Septiembre, y vuelta a empezar.

De nombre desconocido, de una nacionalidad cualquiera, de destino incierto, como su procedencia. Ya la he visto otras veces, a la misma hora, con el mismo bostezo y la misma mirada de hastío. Por el color de su piel yo diría que ya agotó sus vacaciones estivales, o puede que esa sea simplemente la tonalidad natural con la que cubre sus huesos. Es probable que vaya a trabajar, a algún sitio y con cero ganas. Será un trabajo de verano, tal vez el mismo de todos los veranos, y por eso ya no le apetece, si es que en algún momento le apeteció. Puede que este septiembre empiece una carrera, o puede que haya decidido no estudiar una licenciatura para ser peluquera, o esteticista, que se dice ahora, aunque por el bolso parece que su destino será Publicidad, o ADE, o yo qué sé, qué más me da.
O puede que viniese de casa de su novio, de estar follando toda la noche y sólo estuviese pensando en dormir algo hasta la hora de comer. Pero no me gusta esa posibilidad. En realidad, no me gusta ninguna. En realidad, no creo que ella, Carla, Raquel o Miriam, se haya fijado en mí en ninguno de los viajes que hemos compartido en el metro. Cuando ella está, es la reina del vagón, que se queda huérfano de belleza cuando su sitio lo ocupa otro, u otra, que puede que también sea muy guapa, pero no será como Carla, Raquel o Miriam. Yo, súbdito, intentó seguir leyendo mi libro cuando la veo entrar al vagón, pero siempre levanto la mirada varias veces en el trayecto para clavar mis ojos en su cuerpo, en su cara, en su pelo, en sus pies, buscando sus tobillos e imaginándome el resto. Y ella no me mira, y si lo hace es de casualidad.
Hoy se ha sentado enfrente mío. El libro abierto delante de mí, y sus pies saludándome, no como su cara, apagada porque no son horas de ir a ningún sitio de buena gana. No he leído nada. He examinado sus diez dedos de uñas pintadas de luto hasta que he conseguido hartarme. Y no la he vuelto a mirar en los minutos celestiales que hemos compartido tan cerca. Es la reina del vagón y no me mira, pero está claro que no hay línea sucesoria posible. Con ella terminará el reinado, y el metro entrará en una república anárquica en la que todas serán reinas y todos serán reyes y el resto sólo seremos lacayos de esos usurpadores.
¿Cómo te llamas, reina? ¿Eres Miriam, eres Carla, eres Raquel, o no eres nada más que una ilusión de mi perturbado cerebro? Estoy aquí, enfrente de ti, y ya que no me dejas leer, mírame y enséñame los dientes, que los labios son preciosos pero no los he visto sonreír. Una reina sin sonrisa no puede gobernar tranquila.

Los humanos primitivos considerarían el sexo con una mujer sólo como medio reproductivo. Como un león, el hombre permanecería a la vera de la mujer hasta que del retoño pudiese cuidar ella sola. Si eso fue así, me planteo lo siguiente:
1 – la monogamia es algo impostado, como la fidelidad. Cultura, cultura, cultura…
2 – si follarse a una tía sólo era para la persistencia de la especie, ¿quién me dice a mí que no follaban entre todos en la búsqueda del placer? Sin corsés culturales, ¿por qué no hacer algo que estoy seguro es placentero?
Conclusión final:
Si me imaginase una sociedad perfecta, encontraría dos vertientes:
1 – 1984. El control absoluto sobre la sociedad, sin confiar en los individuos que la componen y que la podrían corromper.
2 – todo lo contrario. Una sociedad tan desarrollada que permitiese la convivencia sin aristas entre las libertades individuales y el respeto. Una sociedad en la que lo cultural no subyugara a los ciudadanos. Una sociedad en la que cada uno pudiese desarrollar su yo individual hasta el extremo. Una sociedad en la que la fórmula “orientación sexual” no existiese, en la que sólo imperase la consumación del placer. Y siempre dentro del respeto a los demás, claro. ¿Utopía? Woodstock, 1969. Y, más de coña, cualquier garito de techno o de house. En ambos lugares, las drogas ocuparon y ocupan un lugar destacado para ese éxtasis libertario. ¿Y si las drogas nos liberasen de aquello que creemos que es así pero que en realidad sólo es inventado? ¿Y si el LSD permitió a Leary y a los suyos contemplar la vida como realmente es? ¿Alguien puede pillar lisergia hoy día? ¿Y si los gobiernos supiesen del potencial del ácido y lo temiesen porque podría suponer la desestabilización del status quo y por eso encontrar tripis es cada vez más difícil? Vaya…
¿Te lo imaginas?Un mundo perfecto en el que, por fin, la cultura quedase relegada a un segundo plano, por detrás del ello nietzschiano. A tomar por culo el superyo y el yo. Sería la consecución del ansiado ello.
No tengo ni pajolera de biología, ni de antropología, por lo que probablemente todo lo que aquí he escrito no sea más que una vomitona de estupideces. Pero prefiero imaginarme el mundo desde la más completa ignorancia que hacerlo conociendo todos sus engranajes. Una sociedad en la que volviésemos a la bisexualidad primitiva, en la que el amor no fuese atarse a nadie y en la que el sexo no contemplase las venéreas ni los celos, sólo el placer por el placer, como el que se come un helado de chocolate en su casa, bajo una manta y viendo una peli mala, pero siempre respetando al de al lado, que puede que no le entre el chocolate.
Es frustrante pensar que soy incapaz de follarme a un tío porque vivo como vivo y nací donde nací, y no porque yo sea así. Y lo jodido es que, aún concluyendo que todo es cultural, sigo siendo incapaz de imaginarme una escena de cama con un tío. Ha calado demasiado hondo ese poso occidental. No creo yo que los masai se planteen su sexualidad. También eso es cultural. ¿Cuál será la verdadera concepción de la vida en sociedad? ¿La hay? Si soltamos a un tío en una isla desierta a los 3 años de edad, y suponiendo que milagrosamente sobreviva, ¿se plantearía alguna vez follar? Sentiría un instinto de reproducción, claro, pero ¿qué pasaría si viese primero a un hombre en vez de a una mujer, después de años y años de aislamiento, alimentándose a base de peces y sin haber visto en su vida una escena de apareamiento animal en la que basarse? ¿Se lo follaría? ¿Sentiría esa necesidad? ¿Y si fuese una mujer?
Maldita sea, soy hetero porque el mundo me ha hecho así. Qué le vamos a hacer…
Antes sólo escribía ficción, y ahora me cuesta evadirme de la realidad a la hora de escribir. Antes contaba la vida de unos octogenarios que quieren suicidarse de mutuo acuerdo tirándose desde la Torre Picasso después de haber probado los tripis. También narré las peripecias de un vouyeur al que su madre le pilla con las manos en la masa. Incluso me atreví a escribir un melodrama sobre la Guerra Civil.
Y ahora lo que me empuja al papel en blanco es mi experiencia. Y no sé si me gusta o me disgusta. Sé que no es síntoma de pobreza imaginativa. Sólo es consecuencia de mi vaguería y del hecho de que las mejores ideas se me ocurren cuando estoy en la cama apunto de dormirme, cuando no tengo ganas para levantarme a por un boli y un papel para apuntar las escenas que me vienen a la cabeza. Al despertar, sólo pienso en lo poco que me apetece ir a trabajar. Las ficciones desaparecen misteriosamente en mi cabeza para no volver jamás, o para volver a la noche siguiente, pues nunca sé a ciencia cierta si lo que se me ocurre involuntariamente cuando tengo un píe en la vigilia y otro en el sopor es original o si es sólo repetición de ideas anteriores.
Dice Alessandro Baricco, el maestro Baricco, que sólo el que ha estado solo puede ser escritor. Estoy de acuerdo, pero a mí me pasa algo curioso: cuando no estoy solo, la ficción impera. Cuando estoy sin nadie, lo que vivo es lo que escribo. Bueno, eso no es del todo cierto. Entre ambas situaciones está la de no escribir nada, que también la exploto en demasía (¿eh, Leonor?). La soledad como amiga de la imaginación. ¿Qué te parece? Ahora que estar solo se me hace tan cuesta arriba, encerrado en esta puta urbe, retomo el hilo para escribir relatos donde yo sólo soy autor, ni narrador, ni protagonista, ni ostias. El relato que empecé se ha quedado en dos párrafos, esperando con el cursor parpadeante a que continúe creando un mundo. Estoy solo, debería resultarme fácil seguir.
Pero resulta que aquí estoy, otra vez, contando lo que se me pasa por la cabeza y por las tripas, vomitando pensamientos inconexos y sintiéndome mejor porque, al fin y al cabo, estoy escribiendo, qué más da si ficción o realidad. Todo llegará. ¿O no? El que es bueno en algo, lo sabe, reconoce su talento. Otra cosa es que tenga la más mínima idea de cómo explotarlo. Constancia, aprendizaje, perfeccionamiento, técnica, que la inspiración te llega trabajando… sí, si la teoría me la sé…
Cuando termine la beca, empieza la universidad, y me tocará buscarme otro curro. Pretendo irme de casa otra vez, claro, que quedarme con mis padres es recordarme una y otra vez que he vuelto a su casa porque lo dejé con P., y eso es algo que tengo que superar, y me va a costar más si vivo en una casa a la que llegué de rebote por la ruptura. Pero currando de becario, cobrando la mitad de un mileurista, ¿a dónde carajo voy? Tendría que buscarme un curro cualquiera, de media jornada. Pero ya estoy cansado. He trabajado de camarero, de acomodador en cines, dando clases extraescolares en colegios,…, suficientes curritos para haber satisfecho ya holgadamente mis ansias de tocar varios palos laborales, de los buenos y cómodos a los malos y duros. Si voy a ser periolisto, me tocará trabajar de periolisto, y ya es hora de empezar, ahora que ya he cogido el ritmo. Pero entonces pienso ¿qué quiero hacer con mi vida? ¿Quiero ser de verdad periolisto? ¿Periolisto de qué? ¿De política? No. ¿De deportes? No. ¿De economía? La economía para quien la entienda. ¿De qué entonces? De cultura, claro. De cine, por supuesto. Pero, ¿cómo?
Y en esas estoy cuando ya es 17 de agosto, cuando hace frío en Madrid, cuando me desespero por mi encierro en la urbe, cuando septiembre y sus exámenes están a la vuelta de la esquina y cuando estudiar más de dos horas seguidas se me presenta como la gesta de entre las gestas.
Sí, me escapo los fines. Sí, me emborracho, y follo, y fumo, y río, y corro, y duermo, y nado, y bailo, y canto… pero sólo los fines de semana. De hecho, sólo han sido dos fines de semana. Y luego llega el lunes y Madrid me saluda a base de claxons que hace años se habrían retirado estos treinta y un días. Mi casa, ocupada sólo por mí, se me hace enorme. Sé llevar la soledad, no me incomoda. Pero no es la soledad lo que me saca de quicio. Es la imposibilidad de salir de aquí, de tener un verano aunque sea de quince días. Es el segundo año que paso sin vacaciones. El primero fue porque a P. y a mí nos podía la ilusión de irnos a vivir juntos, y había que currar para ello. Ahora, mis vacaciones se frustran como se frustraron mis planes de futuro hace no tanto. No estoy triste, no estoy deprimido,… sólo un poco adormilado y un mucho hasta los cojones de esta ciudad inhumana, fría, enorme, y encima, no vacía en agosto. Mis amigos van y vuelven, pero al menos van. Yo, por no tener, no tengo un sitio al que volver, porque no quiero volver con mis padres, pero no tengo dinero para ir a ningún sitio. Sólo me queda un año de carrera, lo suyo sería que esperase a terminar estos estudios que no me han enseñado nada para independizarme por segunda vez. Pero el cuerpo, los ánimos, los recuerdos y las ganas de hacer tabula rasa se imponen a la lógica. Quiero irme de casa, pero no puedo. Quiero irme lejos de Madrid, pero no puedo. Quiero… quiero… quiero… quiero que pasen los exámenes, suspenderlos o aprobarlos, que se termine la beca, tirarme en un coche y que me lleven lejos, aunque sólo sean tres días, uno más que un fin de semana. Ay, si tampoco tengo coche. Sólo me tengo a mí, y aunque me es suficiente muchas veces, otras quiero… quiero… quiero… vacaciones!!!!!! Mucho pedir para un becario de periodista. Mucho pedir para un chaval de 25 que ha pasado el año más ajetreado de su vida. Mucho pedir para un madrileño que no se siente gato ni chulapo, aunque sé que lo soy, porque hago miau y me restriego cuando me gustan y porque soy chulo cuando follo, cuando fumo y cuando bailo. Lo que pasa es que en dosis de fines de semana eso se me empieza a olvidar. Ya no sé quien soy, si gato o pez fuera del agua. Mierda de pecera.
Tres años sin empaparme del medio rural nocturno y alevoso.
Reencuentros, conversaciones absurdas, sorpresas ante los resultados de la lógica evolución a la que yo no he asistido. Sorpresas como J. Ya no tiene tan poquitos años, ya no es sólo la hermana de L. Es una chica de 22 años que pide a gritos independencia fraternal, sólo a ojos de los demás. Supongo que ser hermana pequeña termina siendo un adorno del que hay que desprenderse para ser vista por los demás como un ser individual. No parece que pase lo mismo con los tíos. Yo soy hermano pequeño y nunca ha sido un lastre a la hora de ligarme a las que fueran amigas de mi hermano. Bueno, ahora que lo pienso, creo que nunca me ligue a una. Mierda. Tal vez esté equivocado…
Pero retomemos, que me pierdo. Saludé por allí, bebí por allá, reí más aca, y vi a J. Me acerqué y no me reconoció. Me reí, la increpé, y ella mucho ay, ay, que no, que no. Charlita de puesta al día a cerca de las vidas respectivas. Ella estuvo de Erasmus en Lyon y esa noche era su cumpleaños. Cumplía 22 y me llamaba guapo siempre que podía.
La conozco desde que tenía 13 o menos. He jugado con ella al calienta manos, en plan amigo de la hermana mayor majete que se enrolla con los críos. La he empujado en el río y vacilado con facilidad, y nunca pensé de veras en lo guapa que podría llegar a ser.
En las escuelas, pasando el frío con el que te saluda Gredos de noche, con un Cacique limón en la mano, el mundo bien agarradito en la otra, y los ojos de dos colores, verde por fuera y azul al lado de la pupila, brillando como linternas, J. me sonreía al decirme que ya tenía 22 años, que esa noche era mayor aún. Ahí se quedó la cosa, pero ambos sabíamos que sólo durante unas horas.
Bajada a las Acacias, a apoyar el codo en la barra de chapa que montan los bares del pueblo y a despotricar contra lo mal que suenan los tipejos esos del escenario. En esas me tomo una más con L., cuando ya la melopea está a punto de entrar en los anales de la historia pueblerina.
(Extracto que recuerdo, lo cual supone una declaración de los hechos tan fiable como la primera de Farruquito).
- Tía, tu hermana me está poniendo malo.
- Joder, Julio… ya lo sabía.
- ¿Te molesta?
- No… pero… no sé, por mucho que yo esté con un tío, tú siempre tendrás un huequito ahí [mano al pecho]. Ya lo sabes.
- Ya, tía… si ya lo sé, si yo siempre te tendré un cariño brutal, ya te lo he dicho mil veces, ya lo sabes. No sé… mira, si te va a suponer algo, yo paso de tu hermana y no hago nada.
Le doy un trago más al nuevo Cacique y L. estalla en una carcajada que me provoca un efecto aspersor haciendo que el ron que estaba a punto de tragar termine por la barra.
- Ya, claro. Eso no te lo crees ni tú, Julito.
- Ya, tía, no sé para qué te lo digo. Pero… joder, me ralla ahora esto.
- Nada, tío. Haz lo que quieras. Pero no esperes que me dé igual.
Un par de copas más, termina la orquesta de cuyo nombre no es que no quiera, es que nunca podría acordarme, y de excursión a Discoflay, no por ganas, si no por ser el único sitio a esas horas que mantiene la esperanza de los alcohólicos. Sólo unos pocos del grupo inicial, de los que habíamos quedado para el botellón hacía unas cinco horas, aguantamos ese último repecho, al más puro estilo Rasmussen, es decir, dopados hasta las cejas y con más fuerza que nunca. L. fue de las que se rajó y retornó a casa. Yo no pregunté porqué, aunque lo sabía, claro.
Llegamos, nos abrimos paso tambaleándonos entre cuerpos que ya se tambaleaban, y alcanzamos nuestro rincón de siempre, al fondo a la derecha. A los dos minutos, J. me estaba mirando pegadita a mí. Entre el maremagno de gente, ella, cual marine de los EEUU, se había escurrido sin ser vista hasta su objetivo. A los dos minutos, mientras yo hacía como que bailaba, menuda imagen, pensaba mientras la miraba en darle dos besos, sin más, que es lo que se dejaría, que al fin y al cabo es J. y un halo de niña aún la envolvía a mis ojos. Pues me conformo, concluí. Unos besos tiernos y para casa. Así que balbuceando le dije: ¿Y qué va a decir tu hermana si te como ahora la boca? Y ella se rió. Y yo me acerqué a su cara. E hicimos el cíclope, que diría Cortázar en su capítulo 7. Y la besé. Y a los dos minutos nos fuimos. A mí casa. En silencio, para que no se enterasen mis padres, qué osadía la mía. Y en la habitación, para mi sorpresa, follamos, y follamos de lo lindo. Joder con la niña. Me ahogué en el mar de pecas que inundan su nariz y sus carnosos mofletes, le mordí los labios que cierran unos dientes más blancos imposible, le besé la frente, del color de la miel, como el resto del cuerpo. Me perdí en sus ojos azules, o verdes, o qué sé yo. Y a las nueve y pico de la mañana se fue, después de habernos reído, de habernos corrido, de habernos hablado mientras nuestros cuerpos tomaban el mando. Y al día siguiente, su familia, amiga de la mía, fue, como todos los días de agosto, al mismo charco del río al que vamos nosotros, en familia también. Menuda situación.
L. estaba rancia, no conmigo, con J., que es su cumple y su hermana ni la saluda. Risas con mis primos, que fueron cómplices, como el hermano mayor de J., que no me llegó a vacilar aunque lo estuve temiendo todo el fin de semana, pero sí me miraba pícaro, y a casita a comer, que el río da mucho hambre.
Siesta. J. apareció a las ocho para la segunda siesta. Y follamos y hablamos de L. y yo le dije que no iba a tomar partido, que entre hermanos, no metas las manos. Y J. sonrió y apuntó "sí, claro, y lo dices tú". Enorme, eso es clavarla. Y a las nueve se fue que celebraban el cumple en familia. Yo ya te he dado mi primer regalo, le dije, chulo. Quiero más regalos, y mejores, contestó ella, en plan Lolita descarada.
Y así, entre noches que terminan entre sábanas y siestas en las que no se duerme, y un lunes por la tarde que pasamos desnudos en el río, follando entre las rocas como animales, he pasado mi último fin de semana.
Cuánto tiempo hacía que no iba al pueblo. Cómo crecen las flores, qué rica está J., qué bien nos lo hemos pasado, y L., tía, yo también te quiero, pero deja que los demás coman de lo que quieran. Sé que la he liado, pero no me siento mal, ni culpable, no puedo esperar que todo lo que haga o deje de hacer le siente bien a todo el mundo. Hoy soy yo, mañana lo mismo me invade la solidaridad y pienso más en los demás, pero hoy no. Y no lo siento.
Y el mareo termina cuando dejas de llorar,
Cuando entiendes que luchar ya no merece la pena.
Volviste a intentarlo, buscando quitarte una espina
Clavada, atravesada, incrustada, olvidada en tu cabeza.
Tal vez no lo intentaste como ella esperaba,
Tal vez fue ella que no vio tu esfuerzo como tú lo veías.
La culpa no es de nadie, sólo de la vida, que a veces es una mierda.
Pero sólo a veces.
Ayer tirasteis la toalla, y no te arrepientes.
No, estás tranquilo, apenado por las imposibilidades, pero tranquilo.
Porque ya no hay espina.
Porque lo intentaste.
Porque no salió bien el experimento, pero al menos experimentasteis.
Tú y ella contemplabais la lógica posibilidad de que saliese mal.
Otra vez, por segunda vez, si salió mal a la primera…
Podía ir peor a la segunda.
Lo sabíais, y así ocurrió. Maldita sea.
Y más vueltas que da la vida.
Y ya no lloro, pero aún me mareo.
Podrías sentirte cucaracha, por dejarla una vez e intentarlo de nuevo.
Cuando ella ya lo había superado. Pero la vida dio un vuelco, os reencontrasteis, y quisisteis volver a probar.
No te sientes egoísta ni cruel, ella no te ve así.
Ella, que es tan magnífica, sabe que teníais que recaer.
Sólo así podríais saber qué hay y qué no hay.
Ahora ya sabéis que no hay nada.
Ahora ya podeís dar vueltas subidos a la vida.
Sin ganas de luchar por la que es la mujer de tu vida.
Entiendes por fin que no puedes estar con ella.
Entendiendo por fin que eso no es una incongruencia.
Es sólo la vida, que a veces es una mierda.
Pero sólo a veces.
A veces simplemente no puedes estar con la mujer de tu vida.
Y eso es una mierda. Siempre. Pero es.
No queréis sufrir más, no queréis haceros más daño.
La vida sigue, apestando a estiércol, pero sigue.
La perfumería está a la vuelta de la esquina, y ya no sientes rencor contra ti mismo.
Sigo siendo Julio, pero es su nombre el que ya no pondré más, aunque sólo apareció aquí una vez, cuando creí que volvería salir bien, cuando confié en nuestras ganas y en nuestra lucha, cuando comprendí que había que intentarlo una vez más porque no hay nada peor que lo que pudo ser y nunca fue (SuperSkunk dixit). Sigo siendo yo, sonrío, pero apesto. Llegará un día, más pronto que tarde, que volveré a embriagarme con el olor de la vida, que es maravillosa, excepto en algunas ocasiones. Ya lo dijo El Cuervo: “it will not rain forever”.





