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Las manos de Kalayaan
...de lo hecho y lo deshecho...
Otros paréntesis
...
Sindicación
 
Rápido, muy rápido
[...]
Alice se movía por el mundo sin rumbo fijo. Trabajaba, salía, dormía, reía, follaba. Pero nada de eso la hacía feliz. Ella creía que necesitaba amor y lo buscaba. Buscaba cariño y atención, pero cuando lo tenía aborrecía a quien se lo daba. Las buscaba defectos, las comparaba con amores o amantes pasados, tenía las mismas reacciones y relaciones con unas que con otras. Terminaba dejándolas y entonces comenzaba de nuevo a seducir, a buscar, a pedir cuidados y todo se convertía en un círculo vicioso.
Había algo que quería de la vida, de todas esas mujeres a las que conseguía llevarse a la cama y no entendía qué era. Pensó que el amor daba igual con quien lo hiciera que siempre acababa siendo el mismo. Comenzaba con pasión y deseo, cometían locuras, hacía de aquel pecado capital su bandera, y unas antes y otras después terminaban por convertirse en unas niñas estúpidas, ñoñas, que sólo la querían para que las abrazara de noche y así cubrir ellas mismas la necesidad de sentirse queridas.
La llamaban por teléfono haciéndose pasar por niñas de diez años, la ponían aquel tono que odiaba, eran irresponsables, inmaduras, calientes, dependientes. Y ahí se acababa la magia, se acababa lo que al principio la había hecho creer que en frente tenía a la mujer de su vida.
Esas situaciones la habían llevado a pensar que era ella la que las hacía así, la que las convertía en bebes con babas que lloraban y la agobiaban cada cinco minutos. Seres manejables que no sabían tomar decisiones ni hacer la O con un canuto si no era ella la que ponía las instrucciones. Mujeres sin personalidad.
O era esto o era que ella siempre buscaba aquel prototipo de muñeco de plastilina para manejar a su antojo. Pero si esto último era lo cierto porqué ansiaba a la otra, a la que demostraba todo lo contrario, a la que la hacía sentir mujer y no madre.
Su mundo se complicaba y desterraba de su vida todo rastro de infantilismo. Daba una imagen más dura, más cabreada, más exigente y, sobre todo, inflexible. Ya no dejaba ni asomar la patita que sacaba el hacha. Mujer fría, con los centímetros contados. Nadie era lo bastante, nadie era suficiente para ella. Se había creído todas las ternuras y palabras bonitas que susurraron sus amantes. No podían con ella, no se apeaba del burro, hicieron de ella un monstruo mientras ella les rompía el corazón.
Culpable y adorable. Ella misma se ponía los adjetivos y se imaginaba su entrada al purgatorio. Pero a lo lejos se veía sorprendida por haber encontrado el sentido a la vida, creía que llegaría, que estaba próximo y que a pesar de haber destrozado momentos de vidas ajenas había conseguido amar, que era lo que ella siempre había considerado la misión en la tierra. Amar... amar... amar.
Llenita de mierda no sabe a donde se aproxima, qué habrá delante de sus pasos. Solo que su vida aun anda rota y se empeña en hacer creer lo contrario. Que ya ni hace el amor ni folla, ni sus armas de seducción funcionan porque dio bastante por el culo. Ahora todo el mundo le parece igual y no se explica muchas cosas.
Le apetece tumbarse en su cama y escuchar sus canciones favoritas. Que no la molesten, que no la riñan, que no la hablen, que no la persigan, y que la gente que la rodea sea capaz de ser ella misma sin ser apendice de nadie.