Recomendaciones sensatas, explicaciones expertas, lúcidas sentencias y consuelos sinceros. De todo he recibido, todo lo agradezco, todo lo escucho y lo interiorizo a la voz de “joder, es verdad, así es”.
Pero sigo pensándote… No pienses, identifica tus neuras, deséchalas, no quieras saber qué hace ella o que deja de hacer; mantente ocupado, no te creas que las cosas son como las ves ahora, cuando estás hundido. Todo recuperará para ti su justa medida.
Todo eso me dicen, todo eso acepto, todo eso acato. Pero sigo pensándote.
Sí, lucho contra mis neuras, contra mi poderosa imaginación, contra mí mismo, pero de momento no ganamos nadie.
Tiempo para volver a ser yo. Tiempo para dejar atrás la euforia primeriza y la depresión posterior. Vivo sumido en el ciclo de la Diosa Economía. Experimenté la bonanza, luego vino la recesión, como siempre ha sido. En su devenir fisiológico, ahora le llega el turno a una nueva etapa de superávit y arcas saneadas. Sigamos entonces el prospecto firmado por mis mejores doctores, vivamos lo que podamos y como podamos, que al fin y al cabo poco podemos influir nosotros en el natural discurrir de la deidad monetaria. Estemos como estemos, el euro se devaluará o se revalorizará. Tan solo queda aferrarse a la esperanza de que algún día alcanzemos el déficit cero. Mientras tanto…
Me va a reventar el pecho y la cabeza. El crack del ’29 en mis entrAÑAS, la crisis del petróleo del ’79 en mis neurONAS, arquitectas de patrAÑAS; yo soy el que lo sufre pero no el que lo mUEVE; soy el que por fin aprende que tampoco ahora si te vistes con sonrisas, desentONAS.
(rimas varias sacadas del abismo)
¿Alguien sabe cómo dejar de pensar? ¿Cómo sabré cuando las neuras dejan de ser neuras para ser simplemente claros pensamientos? ¿Por qué le tengo miedo al tiempo, si sólo deseo que pase?
P. – Tío, ahora sólo puedes dejar pasar tiempo.
Tú – Ya, pero me da miedo. Me da miedo dejar que pase el tiempo, dejar que cada uno rehaga su vida completamente. Si pasan seis meses y los dos ya estamos estupendo, ¿para qué va ella a llamarme a los seis meses? ¿Para tirar por tierra lo que ha conseguido?
P. – Eso no lo sabes, no puedes decidir por ella, decide por ti que suficiente es. Y ahora no puedes decidir nada, estás deprimido, tío, y la depresión hace que veas las cosas distorsionadas. Me decías antes que te sentías pequeñito. Y, claro, si tú eres pequeñito, todo lo demás lo ves enorme, mejor que tú. La ves a ella mejor que tú, ves incluso gigante al pibe que se la folló este finde, y perdona que te lo diga así, pero así es. Tienes que darte cuenta de que ni tú eres pequeño ni el resto son enormes. Eres igual de grande. Pero para eso necesitas respirar hondo, tener tiempo, y pensar lo justo.
Tú – Ya, tío, pero no puedo dejar de pensar.
P. – Pues tienes que empezar a identificar tus neuras. Que además son cíclicas, y se repetirán en tu cabeza, hasta que llegues a identificarlas y decir ‘mmm, ésta me la conozco’. Entonces, cuando veas que te asalta una neura, tendrás que darle al botón “Neura”… piiiii… y pasar de ella, decir fuera. Tú ahora no estás para decidir cosas importantes, como volver con ella. No. Tu liga ahora es otra. Tú ahora tienes que decidir sólo cosas como ¿qué me apetece hacer que me vaya a resultar saludable? ¿A quién llamo, a Menganito o a Fulanito? ¿Qué hago el sábado, me voy a Chueca o a la fiesta de no sé quien? Eso es lo que tienes que pensar, en nada más. Las trascendencias las dejas para cuando estés mejor.
Tú – Es verdad, tío. Pero…yo qué sé… ahora pienso que lo que no me gustaba de la relación sólo lo puedo achacar a la convivencia. Y, claro, eso me lleva a pensar que sería maravilloso volverlo a intentar, ella en su casa y yo en la mía, desde cero. Que podemos hacerlo, que nos llevábamos debuti, …
P. - ¿De verdad que sólo le achacas cosas a la convivencia? Bueno… eso se llama el síndrome de la edad dorada. Cuando estás hundido en la mierda te crees que cualquier tiempo pasado es mejor. Nada. Mentira cochina. Es como pensar que tú eres lo peor. Cuando estás deprimido, crees que así es como eres de verdad. Un despojo, un asco de tío. Pero no es verdad. Tú no eres así. Tú eres más como cuando no estás deprimido. Pero para ver eso tienes que racionalizarlo todo y tener perspectiva, y ahora no la tienes. Tiempo, tío, tiempo.
Tú – Puto tiempo.
P. – Y desde luego lo que no puedes hacer es darte tanta caña, que te das mucha caña. Que no te dejas pasar una, coño, que no te permites un fallo. Y deja de intentar averiguar quien es el que se la folla ahora, que eso no te hace ningún bien.
Tú – Soy demasiado curioso.
P. – Pues te jodes, y te callas, y no preguntes. Y lo que tampoco deberías hacer es verla, tío. Viéndola como la viste el otro día, cuando fuiste a su casa, lo único que hace es que ella, en el archivo mental que tiene de ti, guarde cada vez más imágenes de tu cara de bajón. Y, por tu parte, si insistes en verla, lo que vas a tener en tu archivo son las caras de los tíos a los que se folla. Necesitas tiempo sin verla, tío, y que eso no te dé miedo. Es imposible que dejéis de saber el uno del otro. Tenéis amigos en común.
Tú – Ya, pero me apetece verla.
P. – Pues te jodes. Por tu salud mental, deberías tirarte un tiempo sin verla y haciendo lo que te apetece y que te reporte satisfacción inmediata. Y deja de pensar.
Tú – Para eso os necesito a vosotros.
P. – Aquí estamos, tío, aquí estamos. Tú no eres pequeñito, tío, eres grande y tienes el mundo a tus pies. Confía en ti. Nada es irreversible, además.
Tú - Además...
Hoy ves que tampoco es ésta la vida que quieres.
Al dejarlo, estuviste un tiempo convencido, entero, coherente, “bien”.
Al mes, estabas flaqueando, dudando, pensando, “mal”.
Hoy estás hundido, imaginando, añorando, pensándola, deseándola.
No sabes si la fuerza que las dudas tienen ahora se debe al proceso en sí o a lo acaecido este fin de semana. Si las preguntas que dinamitan tu cabeza son producto de la noche del sábado, desaparecerán, con o sin respuesta. Estarás en el camino correcto.
Pero si las dudas sólo se han visto reforzadas por lo del sábado y son el resultado de un mes de monólogo continuo, estás jodido, estarás andando por el fango, dándote cuenta de que en la última bifurcación no elegiste el camino de bonitas vistas y sano andar.
Por primera vez en dos meses, de repente te arrepientes de lo que has hecho, de dejarla, a ella, a la única persona que te conoce, a la única mujer capaz de meterse en tu cabeza, bucear, y salir con una sonrisa y el pescado más grande y gordo.
El lunes quedaste con ella y te perdiste en su boca, en sus ojos, mientras en tu cabeza retumbaban las confesiones que tú, imbécil, le obligaste a hacer, movido por la curiosidad y tentando el dolor de conocer. Supiste entonces todo lo que ocurrió del sábado por la noche al domingo por la mañana. Expulsaste a la ignorancia, murió tu inocencia, y se impuso la rabia, la incomprensión, el enfado contigo mismo por sentir esas cosas.
El sábado por la noche ella salió con L. y M. Él es amigo tuyo, ella lo es suyo, vosotros les presentasteis y os han sobrevivido. Se encontraron los tres, oh, casualidad, con el resto de tus amigos, y decidieron unir fuerzas y hacer juntos la noche.
De eso te enteraste ayer. Te lo contó uno de tus amigos. Te narró vago que la vio bien, que no hablo mucho con ella, pero que todo muy bien y sin dramas.
Pero lo que no sabías es que L. y M. terminaron esa noche, esa madrugada, ese amanecer, en la casa de ella, en la casa de los que hasta hace poco eran tus suegros. L. y M. llevaban instalados en su casa desde el viernes.
Y tú, gilipollas, conociéndola, sabiendo que ella si invita a una pareja a su casa se busca convertirse ella también en pareja, vas y se lo haces decir. Intuyendo incluso quien es el tío al que ella llama de madrugada y él acude sin dudarlo, lo que te lleva a pensar, pensar, pensar, que no es la primera vez que se lo folla, vas tú, estúpido, y buscas confirmación de que efectivamente es él. Ya le pones cara. Ya puedes imaginar. Ya puedes visualizar un fin de semana entero en tu cabeza, un fin de semana ajeno a ti.
Un fin de semana en el que un amigo tuyo compartió porros y risas con el tío que se ha estado follando a la chica a la que ahora, serás subnormal, te das cuenta que lo mismo sí que sigues queriendo.
Un amigo tuyo. ¿Cómo te sentirías tú si yo me follara a alguien estando M. en la misma casa, fumándose M. unos petas con ella, riéndose con ella, llevándose bien con ella? Le preguntas, en buen tono, no estás enfadado con nadie excepto contigo mismo, sólo quieres que entienda. Ella sabe que tú tampoco has perdido el tiempo, que has follado con alguna. Pero no les puede poner cara.
Tú no sólo puedes ponerle cara, porque le conoces, sino que un amigo tuyo también.
Antes que tú, un amigo tuyo sabe quien es el que se folla ahora a la chica ante la que llorabas ayer.
Te sientes pequeñito.
Te sientes humillado, inexplicablemente. Y eso te enfada, te hace sentir asco de ti mismo. Te sientes machista, egoísta, retrogrado.
No buscas que ella lo entienda, no lo entiendes ni tú.
Escribes esto en segunda persona, habiendo pasado casi un día, buscando alejarte de la situación, ponerte como arbitro para no ser el flacucho que no puede parar de tejer historias, conversaciones, polvos, de escuchar gemidos, de oír como L. y el que no eras tú se ríen.
El que no eras tú.
Entre lágrimas, dices que es una mierda no ser tú el que estuvo el fin de semana con ella, con L. y con M. en casa, en su casa. Sorbes mocos y añades un como siempre que se queda resonando por las paredes encaladas de la casa de sus padres, de los que fueron tus suegros. ¿Qué coño haces ahí, tonto de los cojones? ¿A qué has ido, a que ella coja un cuchillo jamonero, tú le cojas a ella la mano, y empujes hacia tus tripas el cuchillo, esperando atravesarte de una santa vez para que la hoja no se quede dentro, revolviendo tus entrañas, tal y como está ahora?
Al final te fuiste de allí horas después. Después de abrazaros, de conseguir volver a reíros, de tentaros el uno al otro, de besaros incluso, sintiendo raras las sensaciones pero anhelantes los besos, te has ido por fin.
Pero hoy aquí estás, en segunda persona, deseando ver a todos tus amigos y que te consuelen pero sin querer llamarles porque sientes que tú no eres el que debe preocuparse por marcar un número (estás equivocado, seguro), y escribiendo folio y medio sin llorar pero sin dejar de pensar. Y dudar.
Joder.
En tu ausencia he salido con compañeros de clase, con mis amigos de siempre y con colegas reencontrados. En tu ausencia he follado con una colombiana; he visto de gratis conciertos por los que la gente pagaba; me he puesto de un perico exquisito pero demasiado caro; he bebido ron del bueno y del malo, cerveza caliente y sin espuma en un césped, al sol y rodeado de chicas con poca ropa y tíos con rastas y tatuajes en el pecho, y también he catado tercios de Heineken en una terraza del centro de Madrid, con jóvenes bohemios y puretas exprimidoras de domingos; y he pensado en ella, en la que fue la chica de mi vida hasta hace poco, hasta que decidí y luego explicité que aquella no era la vida que yo quería.
Han sido cuatro días en los que sólo descansé uno; he estado obcecado en recuperar la vida social robada por los exámenes, que me han hundido en una eterna reflexión cuando lo que mi cabeza requería era hiperactividad para no pensar y pensar y pensar.
El martes firmé mi último examen, volví a beber calimocho como cuando tenía 16 años y a las 15:30, mientras la gente comía en mangas de camisa, a mí me dejaron en Alcorcón a ver si encontraba un lugar en el que pillar porros para fumarme los conocimientos adquiridos durante mi vago estudio. Suelo terminar bien esas aventuras fumetas. Me acogió el primer árabe al que pregunté, guiado yo como siempre por esa flor que tengo tatuada en el culo. Me engañó el tipo diciéndome que sólo me iba a guiar a un sitio que conocía, que él también fumaba y que la cosa estaba muy mal. Solidaridad fumeta. Por el camino hablamos de mi carrera y de su estancia en la cárcel. Me sonreía con sus dientes grandes y amarillos, y sus ojos apagados no se resignaban a seguir mirando, hundidos en su cara morena y chupada. Al final fue él mismo el que se rebuscó en los calzoncillos y me dio 20 euros largos y ricos. Me dijo que de primeras no me había dicho nada porque bien podría ser yo un espía. Las gafas de sol, le dije yo riendo, y me las quité, y el moro comprobó como mi mirada curiosa pero todavía soñadora como la de un niño nunca podría ser la de un espía.
El miércoles una amiga cumplía años y había conciertos gratis en la Complutense. Fui con otra amiga y la cumpleañera se vino también acompañada, por otra fémina, nacida en Bogotá. No vimos los conciertos, pero los oímos entre trago y trago de ron, hasta que nos fuimos a la caza de bares abiertos. Un miércoles. Un miércoles que no terminó hasta las 11 de la mañana del jueves, cuando me despedí de la colombiana, después de haber compartido un largo amanecer bajo unas sábanas que no nos pertenecían.
Ese jueves, claro, sólo pude descansar, desoyendo planes cerveceros y tertulias estivales, molidas las piernas y un poco el hígado.
El viernes, en tu ausencia, cenita con los de clase para celebrar el fin de exámenes. El que es mi mano derecha en la facultad y yo pillamos farlopa. Gran noche la de aquel día, en la que empezamos comiendo cosas indescifrables en un chino, bebimos en la calle unas botellas que le compramos ilegal y económicamente al mismo chino, cerramos La Ofrenda en Malasaña y terminamos la droga en un portal cualquiera. Una compañera de clase decidió unilateralmente que aquella era la noche perfecta para tirarme los trastos, y, armada de paciencia y esperanza, no cejo en su empeño hasta que el alcohol terminó por dominar sus sienes. Cierto es que yo puede que la hubiese dado pie días atrás, porque a todos nos gusta sentir como crece nuestro ego cuando vemos que hay alguien que nos mira con ojos que quieren y nos habla con boca que desea. Es rastrero, es ser un calienta pollas, algo que yo siempre denigro. Hacerla creer, sin querer, que su interés por mí no caerá en saco roto, pero sólo porque me halaga. Lo hice mal y ella no supo parar de intentarlo. Mi pedo se fue al garete y yo me fui a casa, recriminándome mi actuación y sintiendo lástima por la muerte de un pedo divertido y por la desilusión de mi compañera.
El sábado vi música en directo, oí a La Excepción rimando y vacilando, bailé electrizado cada acorde de la guitarra de Muchachito y mis piernas me siguieron doliendo hasta el domingo por la mañana, tanto por los esfuerzos que hice el miércoles entre los brazos de una colombiana como por los botes que di el sábado entre ritmos de bombo.
Ayer, domingo, todavía en tu ausencia, decidí terminar la semana fuera de casa. En las Comendadoras, ante un par de Heinekens frías, me enteré de que los que no fueron conmigo a bailar rumba salieron a dejarse atrapar por el techno en algún garito de Madrid. Me enteré, el domingo, con el cuerpo en horas bajas y la cabeza con andamios, que esos amigos se encontraron con esa chica con la que viví hasta hace muy poco. Me enteré, el domingo, mientras vaciaba un par de botellas verdes y rememoraba las mejores jugadas de los últimos días, que mis amigos habían estado toda la noche y parte de la mañana con ella, bailando con ella, hablando con ella, drogándose con ella, riendo con ella. La vida sigue, y de qué manera.
En tu ausencia, en una terraza cara de la que al final nos fuimos sin pagar, me trastorné escuchando el devenir de la noche, imaginando los pensamientos de la chica a la que mejor conozco cuando se encontró con mis amigos y cuando decidieron unir fuerzas y borracheras y hacer la noche todos juntos.
En un momento en el que imperan las dudas en mi cabeza, cosa normal, digo yo, éstas se potencian cuando pienso que me hubiera gustado verla por un agujerito, comprobando como es capaz de pasárselo bien y seguir siendo reina de la noche aun estando acompañada por mi recuerdo en forma de personas casualmente encontradas.
No existen las casualidades, sino las causalidades, me dijo el viernes noche, entre tiro y tiro, mi compañero de penurias en la uni, sorprendido de que yo no conociera esa frase.
En tu ausencia me han pasado todas estas cosas. He reído, he bebido, he follado, he pensado, he esnifado, he besado, he llorado, he hablado, he discutido, he tropezado, he bailado, he recordado, he fumado, he añorado, he creído, he confiado, he dormido, he trasnochado, he dudado y me he convencido.
En tu ausencia.
Joder, ¿dónde coño estabas?
(Benet J., Vicente; La cultura del cine. Introducción a la historia y la estética del cine; Paidos; Barcelona, 2004; p.17)
¿Por qué a las diez de la mañana?
Hasta aquellas primeras diez de la mañana, las campanas de las iglesias de un pueblo del sur de Francia daban las diez de la mañana en un momento diferente a cuando lo hacia uno del sur.
Hasta aquellas primeras diez de la mañana, si cruzabas EEUU de punta a punta, cambiabas la hora doscientas veces (extraído del mismo libro).
Hasta aquellas diez de la mañana, el tiempo no se transformó en el dios que es hoy. Antes, en forma de demiurgo, iluminaba las reivindicaciones de los trabajadores contra los empresarios y justificaba el ocio del rico, pero no dominaba el mundo de punta a punta. La luz y su ausencia pesaban más que lo que dijeran una aguja larga y otra más corta.
Pero aquel 1 de julio de 1913, el tiempo se convirtió en el Tiempo, regidor de los actos de los individuos, más poderoso que el sol y la luna.
Le dimos la vida al tiempo, y sólo muriendo le matamos.
Un día de verano, en lo alto de la torre Eiffel, parimos el tiempo. Es romántico, es novelesco, es inquietante.
¿Quién le dio al botón? ¿Quién ejecutó la última acción necesaria para que la señal inmortal saliese disparada?
Nadie.
Lo único que importa es que eran las diez de la mañana, y que sólo a partir de ese mismo instante podía afirmarse semejante cosa.
El tiempo, el tiempo, el tiempo… ¿en qué maldita hora…? Mierda, inmenso poder el suyo.
P.D.: ¿en un libro de cine? Sí, en un libro de cine.
Jonás es un vago que hace lo que le apetece pero no sabe si lo que quiere. Se deja llevar y sonríe.
Lucas tiene iniciativa, quiere cambiar, no sabe cómo ni en qué se quiere convertir, pero sabe.
Y Marcos es el que está cambiando, el que lo está logrando, o eso cree.
Y yo soy los tres, juntos y revueltos, uno encima de otro y el otro más arriba. Marcos duerme sobre mi cabeza; Jonás descansa enredado entre mis vísceras; y Lucas está bien a gusto en mi entrepierna. Los tres soy yo, yo soy los tres.
Una vez alcanzado este veredicto, es obvio que no les puedo matar. Así que he optado por hacer lo siguiente: yo, o la suma de esos tres seres engendrados por mi imaginación, también protagonizaré relatos, anécdotas, cosas que contar o que yo creo que tengo que contar. A veces se impondrá Jonás, o Marcos, o Lucas, como ha venido ocurriendo hasta ahora, en mi vida y en este blog que cada vez entiendo menos. Avisé sobre ello, y aviso ahora sobre la novedad. Quiero volver a tomar las riendas de esos caballos desmelenados que tiran de mi diligencia. Quiero ser piloto, no pasajero. Quiero ser el que toca la flauta, no la cobra que baila el sonido sin morder al músico.
Para empezar diré que no me llamo ni Lucas, ni Jonás, ni Marcos… ni Julius. Para empezar diré que nada de lo escrito aquí desborda un ápice los límites de lo que he vivido (inciso: tampoco creo que los blogs deban versar sobre la realidad tangible y pensable, un poco de ficción ayuda, incluso a crear esa realidad, pero bueno, me uno al mare magno de blogs tipo diario cibernético). A buenas horas una introducción que encima es redundante… Pues sí. Pero ya está escrito, y la tecla Del me queda lejos (se impuso Jonás).
Para empezar diré que soy becario (sí, “soy becarioooooo”, o mejor aquella de Raphael “becaaaaaaariooooo”, en vez de Acuaaaaariooooo, claro). Pues eso, precario becario al que sodomizan a diario. No, eso es una frase hecha. Soy precario, claro, es obvio, mi sueldo no es un sueldo sino que recibe el rimbombante y educado título de “Beca de apoyo al estudio”. Pero mi culo sigue virgen y las fotocopias que las haga su padre.
Curro cinco horitas al día en un lugar en el que dicen que soy crítico de videojuegos (y aquí será cuando alguien que no sabía que este blog es mío dé un respingo en el asiento, o simplemente sonría engreído o engreída y piense ‘lo sabía’).
Toda la vida viciado a la consola en las horas muertas y en algunas que aún agonizan y de repente me ofrecen currar de ello. La flor que un día mi madre descubrió en mi culo sigue radiante. Si llego a saber que estas cosas pasan en el mundo laboral, pongo en el currículum que fumo porros, a ver si me llaman para ser catador de marihuana.
Como se puede haber inferido ya por las tonterías con las que estoy deleitando a mi reducido auditorio, estoy en la veintena, 25 para ser exactos. Vivo en la inopia y estoy en búsqueda de mí mismo, a ver dónde ando. En el camino me pasan las cosas que aquí cuento.
Me espera un verano eterno en la capital del reino (rima), donde el asfalto se derrite, el bochorno te pega una ostia en la cara nada más salir del portal, las tías van medio desnudas por la calle, ante el sol o ante la luna, qué más da, y conducir de repente es posible, incluso haciendo caso al Código de Circulación si se quiere.
Para terminar todavía no sé qué escribir, ya iremos viendo, ¿no?
De un tiempo a esta parte, estoy pensando en matar a Lucas, a Marcos y a Jonás. La verdad, no sé muy bien porqué. Son simples instintos homicidas, o suicidas, más bien.Les miro y cada vez les entiendo menos y, lo que es peor, cada vez me cuesta más explicar su existencia. ¿Debería matarlos o debería darles una oportunidad de seguir desarrollándose para así entenderles finalmente? ¿Realmente todo esto tiene algún sentido?
Como ya comenté cuando desembarqué por aquí, los intentos por dominar a este trío de seres informes se difuminaron hace tiempo de entre mis más inmediatas intenciones. Comprendí entonces que los tres por igual eran independientes, libres, o al menos querían serlo. No querían que nadie dictara su destino, ellos, aunque fuera en el papel, resultado de mis desvaríos, eran los únicos que podían hacer su propia historia. Es absurdo, ya que son creaciones mías, pero no parece tener la menor relevancia. Si yo intentaba que Jonás tuviera un romance, éste optaba por la masturbación. Si ponía a Marcos en un aprieto, buscando un desenlace aventurero, éste prefería quedarse sentado en el suelo, fumando con las piernas cruzadas, con un libro de Cortázar a su lado, sopesando las posibilidades. Y qué decir de Lucas. Una vez le di una pistola para que matara a un vagabundo, y el cabrón escogió regalársela para que fuera el vagabundo el que se matase. No había nada que hacer. Lucas, Jonás y Marcos hacían y deshacían a su antojo, como ejerciendo una fuerza invisible sobre mis dedos, que en los momentos cruciales se desviaban para pulsar unas teclas y no otras, formando palabras y frases que se alejaban de lo que en principio yo, maldita sea, yo, me había propuesto contar.
Este politeísmo salvaje es el que me empujaba al Word, ritual pagano para el cabizbajo y temeroso fiel, el autor, yo.
Yo soy yo hasta que me siento frente al ordenador. Es entonces cuando me subyugo al excesivo poder que les he conferido a mis tres hijos bastardos. Bastardos porque no tienen madre identificada, pero también porque son los perros que me han hundido en el papel de lacayo, cuando yo creí ser el amo del folio en blanco.
Por eso, cada vez me inclino más a matar a esa suerte de Padre, Hijo y Espíritu Santo y la madre que les parió; asesinarles para volver a ser yo el protagonista de mi vida novelada. Ellos no se lo esperan, descansan confiados, esperando su turno para asaltar mi cabeza. Sueñan tranquilos creyendo que yo no soy ya más que unos ojos y unos dedos obedientes.
¿Les mato? ¿No les mato? ¿Les mato?
Si publico esto, ¿podrá ser tenido en cuenta como prueba de mi alevosía, a modo de diario del asesino del rol?





