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ENTRE EL SUEÑO Y LA VIGILIA
Registro heterogéneo de la vida despierta y dormida de una caraqueña.
Acerca de
Josie vive en Caracas desde hace veintitantos años, viajando de Este a Oeste y de punta a punta de su ciudad natal, algo que no tendría nada de especial de no ser porque la ciudad tiene varias dimensiones y es vertiginosa en más de un sentido. Es bella y terrible a la vez, donde conviven el paraíso y el caos. Es éste el motivo por el cual titulo mi blog ¨entre el sueño y la vigilia¨ porque no importa si estás despierto, drogado o dormido. El realismo mágico tiene otra dimensión en la capital de Venezuela. Vivir en Caracas o sobrevivir a la ciudad es cuestión de actitud. Hernán: Mi novio, una cuchura de hombre. Mamá: una cuchura pesada pero que haría cualquier cosa por mi. Wendy: Mi cuñada, comadre de curdas, compartimos un pasado lleno de alcohol, affairs y unas cuantas resacas oficineras. Sofi: es mi hermana. A quien dios no le da hijos, le da sobrinos, y a quien no le da hermanos le da amigos.
Sindicación
 
Que qué es eso de allá? el destino.
El sábado fué intenso. A las 9.30 de la mañana ya estaba enfundada en mis licras, mi suéter y mi protector solar rumbo a la cumbre del cerro Ávila. Tenía entrada para la tercera jornada deportiva que iba a tener lugar en el gran salón del casi mítico hotel Humboldt, pero no iba yo a escalar o cosa parecida, (un ser tan sedentario como yo debe pensarlo más de 2 docenas de veces en ese caso) sino a entrar allî por medio del mundo ingrávido del teleférico.
Desde la estación de Maripérez, pegadita de la cota mil, se podían apreciar las nubes que cubrían la mitad del Ávila, y recordé la frase de un amigo amante de los deportes extremos: "nunca subas el cerro si más de la mitad está cubierta de nubes...NUNCA" hmmm...el instinto me decía que diera vuelta en "U" derechito a mi casa pero ya que estaba ahí, no me iba a echar para atrás. No me gustaba el sentimiento de quedarme vestida, alborotada, con los crespos hechos...y de perder 80.000 Bolívares. Sentimiento tonto, verdad?

De modo que allá agarré mi funicular junto a una familia. De Caracas he dicho muchas cosas, que si es un desastre, que si la delincuencia, que las obras, que...pero no les he comentado de lo cálida que puede ser la gente cuando se permite relajarse en el trajín del día a día. Te adoptan inmediatamente. Te toman fotos, te preguntan tu nombre, que si viniste sola, que si...y de pronto, una bruma blanca nos envuelve y el silencio es total. Las líneas del funicular se pierden de vista a menos de dos metros, los que van de bajada pasan por nuestro lado como apariciones fantasmales, algún pico de los árboles más altos se asoma difuso e irreal y el chipilín del grupo es todo ojos, suspendido entre el asombro y el espanto, con el alma en un hilo. Es la súbita incertidumbre de si en realidad nos estamos moviendo.

De pronto, una sombra gris se acerca, rápidamente se perfila como una boca a donde llegan los funiculares, y nos damos cuenta de que hemos llegado. Tanto para subir como para bajar son como 20 minutos pero en realidad este es uno de los telefericos más largos de suramérica. Son 2100 metros sobre el nivel del mar.
Como los funiculares no se detienen, hay que bajar con cuidado. Me despido entre sonrisas de mis compañeros de viaje y me interno una vez más en la neblina espesa que cae como un velo sobre las caminerías de piedra hacia mi próximo destino, abro mis brazos, expandiendo todos mis alveolos pulmonares para llenarlos del olor a musgo, de piedras humedecidas, de verde paraíso, de pétalos frescos, y mi piel recibir el rocío de las ramas de los árboles. A lo lejos, en algún lugar del espacio blanco e infinito, se escucha ondear furiosamente la enorme bandera de Venezuela, como tratando de sacudirse esa octava estrella que recién le acaban de pegar. Cerca estaba el lugar.
El imponente hotel Humboldt.
Acerca de este hotel, sé que como casi todo lo que resiste impertérrito el paso del tiempo y los gobiernos en Caracas, fué construído durante la dictadura de Marcos Pérez Jiménez e inaugurado el 29 de diciembre de 1956.
El Hotel debe su nombre al geógrafo y naturalista alemán Alejandro Humboldt (1769-1859) quien recorrió las montañas de El Ávila y dejó escrito el testimonio de sus observaciones. Su arquitectura está compuesta por una torre circular de sesenta metros de altura, que permite una vista de 360º. Cuenta con catorce pisos y setenta habitaciones que ofrecen una espectacular vista de la ciudad de Caracas. Ya sé que son poquitas habitaciones para llamarlo "imponente" pero creo que en un sitio así, ése constituye un detalle menor. En estos momentos está en fase de remodelación pero las áreas sociales dan buena cuenta de su belleza art-déco. Nunca lo había visitado y creo que ningún caraqueño debería perderse esa visita.
Yo no tengo más palabras para describirlo sino como "espectacular" : las chimeneas de bronce, los muebles enmarcados propiamente en el término "moderno" , los pisos de granito, las paredes construídas con piedras traídas del amazonas, (dícese, la otra punta del país, en los años 50!!! qué proeza) los salones elegantes y acogedores. Caracas vivía el boom petrolero y aunado con ello, de la arquitectura inspirada en las propuestas de arquitectos como Le Corbusier, y la grandiosidad de un sueño llamado "civilización" nos sacudió lo que quedaba de la ruralidad colonial para entrar por la puerta grande en el término "cosmopolita" al menos en cuanto a infraestructura se refiere.

Recuperada apenas de la primera impresión, sigo rumbo al gran salón. La gente poco a poco se pone en filas, una tras la otra, de frente a la tarima. Un enorme afiche de "Fit Combat" adorna la pared. El equipo está a todo volumen y poco a poco los patrocinantes hacen sus presentaciones y se inicia la jornada con una clase de baile que gocé como nunca. Cha-cha-chá, salsa, hip hop, y (ejem! que me disculpen mis compadres rockers) regguetón.
2 horas y media después me sorprendí vivita, coleando, animada y con ganas de más. Me encuentro con una amiga del gym y nos ponemos en fila para iniciar mi disciplina favorita: Fit Combat.
Los instructores van desfilando en una demostración de diversas técnicas y llega el momento en que Román, mi instructor de los viernes, se monta en escena.
El es un hombre moreno, alto, guapo y fornido pero sin llegar a la exageración, todo su cuerpo es un culto a la flexibilidad y la armonía.
Es simpático como pocos, sonriente y motivador. Brillaba en su uniforme blanco pero le noté nervios, allí, paradito antes de su presentación. Se puso unos lentes oscuros. Entonces busqué su mirada y cuando me vió levanté mis dos pulgares hacia arriba. "Román" -le grité- "tú eres el mejor" me sonrió y se le olvidó todo aquello por un microsegundo.
Empezó la clase, un,dos,tres,cuatro. Izquierda, derecha, patada, esquivar, punch, up y directo. Yo era pura adrenalina. Ni estómago, ni conciencia, ni preocupaciones.
2 horas y media después noté un dolor de cadera. Luego sentí claramente todos mis órganos internos. Supe que había llegado a mi límite, debía parar y recuperarme.
Acabó la clase y me acerqué a Román, nos tomamos fotos, hablamos un poco y luego miré por casualidad la hora. Eran las 5 de la tarde.
Luego miré la ventana. Pronto las temperaturas caerían en picada y la niebla ya no me parecerá tan romántica. 13 años viviendo en una montaña me enseñaron algo.
Me monté mi morralito al hombro con los obsequios de los organizadores y me apresuré a regresarme a la estación. A mitad del camino algo le recordó a mi organismo que no había comido nada desde las 8 de la mañana. Apreté el paso y me metí en un restaurant "wannabe" alemán. Empezó a lloviznar.
Luego de media hora comiendo y mirando videos de Guns N' Roses (ah! qué tiempos aquellos) salí del local y compré unas flores de Galipán para mi mamá, quien entre sus mensajes y los de Hernán habían tapusado mi buzón del celular. Llego a la salida encontrándome con dos grandes contratiempos: La cola para bajar era inmensa y la tormenta eléctrica era inminente.
En la cola encuentro a un grupo encantador de 10 adolescentes (si, a lo mejor "encantador" no rima con "adolescentes" pero créanme que existen) todos abrazados tiritando de frío pero aún con ganas de reír y cantar la canción de moda.
A las 7 de la noche la tormenta amainó un poco y empezamos a bajar.
Me tocó un grupo de 4 muchachas del grupo y una madre con su hijita de 6. Las muchachas me hacían olvidar que afuera la tormenta volvió a arreciar y que el funicular no tenía ni una luz. Hablaban de sus planes de estudio y me dí cuenta de que hoy en día los jóvenes son más concientes y ambiciosos que cuando yo estudié bachillerato. Calculaban promedios, hablaban de prepararse para la prueba del CNU, de sus posibilidades de ingresar a la exclusivísima Universidad Simón Bolivar (santuario de muchas de las mentes más brillantes del país) pero seguían tan alegres y campantes.
Y el funicular se detuvo.
Balanceándonos cual hoja en el aire de la tormenta, nos habíamos detenido a menos de 10 minutos de Maripérez, en tierra firme, y una de las muchachas (la más callada de todas) amenazaba con entrar en una crisis nerviosa y desatar el pánico en el microespacio de 2x2 mts cuadrados.
Mi mamá llamó, la voz se sentía llorosa.
"dónde estás???"- "Aquí, suspendida en la nada"- las muchachas se relajaron un poco con una risita nerviosa. "Justo sobre la falla de San Sebastián, a menos de 10 minutos, pero tranquila, yo voy a llegar. No te preocupes"

Cuando colgué, supe que las muchachas se habían olvidado un poco de la tormenta.
"disculpa" dijo una "qué es la falla de San Sebastián?"
Les expliqué que estábamos entre dos grandes placas tectónicas que daban forma al valle de Caracas y al Ávila al mismo tiempo. Constituye una de las tres grandes fallas geológicas que atraviesan Venezuela, el sistema de fallas de Bocon-San Sebastián-El Pilar, los cuales constituyen el límite principal entre la placa del Caribe y la placa de América del Sur y es el causante de los sismos más severos que han ocurrido en el territorio nacional. La misma que se conecta con varias fallas que vienen desde la Patagonia, atraviesa la cadena montañosa de los Andes, atraviesa Caracas por el este, el Ávila, y sigue hacia California conectada por la falla de San Andrés, llegando a todo el continente, dándole su particular silueta a todo el oeste del continente norte y suramericano.
Entre charla y charla me dí cuenta de que ellas estudiaban en el mismo liceo que yo había estudiado hace años.
Cuando más distraída estaba de la tormenta, vi un fogonazo zigzagueante a menos de 1 kilómetro. Me tapé los oídos.
El estruendo fué tal que ahora sí la muchacha y la niña se pusieron a llorar pero justo entonces el funicular empezó a moverse.
En pocos minutos llegamos a Maripérez, al fin.
Mi mamá me recibió con los ojitos llorosos. -"Le pedí tanto a San Miguel que te protegiera con su espada de luz"...-
-"Sí, yo sé, allá arriba se hizo sentir la espada esa" - " dile que muchas gracias, pero la próxima vez no arme tanto escándalo, casi mata del susto a dos personas allá arriba". Y le dí las flores, las cuales casi me pone por la cabeza.
-"La próxima vez que me digas que subes al Ávila, te doy una paliza"
y sonrió.

Momento Freak: En el desespero por salir del aparato, dejé mi cooler nuevecito en el funicular.

 
Comentario:
jo, eres una valiente.. besos
No