Y lo demás es monte?
Hay personas que sin pasar de Chacaíto tratan de encauzar su vida como si fuese una ¨burbuja¨ existencial. Más allá para ellos está el coco de concreto. Sabemos que nada más en la Av. Libertador atracan 17 autobuses diarios, que hay que estar agarrada de la cartera como si fuese un salvavidas en un naufragio cuando se navega en la marea humana del metro, que no faltan las ¨gentesinoficio¨ que buscan como aplicar la estafa, el truco, la maña, al primer incauto que cruce su camino pero, ¿acaso vivir no conlleva la sentencia de morir? más aún si se vive en una ciudad como esta. La paranoia no debe dirigir nuestros actos, la cautela sí. La agresividad no puede ser nuestro escudo al salir a la calle, (una termina con muchas arrugas), la inteligencia sí. Malicia, picardía, perspicacia, esencias y hierbas todas que deben condimentar la vida del caraqueño. En caso de pasar un susto, es hora de acordarse de la fe de su preferencia y hacer lo posible por superarlo.
¿Por qué digo esto? porque más allá de Chacaíto hay tesoros. Hay gente que uno nunca conocería si nos domina el miedo, gente con una filosofía tan sencilla para encarar la vida pero tan profunda, que ríete tú del Prozac, gente como la que vive en el 23 de Enero, por ejemplo.
Mi abuelo sudó lo suyo para hacerse de un espacio para vivir, pero no se conformó con hacer su casa en un peladero de chivo, ni de protegerse de la lluvia con cartón piedra. El hizo una calle completa. Al menos quince casas a puro músculo y a pleno sol levantó allá en Las Brisas, cargando piedras y levantando paredes (el nunca oyó hablar eso de ¨prefabricado¨) Ordenó a los hijos a su alrededor y alrededor de los hijos el vecindario y alrededor del vecindario la vida. El 23 se hizo de gente sencilla echada pa´lante, pues. En cualquier esquina de Las Brisas se siente el viento soplar con una gentileza desconocida para el aire acondicionado, el sol ilumina lo justo y necesario, pues el estrecho callejón con sus altas casas le impone un horario. En el 23 vi nacer la Piedrita, los murales y sus personajes, su alma rebelde e inconforme, sus balcones silenciosos donde provoca hacer una parrilla sin preocuparse del qué dirá el vecino con sus cortinas nuevas, porque el vecino lleva la guarapita y también come un platico. En el 23 conocí al feliz y al necesitado, al creativo y al flojo, y hasta los malandros son reconocidos desde lejos. En el 23 me siento en la cama a escuchar los cuentos de otras épocas mientras mi abuelo de 97 años, sentado en la mecedora me habla y hasta me recita poemas de la flor que nace entre las rendijas de un esqueleto:
Oh hermosa flor, qué triste fué tu suerte,
al primer paso que diste, encontraste a la muerte.
Llevarte es un caso grave,
Dejarte es un caso fuerte,
Llevarte es quitarte la vida,
Dejarte, es dejarte con la muerte.
El 23 es la flor que nace a pesar de la muerte sobre la que se levanta,
es la esperanza que nutre sueños y poemas, a pesar de las balas y la pobreza. Es donde aprendí a mantenerme sencilla, pero digna. Es donde la humildad del espíritu se abre para disfrutar de las cosas más simples pero generosas como un buen batido de guanábana, o una sopa de res bien resuelta, una conversación amena, un ¨mucho juicio por ahí, muchacha¨. Qué triste sería la vida si no se tiene la oportunidad de ver la belleza en las cosas pequeñas, si todo es el cuánto tienes, cuánto vales, qué triste sería para mí si el 23 desaparece en la violencia de la avaricia, del odio y de la ambición de poder en la que algunos la quieren ver empantanada. Ojalá, nunca mis ojos puedan ver eso.
¿Por qué digo esto? porque más allá de Chacaíto hay tesoros. Hay gente que uno nunca conocería si nos domina el miedo, gente con una filosofía tan sencilla para encarar la vida pero tan profunda, que ríete tú del Prozac, gente como la que vive en el 23 de Enero, por ejemplo.
Mi abuelo sudó lo suyo para hacerse de un espacio para vivir, pero no se conformó con hacer su casa en un peladero de chivo, ni de protegerse de la lluvia con cartón piedra. El hizo una calle completa. Al menos quince casas a puro músculo y a pleno sol levantó allá en Las Brisas, cargando piedras y levantando paredes (el nunca oyó hablar eso de ¨prefabricado¨) Ordenó a los hijos a su alrededor y alrededor de los hijos el vecindario y alrededor del vecindario la vida. El 23 se hizo de gente sencilla echada pa´lante, pues. En cualquier esquina de Las Brisas se siente el viento soplar con una gentileza desconocida para el aire acondicionado, el sol ilumina lo justo y necesario, pues el estrecho callejón con sus altas casas le impone un horario. En el 23 vi nacer la Piedrita, los murales y sus personajes, su alma rebelde e inconforme, sus balcones silenciosos donde provoca hacer una parrilla sin preocuparse del qué dirá el vecino con sus cortinas nuevas, porque el vecino lleva la guarapita y también come un platico. En el 23 conocí al feliz y al necesitado, al creativo y al flojo, y hasta los malandros son reconocidos desde lejos. En el 23 me siento en la cama a escuchar los cuentos de otras épocas mientras mi abuelo de 97 años, sentado en la mecedora me habla y hasta me recita poemas de la flor que nace entre las rendijas de un esqueleto:
Oh hermosa flor, qué triste fué tu suerte,
al primer paso que diste, encontraste a la muerte.
Llevarte es un caso grave,
Dejarte es un caso fuerte,
Llevarte es quitarte la vida,
Dejarte, es dejarte con la muerte.
El 23 es la flor que nace a pesar de la muerte sobre la que se levanta,
es la esperanza que nutre sueños y poemas, a pesar de las balas y la pobreza. Es donde aprendí a mantenerme sencilla, pero digna. Es donde la humildad del espíritu se abre para disfrutar de las cosas más simples pero generosas como un buen batido de guanábana, o una sopa de res bien resuelta, una conversación amena, un ¨mucho juicio por ahí, muchacha¨. Qué triste sería la vida si no se tiene la oportunidad de ver la belleza en las cosas pequeñas, si todo es el cuánto tienes, cuánto vales, qué triste sería para mí si el 23 desaparece en la violencia de la avaricia, del odio y de la ambición de poder en la que algunos la quieren ver empantanada. Ojalá, nunca mis ojos puedan ver eso.
Comentario:
ojala mis ojos nunca puedan ver eso...
que buena manera de dejarme pensando en lo que de verdad uno quisiera nunca ver perderse, pero ante todo esta el espiritu humano y las ganas de la gente, de esa gente que siente su zona como su casa y no solamente sus 4 paredes. Confiemos en que es mas la gente de conciencia que la que no y que los valores de comunidad y respteto prevalezcan en zonas representativas de esta Caracas para que la armonia sea la atmosfera reinante.
un beso. tu franco admirador
que buena manera de dejarme pensando en lo que de verdad uno quisiera nunca ver perderse, pero ante todo esta el espiritu humano y las ganas de la gente, de esa gente que siente su zona como su casa y no solamente sus 4 paredes. Confiemos en que es mas la gente de conciencia que la que no y que los valores de comunidad y respteto prevalezcan en zonas representativas de esta Caracas para que la armonia sea la atmosfera reinante.
un beso. tu franco admirador





