Mirar al cielo y olvidar.
Ayer subía la cuesta a mi casa. Como mi nuevo trabajo queda más cerca que el anterior, en sólo media hora estoy en mi casa via transporte público mientras que si me voy en carro tardaría como una hora y cuarto.
Ilógico, verdad?
Pero no olvidemos que hablamos de Caracas. Especialmente de que yo vivo en el Este, donde por cada familia que viva allí, hay un promedio de tres carros y a todos nos gusta entrar y salir con el tiempo justo.
Cuando me bajo del autobus una luz anaranjada me ilumina. Miré mi reloj. Eran las seis y media. Qué inundación cromática es ésta?
Miré hacia arriba y ahí lo ví. Un ángel enorme rosa-naranja incandescente que abarcaba todo el espacio, entre el horizonte y las montañas, recortado sobre un cielo de intenso azul, con las alas desplegadas en el acto congelado de volar, tan suaves e inmensas que sentía que me arropaba con una lentitud eterna, tan perfectas que convertirían a los escépticos, curarían cualquier pena, cualquier amargura del día.
El halo de sus vestiduras se perdía en bucles y rizos hasta el sol, su cara se perdía vuelta hacia el infinito en un revuelo de plumas y colores y mientras lo contemplo me pregunto otra vez:
¿Importa realmente si la vida que uno vive es real o imaginaria?
¿Son los hechos o las emociones que nos producen lo que realmente queda?
Tal vez un artista me diría que lo mío es un hecho gestáltico ligado a la iconografía cristiana.
Y un meteorólogo me dirá que se trata de una nube "cúmulo-nimbo" cuyas reflexiones de luz son ocasionadas por la presión atmosférica combinado con los rayos del sol.
Y en última instancia un psiquiatra diría sencillamente que estoy loca.
(¡descubriría el agua tibia!)
Yo me quedo contemplando el cielo detenida en mi camino, el que conozco de memoria, y a mi alrededor todos miraban el asfalto. De pronto, alguien desde un carro en la monotonía de la cola se asoma y mira también, un anciano deja de mascullar y se deja vencer por la curiosidad, la gente de pronto despega la vista del piso y mira al cielo, no sé si esperando ver un extraterrestre, un helicóptero o al Conde del Guácharo bajando en paracaídas.
Yo veía algo irrepetible, único, un ángel en tránsito al cielo que no volvería a ver jamás, sus alas moviéndose lentamente como quien sabe que el tiempo es nada ante la mirada de los siglos.
Y yo, que soy un fragmento del universo veloz entre la cuna y la tumba, decidí regalarme ese momento fugaz y eterno, el de mirar al cielo y olvidar.
Ilógico, verdad?
Pero no olvidemos que hablamos de Caracas. Especialmente de que yo vivo en el Este, donde por cada familia que viva allí, hay un promedio de tres carros y a todos nos gusta entrar y salir con el tiempo justo.
Cuando me bajo del autobus una luz anaranjada me ilumina. Miré mi reloj. Eran las seis y media. Qué inundación cromática es ésta?
Miré hacia arriba y ahí lo ví. Un ángel enorme rosa-naranja incandescente que abarcaba todo el espacio, entre el horizonte y las montañas, recortado sobre un cielo de intenso azul, con las alas desplegadas en el acto congelado de volar, tan suaves e inmensas que sentía que me arropaba con una lentitud eterna, tan perfectas que convertirían a los escépticos, curarían cualquier pena, cualquier amargura del día.
El halo de sus vestiduras se perdía en bucles y rizos hasta el sol, su cara se perdía vuelta hacia el infinito en un revuelo de plumas y colores y mientras lo contemplo me pregunto otra vez:
¿Importa realmente si la vida que uno vive es real o imaginaria?
¿Son los hechos o las emociones que nos producen lo que realmente queda?
Tal vez un artista me diría que lo mío es un hecho gestáltico ligado a la iconografía cristiana.
Y un meteorólogo me dirá que se trata de una nube "cúmulo-nimbo" cuyas reflexiones de luz son ocasionadas por la presión atmosférica combinado con los rayos del sol.
Y en última instancia un psiquiatra diría sencillamente que estoy loca.
(¡descubriría el agua tibia!)
Yo me quedo contemplando el cielo detenida en mi camino, el que conozco de memoria, y a mi alrededor todos miraban el asfalto. De pronto, alguien desde un carro en la monotonía de la cola se asoma y mira también, un anciano deja de mascullar y se deja vencer por la curiosidad, la gente de pronto despega la vista del piso y mira al cielo, no sé si esperando ver un extraterrestre, un helicóptero o al Conde del Guácharo bajando en paracaídas.
Yo veía algo irrepetible, único, un ángel en tránsito al cielo que no volvería a ver jamás, sus alas moviéndose lentamente como quien sabe que el tiempo es nada ante la mirada de los siglos.
Y yo, que soy un fragmento del universo veloz entre la cuna y la tumba, decidí regalarme ese momento fugaz y eterno, el de mirar al cielo y olvidar.
Comentario:
Yo no veo imagenes en las nubes, pero cuando miro al cielo nada más me importa, siento que los problemas y todo lo demas no son nada en comparación a la majestuosidad del cielo...
Saludos
Saludos





