logotipo

img_google
Escrito te lo dejo
Disquisiciones variopintas sobre
la personalidad múltiple de un haragán
Acerca de
Soy yonki de la escritura y no entiendo nada. Y ya no quiero entenderlo. Vivo a gusto en la absoluta incomprensión. Escribo sobre ella, para pasar el mono y para entender menos.
Sindicación
 
Dos semanas después
Aquí ando. En el salón de casa, un compi tirado en el sofá leyendo a mi diestra, otro compi a la sinietra, fuchicando con el portátil.
Escribo porque creo que debo.
No quiero escribir sobre lo que me pasa o me deja de pasar.
Quiero escribir por escribir. Contar lo que hago. Ahora. No ayer. Ni antesdeayer. Lo hago por ella, lo hago por mí, no lo sé. Lo hago, punto.

Mal día hoy en el curro. De él no escribo. Bueno, en realidad sí lo he hecho, pero lo acabo de borrar.

Quiero hablar de otras cosas.
De ti.

Que me llamaste por fin, ayer.

Dos semanas después de haberme dicho que la distancia volvía a querer ser tu amiga.
Dos semanas rumiando yo la posibilidad de que se fuese todo a la mierda al final.
De no volver a saber nada de ti, forever and ever.
Pero eso es que debe ser imposible. Ya lo he dicho tantas veces...

Dos semanas en las que al término de la segunda mi móvil contaba por pares las llamadas que te había hecho yo desde unos días atrás, porque respeté tu decisión de mutismo hasta que no pude más.
Te llamé varias veces. Te mandé un mail tierno. No hubo respuesta.
Y me enfadé, tía, me enfadé, porque ya me parecía injusto el motivo de la distancia como para encima comprobar que de verdad no querías saber nada de mí. Porque un día me dijiste de quedar un sábado y te dije que no podía, que ya había quedado, y tú preguntaste con quién y yo no supe ni pude ni quise mentir y te dije que con una colega y ya se fue todo a la mierda porque complestaste los puntos suspensivos que se desprendieron por el teléfono.

Dos semanas después, mi móvil vibraba por tus dedos y tus repentinas ganas de volver a querer saber de mí.
Y yo me mostré rudo. Sincero. Me has hecho daño y ahora te toca a ti reparar, si quieres. Tu reconoces un error, y yo quiero que me enseñes qué quieres hacer para remediarlo, si quieres remediarlo, si te compensa.
La conversación fue dura, pero fue. Se dio. Dos semanas después.
Dos semanas en las que he sentido por primera vez que me estabas haciendo algo injusto, algo que podía cambiar la imagen que tengo de ti. Si tú eres mi referente para el significado de la palabra amor, que eso cambie, ¿dónde deja al amor? Eso no puede darse. Eso pensaba yo. Pero estas dos semanas me han enseñado que puede existir un futuro en el que tú no estés más que en el imaginario. Y ha sido como extraerme las tripas por la nariz.
Reconocer tan aberrante posibilidad me ha dejado un poco trastocado.
Pero reconocer una opción que no es ni más ni menos factible que cualquier otra supongo que también me ha servido para saber cuánto quiero o no quiero ese futuro que puede diluirse en el estanque del presente.

Así que eso os cuento.
Que la vida sigue y vuelve a ganar terreno la visión futura contigo, no sin ti, que es una expectativa rara, demasiado rara.
Quiero que estés en mi vida, no sé cómo, pero que estés, coño.

Y aquí lo dejo, justificando mi ausencia por esos quince días de autotortura mental en los que escribir era opción pero no la única ni la que quería, por una vez. Sigo hablando de lo mismo. Pero no es lo mismo lo que me pasa. No únicamente. Pero eso me lo guardo. De momento.
A ver qué hacen mis compis...

Etiquetas:      
 
La lógica de mi locura
Escribo y no sé de qué, porque vivo y ya no entiendo qué.

Lunes. Fatídico lunes, como todos, pero no, éste es peor.
En el curro me dicen que estoy de lunes. Poco animado.
Yo les digo que sí.

Les miento, claro.
He existido en grandes lunes.

Les digo que tengo sueño, cuando lo único que quiero es no dormir para entenderme despierto.

A ella la quiero, lo sé, no lo dudo, pero no es el momento. Exprimimos miles de momentos y no funcionó. Cabalgamos sobre el tiempo y no fructificó.
Los dos estamos, estábamos igual. Sabíamos que no, pero que en un futuro sí, si queremos y aprendemos a ir al trote.

Los dos pensábamos que podíamos cambiar las cosas para que la cosa funcionase otra vez, por fin, y para siempre.
Y nos pusimos a vivir el uno sin el otro, confiando en que el contacto, la confianza, la amistad, el cariño y los recuerdos sirvieran de cimientos para nuestro Empire State particular, a construir dentro de no tanto, quién sabe.
En ese proceso de reencuentro podía, puede, pasar de todo, pero eso siempre será, sería, preferible a que no pasase nada.

Y pasó de todo y yo me encontré con una chica que era un polvo pero que ahora es algo más, no sé el qué, no quiero saberlo.
Sólo sé que es algo más que un polvo.

Y ella, a la que sí quiero pero no sé querer, se enteró, porque no sé mentir, a ella no.
Preguntó inocente qué iba a hacer yo ese día, y yo le dije que había quedado.
Preguntó con quién, y yo dije que con una colega.
El artículo es indeterminado, pero es femenino. Del sustantivo se infiere un grado inferior a la amistad, pero se infiere.

Lo lógico y más probable es que lo máximo que haga con esta chica aparecida de la nada mientras yo vivía ese todo sea echar cuatro polvos, que si es algo más que uno, porqué no cuatro.
Eso lo sé yo, lo sabe esta chica, y sé que la que era mi chica también lo sabe.

Follo, acaricio y beso menos de lo que ella folla, besa o acaricia.
Yo no preguntó con quien está o ha estado, pero entiendo que está o ha estado.
Pero ahora puedo afirmar que enterarme de verdad me dolería, pero no me mataría.
Ahora que yo también follo, beso y acaricio, sé poner cada cosa en su lugar.
Ahora que yo también follo, beso y acaricio, he aprendido a relativizar el sexo, los besos y las caricias.

Los besos que yo doy ahora en otras bocas me han enseñado a valorar en su justa medida los besos que ella da ahora en otras bocas.

Aun así, ella ha decidido distanciarse después de saber de mis polvos que pueden ser algo más que polvo.

Siento que esto se va a la mierda.

Y lo único que hago es escribir y pensar, pensar y escribir.

Estoy harto de pensar.

Etiquetas:   
 
El desencuentro en mi historia, otra historia de encuentro
El capítulo tres pasó, toca escribirlo, susurrárselo a mis cinco lectoras contadas, pero no lo hago, porque sé que hay una sexta, masoquista comprensible, a la que le puede traspasar la yugular ver que en la nueva historia de mi nueva vida hay tías que escriben capítulos, no sólo pequeños episodios. Ella, P., la que dije que ya no sería nombrada aquí, encontró este mi speaker’s corner – porque lo buscó, la fama aún no me conoce – y ahora yo lo sé. Sé que me lee, quiere saber, verbo y acción analgésico para los que sufrimos de la enfermedad de imaginar. También sé que ella es consciente de lo que se puede encontrar. De mis polvos narrados, porque soy así de transparente, al mundo entero. Total, sólo me leéis seis…

Si a ella le regalasen capítulos que luego tuviera que vomitar como yo vomito aquí, y yo me enterara, se me ocurre que el suelo se abriría a mis pies. Pero no. Cada cosa en su lugar, en su justa medida, o eso pretendo, o eso pretendemos, que medir los momentos de tu vida sólo lo puedes hacer una vez vividos, ni antes ni durante, porque a tanta previsión no llegamos.

El otro día estuve contigo, después de pongámosle un mes sin ver tu cara en vivo. Compartimos horas, y nos reímos y nos llamamos como nos llamábamos y comimos y andamos y hablamos y… y como siempre, eres tú. Y quiero seguir viéndote. Y sigo pensando lo maravilloso que sería que todo cambiase y así poder estar juntos otra vez. Tú me dices lo mismo. Y seguimos diciéndonos muy edulcorados que sólo nos vemos teniendo hijos el uno con el otro. Y todo eso no quita para que alguien aparezca y pueda ser algo más que un polvo.

Te sigo queriendo igual. Sigo tocando el futuro igual, contigo, claro, siempre. Pero hay por ahí una mente que me atrae. Que se dilata en este blog como no lo había hecho ninguna desde que la tuya no vive con la mía. Y aunque esa otra mente se abra camino en mi cerebro, sigue siendo ridículo pensar que puede llegar a rozar el Imperio que tú allí tienes construido, en mis sienes. Nunca se sabe, puede pasar de todo mientras hacemos que las cosas cambien para vivir nuestro futuro, pero es mejor que pueda pasar de todo a que no pase nada, como cuando así pintaban las cosas hace no tanto, y el mundo quedaba en gris.

El capítulo tres queda vivido, escrito en mi cabeza, y tal vez lo vomite algún día. La urgencia de mi egoísmo pedía explicar estas estupideces.

Etiquetas:       
 
Historia de un desencuentro (Capítulo Dos)
Vuelvo a dejar pasar algo de tiempo, un día o dos, para continuar con esta narración. Busco la perspectiva para no dejarme llevar por los impulsos que rigen mi vida. Domingo por la mañana. En cuatro horas más o menos iniciaremos el Capítulo Tres, así que ya toca escribir sobre el segundo, al que le pusimos el punto y final hace ahora un día y medio, con mi boca robándole besos a la tuya. Pero vayamos en orden, aunque suene más aburrido, porque el caos atrae más. Y tú eres ahora parte de mi caos.

Fui a recogerte, y llegué a tiempo, no te hice esperar. Llegué un cigarro antes que tú. Apareciste del subsuelo madrileño, con cara cansada y los ojos rojos. No habías dormido mucho, y yo tenía parte de culpa. Habías trabajado esa mañana después de haberte acostado tarde, muy tarde, pero no tanto como lo habrías hecho si me hubieses dejado.

En un principio íbamos a comer a mi casa algo preparado por estas manos que teclean pero que poco saben de materias culinarias. Mi nevera estaba en estado de sitio, y la cocina era como el paralelo 54 coreano. Así que te llevé a comer por ahí, decepcionándote un tanto, que siempre alegra que cocinen para uno, aunque sea mal. Quise llevarte a un gallego, pero no te hace gracia el arroz, especialidad de la casa, con su fundamental botella de Ribeiro. Echabas por tierra mi plan y yo me quedaba en blanco. Terminamos en un restaurante cualquiera, de los de camareros de pelo grasiento y menú de todos los días. Vamos, que te impresioné tanto como el neón a un ciego. Comida mundana en un lugar anodino. Elegancia cero, gracia toda. La historia de mi vida…

Y desde ahí, yo, claro, que siempre estoy al quite, te propuse ir a mi casa a tomar café, por ejemplo, pero el tiempo pedía no encerrarnos entre cuatro paredes, así que terminamos en el Retiro, tirados en el césped, a la vera del lago, aprovechando la última hora de sol. En la comida, en el trayecto y en el parque hablamos de trabajo, que venías de él mientras yo seguía de puente festivo. Un trabajo que te gusta pero te agota, que nos entretiene pero nos esclaviza. Comentamos la noche anterior, las seis horas que le robamos a Cronos. Y buscamos el motivo por el cual habíamos sellado con un apretón de manos la comida que acabábamos de compartir. ¿Quién la propuso? Quiero pensar que tú, pero a ti te pasa lo mismo.

Seguimos el juego. Tú en tu rol de Diosa de la Ambigüedad, y yo en el mío de Lacayo de Tu Mente. Lancé indirectas que pillabas al vuelo y las hice directas para toparme con más preguntas y más sonrisas y más palos en la nuca. La palabra que más repetí aquella tarde fue joder, con muchas ‘o’, alargando la primera sílaba y matando la segunda, como hacías tú conmigo, vaya. Te llamaste puta riendo, me llamaste niño impaciente y me dejaste con la nariz oliendo tu cara pero sin que mi boca pudiese rozar la tuya, sin mostrar resistencia, sólo diciéndome que no y mirándome directo al cerebro. Jooooder, claro. Te dije que me hacías pensar, y que eso sí que te lo debías tomar como un piropo, porque eso sí que es culpa tuya, y no el tener esos ojos.

Tú tenías que estar en casa a una hora, pronto, cuando meriendan los adultos. Yo lo que quería era llevarte a mi casa y follarte hasta reventar ese halo de mandona y hacerte sumisa por fin. Y te lo dije. Y tú me decías que qué bien, sin más, pero que no. Tus ojos aguijoneando mi hipotálamo me decían que sí, que querías, pero me lo negabas con la palabra, jugando conmigo con maestría.

Andando hacia Callao, que Cenicienta se recogía, seguí bombardeando tus defensas, Aníbal ad portas. Hice de niño bueno, hice de chulo, hice de alumno, hice de experto follador. Hice, hice, hice… y tú siempre eras un muro de gelatina, fácil de golpear, pero con trampa a la hora de traspasarlo. Tú me decías cosas de “mira, majo, por la edad que tienes y lo golfo que eres, lo normal es que hayas follado mucho, por lo que es normal que folles bien”. Así, aleccionando. Y yo respondía lindezas del tipo “nena, yo no cuento como te follo… yo te follo”. Y me echaba a reír, para luego ver tu cara, donde había hecho mella mi osadía.

En el metro me agarré a la barra del techo y se me vieron los gayumbos y tú me vacilaste por encontrar a Garfield bajo mi ombligo. Y me tocaste la tripa desnuda con la excusa de comprobar que estoy plano (venga, coño, qué excusa más paupérrima). Tus manos estaban heladas, y mi cuerpo alcanzó los ciento cincuenta grados. Hija de puta, no puedes hacerme eso. Estás contra la pared, no puedes quitar la cabeza, y si lo hicieras, fíjate que cara de gilipollas iba yo a tener si me pongo a besar el mapa del Metro. Y ante eso tú decías que sí, que menuda cara de gilipollas iba yo a tener, y eras capaz de decirlo con los ojos tan cerca de los míos que en lo de jugar al cíclope de Cortázar éramos dominadores.

En la estación donde ambos cambiábamos de tren, cada uno hacia su casa, mierda, dejamos que se fueran unos cuantos Metros para seguir despidiéndonos, o para ultimar los flecos de la tregua, más bien. El bando atacante (yo) pedía prolongar la batalla hasta sus últimas consecuencias, aunque hubiese toque de queda en unos minutos. El bando defensor (tú) mostraba un dominio sin igual en el arte de la diplomacia y la retórica sofista. Y así se iban yendo los trenes. Hasta que decidí usar la táctica de la guerra de guerrillas, atacando puntualmente y con tal rapidez que dejaba las guardias del enemigo en estado de confusión. Y probé tu boca confusa, en un adelanto del asalto final, en el que tu cara quedó atrapada entre mis manos y tus ojos se cerraron para dar paso al único final que podía tener aquella batalla.

Y llegó otro tren y lo cogí y nos dijimos “hasta que nos veamos”. Hoy. Capítulo Tres.

Etiquetas:     
 
Historia de un desencuentro (Capítulo Uno)
Un mail tuyo, de contenido eminentemente profesional, me dio pie, y lo sabes, cabrona, a malinterpretar una frase tuya y responder con esos dobles sentidos que hacen de la vida una estrategia de divertimento.

Habíamos tenido un problemilla entre tu empresa y la mía, y tú me dijiste en un mail que me recompensarías por ello. Textualmente. Provocando que mi egocéntrica imaginación leyese entre líneas todo tipo de cosas, y ninguna laboral. Así que contesté, claro, diciéndote algo así como “tía, no puedes poner frases como esas en un mail dirigido a un tío, porque da pie a decirte de todo, pero yo, que soy un caballero, no te digo nada, cuando en realidad también te lo estoy diciendo todo”.

Y no me contestaste, y yo concluí que no había tema, que tu frase sólo podía ser interpretada como un bonito juego desde la perspectiva de mi polla. Así que ahí se quedó la historia.

Hasta otro mail tuyo. También dado a ser malinterpretado, y ya me parecía demasiada casualidad, así que volví a tirar del hilo. Y esta vez sí entraste al trapo.

Cuatro mails después tu móvil quedaba grabado en mi agenda.

Íbamos a quedar para unas cañas.
Fuimos posponiéndolo, hasta el punto de que los mails que nos enviábamos ya llevaban como asunto “Historia de un desencuentro”.

A lo largo del juego cibernético, yo mantenía una misma línea, con textos llenos de provocaciones, algún piropo e incluso una rima para hacerte reír.

Tú en cambio resultabas más misteriosa, más juguetona todavía, más lista.

Dos semanas después de haber iniciado el juego, quedamos. Ayer. A las nueve de la noche de un jueves festivo, para tomarnos unas cañas y picar algo por ahí. A las dos y media de la madrugada te dejé en un taxi camino de tu casa, después de cinco horas de intensas charlas, de miradas golfas, y de insinuaciones que ya no lo eran.

Menuda lección me diste.

Ahora que puedo decir que algo te conozco, afirmo que eres borde, que eres directa, que te gusta el juego cuando marcas las reglas, y que te gusta ponerme nervioso. Porque me pusiste nervioso, aunque ya te diste cuenta, ya me lo hiciste confesar. Huyes de hipocresías y convenciones sociales, te conoces bastante, no te cortas en decir lo que te viene a la cabeza y eres una profesional en eso de meter pullas. Y conoces a las personas. Yo pregunté para saber de ti, y a ti te bastaba con leerme los ojos.

Tanta confianza fluyó en ese ambiente de supuestos desconocidos que terminamos hablando del motivo de la cita. Yo apunté que parecía obvio que había tema. Y tú no me lo negabas, pero seguías mostrándote ambigua mientras me clavabas tus ojos de agua de mar y te maquillabas con una sonrisa enorme. Y me decías que sí, que parecía obvio, pero que qué pasaba por eso. Que habías quedado como quedas con otros del sector, como buena relaciones públicas que eres. Mentirosa te reconocías luego, para que me creciera y tenerme cual cordero, relajado y feliz, sin sospechar el estacazo que me darías después, haciéndome descender como un meteorito, desintegrándose mi ilusión de galán contra tu atmósfera de mujer fatal. Y, sin pestañear, insertando tu pupila en mi medula espinal, me preguntabas que qué era lo que yo me esperaba de esa cita. Y yo ya, con dos cervezas de nombre Fin del Mundo - elegidas por ti, mujer de armas tomar - y un cacique-limón rellenando mi estomago, confesaba que tal vez echarte un cacho de polvo, y que lo sabías, que era evidente que esa podía ser mi pretensión. Y decías que sí, que lo sabías. Y punto. Y te quedabas ahí, callada. Y yo te decía que joder, que aún sabiéndolo ibas a ser capaz de quitarme la cara si me lanzaba a comerte la boca. Y me volvías a decir que sí, y que no me pusiera nervioso, mientras me agarrabas la pierna y acercabas la cara, invadiendo un espacio vital que yo no quería que existiera, porque estabas provocando la mayor de las lujurias.

Y así se quedó la cosa, en un toma y daca continuo, envasado en mis carcajadas y en tus sentencias demoledoras. Y me propusiste comer hoy. En mi casa. Y lo pactamos con un gracioso apretón de manos (me gustan tus manos, de dedos finos y blancos).

Y me voy que ya me has mandado el mensaje de aviso de que estás en camino. Mensaje de dos frases que me recuerdan con quien me estoy enfrentando: “Salgo ya, así que calcula y no me hagas esperar”. Toma zapatilla. Como para no apagar el ordenador, ducharme y salir escopetado. Qué perra, yo que inicié el juego, y ahora soy pieza y tú la que tiras los dados. No sé a que nos llevará esto, ayer yo esperaba que a la cama, pero ahora la verdad es que me da igual, porque lo estás haciendo más intenso y divertido de lo que me esperaba, aunque quiera seguir probando tu boca. Me has impresionado, gratamente, y me has puesto nervioso, hija de puta. Comamos, pues.