Mi príncipe de Bequelar
Hoy me siento flex, o flax, o flux.
Me desperté a eso de las cuatro de la mañana sobresaltado por un sueño extraño. Y recordando cuando tenía 7 años y mi padre me traía galletas de chocolate a la cama al irse al trabajo, repetí aquella acción antes cotidiana y fui a por una “Príncipe de Bequelar” (siempre me he preguntado dónde cae Bequelar. Estará por Teruel, seguro …).
No suelo comprar ya galletas de chocolate. Hace tiempo que me decanté por la dieta sana: plátano o kiwi. Uno, que es muy radical para todo.
Pero la ocasión era tan especial que se merecía unas galletas, empanada gallega y queso manchego. No preparé tu visita pormenorizadamente, pero quería que estuvieras a gusto, que probaras la comida cotidiana, que hiciéramos el camino al metro o el paseo de Moncloa a Sol que tantas veces he caminado yo, ver el atardecer en Rosales, tomar un café en Lavapiés o un par de Mahous en Chueca. Lo que me apetecía era compartir momentos y espacios contigo. Presentarte a mis seres queridos de aquí y que vieras que soy un tío muy afortunado por todo lo que tengo, que te incluía a ti, al menos durante tu visita.
Pero no me dio tiempo. Tras la alegría de los primeros días, el ansia de tocarte, hablarte o tenerte solo para mí, llegó el desencuentro. Y tú, cuando no estás a gusto, estás más que a disgusto. Pero no quise darle importancia. Al fin y al cabo, venías de muy lejos y era justo dejarte un tiempo para ti y para que te adaptaras o hicieras tus propios planes.
Y entonces, fue todo uno: la idea de que algo te ocurría conmigo y la formulación de la pregunta. Y mi pregunta se vio sin respuesta por dos minutos. Ahí quedó dicho todo, y me vine abajo.
No guardo rencor, no quiero ser víctima, no quiero cansar a nadie con la misma historia una y otra vez. Pero necesito gritar bien fuerte que sí me quedé triste, que me joroba que esto haya salido mal y que no sepa ni por qué. Mi papel pasó de ser halagado y cuidado por ti, al amigo europeo que conociste hace poco tiempo y pasaste a visitarlo en tu viaje.
Me quedo con todo lo bueno, porque no sé ser de otra manera. A veces me gustaría que mis padres me hubieran enseñado a ser de otra forma, que gritara y me enfadara ante estas situaciones. Pero no es así, y recibo un correo tuyo diciendo que lo estás pasando bien y me alegro, me alegro mucho.
Pero para la próxima, espero haber aprendido la lección.
Me desperté a eso de las cuatro de la mañana sobresaltado por un sueño extraño. Y recordando cuando tenía 7 años y mi padre me traía galletas de chocolate a la cama al irse al trabajo, repetí aquella acción antes cotidiana y fui a por una “Príncipe de Bequelar” (siempre me he preguntado dónde cae Bequelar. Estará por Teruel, seguro …).
No suelo comprar ya galletas de chocolate. Hace tiempo que me decanté por la dieta sana: plátano o kiwi. Uno, que es muy radical para todo.
Pero la ocasión era tan especial que se merecía unas galletas, empanada gallega y queso manchego. No preparé tu visita pormenorizadamente, pero quería que estuvieras a gusto, que probaras la comida cotidiana, que hiciéramos el camino al metro o el paseo de Moncloa a Sol que tantas veces he caminado yo, ver el atardecer en Rosales, tomar un café en Lavapiés o un par de Mahous en Chueca. Lo que me apetecía era compartir momentos y espacios contigo. Presentarte a mis seres queridos de aquí y que vieras que soy un tío muy afortunado por todo lo que tengo, que te incluía a ti, al menos durante tu visita.
Pero no me dio tiempo. Tras la alegría de los primeros días, el ansia de tocarte, hablarte o tenerte solo para mí, llegó el desencuentro. Y tú, cuando no estás a gusto, estás más que a disgusto. Pero no quise darle importancia. Al fin y al cabo, venías de muy lejos y era justo dejarte un tiempo para ti y para que te adaptaras o hicieras tus propios planes.
Y entonces, fue todo uno: la idea de que algo te ocurría conmigo y la formulación de la pregunta. Y mi pregunta se vio sin respuesta por dos minutos. Ahí quedó dicho todo, y me vine abajo.
No guardo rencor, no quiero ser víctima, no quiero cansar a nadie con la misma historia una y otra vez. Pero necesito gritar bien fuerte que sí me quedé triste, que me joroba que esto haya salido mal y que no sepa ni por qué. Mi papel pasó de ser halagado y cuidado por ti, al amigo europeo que conociste hace poco tiempo y pasaste a visitarlo en tu viaje.
Me quedo con todo lo bueno, porque no sé ser de otra manera. A veces me gustaría que mis padres me hubieran enseñado a ser de otra forma, que gritara y me enfadara ante estas situaciones. Pero no es así, y recibo un correo tuyo diciendo que lo estás pasando bien y me alegro, me alegro mucho.
Pero para la próxima, espero haber aprendido la lección.
Comentario:
No te preocupes, se hay que volver a tropezar se tropezará. Sólo una cosa, quien no te quiere no te merece. ¡ahí queda eso!





