De la lujuria.
La lujuria es definida por los católicos como la inconformidad de los seres humanos de usar sus pasiones para amar al esposo o procrear. Por lo menos eso es lo que dice Paulo Coelho, quien está sacando una serie de columnas en Todo En Domingo, acerca de los siete pecados capitales. Tengo algo personal que decir de esto. Llamas amenazadoras del infierno aparte, la lujuria sustenta un amplísimo mercado de la pornografía, cuyos alcances (el sexo, mejor cuanto más prohibido, cuanto más osado, cuanto más libre, cuanto más reprobable) mueven millones de dólares todos los días. ¿Con qué fin? Pues según lo veo, para despertar en la mente antes que en el cuerpo, las sensaciones gastadas pero apetecidas de la excitación.
Nada mal si una quiere divertirse un poco, reírse un poco, con ganas de un pequeño autoescándalo, descubrir el propio cuerpo para saber cómo enseñárselo a la pareja. Pero según Ricardo Arjona, "el afrodisíaco más cumplidor, no son los mariscos sino el amor" y no hay nada más cierto. No importa qué tan atrevido sea el sexo, se gasta muchísima más energía en generar una reacción artificial y externa que en encender la llama desde el auténtico deseo, lo apetecible, lo añorado en cualquier descuido en el día. Personalmente y como buena nacida bajo el signo de Virgo que soy, mi sexualidad duerme apaciblemente hasta que algo, alguien, la despierta, y cuando se despierta, tiene hambre.
Hoy Hernán y yo bajamos letárgicamente bajo el sol de las doce una calle de Los Palos Grandes, luego de un copioso brunch. Hablábamos de cualquier cosa, yo miraba distraída hacia el café Atlantique cuando de pronto me detuvo, me agarró por la cintura y me besó. Me besó con suavidad y dulzura, generosamente, sin prisas ni privaciones, yo sentí como si no me hubiese besado en años, como quien casualmente toma un vasito de agua y descubre que necesita tomarse la jarra entera. Sentí que mi adormecida sexualidad pegaba un brinco desde la cama y se preparaba para ejercer sus buenos oficios. El también se sintió despabilado bruscamente y me lo comentó. Terminamos de bajar la cuesta con una cómplice sonrisa, silenciosos y abrazados, seguros de que no fué una porno lo que puso la nota picante del día, sino un beso, aquel acto que todo el mundo puede ver pero pocos pueden descubrir su significado.
Nada mal si una quiere divertirse un poco, reírse un poco, con ganas de un pequeño autoescándalo, descubrir el propio cuerpo para saber cómo enseñárselo a la pareja. Pero según Ricardo Arjona, "el afrodisíaco más cumplidor, no son los mariscos sino el amor" y no hay nada más cierto. No importa qué tan atrevido sea el sexo, se gasta muchísima más energía en generar una reacción artificial y externa que en encender la llama desde el auténtico deseo, lo apetecible, lo añorado en cualquier descuido en el día. Personalmente y como buena nacida bajo el signo de Virgo que soy, mi sexualidad duerme apaciblemente hasta que algo, alguien, la despierta, y cuando se despierta, tiene hambre.
Hoy Hernán y yo bajamos letárgicamente bajo el sol de las doce una calle de Los Palos Grandes, luego de un copioso brunch. Hablábamos de cualquier cosa, yo miraba distraída hacia el café Atlantique cuando de pronto me detuvo, me agarró por la cintura y me besó. Me besó con suavidad y dulzura, generosamente, sin prisas ni privaciones, yo sentí como si no me hubiese besado en años, como quien casualmente toma un vasito de agua y descubre que necesita tomarse la jarra entera. Sentí que mi adormecida sexualidad pegaba un brinco desde la cama y se preparaba para ejercer sus buenos oficios. El también se sintió despabilado bruscamente y me lo comentó. Terminamos de bajar la cuesta con una cómplice sonrisa, silenciosos y abrazados, seguros de que no fué una porno lo que puso la nota picante del día, sino un beso, aquel acto que todo el mundo puede ver pero pocos pueden descubrir su significado.





