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Desde El Cerrito
La vida vista con ojos de maestro
Acerca de
En esta bitácora no encontraréis lecturas edificantes ni divertidas. Quizá sólo la use para ejercer mi derecho al pataleo. Si alguna vez queréis decirme algo, no lo dudéis: escribidme. También habrá mucho sobre enseñanza y sobre cierto colegio de primaria, en particular. Un único requisito para quien desee dejar su muy bienvenido comentario: educación y cortesía. Gracias.
Sindicación
 
Cosas de Sevilla, 1

Nuestra ciudad, Sevilla, ha sido protagonista de reportajes y noticias en televisión y en otros medios de comunicación recientemente: la mayor botellona del país hace unos días; los carteros ya no van por Las Tres Mil; Las Tres Mil, otra vez, en España Directo, imagen bochornosa en TVE1; auto apedreado cerca del Vacie y niña hospitalizada...

¿No es para que se nos caiga la cara de vergüenza? Y mientras, en Valencia inauguran el Palacio de las Artes.

¿Tenemos alcalde? Sevilla está paralizada y muerta dentro de su propia miseria.

Aquí sólo hay mussho arte, mucha guasa sevillana y muy pocas ganas de salir a flote, y son nuestros representantes políticos los que más se hunden.
 
Polígono Sur, nefasta película
Se acaba de estrenar en Sevilla, y parece ser que en algunas salas españolas y europeas, la película Polígono Sur.

La directora, una francesa, de este proyecto quiere presentar esta barriada como un lugar de la ciudad en el que se respira arte, donde la gente canta y baila y donde la miseria del barrio no es sino el escenario perfecto para introducirnos unos personajes que, evidentemente, encandilarán a quien vea la película (impagable la imagen del Indio de Bellavista). Nos encontramos ante otro caso de la Andalucía narrada y mal contada por aguerridos visitantes extranjeros que sólo buscan el exotismo y la pandereta española, como sucedía en los siglos XVIII y XIX.

Las personas que viven en ese Polígono Sur y las que trabajamos allí queremos plantear algunas cuestiones, a pesar de saber que nos tacharán de demagogos o de algo peor.

Por ejemplo, ¿sabe el público que algunos de esos niños que aparecen en la pantalla faltaron a clase para "trabajar" como actores de fortuna? ¿Saben los espectadores que muchas niñas de esa zona del barrio dejan la escuela a los doce años porque "se piden" y han de irse con sus "maridos"? ¿Saben los realizadores del film que fomentar esa imagen de "artistas" y de "héroes" marginados no hace más que incrementar la marginalidad y la miseria de las personas?

Lo que se respira en algunas zonas del Polígono Sur, como Las Vegas, no es siempre arte: se respira el hedor de los contenedores de basuras volcados y quemados, y de las casas abandonadas y habitadas por almas que penan en su interior, atontadas con el último chute; se respira el olor de la pobreza consentida y de la falta de interés de personas e instituciones, o, lo que es peor, de la falta de coordinación de las autoridades...

Se respira, en suma, el olor del fracaso. El rector de una ciudad en la que existe un barrio como éste no puede asistir, con la sonrisa en la cara, al estreno de una película en la que se refleja parte de esa vergüenza que se llama Las Tres Mil Viviendas; antes bien, nuestro alcalde debería poner todo su empeño en corregir esa situación para que nunca, nunca, un barrio de su ciudad salga en el cine como paradigma de "grassia andalussa que no se pué aguantar". Mientras, los niños de Las Tres Mil seguirán actuando en el cine, pero es nuestra sociedad la que los obliga a representar esos papeles.
 
Fauna escolar, primera parte.


Todos los niños, o casi todos, por lo que yo sé, aman a los animales. En muchos hogares hay perritos (de diversos tamaños), gatos, hamsters, pájaros variados y, la última moda, animales exóticos: serpientes, algún mono, arañas peludas...

Los niños de mi colegio también tienen animales.

En navidad pueden verse unos raros bichillos correteando por las calles del barrio. Parecen cachorros perrunos torpes y gordezuelos, pero son cerdos. Son cuidados y mimados los días previos a las fiestas navideñas, fechas en las que serán sacrificados y asados, guisados, cocinados, estofados y preparados de mil formas diversas. La matanza, claro está, tendrá lugar en la misma calle. Oh, sí, está prohibido; no se pueden sacrificar animales así como así, para eso están los mataderos. Mas Sevilla es diferente y más diferente es esta barriada, Las Tres Mil Viviendas, y su núcleo duro y puro: Las Vegas.

Mis alumnos tienen también perros y gatos, como otros niños, y gallos de pelea en diferentes fases de crecimiento, y perros de presa, mulos, caballos, asnos, cabras... No sé dónde los meten, pero haberlos haylos.

Quizá los animales más peligrosos no son estos canes de pelea ni los gallos. Proliferan en muchos hogares de la barriada animalitos menos deseables, como las ratas y las cucarachas, y casi todas las clases de parásitos.

Precisamente fueron los parásitos los que motivaron la enojada reacción de una madre que fue reconvenida por el aspecto que presentaban sus hijos (continuará).
 
Correo para la radio
Una observación:

Soy maestro en la enseñanza pública desde hace veinticinco años, diecisiete de los cuales han transcurrido en una barriada con problemas sociales de Sevilla, Las Tres Mil Viviendas.

No conozco ningún colegio concertado quiera abrir sucursales en este barrio, con alumnos de etnia gitana en su mayoría. No olvidemos que la enseñanza pública llega donde otros sectores ni se atreven: barrios marginales, escuelas rurales, etcétera.

En la enseñanza pública hay muy buenos profesionales y, afortunadamente, ya no es frecuente ver la figura del "maestro funcionario", antes bien, nos encontramos con profesionales que acuden a cursos de perfeccionamiento en su tiempo libre, que prestan servicio en colegios muy difíciles de manera voluntaria (es el caso de mi centro) y que dedican casi más horas a los alumnos que a las propias familias. Eso se llama VOCACIÓN.
 
Fauna escolar, 2
Resulta que esta señora tiene dos hijos, chico y chica, muy guapos. Sus nombres no hacen al caso ni importan para esta historia. Por lo visto, en cierto momento del devenir de esta familia, ya se sabe, problemas económicos o con la familia, la madre hizo promesa de que si todo se arreglaba nunca pelaría a su hijo. El tal problema debió de arreglarse y para bien puesto que el chico (vale: lo llamaremos Manolo, ea) ostenta una hermosa melena rubinchina y rizada que le cubre los hombros; los más de los días la lleva recogida en una eficaz cola de caballo.
Todo esto carecería de la menor importancia si no fuera porque la mamá, la niña y el niño no parecen ser amigos del agua, ni caliente ni fría, y por supuesto, ni se hablan con el jabón. Algunos niños, bromeando, suelen decir que “con los pies de Manolo se puede hacer un caldo”.
El profesor del chaval, cansado de avisar a la familia para que extremara la higiene personal, fue a verme al despacho.
-A ver qué se puede hacer con Manolo.
-¿Y eso?
-Huele fatal. Sus compañeros no quieren sentarse a su lado y el niño, con los pelos que tiene, va a coger piojos muy pronto, si es que no los tiene ya.
Evidentemente se requirió la presencia de la madre al día siguiente mediante notificación oficial. La normativa es clara y la obligación de que los alumnos vayan correctamente aseados al colegio es de forzoso cumplimiento.
La madre, hay que decirlo, es una señora gruesa y vestida de negro, viuda ella. Tiene la voz potente y, aunque de buena presencia, acusa en su figura y en el rostro todos los desaires que la vida le ha regalado. La hago pasar al despacho cuando acude a la cita, a las dos del mediodía, tras las clases, y entran ella y ese inefable olorcillo que despiden los cuerpos que llevan jornadas y jornadas sin lavarse. Manolo se escurre detrás de ella y se sienta en uno de los sillones. Lo tengo que decir que espere fuera, pero se hace el remolón hasta que yo mismo lo saco de la habitación.
-¿Qué pasa con mis niños? –pregunta enfadada.
-Pasa, señora, que no vienen bien al colegio; hay que lavarlos, ¿sabe?, y sería bueno que le cortara el cabello al niño porque lo tiene muy largo y ya sabe que hay piojos por todas partes. Si lo veo con piojos tendré que prohibirle la asistencia a clase hasta que le desaparezcan.
-¿Me dice que mi niño tiene piojos?
-Pues sí, se lo digo, y si lo mira bien verá que hay liendres en los pelos...
Al decir esto, la madre ya no puede disimular su incredulidad. A gritos, aunque no de manera insultante (es complicado definir esta clase de lenguaje; gritar no es insultar ni atacar, no es más que una forma de hablar de ciertas cosas en estos barrios... ¡yo también lo hago y funciona!), nos explica a todos, y digo bien a todos porque sus voces se oyen fuera del despacho:
-¡Pues si tiene piojos eso es bueno, es como tener piojos en el chocho, que es señal de buena salud!
¡Señal de buena salud! Claro: sólo los difuntos carecen de parásitos; los vivos los tienen... porque están vivos.
Ha pasado un año desde aquel episodio. El pelo de Manolo está mas largo –un año más largo-. Tiene piojos de vez en cuando, y el pobre niño y su hermana siguen oliendo un poquito mal. Él es feliz y cuando no anda metido en peleas siempre está sonriendo. En su primer día de colegio de este año, después de las vacaciones de verano, vino corriendo a verme:
-¡Hola, maestro! –y puso la cara para que le diera un beso, y qué puñetas, le di uno a él y otro a la hermana.