El "Rosa"
Todo se sucedió hace ya algunos años, alrededor de ocho. Joé, me sorprendo de poder decir ya este tipo de frases: ¡hace ocho años! Y me parece que fue ayer. Bueno, al grano, óscar, que te pierdes.
Nos reuníamos semanalmente en la asociación. La cita era todos los viernes, alrededor de las 13, en la facultad de Ciencias Políticas y Sociología de "la Complu", en Somosaguas. Yo tenía que coger el "A" en Moncloa o el "I" en Ciudad Universitaria. Siempre me ha parecido que los autobuses con letras tienen algo especial. No sé, son como “la crem de la crem” de los autobuses; originales, no un simple número.
La asociación se empeñaba en ser socialmente útil, en abanderar nuestra causa por el mundo, denunciar lo injusto, luchar por nuestros derechos, acudir a manifestaciones, dar conferencias, etc. Yo creo que se cumplía. Pero lo más importante, lo que nadie creo que veía o ponía en un papel como objetivo, como tarea, era que la asociación cumplía un papel mucho más importante. Era el lugar donde conocíamos gente como nosotros, de nuestra edad, con nuestras inquietudes, donde podíamos madurar, ganar confianza y seguridad. A mí me sirvió para verme como alguien normal, ver mi inclinación sexual como algo de andar por casa en pantuflas y bata, conocer mis primeros amores y forjar unas amistades, que se han prolongado por años. Para mí, eso fue lo más importante. Bien es verdad que acudí a mesas redondas por las distintas facultades, grité como el que más en todas las manifas, me atreví a ponerme debajo de una bandera “super gay” en el césped de Periodismo bajo la mirada (ahora veo que pasota) de toda la gente que estaba tomando sus bocatas de tortilla, a cruzarme por los pasillos de Políticas con gente de mi instituto y decir orgulloso que yo pertenecía a esa asociación, sin ningún tipo de rubor ni vergüenza (bueno, vale, está bien, si me dio un poco de palo a veces), y un sin fin de cosas más.
Pero me quedo con la función social: las fiestas locas en casa de Moni (que fueron muchas), las quedadas masivas todos los viernes y sábados en el “Nique” (era genial simplemente ir y siempre tener a alguien con quien pasar la noche), los chupitos del “Gris”, los cumpleaños con tarta gigante en chueca, las idas y venidas a Somosaguas, los comentarios y la complicidad del grupo cuando alguien te gustaba, los primeros amores de Mayka, jajajaja, … qué de cosas.
Luego nos fuimos separando. Ya empecé a trabajar y me fue imposible seguir yendo. Después, me fui alejando de todo el mundo. Vete tú a saber por qué. Pero siempre me quedó mi grupillo, mi núcleo duro, y aunque fuera de tarde en tarde, siempre encontramos un hueco para vernos. Me alegro de ello. Y ahora, precisamente ahora, volvemos a retomar con fuerza las ganas de quedar, de cenar juntos y de salir de juerga.
Me alegro aún más.
Posdata del A (Moncloa- Universidad de Somosaguas) :
Precisamente, fue en el A, a la altura del puente de los franceses, donde lo dejé con el primer chico con el que salí. Me acuerdo que el autobús iba lleno, lleno no sólo de gente, sino de ruido.Yo le dije a J.R. un “tengo que hablar contigo” y sorprendentemente, él me respondió preguntándome “¿me vas a dejar?”. Joé, no podía mentir, pero claro, el escenario, no era para nada el sitio tranquilo y apacible donde me había propuesto dejar a mi primera conquista. Ahí, al lado del conductor, apretujados por los estudiantes de Somosaguas, le respondí: “Sí”.

Cuánto cuesta no querer
¿Por qué me digo que aún te quiero?
¿Por qué aún me veo a tu lado?
Será que me autoconvenzo de que no te quiero, cuando lo que quiero es llamarte y decirte que te quiero y quererte.
Pero sé que no me conviene quererte.
Supongo que saber que quiero no es tan difícil, no debe de serlo. ¿Por qué entonces me cuesta tanto?
Pienso mucho en ti; me sorprendo revisando fotos tuyas; me veo, de repente, en la puerta de tu trabajo, al otro lado de la acera, esperando ... ¿a qué?
A querer saber que ya no te quiero para poder otra vez quererte.





