logotipo

img_google
Donde cuento cuentos
Pensamientos al aire para compartir :-)
Acerca de
Pues soy Óscar, una personita más por aquí, con las alegrías y las preocupaciones de todos, pero con cierta tendencia a compartirlas.
Sindicación
 
De naranjas con arroz
Os voy a parecer un poco crío e inmaduro, pero mi gran descubrimiento de trabajar aquí ha sido mi acercamiento a China, o mejor dicho, a los chinos de China. Sydney está lleno de ellos. Vienen a ser como nuestros latinoamericanos de Madrid. Mi idea anterior de ellos es que eran personas muy reservadas, de movimientos lentos y cuidados, que no te miraban a la cara al hablar y que raramente se establecía comunicación con ellos.
Pero qué sorpresa y qué tonto me siento cuando recuerdo lo que pensaba, cuando les veo gastando bromas, hablando animosamente conmigo, llamándome a la hora del café o la comida o contando su vida cotidiana.

He cogido rápidamente cariño a mis chinos. En las comidas soy a menudo el único caucásico. Me enteré de que era “caucásico” cuando estudié en Suecia. Me costaba distinguir a unos de otros por sus rasgos faciales y se lo dije a una chica de Singapur con la que me llevaba muy bien. Ella me respondió que le costaba horrores distinguir a los "caucásicos" y que de hecho, conmigo, tenía problemas los primeros días para distinguirme si me veía en la calle. ¡Vaya!

El caso es que en las comidas, mis chinos, que puede que sean muy innovadores en muchas cosas, al menos no me decepcionan y traen arroz al estilo chino. Y luego, de postre, siempre traen una bolsa llena de naranjas y las parten en pequeños trozos y las comparten con todo el que está allí. ¿No os parece un gesto precioso? Ayer, me fui al súper y compré mis naranjas. Yo también quiero participar del estilo chino.
Y hoy he ido tan contento a la comida con mi táper y mis naranjas.
Un abrazo para todos.

 
¿Qué tal van vuestras vidas?
La mía bien. Siempre pienso en el grado de evolución tan desarrollado del ser humano, que nos sueltan en cualquier lado y al poco tiempo ya estamos adaptados a nuestro entorno. Yo me siento así, no sé si será por lo que explicó Darwin hace años o porque Australia es un país que te acoge como a uno más. Supongo que un poquito de las dos cosas.

El trabajo va bien. Primero me gusta lo que hago y segundo, mi tutor me parece una persona excelente. En parte, me ha renovado mis energías. Me gusta de él que te dedica tiempo, y ese tiempo es en exclusiva. Además, te explica las cosas desde el principio, no presupone que las sepas. Pero el quid de la cuestión está en que te explica. En Madrid es más en plan IKEA, móntatelo tú mismo y luego vemos el resultado. Y a mí me gusta más este método porque sencillamente me entero mejor y me da pie a tener una buena base y seguir hacia delante.

Me apunté finalmente a la piscina y ahora salgo para allá. Es descubierta, lo cuál con este tiempo, tiene sus inconvenientes. Pero cuál "Cocodrilo Dundee", yo quiero ser un australiano más, me cueste un resfriado y tres gripes. El caso es que el taquillero, al que no le entendía absolutamente nada, me aseguró que el agua se calentaba todos los días. Así que allí me planté, hice mi calentamiento y me tiré al agua, inocente, confiando en las palabras de mi taquillero. Me acordé de su madre, su padre y toda su familia y el concepto de agua caliente que tendrían. Pero qué coño "hot water". Estaba exactamente igual que la piscina de Legazpi, que al menos en Legazpi tenemos techo. Bueno, no había tiempo para pensar. Todos mis australianos nadaban, pues yo también. Pero claro, aquí entra en juego la programación de tu cerebro. El mío me decía que al nadar, vas por el carril derecho. Óscar, aquí van al revés. Según iba haciendo el largo, mi cerebro se empeñaba en ir al otro carril, y allí que me frotaba con el australiano/a de turno. Parece que superé esta barrera, pero luego estaba el tema de la "calle rápida". Tanto me dice Nico que nado bien, que al final, vengo a Australia y me creo Ian Thorpe. Pero aquí la gente nada como auténticos profesionales, todos son pequeños Ian Thorpitos en potencia. Total, que después de una semana yendo a la piscina, ya he pasado a calle media y creo que hoy voy a probar en lenta.

Y poco más chicos. Mañana viernes me he cogido el día libre y me voy con David a pasar el fin de semana a Melbourne. Ya os contaré qué tal. Y ya os contaré qué tal con David y más cosillas. Ahora, después del día de trabajo, me apetece irme a nadar y luego tomarme unas cervezas con Peter y Edu, dos de mis compañeros de piso.
Por cierto, la cerveza aquí es buena y barata!!!

Para terminar, unas cuantas fotos:

Esto es un día que me escapé un poquito antes de lo normal del trabajo, cogí el bus y me fui a la playa. ¡Una delicia de día! Aquí anochece muy pronto, a eso de las 5.30 p.m, con lo que si quieres hacer algo, hay que darse prisa.



Esto son las vistas un día que David y yo salimos a pasear.



Y David me hizo una foto:



Y yo a él ... ¡qué guapo sale!



Y luego nos fuimos al "Spanish quarter festival", que fue una fiesta de los "hispanoparlantes" de lo más divertida: paella, flamenco, churros, sangría, mojitos, etc.



Aquí se nos ve ya al final de la noche, con unas cuantas sangrías y unos cuantos bocatas de chorizo en el cuerpo. La chica de la blusa de rayas rojas es Betty, mi amiga griega que es un encanto de persona.



Estas fotos son de las Blue Mountains. Se llaman así, porque si miras a lo lejos se ven azules, y esto, según la guía, se debe a la mezcla del aceite que suelta el eucalipto con la atmósfera. La verdad que es un paisaje impresionate.



Más Blue Mountains.



Y aquí mi Susana y mi Rafa (marido y mujer y residentes en Leganés) que son mis compañeros de viaje y los que me aguantan cada día. Estamos descansando, porque el día que fuimos a la montaña, nos pegamos una caminata de 6 horas, como unos campeones.







 
Pequeños momentos de felicidad
¿Sabéis cuáles son los pequeños momentos que me hacen sentir felicidad aquí, una sensación de alegría en mi interior con los que mi cuerpo no puede evitar sonreír?
Que mi compañera del trabajo me diga que hoy nos vayamos juntos a comer fuera, que cada mañana tenga un correo de David dándome los buenos días o me cocine lentejas solo porque le digo que me encantan, que mis padres se emocionen al oírme y estén esperando mi llamada con ilusión, que Peter me diga “señor Óscar, qué alegría verte” al entrar en casa, que Eduardo me diga “no hay ningún problema” cuando le pido un favor en casa, que Khaled me pregunte cosas de España mientras cocina, que Susana se tome cada mañana el café conmigo, que alguien llame a la puerta de mi oficina para presentarme a otro alguien, que llamen por teléfono aunque sea para preguntar por la profesora que antes ocupaba mi sitio, que la camarera se interese por saber qué tal estoy o que vosotros os hayáis acordado de mí y me escribáis algo. Son pequeñas cositas, pero cuando estás lejos, suponen un mundo. Gracias a todos.
 
Y allí estabas tú
Entré allí de casualidad. Venía de una cena en la que me divertí, pero de dónde todo el mundo se fue muy pronto, escandalosamente pronto para los estándares madrileños.
Así que decidí caminar y tomar una cerveza por mi cuenta. Supongo que el objetivo final y oculto en mis pensamientos era encontrarte.
El día anterior había visto ese bar, pero me pareció que estaba demasiado lleno. Pero atraído por el nombre, “The Colombian”, decidí probar suerte. Estaba también a rebosar aquel día, pero vete tú a saber el porqué, me decidí a entrar. Inmediatamente te vi.
Me acerqué a la barra a pedir la cerveza y cuando me di la vuelta con mi vaso en una mano y mi chaqueta en la otra, ahí estabas tú, con tu paraguas y tu chubasquero azul marino. Luego supe por ti que tú también me viste y te colocaste estratégicamente a mi espalda. Según tú, yo no te miré. Según yo, no paré de hacerlo. Esperé el tiempo prudencial para ver si estabas solo o acompañado. Cuatro minutos me bastaron para acercarme:
- “¿Estás solo tú también?”
Esa frase dio pie a una conversación. La conversación derivó en un diálogo ingenioso. Desde el primer momento me resultó fácil hablar contigo. Teniendo en cuenta la barrera del idioma, me sorprendí de mí mismo y del hecho de hacerte reír.
- “Vamos a otro bar a tomar algo, ¿te apetece?”
¿¿¿¿¿¿¿Qué si me apetece??????? Tuve la sensación de que el chico guapo del patio del colegio se había fijado en mí y me invitaba a acompañarlo. No sé por qué, quizás siempre he tenido la autoestima un poco baja, no creí que te hubieras fijado en mí en ese aspecto, sino que sólo querías un poco de conversación, y para eso, admitámoslo, tengo cuerda.
Pero cuando en el siguiente bar nos quedamos casi solos y tú me besaste, mi sensación ya fue plena. Este chico tan atractivo, tan simpático, tan risueño, me estaba besando a mí, a Óscar. Sí sí señores, a Óscar el de Aluche, el de teleco, el mismo que viste y calza. Me dieron ganas de gritar bien fuerte, “¿estáis viendo todos? Me está besando”. De hecho, debió ser apasionante porque se acercó una chica, que tú al momento identificaste como inglesa, a decirnos que hacíamos muy buena pareja. Sí es verdad, el chico guapo de Sydney y yo, hacíamos buena pareja.

Desde entonces estoy en una nube que tú has creado para mí. Hacía tiempo que nadie me trataba de una forma tan cuidada, tan dulce. Me encanta que me escuches atentamente y me encanta que yo te encante. Vamos, que estoy encantado.

No sé lo que durará, pero al menos, esto que estoy sintiendo, lo estoy sintiendo ahora. Y supongo que lo escribo para no olvidarlo, porque está siendo tan bonito, que merece la pena ser recordado.

Para mi chico de los suburbios del oeste, mi chico importante de la planta 15, el chico del chubasquero azul marino y el paraguas, el que vive en la bahía en un edificio que se llama Tara, como la casa de Escarlata. Un abrazo enorme, aunque de todo esto que escribo, no entiendas más que esta última frase que te empeñas en pronunciarme para que me sienta más cómodo antes de cerrar los ojos: “buenas noches”. Muy buenas, para ti también.