De ella no sé nada desde ese último encuentro fugaz. De las chicas que me alegran a base de pimienta la vida, cada vez sé más. Pero por aquí tampoco va la cosa.
En el curro, ya digo, todo igual, es decir, sorprendentemente bien, pero avinagrándose la cosa con esto del traslado. Nos ha comprado una empresa más gorda y ahora ella nos amamanta en aquél lugar, tan gris y tan cuadrado. Pero es que tampoco es por ahí por donde quiero ir.
O eso creía yo.
Hasta que todo se me vino encima de repente.
Sin motivo, o tal vez con todos.
Y lo que era un día cualquiera, se convirtió en el día más triste. Y la rabia por no saber porqué me consumía de súbito.
Luego comprendí.
Joder, me siento tremendamente solo, y no tenía ni puta idea.
Nunca estoy solo, pero eso no tiene nada que ver.
Mierda. Y yo que pensaba que estaba en un momento estupendo.
Nadie te engaña mejor que tú mismo. Me cago en todo me cago.
Lloré en la almohada y he despertado encarando mi descubrimiento. Me siento solo, y no pasa nada. Sólo yo soy mi dueño y ya me haré saltar como antes.
Hoy ha sido un día mejor, pero ha llovido eternamente.
Poco a poco… voy aceptando, y el proceso duele como una fractura abierta de tibia y peroné. Por ejemplo.
Ayer, en una fiesta de amigos que tenemos, teníamos, tuvimos en común.
Tú, con tu grupo. Yo, con el mío. Perfectos desconocidos que se saludan al llegar y que sólo vuelven a hablar al despedirse.
Te había llamado por la tarde para saber si ibas a ir.
Estabas enfadada, no sé porqué, no me lo quisiste decir, tan poco pinto ya en tu vida. Me hablabas con monosílabos y borde.
No tengo porqué aguantar eso. Colgamos secos con un "nos vemos luego". Sí, nos vimos. Y eso fue todo.
Compartimos salón durante tres horas y sólo nos cruzamos la mirada.
Te estás dejando el pelo largo. Yo me lo he cortado hace poco.
Qué mierda. Desde que lo dejamos, desde que dejamos de vivir juntos, desde que dejamos de ser pareja para ser uno y una, hemos pasado por diferentes etapas. Semanas sin saber nada el uno del otro; semanas en las que nos veíamos un par de veces; semanas en las que nos reíamos y semanas en las que no queríamos ni vernos.
La última etapa iba muy bien. Quedábamos y reíamos y fumábamos y comíamos y no nos liábamos. Algo sano.
Hasta que un error mío provocó uno tuyo mucho mayor. No supe mentirte cuando me dijiste de quedar un día. Yo ya tenía planes y tú quisiste saber con quien cuando estaba claro. Decidiste entonces que no querías saber nada de mí durante un tiempo porque enterarte de que me follaba a otras tías te había sentado peor de lo que imaginabas. Tú te follas a otros tíos, lo intuyo, lo sé porque sé como eres. Y no puedo permitirme que me moleste. Lo acepto. C´est la vie. Aquí cada uno hace lo que le nace. Y a ti te nació no querer saber nada de mí. Y me sentó como sólo puede sentarme algo así: como una patada en los cojones. Una semana. Dos. Y te llamé. Y no respondías. Y no devolvías la llamada. Y cuando volvimos a hablar te dije que me había parecido demencial tu postura. Y me reconociste tu error. Y yo te dije que te tocaba enmendarlo, si te compensaba. Y me dijiste que sí.
Y como todo propósito de enmienda, me llamaste un día.
Fin.
Otra semana sin hablar. Te llamé cuatro veces el pasado lunes. No lo cogiste. No me devolviste la llamada. Y cuando por fin me lo volviste a coger, el miércoles creo, te dije lo que me parecía: que estabas haciendo lo que te nacía, y que lo que te nacía era pasar de mí. Totalmente lícito, totalmente lógico, pero más triste imposible. Y tú me dijiste que sentías haberme dado esa impresión, que no pasabas de mí, que te perdonara.
Yo perdono. Siempre.
Después de eso, volvimos a hablar.
Tú, seca, como ultimamente. Yo intentando ser cariñoso.
Y ayer, borde y enfadada por teléfono. Y cuando nos vimos, como si nada, como si fueras una tía que conozco de algo pero no sé de qué.
Y me fui pronto. Agotado por una resaca que me había consumido todo el día, y con la cabeza como un bombo de tanto mirarte y repasarte y darle vueltas a esta mierda de situación.
Me preguntaban mis amigos cómo estábamos. Y yo respondía que bien hasta hace poco, cuando la cagaste y no demostraste querer solucionarlo de verdad.
Y dos besos y un me voy que estoy agotado.
Y un pues vale.
Y ya está.
Y eso fue todo.
Dos frases después de casi dos años viviendo bajo el mismo techo..
Gran propósito de enmienda, sí... por los cojones.
Es el primer día que me levanto pensando mal de ti.
Y me duele en el alma.
Y más me dolerá cuando compruebe que no me duele.
Guapa, bueno, pero unos ojos bonitos y cansados y unos zapatos de tacón imposible frenaron en seco mi devaneo de lunes tarde y lo dejaron clavado en su hueco en el metro. Esa iba a ser la diosa de mi vagón hasta que se bajara o yo lo hiciera antes. Lo hizo ella, y no me di cuenta cuando.
Terminó de captar mi atención cuando sacó de su inevitable cartera negra un libro de texto. De chino. La ejecutiva cansada, maquillada, teñida, que llegará a casa con dolor de pies y se me antoja (ole mis cojones) que saludando a nadie o a sus padres, resulta que está aprendiendo chino. Pienso que es por motivo laboral. Serias aspiraciones las suyas si es así. Pienso que es por mero afán. Mira la tiburón, no para un segundo, y cuando llegue a casa, directa al gimnasio.
Sabrá chino.
Será atractiva.
Tendrá una gran proyección laboral.
Es segura sobre unos zapatos horteras y embellecida con un traje de lo más gris.
Triunfará aplastando cráneos y levantando líneas en gráficos económicos.
Y sigue teniendo la mirada cansada, y sigo sin saber dónde se bajó, y ahora escribo sobre una cara que no recuerdo, unos zapatos que taladran mi gusto y un libro de texto de chino.





