Come as you are!
El joven (de 28) vive en 1994. Brinca, se exalta, aspira las últimas briznas de su perdida adolescencia, y quema su primera juventud sin pudor...su tragedia más grande es haberse enamorado de la tragedia misma...una época en que Duran Duran cantaba ¨Ordinary World¨ y Guns and Roses despotricaba las jóvenes almas con ¨November Rain¨ una dulce melancolía nos hacíamos preguntarnos ¨What´s going on?¨ y nos sentíamos en el éxtasis con los primeros acordes de ¨Mr. Jones¨.
Para el momento en que la banda apareció en escena, la oscurantista escena grunge cayó sobre nuestras cabezas como caen las semillas en un terreno labrado, listo para la siembra de las espinas del dolor...es la época de vestirse con camisas a cuadros, (hombres y mujeres) comprarse unos modestos converse, comprar jeans nuevos para romperlos con la sutil técnica de la navajita, usar las franelas mas desgastadas del armario con la cara no tan feliz de una banda llamada Nirvana, y poner de moda el pelo grasiento y las uñas negras, desgastadas. Ser joven para la epoca grunge era vivir en el paraíso del tormento y tripearselo con algunos panas dispuestos a una sesión de descarga...si porque hasta el muy pavo local ¨Tequila Sunrise¨ estaba llena de gente dispuesta a poner su crisis existencial en algún lado. Era la época de la guerrilla entre urbanizaciones que invariablemente terminaban en trifulcas en los centros comerciales, batidas entre gallitos de pelea apenas salidos del cascarón...estábamos a años luz de Quinci y Yandel pero si habia algo pachangoso como el meneíto, Proyecto Uno y Sandy+Papo.
Es en este contexto que algunos adultos contemporáneos recordamos, en el cual se desarrolló la obra de teatro del domingo en la sala Rajatabla. Eramos como 40 personas, casi todas vestidas de jeans rotos, converses de todos los colores, franelas negras, camisetas percudidas que alguna vez fueron blancas y desenfado, muchisimo desenfado...casi todos, excepto yo. Me fui de falda negra, sandalias, camiseta fucsia y blazer blanco con finas rayitas negras.
La obra expone los dolores (muy grunge) de tres personajes a partir de la pérdida: los sueños, las ilusiones, las aspiraciones en la vida.
Están signados por la muerte de un ícono de los noventa: Kurt Cobain, por lo que el título no podía ser mejor: ¨Lo que Kurt Cobain se llevó¨.
El joven Ricardo (de 28 años) aspirante a cantante de grunge, especula por muchos años las causas de la muerte de su ídolo, aventura que comparte con Cheo, su mejor amigo, y Ariadna (su esposa durante todos esos años, desde los 16) en la cual se apoya para tener como vivir, ya que aparte de sus sueños de grandeza y espíritu disperso, nuestro buen amigo Ricardo es poco mas que un mantenido por su mujer.
Como saliendo de un largo trance, con la decadencia de la realidad, los tres despiertan un día desorientados, descubriendo que el mundo cambió y los cambió, todo esto sin norte ni brújula, arrastrados por el tiempo, desdibujados ante sí mismos, aferrados a la máscara del ayer porque hoy no saben quiénes son, adónde van. Pero el duro despertar del sueño existencial da paso a desenlaces mayores.
Es una obra sin desperdicio: tragedia, humor, amor, lágrimas, suspiros, risas. No graneado en dosis médicas para que cale en todo tipo de público, sino todo envuelto en la capa absurda y contradictoria que es la cotidianidad. Fué como asomarse a una época que creímos difusa, perdida en los anales de la memoria, con la leve densidad de algunos sueños, y de pronto verla retratada en un inmenso lienzo con los colores de la melancolía.
Para el momento en que la banda apareció en escena, la oscurantista escena grunge cayó sobre nuestras cabezas como caen las semillas en un terreno labrado, listo para la siembra de las espinas del dolor...es la época de vestirse con camisas a cuadros, (hombres y mujeres) comprarse unos modestos converse, comprar jeans nuevos para romperlos con la sutil técnica de la navajita, usar las franelas mas desgastadas del armario con la cara no tan feliz de una banda llamada Nirvana, y poner de moda el pelo grasiento y las uñas negras, desgastadas. Ser joven para la epoca grunge era vivir en el paraíso del tormento y tripearselo con algunos panas dispuestos a una sesión de descarga...si porque hasta el muy pavo local ¨Tequila Sunrise¨ estaba llena de gente dispuesta a poner su crisis existencial en algún lado. Era la época de la guerrilla entre urbanizaciones que invariablemente terminaban en trifulcas en los centros comerciales, batidas entre gallitos de pelea apenas salidos del cascarón...estábamos a años luz de Quinci y Yandel pero si habia algo pachangoso como el meneíto, Proyecto Uno y Sandy+Papo.
Es en este contexto que algunos adultos contemporáneos recordamos, en el cual se desarrolló la obra de teatro del domingo en la sala Rajatabla. Eramos como 40 personas, casi todas vestidas de jeans rotos, converses de todos los colores, franelas negras, camisetas percudidas que alguna vez fueron blancas y desenfado, muchisimo desenfado...casi todos, excepto yo. Me fui de falda negra, sandalias, camiseta fucsia y blazer blanco con finas rayitas negras.
La obra expone los dolores (muy grunge) de tres personajes a partir de la pérdida: los sueños, las ilusiones, las aspiraciones en la vida.
Están signados por la muerte de un ícono de los noventa: Kurt Cobain, por lo que el título no podía ser mejor: ¨Lo que Kurt Cobain se llevó¨.
El joven Ricardo (de 28 años) aspirante a cantante de grunge, especula por muchos años las causas de la muerte de su ídolo, aventura que comparte con Cheo, su mejor amigo, y Ariadna (su esposa durante todos esos años, desde los 16) en la cual se apoya para tener como vivir, ya que aparte de sus sueños de grandeza y espíritu disperso, nuestro buen amigo Ricardo es poco mas que un mantenido por su mujer.
Como saliendo de un largo trance, con la decadencia de la realidad, los tres despiertan un día desorientados, descubriendo que el mundo cambió y los cambió, todo esto sin norte ni brújula, arrastrados por el tiempo, desdibujados ante sí mismos, aferrados a la máscara del ayer porque hoy no saben quiénes son, adónde van. Pero el duro despertar del sueño existencial da paso a desenlaces mayores.
Es una obra sin desperdicio: tragedia, humor, amor, lágrimas, suspiros, risas. No graneado en dosis médicas para que cale en todo tipo de público, sino todo envuelto en la capa absurda y contradictoria que es la cotidianidad. Fué como asomarse a una época que creímos difusa, perdida en los anales de la memoria, con la leve densidad de algunos sueños, y de pronto verla retratada en un inmenso lienzo con los colores de la melancolía.





