RETAZOS DEL DIA
Hoy me ha tocado enfrentarme otra vez con la fiera de concreto, mi Caracas querida. Hoy temprano he tenido que ir hasta el centro a verificar un arte que sale impreso para la edición del próximo domingo y he ido con mi prima, quien trabaja conmigo.
El Silencio tiene otro color, un ocre suave que se interpone en el paisaje, cansando la vista, vibrando bajo la fuerte luz del sol. La plaza O´Leary y las fuentes de Narváez lucían inocentes, esperando paseantes y no estresados peatones, las sirenas de la plaza esperan impasibles tiempos mejores. La avenida San Martín nos abre al mercado persa: comercios de linea blanca, mueblerías, electrodomésticos, uno tras otro. Los hombres cruzan la vía despreocupados del semáforo y sus colores, con sus carretillas vacías.
Llegamos a los talleres de El Nacional y lo observamos todo con ojos expectantes. La inmensa rotativa, los obreros iendo y viniendo, las encartadoras haciendo su trabajo con manos hábiles. Salimos con la promesa a la encargada de volver para verlo todo con detalle y con la sensación de que estábamos en otra Caracas, pero ella es así, la de las mil máscaras, la del carácter voluble. Luego hicimos una parada (siempre en taxi) en Parque Central.
¿Quién diría que en ese trayecto hablaríamos de tantas cosas después de tantos años en familia?
hablamos de su novio, con el que tiene intenciones de casarse. El formar una familia, con niños, perro, jardín y cerca blanca, un nidito de amor...y sólo dios sabe si un recinto de rutina (espero sinceramente que no!!!) quiero que sea feliz de corazón, se lo merece tanto!
También me enteré de sus gustos esotéricos, su atracción por los detalles simples, y le ví un móvil de esos que suenan con el viento, ideal para su casa, para atraer las buenas vibraciones. Le compró a Hernán un sticker con el ¨om¨ de los hindúes (a él le encanta ese símbolo) y a su novio un cuarzo rosado para el amor. No podíamos salir de la tienda. Veníamos por un encargo y de vaina no cargamos con la tienda entera.
Luego vino algo más terrenal. Caminamos por las ¨tierras baldías¨en que se convirtió Parque Central. Yo no pisaba por ahí desde que visitaba los museos. Todo tenía los signos del abandono: las jardineras desoladas, las terrazas solitarias y polvorientas, el olor a benzol, el cine clausurado, en fin, allí donde la vida se había ido.
Me convencí de que una edificación no es sólo concreto, vidrio y muebles, incluso una ciudad dentro de la ciudad como es Parque Central. No sólo son sueños de un arquitecto, es la esperanza de que la gente se acople a sus lugares y los haga suyos, los cuide como cuida su casa, el lugar que ama. Yo amo Parque Central, mi padre me enseñó la grandeza de la intención de sus constructores de hacer de esa obra un paraíso integrado para vivir. Creo que los hijos de Adán perdieron ese paraíso también.
Fuimos a almorzar. Llegamos a la Avenida Solano a escasos metros de la oficina y nos metimos en un restaurancito cualquiera. El sabroso asopado de mariscos en la tasca gallega nos ganó con cuatro cuerpos de diferencia, parecía que apenas habíamos probado el plato y veníamos con un hambre horrible. Seguíamos hablando, ella con un cigarrillo en la mano y yo con un sorbo se Seven-Up. La tarde pasó tranquila y sin aspavientos pero era hora de volver a la oficina.
Sonó mi celular, un mensaje decía: ¨Cariño, mis pensamientos vuelan hacia ti, come rico y que tengas un buen provecho. Te amo, un :p de cariño para ti¨. El es una sonrisa en mi vida.
Este día me ha sorprendido y me ha regalado sus colores y me ha sacado de mis lugares comunes. Qué bien, ojalá me pasara todos los días.
Josie
El Silencio tiene otro color, un ocre suave que se interpone en el paisaje, cansando la vista, vibrando bajo la fuerte luz del sol. La plaza O´Leary y las fuentes de Narváez lucían inocentes, esperando paseantes y no estresados peatones, las sirenas de la plaza esperan impasibles tiempos mejores. La avenida San Martín nos abre al mercado persa: comercios de linea blanca, mueblerías, electrodomésticos, uno tras otro. Los hombres cruzan la vía despreocupados del semáforo y sus colores, con sus carretillas vacías.
Llegamos a los talleres de El Nacional y lo observamos todo con ojos expectantes. La inmensa rotativa, los obreros iendo y viniendo, las encartadoras haciendo su trabajo con manos hábiles. Salimos con la promesa a la encargada de volver para verlo todo con detalle y con la sensación de que estábamos en otra Caracas, pero ella es así, la de las mil máscaras, la del carácter voluble. Luego hicimos una parada (siempre en taxi) en Parque Central.
¿Quién diría que en ese trayecto hablaríamos de tantas cosas después de tantos años en familia?
hablamos de su novio, con el que tiene intenciones de casarse. El formar una familia, con niños, perro, jardín y cerca blanca, un nidito de amor...y sólo dios sabe si un recinto de rutina (espero sinceramente que no!!!) quiero que sea feliz de corazón, se lo merece tanto!
También me enteré de sus gustos esotéricos, su atracción por los detalles simples, y le ví un móvil de esos que suenan con el viento, ideal para su casa, para atraer las buenas vibraciones. Le compró a Hernán un sticker con el ¨om¨ de los hindúes (a él le encanta ese símbolo) y a su novio un cuarzo rosado para el amor. No podíamos salir de la tienda. Veníamos por un encargo y de vaina no cargamos con la tienda entera.
Luego vino algo más terrenal. Caminamos por las ¨tierras baldías¨en que se convirtió Parque Central. Yo no pisaba por ahí desde que visitaba los museos. Todo tenía los signos del abandono: las jardineras desoladas, las terrazas solitarias y polvorientas, el olor a benzol, el cine clausurado, en fin, allí donde la vida se había ido.
Me convencí de que una edificación no es sólo concreto, vidrio y muebles, incluso una ciudad dentro de la ciudad como es Parque Central. No sólo son sueños de un arquitecto, es la esperanza de que la gente se acople a sus lugares y los haga suyos, los cuide como cuida su casa, el lugar que ama. Yo amo Parque Central, mi padre me enseñó la grandeza de la intención de sus constructores de hacer de esa obra un paraíso integrado para vivir. Creo que los hijos de Adán perdieron ese paraíso también.
Fuimos a almorzar. Llegamos a la Avenida Solano a escasos metros de la oficina y nos metimos en un restaurancito cualquiera. El sabroso asopado de mariscos en la tasca gallega nos ganó con cuatro cuerpos de diferencia, parecía que apenas habíamos probado el plato y veníamos con un hambre horrible. Seguíamos hablando, ella con un cigarrillo en la mano y yo con un sorbo se Seven-Up. La tarde pasó tranquila y sin aspavientos pero era hora de volver a la oficina.
Sonó mi celular, un mensaje decía: ¨Cariño, mis pensamientos vuelan hacia ti, come rico y que tengas un buen provecho. Te amo, un :p de cariño para ti¨. El es una sonrisa en mi vida.
Este día me ha sorprendido y me ha regalado sus colores y me ha sacado de mis lugares comunes. Qué bien, ojalá me pasara todos los días.
Josie
Comentario:
jo q de matices y colores.. me alegro q lo disfrutases.. muchos besos





