Vuelvo a fumar. El hachís vence en mi cabeza y las manos aporrean más despacio el teclado. Antes pensaba que no podía escribir mientras me fumaba un porro. Ahora entiendo que no eran los porros los que me impulsaban a dejar de escribir, a levantarme de la silla y tumbarme en la cama, mareado. No, lo que me doblegaba era el abismo en blanco, en el papel y en mi cerebro; un torrente por el que debían navegar las palabras sufría la más salvaje de las sequías, y yo me rendía antes de empezar a rellenarlo. Ahora fumo y escribo, no por ello queriendo defender ningún supuesto efecto beneficioso de los petas. Los conozco demasiado. Simplemente compruebo que eran las pocas ganas y la nula voluntad de forzarme lo que me incitaba a cerrar el Word, bufarle al ordenador y buscar algo que hacer para sacarme de un tedio provocado.
Y, de repente, ya ves, tres párrafos escritos, en los que seguramente no habré dicho nada, pero tres párrafos al fin y al cabo.
En un principio pensé contar que ayer quedé con la mujer que aquí sólo yo conozco, que compartió su vida conmigo, que fue mi mano derecha tanto tiempo. Pero luego deseché la idea, pues ni quiero ni creo que pueda describir una situación así, cuando te reencuentras con la mujer a la que amaste hasta hace tan poco. Mutilé la distancia que me había impuesto como bálsamo, prefiriendo la nostalgia en solitario que verla y dudar, o discutir, o llorar, o sufrir, o besar movido por el cariño, poderoso y traicionero impulso. Así que mejor ni intento narrar cómo fue. Fue bien, pero nada más diré. Dudé luego, tras la eterna despedida, claro, pero también comprendí que a la larga las dudas se van desvaneciendo, reafirmando lo que sentías y pensabas antes de encontrarte de nuevo con sus ojos, con su boca, con su sonrisa, incluso con su risa. Y si no se desvanecen esas lógicas dudas, si se quedan perennes, ilógicas y zumbantes, ay, amigo, tal vez sea demasiado tarde para descubrir al fin que te habías equivocado.
Así que no cuento más. Dejo de escribir. Si alguien que no sea yo ha llegado hasta este último párrafo, una de tres (o las tres a la vez, que de todo hay en esta vida), o bien es un suicida en potencia buscando una nueva excusa, o es un conocido de este cavilador practicante de la escritura automática que soy yo, o en última instancia, es un público fácil que es capaz de verse hasta el final, títulos de créditos incluidos, peliculones del calibre de Daredevil o Rocky XXVII. He ocupado minutos que pedían ser alargados, sigo escribiendo todos los días, y encima mi raciocinio se ha ido de copas con el humo de la droga, blanda, pero droga, siempre… dudas, ¿qué dudas? Por hoy, ya no hay.
Llegué tarde a la cena - despedida, como ya avisé. Pero no fui el último en aparecer, ni de lejos el primero, por lo que mi entrada en escena fue perfecta, ni llamando la atención, ni pasando desapercibido. Encontré un hueco en la mesa, cerca de A., la pequeña pelirroja que se va a Berlín y a la que tocaba despedir. No nos veíamos desde hace ni se sabe, pero cuatro frases, dos besos, dos preguntas y un abrazo bastaron para ponernos al día.
Allí estábamos, frente a la tortilla de patatas con pimientos y el revuelto de huevos con setas, mis amigos de siempre, algunos compañeros del antiguo grupo de teatro y otra gente que A. y yo tenemos en común. Demasiados para el bar elegido, muchos más de los que cabíamos en la mesa. Robamos sillas, nos agolpamos, y nos abroncaron los camareros, claro. No sólo limitábamos el espacio por el que ellos, profesionales de la bandeja y los platos en equilibrio, tenían que pasar, sino que dejábamos otras mesas sin sillas, qué cosa más absurda. Pero prometíamos consumir, así que la reprimenda nunca fue dura.
Siguieron llegando más invitados a la despedida informal. Ya no podíamos coger más sillas, así que los rezagados se sentaban sobre las piernas de quien se dejaba.
Y llegó S., del grupo de teatro que A. y yo habíamos dejado hace un par de años. S. es una gran actriz, de esas que cuando se aprende un papel ya sólo lo puede recitar interpretándolo, está como una cabra, gusta de escribir y de leer, erudita del arte clásico y de culturas desaparecidas, enamorada de autores y cineastas de Europa del Este de los que nadie ha oído hablar, lesbiana sin pudor, capaz de narrarte un polvo con otra mujer con el mismo tono que cuando te comenta que ya ha terminado la carrera. Gusta también de hablar con hombres acerca de mujeres guapas, lo cual es provocar el deseo en el hombre que escucha e imagina. Pero ella no lo hace por eso. Ella lo hace porque ve el sexo como lo que es, algo divertido, totalmente normal, sea homosexual o heterosexual, y sin complejos. Necesario como comer y natural como crecer.
Y es ella la que opta por sentarse en mis rodillas.
El roce de su culo y sus historias de amantes francesas a las que descubrió lo que pueden hacer dos mujeres desnudas movidas por la lascivia motivan el peligro en mi cabeza, adormilada todavía, pero desperezándose a marchas forzadas.
Mantengo conversaciones trascendentales con A., S., y el resto de los que están en mi lado de la mesa. Resolvemos el mundo, definimos el amor, explicamos el porqué de todo. Corren las cervezas y el tiempo, y yo me quiero ir pronto que mañana, hoy, toca hacer todas esas cosas que no hice por desidia.
Y entonces S. dice que se va.
Y yo le digo que me voy en media hora, que se quede. No se porqué, ni para qué. Es lesbiana.
Y me dice que vale pero que ella va andando, en la dirección que yo tomaría en metro. Le digo que la acompaño y que me cojo el metro allá, más adelante. Se queda media hora.
La despedida se da, se prolonga, promesas con A. de mantener el contacto y de ir a Berlín a verla, que son dos horas. Besos, abrazos y unión de manos con el resto, y nos vamos.
En el camino le insto a que me cuente sus encuentros sexuales parisinos.
Ella lo hace encantada. Me cuenta situaciones que sólo se han dado en mi lujuriosa cabeza y que no he visto ni en Internet.
Cuando llegamos a donde nos debemos separar, dos besos y un nos vemos. Y entonces me giro y le digo: Supongo que invitarte a casa no tiene sentido, claro.
Ella me mira, se ríe, se para. No se va. Sonrío. De algún modo, no sé porqué, ya lo sabía. Me dice que será un experimento, que puede salir mal. Le respondo que yo no sé si saldrá bien o mal, pero que me apetece, ahora, así, punto.
Ella me mira y sentencia: experimentemos.
Media hora más tarde, hace unas horas, cuando era noche cerrada, mi cama acogía una escena que poco tenía de lésbico, o tal vez lo tenía todo. Quien me lo iba a decir. Yo, que no tenía ganas de hacer nada, ni de ir a la despedida, volví a casa acompañado por una mujer que ama a otras mujeres pero que hoy, ayer, esa noche, me permite investigar su cuerpo, un cuerpo olvidado de manos masculinas, obviando mi músculo que crece.
Terminó el día, nos sobrevino la noche, y con ella llegaron esas sorpresas y placeres inesperados que tanto alimentan, que devuelven esas ganas que ayer hice desaparecer; la recompensa, inmerecida, a haber tirado una jornada más a la basura. Ya puedo decir que ayer no perdí el día del todo. Y hoy ya estoy haciendo cosas, cumpliendo con lo que me prometí, costándome mucho menos de lo que esperaba gracias a un encuentro fortuito con una mujer idólatra de la feminidad que dejó de serlo un par de horas (¿o no?).
…no dejan de pasarme cosas raras…bien
| Teardrop |
Provoco una pelea inútil en el Messenger, si es que eso se puede provocar a través de semejante medio. También río las gracias de Jorge, que siempre está ahí, conectado y dispuesto a darle una última vuelta de tuerca al mundo. Compaginando conversaciones, hablo también con Eva, que está tan lejos, pero que siempre siento cerca. No estamos locos, estamos un poco idos, dice ella, y yo me río. Hago mía la frase, otra más, engordando el saco de máximas y grandes citas que algún día utilizaré, quien sabe si para hacer reír yo a una chica.
Y sigo siendo espectador del día que pasa. No estoy orgulloso de ello, pero ni tengo ganas para hacer nada ni quiero sacarlas. Ganas. Pilar de lo que hacemos y del porqué lo hacemos, y yo ahora lo rehuyo. Sé que tengo que mantenerme ocupado, con cualquier cosa, para no pensar. Pero ahora me dejo arrastrar por la marea, tumbado boca arriba, con el sol en la cara y el mar en la espalda. Mañana me prometo que lucharé contra la fuerza del agua, que nadaré como un descosido hasta la orilla para, por fin, ponerme a andar sobre el suelo.
Pero, hoy, sólo hoy, me limito a contemplar el devenir de este día. Sin participar en él.
He quedado en diez minutos. No llego. Llego tarde a despedir a Alba, pero me da igual. Creo que aún no he terminado de escribir. Para algo que hago en este estado de apático sopor, no lo voy a dejar así como así.
Ya no sé si este cuento lo protagoniza Jonás, Lucas o Marcos. Ya no sé que parte de mi personalidad múltiple ejerce el poder en estos instantes. Tal vez sean los tres a la vez, que por fin se han unido y fusionado, engendrando lo que de verdad soy. O tal vez es que no conozco lo suficiente a ninguno de mis tres componentes. El caso es que, en mi esquizofrenia, ayer sabía quien era yo y hoy me he despertado amnésico.
Sumido en el tedio voluntario, desconociéndome a mí mismo, veo pasar el día. Sin música, sin fotos, sin libros, sin cielo. Mañana prometo que volveré a tirar del mundo, hoy dejadlo que ruede y termine la vuelta que le toca.
Ahora ya sí siento que he escrito lo que tenía que escribir, pero no acierto a entender porqué coño tengo lágrimas en los ojos.
Ayer estuvieron mis amigos en casa. Cuatro horas fumando porros, bebiendo cerveza, jugando a la consola, charlando y preguntando. La acción es enemiga de la reflexión, que dijo alguien. Y así es. Así fue, hasta que uno de mis colegas, L., llamó a su novia, M., y resultó que estaba con la protagonista de mis sueños lagrimosos, de la que aquí no quiero poner ni la inicial. Y es que L. y M. se conocieron gracias a nuestra mediación, y ahora ellos nos han sobrevivido.
He conseguido que mi cerebro nadase en humo y que las únicas neuronas activas quedasen concentradas en la tele, venciendo así a la traicionera reflexión. Pero, de repente, oigo a mi amigo mencionar ese nombre que yo tantas veces he pronunciado en los últimos cuatro años, y la acción se derrumba, y reflexiono. En la consola, me remontan el resultado y acabo perdiendo, sin reaccionar ante mi súbita sumisión al dolor, ante el despertar neurótico de mi conciencia.
L. me dice que no se ha dado cuenta, que no tenía porqué decirme que M. estaba con ella. Que tendrá más cuidado con lo que dice. Yo le espeto que eso es una tontería, que no puedo limitar las palabras de nadie. Ni puedo ni quiero. Soy consciente de que los altibajos serán mi acompañante de viaje durante un tiempo. Y estaba en alto, y tocaba bajar. Así que fumamos, charlamos, le damos a la consola, preguntamos, pero yo tengo los pies atrapados en el fango del pasado. Mis amigos, porque son mis amigos, se dan cuenta de todo, pero no pueden hacer nada. La vida sigue, así que los porros y la consola no dejan de humear, y las conversaciones se vuelven más chistosas. Consiguen que ría, porque son mis amigos y saben como hacerlo. Cuando se van, ya con las luces y los ojos apagados, me siento un grano de arroz en la cama. Pero los canutos tienen el poder de traer a Morfeo del rincón más alejado. Ahora, diez horas después de perderme en la inmensidad de la cama, aquí estoy, contando que todo lo que sube tiene que bajar para poder volver a subir.
Me releo y es nostalgia (de tanto usar esta palabra la voy a desgastar) lo que más impera en este blog. Este blog soy yo. Cuando me siento el emperador de mi vida, no lo plasmo por escrito, sólo lo vivo; pero cuando me siento un cruel Nerón, quemo Roma en el papel, porque prefiero no vivirlo demasiado. En breve escribiré y describiré lo maravillosa que es la vida, pero es mierda a lo que me huele en estos momentos, lo que veo allí donde miro, y el único combustible que encuentro para encender esta hoguera.
Bipolar
Tendría que hacer tantas otras cosas,
Lo que sea para que las neuronas no estén ociosas…
Pero al final sólo opto por contar
Que sigo siendo bipolar
A veces euforia, en la puta gloria, en lo más alto de la noria,
el mundo a mis pies, me la suda si no me crees…estoy como en la cumbre de un ochomil, como Uma buscando a Bill, …i wanna Kill Bill…y después un rato de Chill…Out-éntico, esto es endémico, me siento más sabio que Copérnico…
…pero...luego vuelvo al cero…
Y me dejo llevar, como de bar en bar, hasta llegar a abrazar un mar…de nostalgia, a veces, como el más sumiso de los peces, nadando entre mis heces, recordando gatos negros, espejos rotos y muchos treces,…
Me hundo solito, no me resisto, insisto, no necesito de ningún Risto…
Ni Mejide ni Mejode, no me hace falta, soy más duro que Esparta, y que nadie me incomode.
Si quiero volver a subir, tengo que bajar, no me voy a resistir, sé que volveré a escalar, ya dije, estoy bipolar.
No sé muy bien qué es esto. Por los altavoces sale rap, me dejo envolver y vomito esto. Si supiera cantar…pero mira, de momento, estoy sonriendo. A mí me sirve, suficiente.
| 10-Las ganas de vi... |
Pelos de gatos que ya no son míos en ropa que es mía gracias a la chica que ya no quiero que sea mía.
Mis dos hijos felinos están en casa de una amiga de ella (sumida en el anonimato para el blog, siempre con un nombre para mí). Ella los va a ver todos los días. Yo no puedo. Es su amiga, es su casa. Ella no me guarda rencor, nos llamamos, nos hemos visto, y nos hemos reído, lo que me da esperanzas para pensar que podemos lograrlo, que llegará un momento en el que seremos capaces de mantener una relación que puede ser increíble. Si hay graduaciones para la amistad, digamos que, si nos lo trabajamos y creemos en nosotros, estaremos entre la más leal de las amistades y el cariño de los hermanos. Podemos conseguirlo. Pero, de momento, me veto ir a ver a los mininos. Yo, de momento, me quedo con sus pelos caídos.
No me cierro puertas, quién sabe lo que pasará mañana. Pero ahora estoy convencido de que hice lo correcto.
Pero quién sabe si mañana me levantaré con pelos de gato en la boca, con ella tumbada a mi lado y con una sonrisa en la cara porque volví a hacer lo que creí correcto.
Echo de menos a mis gatos. La echo de menos a ella. Pero hablamos por teléfono, estamos bien, y aún descubro pelos de gato en mi ropa, y ya no me pongo triste, ni aun sabiendo que hay que lavar muchas veces la ropa para que desaparezca hasta el último de los pelos. Ahora sé eso, recuerdo, incluso añoro, pero sonrío. Qué hijos de puta los gatos, las que me liaban.
Ahora, sin gatos, me la lío yo solo. Y me divierto. Y lo que tenga que pasar mañana, que pase, no me preocupa, ya no.
Y ahí hay otro pelo…
Será porque hoy estoy regodeándome en la nostalgia, disfrutando de mi gen predominante, ese que me hace vago, pero el caso es que a cualquier nimiedad le encuentro, sin buscarla, creo, una doble lectura relacionada con el amor, con la vida en pareja. Con mi vida de ayer, la que no es hoy, y la que no tengo ni puta idea de si será o no mañana.
Harina de trigo, el cariño y la confianza sobre la que se cimentan las rosquillas, digo, las relaciones. Grasa vegetal comestible, esas discusiones y berrinches que terminan siendo positivas pero que no resultan agradables cuando ocurren. Pero, ya digo y así lo especifica la bolsa, al final son comestibles. Extracto de malta, o un poco de pasión, que no falte para dar brío. Levadura, que todo lo aglutina y lo compacta, como los lugares comunes y el vocabulario exclusivo de la pareja. Y sal marina, eso último que termina de darle sabor, ese no sé qué que no hay idioma capaz de explicar. Es parte del mar condensada en una rosquilla, cómo coño vas a contar eso.
Así que ya ves, filosofía barata a partir de una rosquilla. Yo, Jonás, me siento como Samuel L. Jackson en Pulp Fiction, cuando le está explicando a Tim Roth si el pastor es la pistola o si lo es él.
Al final Jackson deja que Roth se vaya con el botín y con su chica, y yo me como las rosquillas.
La bolsa a la basura, un duchazo y para la calle, que hace sol y quiero aire, y la ciudad está llena de tapas y golosinas que comer, y de pequeñas cosas que me harán recordar. Algún día le sonreiré al pasado. Hasta entonces, picar entre horas no sé si me quitará el hambre, pero a ver quien es el hábil que le quita a un ocioso su bolsa de rosquillas.
Jaime y su chica llevan más de cinco años juntos. Más de dos compartiendo piso, rutina. Más de uno con una casa en propiedad, y hasta dentro de 40 años pagándola. Y se casan en septiembre, aunque lo cierto es que ahora el que realmente te casa es el del banco cuando firmas la hipoteca, y no un cura o juez cuando firmas el libro de familia.
Caminando hacia su casa me topo con una pintada en la pared. Una frase en negro, en mayúsculas y con trazos poco trabajados. “Déjate de chorradas. Sé feliz”. Por supuesto, sin las tildes, aunque claro, al estar en mayúsculas, se le puede perdonar.
Qué fácil, me digo al leer la frase. Pero no puedo evitar que se me escape una sonrisa.
Telefonillo, saludo, escaleras, rellano, abrazo, cerveza, ¿qué tal estás, Marcos?, bien, bien, tengo mis momentos, pero, bien, cerveza, risas, abrigo y nos vamos. En taxi, claro, que Jaime y andar son dos conceptos totalmente antagónicos. Y el transporte público es una tortura para alguien como Jaime. El precio de la fama, que se dice, y también el dinero que da, qué coño.
Llegamos al atardecer. Ver morir el sol en Madrid es contemplar una orgía de colores y nubes imposibles que se prolonga en el tiempo, como si el sol cejara en su descenso por un momento y devolviese la mirada a la urbe. Una maravilla de la contaminación.
Desde el Puente de Segovia, meca de suicidas, hasta la iglesia de San Francisco el Grande, medio Madrid en procesión. O tres cuartos. Es 14 de mayo y las gorrillas grises, los chalecos ajustados, los claveles rojos, los vestidos floreados y con flecos, el carmín exagerado, los palillos en la boca y los pañuelos en la cabeza se agolpan en las inmediaciones de la Calle Bailén, densamente en los Jardines de las Vistillas y en el talud que baja a la Calle Segovia, mezclándose con los que salen porque es fiesta, qué más da cual, y los guiris.
Unos litros de birra en un chino, que las barras de chapa que montan los bares de la zona venden caro y los laboriosos orientales no conocen de San Isidro y esas vainas. Y a esperar a un amigo, tónica habitual en estas fiestas callejeras. Siempre hay que ir a por un amigo o esperar a que éste llegue.
Y empieza el show.
Ostia, ¿tú eres el de la tele, no? Coño, mira, el de la serie. Qué fuerte, ¿ese tío no es…?
Y eso cuando lo dicen alto, sin intentar disimular. Porque a mí los que más me repelen son los que actúan como actúo yo si veo a un famoso. Miro, corroboro, me doy la vuelta, susurro al oído de mi acompañante, que mirará, corroborará y ambos seguiremos nuestro camino como si no hubieramos visto pero habiendo mirado y corroborado.
Y luego están los ilimitados. Los que no conocen la vergüenza y poco el respeto. No diré más sobre ellos.
Por supuesto, siempre quedan los cojonudos. Los que conoces por ir con Jaime y a veces sin que sea por ser quien es. Los que en una conversación de meadas anónimas y etílicas le reconocen y no lo dicen hasta más tarde, cuando ven que el tío es majo y asequible. Y entonces le preguntan, en confianza, con una sonrisa. Y Jaime responde, con confianza, con una sonrisa.
A las cuatro de la mañana toco en retirada. Seis horas después de sacar un píe del taxi que nos trajo, y con el cuerpo como envase de dos litros de cerveza, cuatro copas, un par de petas y tres tiros (porque no hay más, evidentemente), decido que es momento de volver a casa. Me despido rápido, sin dar explicaciones, estoy cansado, he currado, esas mierdas. Éstos están enfrascados en una conversación y lo aprovecho para hacerlo más fácil. Me lo he pasado bien, con Jaime siempre me río mucho, pero aquello no iba a transcurrir como yo había pensado, así que huyo del lugar.
La idea es coger un taxi, pero es la hora perfecta y el sitio perfecto para empezar a andar, que ya pasará uno, y si no, pues en autobús. No sé esperar un taxi, no sé si tiene sentido hacerlo cuando otros quinientos borrachos hacen lo mismo y encima estaban antes. Así que yo ando, y si pasa uno lo paro, y si no, sigo andando.
Al final, en autobús, que es barato, habiendo caminado media hora, con un pedo que no decae ni con el paseo, y pensando cada vez más en ella, en la que aquí será anónima un tiempo más. Machacando suela o laxo en un asiento del bus, pienso en ella, otra vez triste, dudando incluso de lo que he hecho, de haberla dejado, de haberla apartado de mi vida. Pienso. Pienso. Pienso.
Déjate de chorradas. Sé feliz.
Qué fácil, pero me arrancó una sonrisa.
Y en la cama, intuyendo el calibre de la resaca, sonrío. Y no dudo. No soy feliz, pero llevo un pedo como un piano de cola y sonrío. Todo llegará.
| 02-Rookies del año... |
Estaba en casa. Viendo El Aviador, admirando a Howard Hughes y preguntándome si la constancia y la confianza son suficientes para triunfar, para alcanzar sueños que sólo tú ves. Y entonces entró mi madre, para decirme que teníamos que desmantelar el apartamento, mi casa hasta hace tan poco. La casa de ella (sigue sin hacer falta su nombre). Nuestra casa.
El Aviador quedó en pausa. Hugues y Hepburn hablaban sobre el precio de la fama y a mí me tocaba enfrentarme al precio del recuerdo, tal vez más caro.
Volví así al apartamento, del que salí hace una semana y en el que aún quedaban elementos que la seguían haciendo nuestra casa.
Empecé con los CDs y los libros. Apuntes, ordenador y ropa ya lo recogí en su momento. Cortázar, García Márquez, Korn, Incubus, un poco de rap, Asian Dub Foundation, Homero, Saramago, Benedetti…
Ella había estado antes, haciendo lo mismo. Sola, como yo ahora. Me dijo “me llevo lo que me parezca” y yo le dije “vale”.
Pero no se llevó El Principito. Todos sus libros habían sido sustituidos por polvo, más polvo, en las estanterías, pero no El Principito. La obra de Saint Exupery seguía allí. Sonreí nostálgico. No había, no he leído ese libro, y ella me lo recomendaba una y otra vez. Incluso me hizo leerle el principio, y me gustó. Pero no seguí con él, tenía que terminar otros relatos. Cogí el libro, dándome cuenta de que no me dolía, de que sin querer se lo agradecía. Era un regalo que me dejaba. A ella le encantaba ese libro y prefería dármelo.
Ojos lagrimosos, mochila cada vez más llena, y el timbre suena. El fontanero, que viene ahora a arreglarnos un grifo jodido. Ahora, cuando ya no hay a quien arreglárselo (todavía). En fin, que lo arregle.
Sigo recogiendo, en silencio. Sorbiendo lágrimas.
Entonces el fontanero me dice: “Recogiendo, ¿no?”
Es obvio, joder. No estoy llenando maletas porque tenga el puto síndrome de Diógenes, no te jode. No, sé que me lo pregunta por romper el hielo. Pero yo ahora soy un iceberg. “Ya ves, macho”, es todo lo que respondo, pero le sonrío.
“Lo peor son las mudanzas, tío”, me dice, sin dejar de girar la llave inglesa.
Lo peor son las mudanzas porque supone finiquitar lo que fue y empezar lo que será. Lo peor son las mudanzas porque es empaquetar lo que antes no cabía en tu cuerpo, en tu casa, en todo puto Madrid, y ahora tiene que entrar en una bolsa de deporte. Lo peor son las mudanzas porque vuelves a darte cuenta de lo que has hecho. Has cambiado tu vida, pero la suya también.
Lo peor son las mudanzas porque tienes que hacerlas y sabes que dentro de un tiempo (hele aquí de nuevo) te darás cuenta de que menos mal que ya lo has hecho.
| 07 - Mierda.mp3 |
Me ha dolido más decirle “bueno…” que verla y recordar (recordar, etimológicamente, “volver al corazón”).
“Pues, tía, estoy bien, contento, convencido”, hubiera sido la verdad. Un simple “bueno” con sus puntos suspensivos que invitan a no ser rellenados implica que ni fu ni fa, pero en realidad estoy más fu que fa. Estoy fuerte, no fatal; estoy fuera, y no fallando. Así lo creo.
Me descubro frío y con una gruesa armadura. Vivo, con más experiencia. Pero me descubro no respondiendo toda la verdad al famoso ¿cómo estás?, guardándome el “la verdad es que estoy cojonudo” para mí y unos pocos, incluida una chica rubia con la que estuve estrenando soltería en el asiento de atrás de un coche. Pero eso la rubia ya lo sabe, y mi amiga, su amiga, no puede ni imaginárselo.
He hablado por teléfono con a una amiga que está en Inglaterra, en Londres o cerca de Londres. No acierto a situarla con meridiana precisión, no la llamo nunca, no le escribo nada, pero la pienso. Muchas vivencias en común, mucho cariño en los encuentros, más que suficiente para mantener una amistad que quiere ser mantenida.
Hablábamos por el Messenger y cuando le iba a contar quién soy ahora, qué hice hace una semana, qué dije, ella se ha desconectado. Al momento me ha llamado, le estaba robando la wifi a un vecino y la conexión le iba mal, pero se había quedado ansiosa por saber qué me había pasado. “Tía, que la he dejado, que ya no la quiero”, ya sin tono triste como las anteriores veces, ya acostumbrado a decirlo y cada día sintiéndome más a gusto conmigo mismo.
Ella me ha hecho alguna de esas preguntas que se dicen sin pensar, que incluso parece que se tienen que decir: “pero Marcos, ¿por qué?”. Pero el siglo de las comunicaciones nunca traerá un invento que supla a la conversación cara a cara, al lenguaje corporal. Así que ese porqué no tiene respuesta, ni al móvil, ni al teclado – bueno, al teclado sí, pero sólo cuando yo soy mi interlocutor inmediato –. Es más, no sé si ese porqué realmente puede responderse en vivo. Es cómo preguntar “¿por qué estás enamorado?” a alguien que dice estarlo. Joder, pues porque sí, porque así lo siento. Y lo que se siente no se explica. Así que sólo le respondo que “la vida es así”, asco de frase, pero frase al fin y al cabo.
Pero sobre todo ella escucha. Comenta. Y apoya. Y yo luego le pregunto lo que no sé de ella porque ni la llamo ni la escribo, aunque la piense. Así que ella me dice que todo bien, y que sigue con su chico, que vive aquí, mientras ella está allí hasta agosto.
Ella y él siguen queriendo completar el puzzle que yo, o Lucas, no quise terminar ante la inmensidad de blancos, grises y negros que había que colocar en perfección sobre la tabla.
Ella y él siguen queriendo, aún en una distancia que dura un año.
Cuando hemos colgado, yo sonreía. El desamor me ha hecho escéptico para el amor, ni lo quiero ni creo en él, me he vuelto un ateo del hortera de Cupido, pero al oír a mi amiga me he sorprendido al comprobar que aún confío en que hay puzzles que sólo se pueden terminar a dúo.
Escribo esto porque, es evidente, es de obligada escritura.
Iba a ser más que difícil. Como colores, sólo negros, grises y blancos.
El Gernika se tiró unos días en su caja. Hasta que Lucas fue y compró una tabla de las mismas dimensiones del puzzle para así tener sobre qué montarlo.
Pusieron la tabla sobre la cama de la habitación pequeña, cama que sólo era usada por amigos trasnochadores o colegas triunfadores.
Empezaron con los bordes, claro. Empezaron fácil. Paciencia, canutos y en una hora los cuatro bordes estaban rodeando la tabla.
Al día siguiente retomaron el rompecabezas. Lucas propuso seguir con el caballo herido. Picasso lo dibujo en blanco, pero con pequeñas líneas por todo su cuerpo. Esas líneas no estaban en ninguna otra parte del cuadro. Seleccionar las piezas del caballo no parecía complicado.

En dos semanas unieron el caballo, ya entero, con la lanza clavada, al borde inferior del cuadro. Se levantaron y contemplaron el puzzle. El caballo equivalía más o menos a una quinta parte del total. Satisfechos, se besaron e hicieron el amor en la cama, en la otra, en la de su habitación.
Un año después, sólo mancillaban la vacuidad de la tabla el caballo, la mujer que llora con su bebé muerto en los brazos, y los fáciles bordes. Un año después, sólo quedaban negros, blancos y grises. Ya no había dibujos característicos de algún elemento del cuadro. Un año después, en la misma casa, en la cama grande, hacía tiempo que nadie follaba. Como mucho, se hacía el amor.
Un año después, Lucas volvía a ser soltero. Ella se había ido, llorando por el arranque de fatídica sinceridad de él. Un año después, Lucas fumaba, desnudo, mojado aún por la ducha, y escrutando el puzzle. Empezó a quitar piezas. Lucas. Desnudó la tabla otra vez. Guardó todas las piezas en la caja. Se tumbó en la cama que antes nunca había probado. Apagó el cigarro y se durmió. Despertó, sin ella a su lado, sin un puzzle que terminar. Y contento. Lucas, raro, pero contento. Se vistió, salió a la calle y buscó El Grito, para él, para hacerlo solo. Tocaba hacerlo solo.
Quería hacerlo solo.
Todo.
Nuevos olores. Nuevas formas de placer. Sonidos del sexo desconocidos.
Por un momento, mientras sopesaba si debía avisar o no a la atareada rubia sobre un orgasmo descontrolado, sintió como el mundo, su mundo, le apuntaba con el dedo y susurraba “hala, qué cerdo, no hace ni una semana que lo dejo con su novia y mira”. Cinco días antes había puesto palabras a un bullicio que desde mucho antes asolaba su cabeza. Por fin había conseguido construir un discurso a partir de un monólogo interior apabullante. Ya podía transmitir aquello que casi no quería reconocerse siquiera a sí mismo: ya no quería a la chica con la que había compartido cuatro años, casi un quinto de su vida, y dos viviendo juntos.
Cinco días después, otra mujer le estaba haciendo una mamada que no iba a poder olvidar. Sólo cinco días después. No había sido planeado. Un martes dijo basta, lloró hasta la noche, el miércoles se levantó, huyó de su casa, se refugió con sus amigos. El viernes se perdió en la inmensidad de Internet. El Messenger le sirvió como escaparate de sus sentimientos. Contó lo ocurrido, los estúpidos porqués, dando otra vez explicaciones cuando lo visceral no se explica. Puso así al día, con la facilidad que ofrece teclear en vez de hablar, a aquellos a los que no había visto. A la chica rubia que ahora le lamía se lo contó también, pero en otro tono, en el mismo tono que habían utilizado ambos en conversaciones internautas anteriores. Conversaciones cargadas de ese flirteo que a Jonás le parecía intrínseco al Messenger, a los chats y a esas formas de comunicación. Había dobles sentidos y ambigüedades sensuales que sólo tecleando Jonás conseguía hacer fluir, aunque fuera por el ciberespacio. Sólo en ese medio Jonás era capaz de soltar misiles del calibre “Esta guerra va a terminar con un Hiroshima estallando en tus entrañas”.
Sólo en Internet Jonás se conocía con labia y gracia.
Antes, cinco días antes de estar tumbado en un asiento trasero, ese flirteo virtual lo hacía con la mosca detrás de la oreja, con una mosca grande y verde que le susurraba: “no provoques lo que luego no quieras controlar”. Ahora la mosca se había evaporado.
Nada tenía que ver la existencia de la chica rubia con la ruptura de su relación, la más larga y seria que había tenido, y en la que más esperanzas había puesto. Simplemente, apareció en el momento perfecto, armada hasta los dientes de olvido y tranquilidad y con tácticas de guerra de guerrillas muy bien aprendidas: sexo, sexo, sexo. Sólo sexo. Sólo disfrute, sin complejos ni tabúes, sin perdonas ni lo sientos, sin preguntas ajenas al mundo del sexo, ¿te gustan los tacones? ¿has follado con desconocidos? ¿y en sitios públicos?
No conocía el nombre de sus hermanos, no sabía a qué se dedicaban sus padres, ni dónde estaba su pueblo, pero sabía que le privaban los tacones, que el sexo con desconocidos no era su especialidad y que aún no lo había hecho en sitios públicos. Él y ella se conocían ahora, pero sólo en el terreno en el que querían conocerse: el del sexo.
Jonás cerró los ojos y se relajó todo lo que pudo. Se dio cuenta de que en realidad no se sentía sucio, culpable de nada. El sexo para combatir una ruptura nunca está de más, concluyó. Volvió a abrir los ojos y descubrió a la rubia mirándole, eso sí, sin cejar en su empeño de que Jonás se corriera en el coche gris metalizado. Le acarició la cara, sonrió y quiso vaciar su mente, si es que se puede. Al poco, fue su cuerpo el que se vació. Llegó a avisar a la chica, pero ésta hizo oídos sordos y se afanó más en su empeño.
- Joder, tía…
- Shhh, no digas nada.
Ella le limpió y le acarició la cara. Jonás le mordió un dedo. Ella le pego en el muslo desnudo y se besaron.
- Eres la mejor medicina que existe.
- ¿Verdad? Pues ya verás. El tratamiento no ha hecho más que empezar.
- ¿Nos vamos a viciar?
- ¿Por qué no?
- No vale pillarse.
- Pero ¿tú de qué vas, flipado? ¿Quién te ha dicho que me voy a pillar? ¿Quién te dice que no te vas a pillar tú? Cómo sois los tíos… además, una cosa es viciarse, puro vicio, chaval, y otra es pillarse.
Jonás sonrió. Parecía que ella buscaba lo mismo que él.
Un cuerpo donde refugiarse hasta que pasara la tempestad. Un oasis. No sabía porqué podía ella buscarlo también, tal vez no quería ni saberlo, tal vez le importase cero coma dos. Ella sí sabía el porqué de Jonás.
Se vistieron, se fumaron un porro, se rieron, y miraron el reloj. El tiempo había volado. Jonás y la chica rubia habían permanecido ajenos al minutero durante un par de horas. El placer puede más que una convención horaria.
Pasaron a los asientos delanteros y Jonás condujo hasta la puerta de la casa de ella.
- ¿Se lo has contado a alguien? -, preguntó Jonás, lamiéndose los labios, recuperando el sabor de la chica rubia.
- A mi hermana. Se puso muy pesada anoche cuando me llamaste y tuve que contárselo. ¿Tú?
- Ayer, a un colega. Qué grande. Me dijo “ya estás tardando en follártela”. Qué pena que no todo el mundo reaccione igual. Conozco a más de uno que fliparía y tal vez no lo aceptaría. Pensaría “menudo hijo puta, que rápido se te olvidan las cosas”.
- Ya… pues que les den por culo a esos. Esto no es olvidar. Esto es seguir viviendo.
- Correcto.
- Me encanta lo de “correcto”.
- Lo sé.
- Menudo flipado gilipollas.
- Serás imbécil.
Ella le mordió el labio inferior y él le tiró del pelo. Ella se bajo y él condujo a casa. A la de sus padres, no a la suya, no a esa casa que había compartido con su ya ex novia. Ex novia. Asco de prefijo, pero prefijo al fin y al cabo. Prefijo que ahora ya sí que es fijo, rimó en su cabeza mientras surcaba la A-6. Menudo flipado gilipollas, rió. Ya reía. Rica medicina.
Sus padres. Poco preguntaron y mucho abrieron puertas y ventanas. Volvía a casa.
Se hizo un porro. Busco una peli de tiros, de no pensar. El Mito de Bourne sirvió.
Terminó pensando, Jonás, en la cama, con la polla tiesa y el corazón helado.
Julius contemplaba la escena de locura protagonizada por sus tres amigos. El resplandor del tesoro permitía a Julius ver a Jonás, a Lucas y a Marcos en la penumbra, contemplar como se arrojaban sobre el noble metal, aullando como lobas en celo.
Tanto tiempo juntos los cuatro y ahora Julius no reconocía a los que bien podían ser sus hermanos. O mejor: sus hijos.
Borró el oro y lo cambió por mierda de vaca, igual de resplandeciente, igual de amarilla, pero mierda de vaca al fin y al cabo. Humeante, pegajosa y aún caliente.
Pero Jonás, Lucas y Marcos no abandonaron su éxtasis. Se zambullían en la mierda de vaca. La tiraban al aire, cantando ante lo que creían lluvia de oro y no era más que mierda en sus pelos, en sus caras, en sus ropas ya sucias.
Si querían que fuera oro, oro sería. Julius nada podía hacer. Ellos elegían a su antojo.
Sus personajes de siempre, en realidad sus nombres de siempre, seguían cobrando vida sin su consentimiento, y sólo le quedaba dejarles, ver dónde querían ir, porqué.





