E L L A”
—Es mujer —dedujo en voz alta Míriam, la esposa de David Jitchkov.
Ignorando esta interrupción, Olga preguntó:
—¿Tienes algún mensaje para alguno de los que aquí estamos?
“N O”
—Pregúntale si podemos hacerle preguntas —sugirió Salka.
Olga hizo la pregunta y el vasito dijo “S I”.
Hubo un momento de confusión, porque nadie se había puesto a pensar qué cosa se le puede preguntar a un espíritu. Hubo sugerencias: que cuántos años tiene, o que cuántos años tiene de muerta, o qué edad tenía cuando murió, o de qué se murió, etcétera.
—¿Cómo es el más allá? —preguntó, de motu proprio, Olga Felegrini.
“I G U A L Q U E A C A”
A pesar de respuestas como ésta, a la mayoría de los asistentes nos pareció fascinante la sesión. Aunque los mensajes fueran indescifrables o completamente banales, en la ceremonia que hicimos había algo, si no sobrenatural, cuando menos fuera de lo común. Yo sentí —o creí sentir— que mis dedos apoyados levemente sobre el vaso, sin aplicar ninguna fuerza, lo hacían deslizarse sobre
la superficie de la mesa hasta llegar a una letra y luego a otra, y a veces la sucesión de estas letras formaba una palabra. ¿No era esto suficientemente notable? Estábamos en comunicación con... algo.
Nos reuníamos todas las noches. A veces sin resultados, otras, ocurrieron cosas francamente espectaculares. León Jitchkov, a pesar de ser el más escéptico del grupo, era el que tenía más suerte, o mejor disposición para mover el vasito: la mayoría de los contactos con Mening o con Roxana ocurrieron cuando él era uno de los operadores. En cambio, Gilberto Sullivan, Salka y yo, que estábamos convencidos de estar en contacto con los espíritus, teníamos mala influencia y nuestras intervenciones generalmente inmovilizaban el vasito o bien lo hacían formar palabras sin sentido. Pero no era cuestión de convencimiento porque Horacio Recto y Mario Felegrini, que tenían fe, eran buenos médiums. No recuerdo qué efecto tenían sobre la ouija ni David Jitchkov, que era escéptico, ni Míriam, su esposa, que era creyente. Olga Felegrini era excelente para tratar con los espíritus y hacerles preguntas con voz solemne; Ifigenia Trejo tenía, en cambio, una intuición notable para separar las palabras y predecir la siguiente letra en que iba a detenerse el vasito. Todos desconfiábamos de Salvador Trejo, porque era un cínico en la vida real y pretendía —sospechábamos— creer a pie juntillas que todo lo que ocurría en las sesiones era realmente sobrenatural. Gilberto Sullivan estuvo convencido, desde la primera sesión hasta la última, de que todos los mensajes recibidos iban dirigidos a él. Horacio Recto dejó de asistir a partir de la quinta o sexta sesión, porque empezó a tener experiencias sobrenaturales en su propia casa: un íncubo, nos dijo, se había metido en su recámara. Una noche, después de una sesión que nos pareció larguísima y especialmente aburrida, logramos contacto con un espíritu que dijo haber sido mujer y que al ser interrogado por Olga Felegrini respecto a su vida contestó:
“F U I M A L A V E S T I D E R O J O”
Después de señalar estas letras, el vasito —no recuerdo quién lo movía— empezó a moverse con tanta violencia que se cayeron los papelitos y tuvimos que suspender la reunión.
Otra noche Mening anunció que iba a manifestarse “por medio del agua”, pero a pesar de que tomamos las medidas de costumbre y repetimos las providencias varias veces, no pasó nada. Pero a la mañana siguiente, cuando Salka entró en el baño, encontró, parado en el tubo de la regadera, un canario. Salka dice que tuvo al principio un sobresalto, pero que se dominó y logró coger el canario y meterlo en una jaula vieja que tenía en la casa. El canario parecía muy tranquilo. Salka no sabía si estaba ante un canario común y corriente que se había metido accidentalmente por la ventila del baño, que siempre estaba abierta, o ante una manifestación de Mening que hubiera pasado inadvertida la noche anterior. El caso es que Salka dejó el canario en la jaula sobre la mesa de la cocina. Cuando terminó de arreglarse, regresó a la cocina y encontró la jaula vacía.
En otra ocasión nos reunimos en la casa de los Felegrini, que tenía piso de duela y una escalera en la sala que conducía a la parte superior. Las instrucciones que dio Mening esa vez para preparar su manifestación fueron diferentes: en vez de hacer la rueda tomados de la mano, deberíamos hacerla poniendo las dos manos sobre los hombros del que iba adelante y dar tres vueltas en vez de una sola. Obedecimos. Al principio oíamos en la oscuridad los pasos de los ocho caminando sobre el piso
de duela, pero a la segunda vuelta el ruido de los pasos se transformó hasta convertirse en una especie de quejido que, a mí, cuando menos, me pareció aterrador. Cuando encendimos la luz nos dimos cuenta de que habíamos estado caminando sobre azúcar granulada que alguien había regado en el piso. A la siguiente manifestación nos cayeron a varios, sin lugar a dudas, gotas de agua. A la tercera se cayó un biombo ruidosamente. A la cuarta, aparecieron unas letras ilegibles, pintadas de gris, en un cuadro antiguo. En un descanso que tuvimos, varios entramos en la cocina a comer algo y de pronto vimos que a Salvador Trejo “se le oscurecía el semblante”. Dijo:
—Miren.
Vimos que la puerta del clóset se abría lentamente, sin que nadie la empujara ni nadie la hubiera jalado.
En la segunda parte de la sesión logramos establecer contacto con Roxana. Pidió que Salka subiera al baño del primer piso y viera lo que había en la tina. Salka dijo que se sentía demasiado nerviosa y no quiso ir sola, por lo que Gilberto Sullivan se ofreció a acompañarla. Los vimos subir la escalera y caminar por el pasillo del primer piso y después no vimos nada, porque se apagaron las luces. A tientas busqué el camino hacia la entrada de la casa, en donde supuse que estaría el medidor. Cuando llegué al vestíbulo se encendió la luz. Allí, en efecto, estaba el medidor y Felegrini tenía la mano en el interruptor.
—Cabrón —le dije.
Él me hizo seña de que no dijera nada. Regresamos a la sala en el momento en que Salka y Gilberto Sullivan bajaban por la escalera. Parecían diez o veinte años más viejos: Salka se apoyaba en Gilberto, ambos caminaban lentamente.
—Felegrini apagó la luz —dije.
Todos se molestaron. Gilberto y Salvador Trejo le dijeron a Felegrini que por hacer esa broma tonta había desvirtuado una serie de experiencias de lo más interesante.
Ni Salka ni Gilberto alcanzaron a ver si había algo en la tina, porque la luz se apagó en el momento en que descorrían la cortina de plástico y salieron del baño a oscuras. Salka se negó a subir otra vez. Otros subimos al baño y no encontramos nada en la tina, pero después de todo, Roxana había pedido que Salka subiera, no que los demás subiéramos.
Decidimos hacer una pausa en nuestras sesiones y suspender la siguiente, porque todos, o casi todos, comprendimos que nuestras relaciones con los espíritus —o lo que fuera— estaban afectando nuestras vidas considerablemente.
Durante esa temporada los días eran para mí no sólo llenos de luz, sino lógicos. ¿Cómo es posible, pensaba de día, que cuando alguien se muera se quede flotando por allí parte de la personalidad del difunto, sin otra función que la de asistir a reuniones de ociosos, hacer suertes —llamadas manifestaciones— y contestar preguntas que son completamente idiotas —igual que las respuestas—? Pero se metía el sol y todo lo que me circundaba parecía lleno de amenazas y de significados ocultos.
Al día siguiente de la reunión en casa de los Felegrini pasé la mañana escribiendo y en la tarde fui al cine Latino. Cuando terminó la función y salí a la calle era de noche.
Caminé por Reforma hasta llegar a la esquina y di la vuelta en la calle de Génova. Avancé unos metros y me detuve. A tres cuadras de distancia, en la marquesina del cine Insurgentes, alcancé a leer, en letras rojas de neón: R O X A N E.
Fui hacia el letrero con una mezcla de curiosidad y temor. Al llegar a la taquería que estaba entonces enfrente del cine —esto ocurrió antes de que construyeran el Metro— me di cuenta de que lo que había visto era una casualidad rarísima, pero al mismo tiempo perfectamente natural: el letrero decía en realidad “próximamente”, pero se habían fundido los tubos de varias letras hasta quedar nomás Roxane. Acababa de hacer esta reflexión cuando me di cuenta de que debajo de la marquesina estaban los Trejo. Crucé la calle antes de que ellos me vieran y al acercarme me di cuenta de que estaban peleando.
—Ah, hola —dijo Salvador y me explicó el motivo del pleito:
Ifigenia había aceptado una invitación a cenar con un grupo en el que había una mujer que, según Salvador, era lesbiana y pretendía seducirla. Salvador había entrado en el restaurante de chinos en donde los otros estaban esperando a que les trajeran la cena y había sacado a Ifigenia a jalones. Habían caminado dos cuadras discutiendo hasta detenerse debajo de la marquesina del “Insurgentes”. Ifigenia, que estaba complacida de haber sido objeto de tanto celo, dijo que tenía hambre.
—¿Ya vieron lo que dice la marquesina? —pregunté.
Volví a cruzar la calle con ellos, que tuvieron la misma reacción que yo al ver las letras de neón. Decidimos que era una casualidad demasiado rara para ser natural coincidir los tres en aquel lugar a esa hora debajo de un letrero que decía “Roxana” —o “Roxane”— y que urgía hacer otra sesión.
Fue facilísimo convocarla, porque los Felegrini estaban a dos cuadras, en un ensayo teatral, y León y Salka estaban en su casa. Aparte de esto no pasó nada. Fue la sesión más inútil que tuvimos.
La siguiente reunión —que estaba destinada a ser la penúltima— fue en casa de David y Míriam Jitchkov, que vivían en Las Lomas. Después de una comunicación con Mening, a alguien se le ocurrió buscar ese nombre en la enciclopedia que había en la casa. David sacó el tomo de la M y lo estuvimos hojeando. No encontramos Mening, pero sí “meninge” y “meningitis”.
—Debe ser un mensaje dirigido a mí —dijo Gilberto Sullivan-—. Meningitis es la enfermedad que yo he de tener.
Volvimos a la ouija. Al cabo de un rato, Mening nos pidió que buscáramos su nombre en la enciclopedia. A pesar de que acabábamos de hacerlo inútilmente, David volvió a sacar el tomo y volvimos a hojearlo. “Mening”, por supuesto, no estaba, pero tampoco estaba “meninge” ni “meningitis”.
Ver aquella página de la que habían desaparecido sin dejar huella dos textos que yo acababa de leer, fue para mí la experiencia más inquietante que había tenido hasta entonces. Sólo aparecía “meningeo: referente o perteneciente a las meninges”, ¿cuáles meninges?
Después, Mening anunció que iba a manifestarse, pero en la calle. Salimos a la calle —afortunadamente era muy noche y nadie nos vio—, hicimos la rueda agarrados de la mano y dimos la vuelta y nos soltamos. La casa de David y Míriam estaba en
la plazoleta a la cual desembocaban varias calles que bajaban de la loma. Vimos primero una luz lejana, oímos un ruido y luego distinguimos los faros y el motor potente de un coche que bajaba la cuesta a toda velocidad. Parecía un fenómeno sobrenatural, pero afortunadamente dos cuadras antes de llegar a donde nosotros estábamos el coche se desvió y tomó una calle transversal. Respiramos aliviados. Entonces nos dimos cuenta de que la luz del portal, que estaba apagada cuando habíamos salido a la calle, se había encendido. Esta manifestación nos pareció banal, comparada con la desaparición de dos palabras en la enciclopedia o el coche bajando la cuesta.
—¿Ya supiste la noticia? —me preguntó Salka cuando llegué a su casa al día siguiente—. León y David confesaron.
—¿Confesaron qué cosa?
Mientras Salka explicaba lo que había ocurrido fueron llegando los demás. Cuando terminó el relato estábamos presentes todos. Dijo Salka que al ver los efectos que las sesiones espiritistas estaban teniendo en algunos de los asistentes —Horacio Recto dormía en un cuarto lleno de azucenas y ajos y Gilberto Sullivan había ido a una iglesia a pedir que le hicieran un exorcismo—, los hermanos Jitchkov habían decidido confesar la verdad: ellos habían empujado el vasito, inventando el nombre de Mening y adoptado el de Roxana, que había aparecido por casualidad en la primera sesión, ellos también habían arreglado las manifestaciones: las voces ininteligibles que salían del librero eran un radio pequeño sincronizado en onda corta, que León había tenido tiempo de encender mientras los demás daban vueltas en círculo agarrados de la mano, la manifestación por medio del agua se había logrado cerrando primero la válvula maestra del departamento, que conectaba con la tubería general, abriendo después todas las llaves de la casa y por último, cuando se apagaban las luces, abriendo la válvula maestra; ellos habían regado azúcar en el piso, nos habían echado chisguetes de agua contenida en globitos, habían sacado un tomo normal de la enciclopedia cuando buscábamos el nombre de Mening y un tomo con agregados en el que vimos que habían desaparecido las palabras meninge y meningitis, etcétera.
El efecto de la confesión de los hermanos Jitchkov en los que habíamos sido sus víctimas fue inesperado. En vez de aceptar que las experiencias que habíamos tenido en las últimas semanas habían sido una ilusión cómica, todos, menos León y David Jitchkov, nos quedamos convencidos de que sí había sido una serie de bromas, pero también había habido contacto con... algo.
La última sesión ocurrió en casa de los Trejo. Estuvimos presentes nomás León y Salka, Salvador e Ifigenia, Gilberto Sullivan, Horacio Recto y yo. Los Felegrini y David y Míriam no asistieron. Al principio parecía que iba a ser una sesión como todas las demás: Mening mandó un mensaje, que se iba a manifestar, pero cuando esto iba a ocurrir, alguien encendió la luz antes de tiempo y vimos a León Jitchkov moviendo los botones de un radio en que no se podía oír más que la Hora Nacional. Se puso de tan mal humor por haber sido descubierto que se acostó en un sofá y se quedó dormido.
Salka y Horacio Recto, los más inocentes del grupo, pusieron los dedos sobre el vasito. Vimos que empezaba a deslizarse, casi imperceptiblemente al principio, y después de una manera más definida.
—¿Hay alguien aquí? —preguntó Salvador.
“S I”
—¿Quieres dar algún mensaje a alguno de los que estamos aquí presentes?
Muy lentamente el vasito osciló cuatro veces y se detuvo.
“K O K O”
—Es para mí —dijo Gilberto Sullivan.
Salvador pidió que se repitiera el nombre de la persona con quien quería comunicarse y la ouija marcó: K O K O.
En mi mente flotaba el recuerdo impreciso de algo ocurrido casi veinte años antes: era una partida de Gim Rummy entre mi tío Pepe Méndez, su hijo Jorge y yo.
—¿Por qué creen que se juntaron los Tres Grandes en Teherán? —me preguntó mi tío esa tarde—. ¿Para discutir la ofensiva contra Alemania? No. Se juntaron para jugar Gin Rummy.
Mi tío Pepe Méndez, que llevaba la cuenta del juego, había hecho tres columnas en un papel y en la cabeza de cada una había puesto: “YO”, “COCO” y “KOKO”, porque su hijo y yo nos llamábamos Jorge y a los dos nos decían Coco. A mí, por ser de los Cocos el más extraño para mi tío, me había tocado la ortografía exótica.
—¿Eres pariente mío? —pregunté.
“T I O”
—¿Cómo te llamas?
“P E P E”
—¿Qué mensaje tienes?
“D I L E A J O S E F I N A Q U E L A A M O Q U E L A A M O”
—¿Quién es Josefina? —pregunté.
“L A E S P O S A D E C H A R L I E”
Sentí un escalofrío, porque el hermano de mi tío Pepe —que era pariente político mío— se llamaba Carlos Méndez. Su esposa era una actriz conocida, pero no pude recordar entonces ni su nombre ni su apellido.
—¿Qué profesión tiene?
“T E A T R O”
—¿Cómo se apellida?
“M O R E N O D I L E Q U E L A A M O Q U E L A A M O Q U E L A A M O...”, etcétera.
Cuando llegué a mi casa, entré en el cuarto de mi madre y la desperté.
—¿Cómo se llama la esposa de Carlos Méndez?
Me contestó casi inmediatamente:
—Josefina Moreno.
—Gracias. Que pases buena noche —dije y salí del cuarto.
Ni a Josefina Moreno ni a Carlos Méndez ni a mi madre les dije lo que había pasado. Ahora ya no importa y es demasiado tarde: los tres están muertos.


Editorial Joaquín Mortiz publica la Biblioteca de Jorge Ibargüengoitia.
 
JEFF KOONS O EL APRENDIZ DE PORNÓGRAFO

He trabajado con cosas que han sido etiquetadas como kitsch, pero nunca he tenido un interés especial por el kitsch en sí. Siempre intento sembrar en los espectadores una reflexión sobre ellos mismos, mi trabajo es sobre el espectador más que nada.
Jeff Koons

A mediados de los ochenta, del siglo pasado por supuesto, irrumpe en la escena del arte internacional la figura magnética e irreverente del norteamericano Jeff Koons (York, Pensilvania 1955), como parte de una generación de artistas plásticos cautivados por el significado del arte en una era en que los medios de comunicación saturaban el ambiente con imágenes.


Michael & Bubbles.

Luego de seis años como agente de bolsa en Wall Street y de su paso por el Maryland College of Art (1972-1975) y el Art Institute of Chicago (1975-1976), Koons se entrega por completo a la creación de piezas que cuestionan a sus espectadores, objetos cuya apariencia externa los acerca más al kitsch de los bazares dominicales o tiendas de electrodomésticos que a productos artísticos, solo basta ver sus porcelanas (Puppy, Popples, Naked, todas formando parte de la muestra Banalidad, 1988), arreglos florales (Large vase off flowers, 1991), juguetes inflables (Rabbit, 1986; Parkett 50/51, 1997 piezas de prodigio técnico pues están realizadas en metal), o productos industriales como sus aspiradoras (New Hoover Quik-Broom & New Hoover Celebrity IV, 1980), representaciones de bienes de consumo que le permiten mostrar la manipulación psicológica y los intereses financieros que imperan en el mercado del arte, cuestionamiento que lo ha ubicado en la categoría de superestrella del arte y en el centro de la polémica, entre sus fervientes detractores y sus fieles e incondicionales admiradores.

Large Vase of Flowers, 1991.

Naked, 1998.

New Hoover Quik Brom & New Hoover Celebrity IV, 1980.

Rabbit, 1999.

En esta apropiación de objetos cotidianos Jeff Koons no resulta innovador, lo antecede Marcel Duchamp y sus ready-mades, pero sin duda su referente inmediato es Andy Warhol, con quien comparte la carga de irreverencia, humor y banalización -aparente, siempre aparente- de sus mensajes. El crítico de arte Cristóbal Knight ha dicho que Koons: Da una vuelta de tuerca al cliché tradicional de la obra de arte, más que incorporar la esencia espiritual o expresiva de un artista sumamente individualizado, aquí el arte (de Koons) esta compuesto claramente por un juego de valores convencionales de la clase media americana; representante de esa clase media que busca retratar a través de sus objetos de consumo, Koons se transforma en uno más de estos productos, como Warhol, hace uso de los mass-media buscando la celebridad que su arte le ofrece, pero se aleja de éste al convertirse en la esencia de su creación como resulta evidente en su serie Made in Heaven, en donde deviene en objeto sexual al fotografiarse -cuál aprendiz de pornógrafo- sosteniendo relaciones con su esposa Ilona Staller, famosa actriz italiana del porno también conocida como Cicciolina, con quien contrae matrimonio en 1991, en una actitud más cercana a la performance que a la vida conyugal, pero no estoy yo para asegurarlo.

Made in Heaven.

En esta serie -sin renunciar a la ironía crítica que lo caracteriza- explora el ámbito de la intimidad, de esa doble moral que subyace en la exhibición y observación de la sexualidad propia, pero sobre todo la ajena, y es aquí en donde el artista se muestra más sincero, al elegir la representación realista de la fotografía por sobre el dibujo y la pintura, por sobre la cerámica y los metales. Koons basa su trabajo en las películas pornográficas que hicieran famosa a Ilona -reconocida además por conseguir un escaño en el parlamento italiano-, pero el tema no es únicamente la sexualidad sino cómo el arte conquista al sexo, lo mejora, lo absorbe. Este acción de mirarnos/mirarse causó tal furor durante su exhibición en la Bienal de Venecia de 1990 que un desconocido acuchilló algunos de los lienzos al considerarlos obscenos, convirtiéndose así en el mejor reconocimiento para el artista.

Dirty Jeff on Top, 1991.

Lo que aleja estas piezas de lo puramente pornográfico es sin duda una delgada línea trazada por la mirada que el artista posa sobre la iconografía de la cultura del sex shop, ámbitos en apariencia ajenos -arte y pornografía- que Koons se encarga de conciliar: ella (Cicciolina) es una de las artistas más grandes del mundo -mi artista preferida- quien en vez de pincel o la fotografía se vale de sus genitales, este estrecho margen de acción creado por el artista permite al espectador una doble aprehensión sensorial, la estética, propia de la contemplación de una obra de arte y la libidinal, inherente al disfrute de productos erótico/pornográficos. El juego consiste en dejarse seducir, no sólo por el erotismo, sino por la ejecución sin defectos, por el reconocimiento de los deseos propios hasta alcanzar la liberación de la culpabilidad, del miedo y la vergüenza.

Manet, 1991.

¿Cuánto hay de obsceno en estas obras? La respuesta hay que hallarla en la mirada del espectador. Aunque nunca está de más inducir dicha respuesta, sirva para esto la reflexión que Herbert Marcusse realiza en Un ensayo sobre la liberación: No es obscena en realidad la fotografía de una mujer desnuda que muestra hasta el vello de su pubis; sí lo es la de un general que ostenta medallas ganadas en una guerra de agresión; obsceno no es un ritual de los hippies, sino la declaración de un alto dignatario de la iglesia en el sentido de que la guerra es necesaria para la paz.

Andrés Mayo, Las Ánimas, Tlaxcala, diciembre 2004.

Apareció publicado en la red en el proyecto: Revista Cardamomo en mayo 2005, se reproduce aquí con permiso del autor y para anexar las imágenes que no se incluyeron en la publicación original.
 
¡SHAZAM!
El problema era que aquel domingo daban en el Cosmos un episodio de El Capitán Maravilla. Por eso, cuando Pico sacó un crujiente billete de a cinco, e hizo aparecer, como en un acto de magia, el digno rostro de La Corregidora, El Gallo y yo intercambiamos la mirada rápida de siempre.

—No saldremos con vida si vamos solos al Cosmos —murmuró El Gallo, que a los diez años hablaba exclusivamente en clichés cinematográficos.

El Capitán Maravilla era una serie de los años cuarenta, protagonizada por Tom Tyler, que había seguido rodando, durante décadas, por los cines más viejos del rumbo: castillos grandilocuentes venidos a menos, galerones oscuros, de nombre rimbombante —Majestic, Lux, Rívoli, Ópera, Palacio—, cuyo lustre se había empañado al devenir salas caldeadas de sudor y orines, multitudinarios recintos salvajes en los que el público aullaba a la menor ocasión, o derramaba líquidos sobre luneta, o sencillamente ponía punto final a cualquier asunto emprendiéndola a golpes con el espectador de al lado.

Y aunque en ese tiempo las latas que encerraban las aventuras de El Capitán Maravilla eran para nosotros el descubrimiento arqueológico de la década, no había en el rumbo nada más parecido a una penitenciaría que el torvo y siniestro cine Cosmos. O tal vez sí: mi escuela primaria, pero estaba cerrada ese día.
Así que seguimos tumbados a orillas de la banqueta, mirando el cielo apagado, de nubes blancas que se desplazaban y cambiaban de forma, hasta que El Gallo dijo de pronto:
—Si se nos pone difícil, podemos decir “¡Shazam!”.

Comenzamos a reírnos. “¡Shazam!” era la palabra que Tom Tyler pronunciaba para adquirir sus poderes en momentos peliagudos.

Supongo que algo ocurriría entonces, pero no recuerdo qué. Posiblemente seguimos tumbados en la banqueta, hasta que Pico extrajo de nuevo su crujiente billete de a cinco. El Gallo volvió a soltar un parlamento cinematográfico:
—Compramos los boletos cuando la función haya empezado. Nos sentamos en la fila adelante. Entramos a oscuras y salimos a oscuras. Cuando ellos se estén levantando, ya habremos cruzado la México-Tacuba.
En eso consistía todo. Cruzar México-Tacuba era penetrar en territorio comanche; ver evaporarse los derechos civiles; atravesar vecindades que efectivamente eran penitenciarías. Tropezar con borrachos que vociferaban a media calle, y con inhaladores de Resistol 5000 capaces de acuchillarte si pronunciabas un diptongo de más. Algo así.

De modo que nos levantamos y, desde Amado Nervo, avanzamos hacia el corazón de las tinieblas: el extremo oriente de Santa Julia. La marquesina del Cosmos anunciaba La picadura del escorpión, y también El escorpión de oro. Esperamos en la escalinata, sin mirar a nadie, hasta que inició la función. Entonces Pico compró los boletos y, en fila india, entramos en la sala. Nos instalamos en la primera fila, hundidos en las butacas, un poco lejos de todos.

El Capitán Maravilla era un arqueólogo que, al abrir la Gran Tumba, se negó a saquear los tesoros del faraón. Una sacerdotisa fantasmal lo recompensó entregándole un secreto: “¡Shazam!”, palabra compuesta por las iniciales de Salomón, Hércules, Atlas, Zeus, Aquiles y Marte. Quien las pronunciara adquiriría los poderes de dioses y héroes, a cambio de recuperar las joyas y combatir el mal. Nada más misterioso que esos cortometrajes antiguos, rayados y llenos de cortes, que parecían ruinas de otro mundo, los sueños de alguien sepultado hacía tiempo. Imágenes diluidas de una era en la que todo fue distinto.
Pero el plan de El Gallo falló. Olvidamos el intermedio: aquel momento fatal en que el cácaro cambiaba el rollo, y las luces se encendían, y una marabunta ardorosa se echaba a correr por los pasillos: fingir la lucha contra el mal, recordar que eran niños —y no sólo habitantes de la penitenciaría a la que habrían de volver cuando la función terminara.

En ese instante, nos descubrieron.
Lo supimos porque nos señalaron de lejos y creímos notar que algo había cambiado en sus miradas (ese algo era lo que nos mantenía alejados del Cosmos).
Cuando la luz se apagó, vinieron a sentarse en la fila de atrás. Llegaron acompañados por un silencio cargado de significados atroces. Algo que quería decir: “sabemos quiénes son”, “los hemos visto antes”. El Gallo y yo nos miramos de reojo.
Había comenzado El escorpión de oro, cuando alguien pateó la parte trasera de mi butaca. El corazón me galopaba dentro del pecho, pero ni siquiera parpadeé. De pronto, alguien expulsó un gargajo y lo estampó con brutalidad, no recuerdo si en mi nuca, o en la de Pico, aunque espero que haya sido en la de él. El Gallo dijo:
—Vámonos.
Caminamos hacia la puerta bajo el haz de luz en que volaba El Capitán Maravilla. Pero no pudimos salir del territorio comanche. Nos metieron a empujones a un baño, encharcado de orines. Uno inmovilizó a Pico, torciéndole los brazos por la espalda. Otro, de un manotazo, tiró los gruesos lentes de El Gallo. Hoy deben estar secuestrando o asaltando bancos. Tenían un talento especial para desarrollar esa clase de biografía interesante.
—¿Qué vienen a hacer aquí, putos?— preguntó El Jefe (siempre había un jefe).
Yo miré a El Gallo. Dije:
—¡Shazam!
Y, por un instante, un rayo de júbilo brilló en sus ojos. Pude verlo antes de que El Jefe soltara el puñetazo que hizo rebotar mi cráneo contra el mosaico mojado.


Héctor De Mauleón (Periodista y escritor).
Es autor del libro Los lugares oscuros, de próxima publicación.

 
EL OTOÑO RECORRE LAS ISLAS
La poesía de José Carlos Becerra (Villahermosa, Tabasco, México, 1936 – Brindisi, Italia, 1970) es una de las más vivas en la poesía mexicana, pues sus verdaderos lectores han sido lectores esmerados y envidiables y, sobre todo, lectores que han transformado el tiempo coagulado de los libros de Becerra en tiempo vivo y en escritura. En forma indirecta, éstos han extendido el singular legado inconcluso y acaso hasta verde de los poemas de Becerra. Esto parece fácil decirlo, pero no es común. Pocos poetas tienen la suerte de ser resucitados de una manera tan apasionada y exacta por otros poetas. Habría que discutirlo, pero quizá no es el caso de Tablada y López Velarde y tampoco, aunque se diga lo contrario con insistencia machacona y una convicción dudosa, de Octavio Paz. Todavía podríamos decir más en esta dirección. La influencia de la obra de Becerra en la poesía actual es más poderosa que la influencia de poetas convencionalmente tenidos como muchísimo más perfectos y más grandes y, en general, considerados presencias ineludibles en el desarrollo de la poesía mexicana. (Víctor Manuel Mendiola, en la Jornada semanal, 20 agosto 2000)


RELACION DE LOS HECHOS
(FRAGMENTO)

Lo empiezas a saber,
tu amor va enseñando sus sales de baño, sus fiestas de guardar, sus cenas sin nadie;
a veces, el esqueleto de tu ángel de la guarda
baila en tus ojos,
ciertas avecillas silvestres amanecen temblando en tus manos,
ya el tufo de la crucifixión
no te hace taparte la nariz de niña ``que no sabe nada'', ``que no entiende nada''.
Ya cruzas la puerta,
ya sabes que el dolor es un mensajero servil del infinito,
en tus ojos aquello que miras despierta en ti misma como pequeños niños
que se sientan al borde de sus camas
esperando que vengan a vestirlos.
Ya asumes tu cuerpo, ya viajas en todo lo que te rodea,
a veces en tu sonrisa todavía aparece
aquella niña larguirucha ``tan bien educada'',
pero tu esperanza enflaquece llamándote con voz cada vez más débil
cuando ya no te dignas escucharla.
Extrañamente hermosa eres ahora tu propio fantasma,
en tu alma han entrado la carne del mundo y la tuya confundidas,
apiñadas por el mismo placer, revueltas por el mismo dolor.
Desnuda, la ropa que te acabas de quitar
ya no reaparece en tus ojos,
tu mirada y tu voz entonces también se quedan desnudas,
te quedas desnuda,
y por tu desnudez pasan los templos antiguos, las oraciones, los heridos de guerra y los cánticos de guerra,
los mares lejanos y también la vida posible en otros planetas.
Ya tu cuerpo comprende lo que significa ser tu cuerpo,
lo que significa que tú seas él;
tu cuerpo extendido a lo largo de tu amor, a lo largo de tu alma,
y todos los barcos que zarpan de tu corazón llevan ahora
las luces apagadas.
Ya te has probado en ti
y un hombre no es el extraño invasor que conocías,
el esposo prudente, el hombrecito que cariñosamente te mataba un momento
por unas cuantas caricias, por unas cuantas monedas.
Pero sabes también que no existe el triunfo que alguna vez deseaste,
por eso en tu mirada puede oírse
el ruido del mar golpeando las costas solitarias y a veces
el chillido de un pájaro detrás de la niebla o la llovizna pertinaz.
Ven aquí con tu colección de mariposas, con tus antiguos juguetes que ya no existen
y que parecen burlarse de ti desde ciertos rincones,
ven aquí con tus segmentos de niña asombrada.
Ven a mirar mis osos polares.
Ven, ahora que sabes que también en los labios aparece
-sin que nos demos cuenta-
el beso monstruoso y bello
de aquello que todavía llamamos el alma.


EL OTOÑO RECORRE LAS ISLAS

A veces tu ausencia forma parte de mi mirada,
mis manos contienen la lejanía de las tuyas
y el otoño es la única postura que mi frente puede tomar para pensar en ti.
A veces te descubro en el rostro que no tuviste y en la aparición que
no merecías,
a veces es una calle al anochecer donde no habremos ya de volver a citarnos,
mientras el tiempo transcurre entre un movimiento de mi corazón y un
movimiento de la noche.

A veces tu ausencia aparece lentamente en mi sonrisa igual que una mancha
de aceite en el agua,
y es la hora de encender ciertas luces
y caminar por la casa
evitando el estallido de ciertos rincones.

En tus ojos hay barcas amarradas, pero yo ya no habré de soltarlas,
en tu pecho hubo tardes que al final del verano
todavía miré encenderse.

Y éstas son aún mis reuniones contigo,
el deshielo que en la noche
deshace tu máscara y la pierde.


EPICA

Me duele esta ciudad,
me duele esta ciudad cuyo progreso se me viene encima
como un muerto invencible,
como las espaldas de la eternidad dormida sobre cada una de mis preguntas.
Me duelen todos ustedes que tienen por hombro izquierdo una lágrima,
ese llanto es una aventura fatigada,
una mala razón para exhibir las mejillas.
En estas palabras hay un poco de polvo egipcio,
hay unas cuantas vendas, hay un olor de pirámides adormecidas en el
algodón del pasado,
y hay también esa nostalgia que nos invade en ciertas tardes,
cuando la lluvia se enreda en nuestro corazón como los cabellos húmedos y largos
de una mujer desconocida.

Estuve atento a la edificación de los templos, al trazo de las grandes avenidas,
a la proclamación de los hospitales, a la frase secreta de los enfermos,
vi morir los antiguos guerreros,
sentí cómo ardían los ángeles por el olor a vuelo quemado.

Me duele, pues, esta convocatoria inofensiva, esta novia de blanco,
esta mirada que cruzo con mi madre muerta,
esta espina que corre por la voz, estas ganas de reír y llorar a mansalva,
y el trabajo de ustedes, los constructores de la nueva ciudad,
los sacerdotes de las nuevas costumbres, los muertos del futuro.

Me duele la pulcritud inútil, la voluntad académica,
la cortesía de los ciegos,
la caricia torva como una virgen insatisfecha.

Mirad las excavaciones de la noche,
escuchen a Lázaro conversando con sus sepultureros, mostrándoles su
anillo de compromiso con la Divinidad.
Vea n a Lázaro en el restaurant y en el tranvía,
en el ataúd y en el puente, en el animal y en su plato de carne.

Sí, me duele este atardecer,
esta boca de sol y de verano.

La obra completa de José Carlos Becerra se encuentra reunida en el volumen: El otoño recorre las islas, de Ediciones Era.