Donde trabajamos y corremos
A petición de mi egregio y querido amigo Luis Martí, aquí os pongo el enlace de la ruta que hemos planeado para correr la semana que viene como campeones:
Ruta en Colmenarejo
Así veis también el pueblo donde trabajamos.
Abrazos para todos.
Ruta en Colmenarejo
Así veis también el pueblo donde trabajamos.
Abrazos para todos.
Memorizando
"Era todavía demasiado joven para saber que la memoria del corazón elimina los malos recuerdos y magnifica los buenos, y que gracias a este artificio logramos sobrellevar el pasado" (Gabriel García Márquez en "El amor en los tiempos del cólera".
Cierto. ¿Todos de acuerdo, verdad? Quién no recuerda con anhelo algún viaje en el que realmente no entendiste ni papa y no tenías dinero ni para pipas, o algún ex novio, que realmente no era para tanto, o a tu familia maravillosa, que en dos días de convivencia rompe ese recuerdo para después de otros tres sin ellos volver a reparar la imagen perfecta.
Pues bien, afortunadamente, tenemos otra memoria. Llamemósla memoria B (la otra, por haber sido nombrada anteriormente, será desde ahora en adelante, memoria A). La memoria B es aquélla que hace que no me olvide de lo jorobadamente difícil que me fue aprender a conducir. Lo mal que lo pasaba cada vez que el semáforo se ponía en rojo en una cuesta empinada y me obligaba a hacer ese juego de embrague que aún hoy no controlo. O lo malos y malos que están los callos y que por mucho que mi madre se empeñe en decirme lo contrario, mi memoria B ya está de vueltas de todo y no va a dejarse engañar fácilmente. O los nervios que pasé durante mis años de universidad, que fueron fantásticos, sí sí, pero es que ahora Navidad es sinónimo de regalos y fiesta y no exámenes de febrero y junio es un "estoy casi de vacaciones" y no el mes horrible que no podía estudiar por el calor.
También mi memoria B, en este caso a base de darse una y otra vez contra la pared, es capaz de decirme "no óscar, no" para que no me líe con mis ex una y otra vez.
¡Ay!, ¡qué orgulloso estoy de mi memoria B!
Felizmente, para otras muchas situaciones de la vida se cambia al OFF, y la memoria A se impone.
¡Cómo si no iba a estar siempre diciendo lo maravilloso que es mi trabajo!
Un abrazo para todos.
Cierto. ¿Todos de acuerdo, verdad? Quién no recuerda con anhelo algún viaje en el que realmente no entendiste ni papa y no tenías dinero ni para pipas, o algún ex novio, que realmente no era para tanto, o a tu familia maravillosa, que en dos días de convivencia rompe ese recuerdo para después de otros tres sin ellos volver a reparar la imagen perfecta.
Pues bien, afortunadamente, tenemos otra memoria. Llamemósla memoria B (la otra, por haber sido nombrada anteriormente, será desde ahora en adelante, memoria A). La memoria B es aquélla que hace que no me olvide de lo jorobadamente difícil que me fue aprender a conducir. Lo mal que lo pasaba cada vez que el semáforo se ponía en rojo en una cuesta empinada y me obligaba a hacer ese juego de embrague que aún hoy no controlo. O lo malos y malos que están los callos y que por mucho que mi madre se empeñe en decirme lo contrario, mi memoria B ya está de vueltas de todo y no va a dejarse engañar fácilmente. O los nervios que pasé durante mis años de universidad, que fueron fantásticos, sí sí, pero es que ahora Navidad es sinónimo de regalos y fiesta y no exámenes de febrero y junio es un "estoy casi de vacaciones" y no el mes horrible que no podía estudiar por el calor.
También mi memoria B, en este caso a base de darse una y otra vez contra la pared, es capaz de decirme "no óscar, no" para que no me líe con mis ex una y otra vez.
¡Ay!, ¡qué orgulloso estoy de mi memoria B!
Felizmente, para otras muchas situaciones de la vida se cambia al OFF, y la memoria A se impone.
¡Cómo si no iba a estar siempre diciendo lo maravilloso que es mi trabajo!
Un abrazo para todos.
Mi príncipe de Bequelar
Hoy me siento flex, o flax, o flux.
Me desperté a eso de las cuatro de la mañana sobresaltado por un sueño extraño. Y recordando cuando tenía 7 años y mi padre me traía galletas de chocolate a la cama al irse al trabajo, repetí aquella acción antes cotidiana y fui a por una “Príncipe de Bequelar” (siempre me he preguntado dónde cae Bequelar. Estará por Teruel, seguro …).
No suelo comprar ya galletas de chocolate. Hace tiempo que me decanté por la dieta sana: plátano o kiwi. Uno, que es muy radical para todo.
Pero la ocasión era tan especial que se merecía unas galletas, empanada gallega y queso manchego. No preparé tu visita pormenorizadamente, pero quería que estuvieras a gusto, que probaras la comida cotidiana, que hiciéramos el camino al metro o el paseo de Moncloa a Sol que tantas veces he caminado yo, ver el atardecer en Rosales, tomar un café en Lavapiés o un par de Mahous en Chueca. Lo que me apetecía era compartir momentos y espacios contigo. Presentarte a mis seres queridos de aquí y que vieras que soy un tío muy afortunado por todo lo que tengo, que te incluía a ti, al menos durante tu visita.
Pero no me dio tiempo. Tras la alegría de los primeros días, el ansia de tocarte, hablarte o tenerte solo para mí, llegó el desencuentro. Y tú, cuando no estás a gusto, estás más que a disgusto. Pero no quise darle importancia. Al fin y al cabo, venías de muy lejos y era justo dejarte un tiempo para ti y para que te adaptaras o hicieras tus propios planes.
Y entonces, fue todo uno: la idea de que algo te ocurría conmigo y la formulación de la pregunta. Y mi pregunta se vio sin respuesta por dos minutos. Ahí quedó dicho todo, y me vine abajo.
No guardo rencor, no quiero ser víctima, no quiero cansar a nadie con la misma historia una y otra vez. Pero necesito gritar bien fuerte que sí me quedé triste, que me joroba que esto haya salido mal y que no sepa ni por qué. Mi papel pasó de ser halagado y cuidado por ti, al amigo europeo que conociste hace poco tiempo y pasaste a visitarlo en tu viaje.
Me quedo con todo lo bueno, porque no sé ser de otra manera. A veces me gustaría que mis padres me hubieran enseñado a ser de otra forma, que gritara y me enfadara ante estas situaciones. Pero no es así, y recibo un correo tuyo diciendo que lo estás pasando bien y me alegro, me alegro mucho.
Pero para la próxima, espero haber aprendido la lección.
Me desperté a eso de las cuatro de la mañana sobresaltado por un sueño extraño. Y recordando cuando tenía 7 años y mi padre me traía galletas de chocolate a la cama al irse al trabajo, repetí aquella acción antes cotidiana y fui a por una “Príncipe de Bequelar” (siempre me he preguntado dónde cae Bequelar. Estará por Teruel, seguro …).
No suelo comprar ya galletas de chocolate. Hace tiempo que me decanté por la dieta sana: plátano o kiwi. Uno, que es muy radical para todo.
Pero la ocasión era tan especial que se merecía unas galletas, empanada gallega y queso manchego. No preparé tu visita pormenorizadamente, pero quería que estuvieras a gusto, que probaras la comida cotidiana, que hiciéramos el camino al metro o el paseo de Moncloa a Sol que tantas veces he caminado yo, ver el atardecer en Rosales, tomar un café en Lavapiés o un par de Mahous en Chueca. Lo que me apetecía era compartir momentos y espacios contigo. Presentarte a mis seres queridos de aquí y que vieras que soy un tío muy afortunado por todo lo que tengo, que te incluía a ti, al menos durante tu visita.
Pero no me dio tiempo. Tras la alegría de los primeros días, el ansia de tocarte, hablarte o tenerte solo para mí, llegó el desencuentro. Y tú, cuando no estás a gusto, estás más que a disgusto. Pero no quise darle importancia. Al fin y al cabo, venías de muy lejos y era justo dejarte un tiempo para ti y para que te adaptaras o hicieras tus propios planes.
Y entonces, fue todo uno: la idea de que algo te ocurría conmigo y la formulación de la pregunta. Y mi pregunta se vio sin respuesta por dos minutos. Ahí quedó dicho todo, y me vine abajo.
No guardo rencor, no quiero ser víctima, no quiero cansar a nadie con la misma historia una y otra vez. Pero necesito gritar bien fuerte que sí me quedé triste, que me joroba que esto haya salido mal y que no sepa ni por qué. Mi papel pasó de ser halagado y cuidado por ti, al amigo europeo que conociste hace poco tiempo y pasaste a visitarlo en tu viaje.
Me quedo con todo lo bueno, porque no sé ser de otra manera. A veces me gustaría que mis padres me hubieran enseñado a ser de otra forma, que gritara y me enfadara ante estas situaciones. Pero no es así, y recibo un correo tuyo diciendo que lo estás pasando bien y me alegro, me alegro mucho.
Pero para la próxima, espero haber aprendido la lección.





