Hoy toca: Tengo, poseo, guardo...

Tengo una colección de decepciones. Grandes, pequeñas, previsibles, inesperadas...
Pese a todo no las cambiaria por nada, cada una de ellas fue una lección que nunca repetí.
Poseo miles de promesas, y aunque nunca se cumplirán, jamás las devolvería a sus dueños.
Son esperanzas de algo mejor, y me recuerdan que un día lo fueron todo.
Guardo miles, no, millones de lágirmas, y aunque ahora duelan, no puedo olvidar que fueron fruto de una sonrisa.
Tengo imágenes del primer beso, un retorno esperado, las más suaves caricias, el abrazo más tierno, el último adiós...
Películas veladas por la luz del tiempo, almacenadas en las cajas metálicas de mi memoria.
Poseo todo el tiempo del mundo para esperar que pase, aunque no sé muy bien el qué, pero pasará.
Lo sé, alguien me lo prometió, me dijo que no derramara más lágrimas, que era cuestión de tiempo, que no me decepcionaría.
-Nunca olvidaras esa imagen.
Guardo letras con las que me hago collares de palabras, para adornar mi pecho. Los pinto con todos los colores que ví en sus ojos. Los acaricio cuando me asalta el miedo a descubrir que siempre fueron negros.
Puede que creas verte entre estas frases. Solo puedo decirte que te equivocas, estas frases nunca pertenecieron a nadie. Sentimientos a la espera de un dueño que nunca volverá.
Los arrastro con cada paso, son zapatos viejos y pesados, calados de agua en una noche gris.
Y aun así nunca he sido más feliz.
Hoy toca: Carmín.

La niebla del tiempo la envuelve hasta convertirse en una sombra negra impenetrable.
Rodeada de falsos recuerdos, donde el adiós nunca llega y los besos se repiten en un bucle sin fin.
En la oscuridad del engaño se siente en paz. Allí no necesita lágrimas, porque no hay razones para llorar.
El nunca se fue, no la dejó cuando más lo necesitaba.
Sigue amaneciendo en su cama, abrazado a ella, oprimiendo con fuerza su cuerpo desnudo. Mientras piensa que adora ese gesto innecesario, porque ella jamás lo abandonaría.
Un dolor reflejo atraviesa su pecho, al pensar en la ironía de ese despertar.
Los días son más soportables si lo puede ver. Escondida, inmóvil, en un portal desde donde observar como se apaga la luz de su habitación.
La cruel imaginación la obliga a escuchar los besos que se dan, el roce de sus dedos acariciando la piel de la mujer que ahora ocupa su lado de la cama.
Y el odio no la hace sentir culpable.
Y la rabia no la ciega, porque en medio de su desesperación hay un momento de alivio, al saber que los golpes que se oyen ya no duelen en su piel. Que mañana no tendrá que ocultar la huella de su amor bajo una capa de carmín.
Hoy toca: Relajar la vista
Al atardecer cojo mi bicicleta y me relajo viendo los colores del mar.

Miles de gotas llenando las rocas de caricias húmedas.

Llegando al puerto en el momento exacto de verlo desaparecer.


Miles de gotas llenando las rocas de caricias húmedas.

Llegando al puerto en el momento exacto de verlo desaparecer.






