Blogs.ya.com Quitar publicidad
Jaime no sabe de qué hablar
Cachitos de vida de un chico de 13 años. Se lee al revés. empezó el 27-1-05
Acerca de
Hola a todos. Jaime no es mi nombre, pero como si lo fuera. Escríbeme si ves que te pasan cosas parecidas a las mías.
Sindicación
 
Una cosa como muy de críos.

Me encuentro esto:


Oye,
No sé quien eres. Eres muy simpático, pero no tengo tiempo para estas cosas.

El poema me hizo ilusión pero no me gustó demasiado. Muy largo.
Los mensajes en la pizarra a veces no los entiendo y me dan vergüenza.

Me parece una cosa como muy de críos esto de las cartitas en un árbol.

Así que no te molestes en contestarme, porque no pienso volver a ese árbol.

De todas gracias. Es un detalle saber que te gusto.

Lola.

P.D.: Los Kit-kat eso sí: me encantan!!!!



.............

Si lo ha escrito Lola es, con perdón, gilipollas.

“Eres muy simpático pero no tengo tiempo...”
¿Es que diriges la coca-cola, pedazo de idiota? ¿Tienes que entrenar con el equipo de gimnasia...? ¿Le pido hora a tu secretaria? Buff....

El poema, que habéis leído aquí, le parece largo a la muy cretina. Pero, mierda, si eran ocho versos, cortitos...

Y sobre todo: “ ... una cosa como muy de críos...”
Hijaputa.
O sea, con perdón, pero hay que ser pija, niñatademierda, hijaputa. “No pienso volver a ese árbol...” La mato.

Eso sí, que le siga dando Kit-kats... como no se los meta por ahí...

Mierda.
Seguro que Lola no es así de imbécil, pero, caray, qué bien lo disimula.


 
La carta a Lola
(he estado castigado sin internet por las notas, pero esta mañana, tempranito he podido levantarme para poner esto. Gracias a todos los que habéis venido, joé qué pasada...)


Mira Lola:

Tú no sabes nada y yo quiero que lo sepas todo.
No sabes quién soy.
No sabes porqué te escribo.
No sabes porqué me gustas tanto.

He hecho cosas por ti que ni siquiera imaginas.
Soy yo el que deja, a veces, kit-kats en tu pupitre; el que escribe las frases-misterio en la pizarra (“And the winner is…Lola”, “Dale una sonrisa a este día de lluvia, Lola” y esas cosas tan raras; el que te mira y no se cansa.

Yo soy el que te dejó este poema en el bolsillo del abrigo:

Calles.
Grises, sórdidas, tristes calles.
Calles a las que el sol no llega.
Calles en cuesta, llenas de sombras.
Calles que no pisa Lola.

Calles.
Luminosas, alegres, radiantes las calles.
Calles de ritmo y de música, dulces calles.
Calles llanas que huelen a gloria.
Las calles que pisas, Lola.

Eso te lo escribí yo, Lola, no el ceporro de Adrián, que hubiera escrito Cayes

Yo estoy loco por ti, Lola y quiero que sepas quién soy.

Tengo un buzón secreto. En el Parque de la Sierra, junto a la fuente, hay una encina viejísima. No se parece en nada a las otras, por lo gordo que es su tronco. Tiene, además, el tronco lleno de una hiedra verde como terciopelo. Donde el tronco empieza a dividirse, hay un agujerito y dentro de él, encontrarás una cajita de plástico, para proteger las cartas de la lluvia.

Déjame ahí tu carta y te diré quién soy.

Te quiero, Lola.


 
Carta número 1 a Lola
Querida Lola... esto queda fatal, como antiguo
Amiga Lola... esto es peor
Amada Lola... juas, juas, ¿te imaginas? Mi amada..

¡Hola Lola! Así es como empieza todo el mundo, tampoco

Mi querida muslosbonitos, esto tiene dos cosas; la primera, que es verdad y la segunda que no me atrevo ni de coña a ponerlo. En plan, muslosbonitos, o tetitasredondas... Lola de mis noches húmedas... nada, nada, otra cosa

Hola, tía... y ella me contesta, hola sobrinito... ni de coña.

Lola... no sé algo así... esto me gusta, va:

Lola:
Voy a escribirte una carta...

Esto sí que es una idiotez, hombre, si está leyendo la carta es que ya la he escrito, no puedo empezar una carta que ella ya está leyendo diciendo que voy a escribir lo que ella tiene en las manos.


Lola, guapa ... uf... esto queda de culo. Mejor, como antes. Empezamos

Lola:
Esta es la primera de una serie cartas que pienso escribirte...

Vamos a ver: ¿y a ella qué le importa si es la primera o la última? A lo mejor, el hecho de leer que es la primera, lo que hace es asustarla y no la lee. Claro es la cosa esa de decir, ¿qué es esto?, una carta..., bueno, voy a leerla, tampoco puede pasarme nada... pero claro, si lo que lee es que no es sólo una carta, sino una serie... igual le da un ataque de pereza tremendo... como me pasa a mí para recoger la ropa de mi cuarto: si hubiera un pantalón, dos jerseys y 5 camisetas... igual las recogía (lee esto mi padre y se parte, fijo), pero claro, esa montaña... pereza total, pereza-mix 2005 total y todo eso.

Lola:
A lo mejor te sorprende recibir esta carta, ...

Y a lo mejor vomita si le mando esta basura...

Lo mejor va a ser no pensar demasiado lo que le voy a contar y escribirlo, pero cuando me dé un poco menos de pereza, porque ahora... sólo de pensar en seguir escribiendo me dan arcadas. Están poniendo los Simpson y me gusta verlos con mi padre, es una de las pocas cosas para las que no es raro: se parte de risa con Homer.

Y yo, no te digo.
Mañana escribo a Lola. Fijo.

 
Volveré...
¡Eh!
que pronto voy a escribir, lo que pasa es que es muy difícil
Los exámenes...

Volveré, volveré.

 
La Peral, AL-Andalus y la vergüenza
Pero hoy no tengo un buen día. Es que, en el cole, me ha sacado la Peral a la pizarra. La Peral es mi profe de Historia. Se llama Nieves y no es, ni mucho menos, tan guapa como Lola, pero con eso de ser mayor y ser profe, nos tiene a todos locos. Tiene unas piernas muy bonitas y tendrías que vernos a todos lo torpes que nos volvemos en sus clases, sobre todo cuando viene con falda, que no hacen más que caerse los bolis y lo poco que tardamos en agacharnos a recogerlos y lo mucho que nos cuesta levantarnos, como si tuviésemos todos reúma, como dice el abuelo de Miki. Y todo, fíjate tú qué tontería, por ver si le vemos las bragas. Bueno, pues me ha sacado la Peral y me ha puesto nerviosísimo. No es que no me supiera lo que me preguntaba, que no me lo sabía, como es normal, sino que me pone muy nervioso la forma que tiene de jugar con nosotros. A ver si me explico. Yo soy de esos zotes que no se callan ni debajo del agua. Bueno, sí, me callo delante de Lola, pero nada más. Cuando me sacan a la pizarra, da igual de lo que me pregunten, si he estudiado o no, o si tengo algo que decir acerca del tema: yo hablo. Exactamente igual que si no tengo nada que decir acerca del tema. Hablo. A veces da resultado y acierto con lo que hay que decir. Generalmente, no, esa es la verdad. Bueno, pues la Peral me ha preguntado sobre Al-Andalus. No es un tema que me apasione, precisamente, si me hubiese preguntado sobre algo que salga en las películas, bueno, tendría de qué hablar. La segunda guerra mundial, por ejemplo. Te puedo hablar horas. Pero el tema era Al Andalus. Pocos temas hay tan desdichados como ese, estarás de acuerdo conmigo. El caso es que yo he empezado con mis cosas.
- Sí, Al-Andalus… esto… sí, es lo de los árabes, sí, espere, que lo tengo en la punta de la lengua… Bueno, todos sabemos que los árabes hacían unos jardines preciosos, ¿no?, porque, en fin, es muy árabe lo de la naturaleza y todo eso…, no como los romanos, que eran más tipo militar, o los griegos, todo el rato filosofando, o los japonesess, con sus ordenadores en miniatura… ya se sabe, los árabes, más en plan naturaleza y que el agua corra por todas partes y haga ruido… esto…
Imagínatelo. Yo soltando mi rollo patatero y la Peral mirándome con esos ojos grandes, como de vaca tristona, con cara de que le parecía interesantísimo todo lo que yo decía. Pero lo peor, fue que se puso así, sentadita, mirándome fijamente, como muy interesada y ¡zas!, cruza las piernas y empieza a tocarse el escote, jugueteando con el botón crítico, el tercero de la camisa, el botón fatal, el botón misterioso, el botón-botón. Qué mala persona, la Peral, qué nerviso me estaba poniendo. Ella abrochando y desabrochando el botón y yo en plan, pero bueno, no es que los árabes se dedicaran solo a hacer jardines y canalillos, ¿canalillos, Jaime? Sí, canalillos de agua, claro y yo me imaginaba su canalillo con un chorrito de agua y me volvía loco, ¿algo más, Jaime?, sí bueno, eran unos guerreros muy temidos y también hacían mezquitas, que es como las iglesias, pero que tienen una zona para limpiarse los pies, qué curioso, ¿verdad?, limpiarse los pies, estos tíos… pero, ejem, bueno, en fin… creo que eran más importantes sus espadas que eran así, como en curva y que tienen un nombre que no me acuerdo, y lo que son los trapos esos de la cabeza, turbantes, creo, que podían ser blancos o de algún color…
- Todo eso suena muy interesante, Jaime, de verdad, pero ¿tienes algo que decirnos sobre la organización de las ciudades en Al-Andalus…? – se estaba riendo de mí, la Peral, pero yo me sentía raro, muy raro
- Pues, el caso es que me estoy encontrando fatal, señorita Nieves, si no le importa… - dije yo señalando a la zona de pupitres- casi me voy a sentar, estoy como un poco mareado
Pocas veces he pasado más vergüenza, de verdad. Me senté abochornado mientras la Peral pedía a Clara, que es listísima y siempre se lo sabe todo, que saliera ella y que nos hablara de Al-Andalus, y añadió, entre risas exageradas de toda la clase, que "omitiera las referencias a los jardines y los turbantes, que eso ya lo había explicado yo muy bien".

Ja, ja, ja, maldita Peral, tienes la gracia en el culo, perdona que te diga y todos los que os reís, apestosos cobardes, os veréis las caras conmigo en EL Gran Combate Final, donde os estaré esperando con mi espada en curva y mi turbante anudado al antebrazo, orgulloso y bello, con el mentón alto y mis músculos brillantes por el sudor, porque es verano y hace mogollón de calor, y no os perdonaré a ninguno, excepto a Miki y a Lola, que son aparte, y tú, Peral de las narices, sin botoncitos con los que ponerme nervioso, porque serás vieja y arrugada y tus tetas serán como dos trapos, me implorarás, me suplicarás clemencia y yo, que en fondo soy un buen tipo, te perdonaré pero seguro que se me ocurre algo gracioso (eso espero, joé) que decir con mi voz atronadora que haga que todo el mundo se ría de ti como hoy se han reído de mí, que ninguna falta hacía que se rieran así, porque lo que has dicho no eran tan, tan, tan gracioso, listilla de las narices.

¿Se habrá reído Lola también?


 
Una bonita herida en la `pierna.
En casa no hay mercromina de la buena, de la roja. Hay una cosa que se llama cristalmina, que se supone que es igual, solo que transparente, pero yo no me lo creo, y otra cosa que le encanta a mi padre y que se llama betadine. Si te das cristalmina en una herida, nadie lo ve, con lo que no sirve de nada haberse herido; y si te das betadine, salvo que seas médico o raro, como mi padre, lo que parece es que te ha cagado un perro en la herida. Así que nada, ni cristalmina, ni betadine. Mariconadas, las justas, como dice mi tío Juan.
Curar heridas es la típica cosa que a las chicas se les da bien. Es curioso, ¿eh? Luego hay cosas que se les da fatal, como armar bronca en clase o, como dice Miki, con mogollón de gracia: si quieres que una tía deje de gustarte, dale una piedra y dile que la tire con todas sus fuerzas. Es verdad. Si ves a la chica más guapa, elegante y graciosa tirar una piedra, te deprimes. Qué falta de coordinación. Qué mal aprovechamiento de los movimientos. Qué desconocimiento innato de las más elementales leyes de la dinámica. Qué pobreza de gesto técnico… La bailarina más grácil que te eches a la cara, es un pato mareado tirando una piedra. Prefiero no imaginarme a Lola tirando piedras, por su bien, fíjate lo que te digo.
Prefiero imaginarla curándome esta preciosa herida de mi espinilla. Es curioso, con lo tiquismiquis que son las chicas para cosas como las cucarachas o las lagartijas o los pájaros muertos, luego no les da nada de asco hurgar en la herida de otro. Yo, vale, a veces me arranco las costras y las muerdo, de acuerdo, pero, hombre, ¡son mías! Si, pongamos un ejemplo, Miki, mi muy mejor amigo, como decía Forrest Gump, se hace una herida y me viene para que le cure, ten por seguro que haré lo posible por pasarle la patata caliente a otro. Y si, aún así, no hay otro a quien pasarle la patata, seguro que le vomito encima. ¿Te imaginas? Sí, sí, ven, no te preocupes, amigo, que yo te curo, bufff…., plas!, pota en la herida, con restos visibles de macarrones, por ejemplo. ¡Qué asco!
Esta es otra de esas cosas de las que no podría hablar con Lola. Tienen un poco de morro las chicas. Sé, por mi hermana y por las hermanas de algunos de mis amigos, que cuando están ellas solas son, perdón por la expresión, guarrillas. Algunas tiran pedos, o escupen o cosas así, pero si hay chicos delante, son como monjitas. En fin, por cosas como esta es por lo que yo nunca sé qué decir delante de Lola. Ni delante de ninguna tía que no sea mi hermana Montse o Sonia, que es amiga, pero como si fuese amigo.
 
Pivote, asno y merluzo.
Mira mi espinilla. No ha sido un tanque, ni un misil, ni nada de eso. Ha sido un asno. Gabriel, Un Auténtico Asno. Estábamos jugando un partido en el colegio y, no es por presumir, pero yo soy una especie de clon de Zidane sobre el terreno de juego. Reparto juego, doy pases magistrales, me muevo con la elegancia de Billy Elliot y meto pocos goles, es verdad, pero mis goles son golazos. Hoy, los del A, la clase de Miki, se estaban llevando una paliza. Les íbamos ganando por un contundente 5-0 y Miki ha perdido los nervios. Miki es bueno, sí, pero es más en plan sudar la camiseta, tipo Luis Enrique, ese traidor.
Miki jugando al fútbol es un espectáculo. Cuando veía el desastre en que se estaba convirtiendo un simple partido de fútbol, ha empezado a dar voces, como si fuera Camacho. Y lo más gracioso ha sido cuando ha empezado a gritar “¡doble pivote, doble pivote, no funciona el doble pivote!”. Tenías que ver las caras de Gabriel y Paco, el supuesto doble pivote. Tenían ganas de matar a alguien. Yo me partía de risa, hasta que casi me parten a mí la pierna. Porque uno de los supuestos pivotes, el Asno Gabriel, fastidiado de que le echaran la culpa a él del desastre, me ha soltado una coz bestial en la espinilla. Gabriel, además, es de los que juega con botas de trekking de esas con Doble Puntera Reforzada de Carbono Liofolizado Activo. En fin, el resultado es lo que ves. Menuda herida.
Si a Lola le gustara el fútbol… pero me temo que es de esas chicas que a la que te ven viendo un partido por la tele, te sueltan la frase odiosa: “no sé cómo puedes quedarte ahí viendo a once tíos en calzoncillos corriendo detrás de un balón”. Cuando alguien me dice semejante majadería, le colgaría del cuello. Bueno, si me lo dijera ella, no creo que le hiciera nada. Es guapísima, la tía. Hoy, mientras me frotaba la pierna tirado en el suelo como un auténtico profesional, mi único consuelo era que la herida fuera aparatosa, sangre chorreando y todo eso, y que Lola me viera y se apiadara de mí. A lo mejor se agachaba para consolarme y me acariciaba la cabeza y me dejaba apoyar mi sudada cabellera en sus muslos. Tiene unos muslos preciosos. En la piscina, cuando estamos en natación, me paso la mitad del tiempo bajo el agua mirando con las gafas de nadar esos muslitos a la deriva. Bueno, no están a la deriva, pero es lo que parece al ver unas piernas y un cuerpo sin cabeza. El agua tiene esa cosa rara. Los muslos son mucho más bonitos en el agua que fuera de ella. Incluso un muslo bonito, sólo con que le eches un chorro de agua, zas, es mucho más bonito. A lo mejor es una especie de recuerdo genético de cuando éramos peces. Algo así dimos una vez en el cole, que en la prehistoria éramos peces y luego salimos del agua y nos convertimos en monos y luego a uno de esos monos, le cayó una calabaza en la cabeza, dijo ¡eureka! y descubrió la gravedad y entonces nos convertimos en hombres. Pues a lo mejor nos parecemos más guapos cuando estamos mojados por una especie de gen que todavía tengamos de pez. Algunos más peces que otros, claro, por ejemplo Gabriel, que debe tener la mitad de genes de asno, vale, pero la otra mitad, seguro que los tiene de merluzo.
 
Una excursión, mi vida salvada y el Porky
En Navalonguilla lo pasamos de primera. Fue al final del curso pasado, tres días, tres en el paraíso. En esta foto estoy con Miki, el mismo día en que me salvó la vida. Suena tremendo, ¿eh?, pero es verdad, me salvó la vida. Resulta que fuimos a un riachuelo, en una zona rocosa llena de pozas. La Garganta de los Caballeros, creo que se llamaba. Los profes nos habían advertido de que si no teníamos calzado adecuado, no nos metiéramos en el agua, pues las rocas eran como una pista de patinaje. Yo, en mi línea, no les hice ni caso. Y tuve que arrepentirme.
En primer lugar, el agua estaba fría, helada. De verdad, metías la puntita del pie y se te cortaba la circulación, la respiración y las ganas de bañarte. Pero hace falta algo más que agua fría para convencerme a mí de que no me bañe. Así que me metí, con mucho cuidado, muy despacio, en el agua hasta la cintura. Miki se metió conmigo. Y también Adri y Sonia. Formábamos una imagen muy graciosa, todos con los brazos levantados, como si estuviésemos bailando una especie de jota desordenada. Nos llevó un tiempo, pero acabamos todos metiendo la cabeza en el agua helada. No recuerdo nada más. Sólo que me despertaron los ronquidos de mi padre en el Hospital Provincial de Ávila; estaba sentado a mi lado, en un sillón de esos de hospital, con las gafas sobre la nariz y el Motor 16 en sus piernas. Frito.
Me contaron mis amigos que, de repente, no se me veía en el agua y que en el sitio donde debía de estar, el agua estaba toda roja. Por lo visto, resbalé y me golpeé la cabeza con una roca; me contaron que Adri y Sonia se pusieron muy nerviosos y que Miki, mi amigo Miki, fue el único que mantuvo la calma y se zambulló como un valiente para sacarme del agua.
La foto es de ése mismo día, pero por la mañana. Estamos recogiendo de manos del Porky el trofeo de rastreo que acababan de darnos. Debíamos seguir el rastro y encontrar al Porky, el profe de matemáticas, un tipo aficionado a estas cosas de aire libre, que se había escondido hábilmente y había ido dejando por el camino pistas. Miki y yo le encontramos. Para ser sinceros, el premio nos lo dio el Porky por no dejarlo desierto porque, en realidad, nos encontró él a nosotros. Miki y yo dábamos vueltas despistados tratando de encontrar el camino de vuelta al campamento base, pensando que nos quedábamos sin comida. Nos habíamos perdido. La verdad es que no le estábamos buscando, sino que íbamos a nuestra bola, imaginando cómo sería que una niña te dejara meterle mano y discutiendo sobre cuál de nuestras compañeras de clase tenía las tetas más bonitas. En esas estábamos cuando, de improviso, surgió la triste figura del Porky. El Porky, claro, por eso le llamamos así, tiene una nariz de porreta aplastada, es gordito y siempre lleva la misma chaqueta de mezclilla (mezclilla de manchas de grasas diversas) y los mismos pantalones de franela, éstos más curiosos, porque los invariables dos o tres lamparones que los adornan van cambiando cada semana de lugar. El Porky, todo un personaje.
- ¡A-JA… Me habéis encontrado! – nos gritó feliz, saliendo de la nada.
A Miki no le hizo ninguna gracia.
- ¡Coño, don Luis! – dijo Miki- vaya susto que nos ha dado…
El Porky, que en clase era un tío de lo más aburrido, resultó un hombrecillo de lo más agradable. Yo creo que al final de curso me aprobó por lo bien que lo pasamos ese día. Resulta que estaba más que aburrido de esperar a que le encontraran; porque, a pesar de lo que él llamaba “señales evidentes”, nadie se había siquiera acercado a su territorio. La verdad es que a todo el mundo le fastidió muchísimo tener que ir a la búsqueda del Porky en un día tan alegre como aquel. Es como si para celebrar el día del padre o algo así, te hacen recoger tu habitación. Y además, lo del rastreo, porque las Señales Evidentes eran, al loro: ramas partidas, los restos de una minúscula hoguera, cáscaras de pipas, sí, no había dejado la monda de una naranja, o de un plátano, que es una cosa que se ve, sino unas cuantas cáscaras de pipas Facundo, ni siquiera de las grandes, o de las saladas, sino de pipillas normales y corrientes. Bueno, pues el Porky esperaba que viéramos esas señales y que nos condujeran a su escondrijo. Un iluso, el tío. Bueno, pues empezamos a hablar con él de esto y de aquello y Miki y yo, que somos dos infelices, le acabamos confesando que le habíamos encontrado de pura potra. Le hizo tanta gracia nuestra franqueza que nos dijo:
- Bueno chavales, no me he gastado 30 euros en un precioso trofeo para que nadie se lo lleve. Hacemos una cosa: yo os acompaño para que apuntéis las señales que habéis seguido para rastrearme y vosotros me hacéis un buen examen final. Nadie tiene porqué enterarse, ¿no? – y en ese momento nos pareció genial el trato. Él entregaría su Trofeo al Rastreador Más Despierto y Audaz 2003 y evitaría el bochorno de reconocer que a nadie le importaba un pito su trofeo y su rastreo y, encima, nos presionaba para que chapáramos un poquillo. ¿No está mal, eh?
Pobre Porky. Ni por esas consiguió que yo preparara como se debe todo un examen final de mates. Pero aprobé. No digo que me regalara el aprobado, pero una manilla sí que me echó. Buen profe, el Porky. Un hombre divertido, supongo, si te lo encuentras en medio del campo, o por ahí, tomando unas pepsis.
En clase, créeme, un pelmazo. Un auténtico pelmazo.
 
Un súper y 3 cajas
Acaba de asomarse Montse a mi cuarto para decirme que ha llamado mi padre. Que no va a venir hasta las 9 o así. Eso me da un poco más de tiempo para arreglar mi cuarto. ¡Qué pereza, cristo! Tengo el buró lleno de cosas. ¡Anda…! Mira, las fotos de la excursión a Navalonguilla. ¡Qué sitio! Valdemorillo, mi pueblo, no está mal. Reconozco que cuando, hace tres años, mi padre nos dijo que nos íbamos de Madrid, me deprimió un poco. Con lo que me cuesta a mí hacer amigos, iban a separarme de mis viejos amigos del cole… ¡buff… qué mal rollo! En Valdemorillo, nos dijo mi padre muy en plan padre, no hay franquicias. Como si eso fuera una ventaja. Pero es verdad. Nada de McDonald’s, ni Don Algodón, ni Pans & Company… ¡si no hay ni Telepizza! Pero hay… calle. Mi padre me deja estar en la calle. Bueno, pero iba a contaros algo de la excursión a Navalonguilla. Eso sí que es un sitio dejado de la mano de dios. Es genial, hombre, el pueblo debe de tener unos 50 habitantes, de los cuales, al menos, 20, son perros. Así que cuando fuimos los 25 de mi clase, imagínate. Un acontecimiento. Vas a salir a la calle y no puedes porque en la puerta de la casa hay una vaca rumiando que se lo toma con calma. ¡Qué pachorra la de las vacas! El pueblo sólo tiene una tienda, que no es lo que todos entendemos por tienda. Es una habitación interior de una casa, sin escaparate ni nada, ni mostrador, ni siquiera. Entras y pasas por el comedor de la casa, saludas a la familia que está tranquilamente viendo la tele, o haciendo ganchillo o punto de cruz o algo de eso, y dices, nada, que venía a por unas cosillas. Pasa, pasa, te dice la señora, y espérame en el sofá, hijo, que me termino el nescafé y te atiendo en seguida. Y te ves allí, sentado, en el cuarto de estar de una casita de pueblo, esperando para comprarle a la señora una pepsi mientras ves las fotos de la familia y esas cosas; otra cosa chocante: tienes que llevarte tú las bolsas, porque no tiene bolsas la señora de la tienda-casa. Valdemorillo no llega a ese extremo. No hay McDonald’s, es verdad, pero las tiendas tienen su escaparate, su mostrador y su caja registradora. ¡Si hay hasta un súper con 3 cajas! Es cierto que jamás he visto las tres funcionando al mismo tiempo, pero ahí están, para tranquilidad de las aves urbanitas y consumistas como yo.
 
Lo tengo crudo con Lola.
A Lola le gustan las películas. Y a mí. Pero no nos gustan las mismas. En el instituto, en clase de Lengua, la Chiva (se llama Aurora, pero la llaman la Chiva) que es una profa muy enrollada, nos dijo que todos los viernes podríamos ver una película si al lunes siguiente llevábamos una redacción sobre ella. Sobre ella quiero decir sobre la película, no sobre la Chiva. No creo que haya nacido la profe que se atreva a decir a sus alumnos que escriban libremente una redacción sobre ella. Bueno pues, por orden de lista, íbamos eligiendo películas la pandilla de tarados que formamos mi clase. Ella eligió “Leyendas de Pasión”, que no sé de quién es, con Anthony Hopkins en plan maduro interesante y Brad Pitt presumiendo de torso, de melena y de champú. Yo ya la había visto, así que me pasé la peli entera mirando cómo se le caía la baba a Lola con el rubiales ese. Cuando me tocó a mí, elegí Historias de Filadelfia, de Cukor, con los increíbles Cary Grant, James Stewart y Katharine Hepburn, vaya cuarteto imbatible. Y nadie, excepto la Chiva, le hizo ningún caso. Yo me parto con esa peli y siempre me ha caído genial James Stewart, he querido ser exactamente como Cary Grant y estoy enamorado como un bobo de Kath. Tampoco en lo de las pelis nos parecemos. Lo tengo crudo con Lola.
 
Mi buró
Voy a ordenar mi buró. Es genial el buró. Y la palabra es mejor aún: buró. Es una de esas palabras (como blusa, en realidad, ahora me arrepiento de haberme metido con mi hermana) que ya casi nadie usa. Mis amigos dicen escritorio. Mi padre, buró. Pero es que mi padre tiene unas cosas… En fin, que viendo una peli antigua en la que salía Jimmy Stewart me enteré de que FBI son las siglas de Federal Boureau (buró) of Investigation, cosa que, si lo piensas, no tiene mucho sentido: Federal Escritorio de Investigaciones, sólo dios sabe porqué les llaman así a esos polis tan listos. Bueno pues mi buró era de Goyo, mi hermano, y cuando se fue de casa me dijo:
- Chaval, este buró tiene historia; una historia genial, pero inacabada. Lo bueno, para ti, es que eres tú quien tiene que acabar la historia. Así que… ¡tuyo es!
Y mío es desde entonces. Me lo regaló. Dice Montse que me lo dio por que no le cabía en su apartamento de la casa cuartel, pero lo dice por envidia. Sé que a ella le gustaba el buró de Goyo tanto como a mí. Mira, está lleno de sitios donde guardar cosas importantes, como papelitos. En este cajón, por ejemplo, están los ocho millones de cartas, aproximadamente, que he empezado a escribirle a Lola. El día que acabe una, y que reúna el valor suficiente para dársela, se va a enterar. Dice Miki que escribir cartas es de tarados. Que ya nadie escribe cartas. Que le mande mensajes (mensas, dice él) al móvil. Es lo que él hace. Manda poemas de esos que anuncian en la tele que cuestan 90 céntimos. Pero es que él tiene un móvil de contrato, no de tarjeta, como el mío, y su padre no le cotillea las llamadas, como el mío. Mi padre me da 10 pavos al mes para el móvil. Ahora bien, como yo no los gasto, porque desde hace semanas no sé dónde tengo el móvil, 10 pavos que tengo para cosas que realmente importan. Cuando me acuerde de alguna cosa de esas, la compraré. Iré con mi fajo de billetes de 10, en plan mafiosillo de película, y diré: me lo llevo.
 
1. ¿Nada? en común (1)
No tenemos nada en común. Nada. Me refiero a lo importante. Sí, vale, tenemos la misma edad, vivimos en el mismo pueblo, vamos al mismo instituto –la misma clase-, vamos juntos a natación… (vaya, pues unas cuantas cosas sí que tenemos en común). Pero creo que sabes lo que quiero decir. Ella es alta, más o menos delgadita, pijilla, tiene mogollón de hermanos, hermanas, primos, tíos y cosas así… luego lo de la ropa: viste de miedo, la nena, debe tirarse 4 o 5 horas todos los días para elegir la ropa. En eso la envidio. Primero, porque para dudar tanto hay que tener una buena cantidad de ropa. Y, además, eso significa que te importa la ropa que llevas. No como yo. Me pongo unos vaqueros, la camiseta que esté encima del montón, las zapas y ¡hala!, arreando.
Yo no soy alto. Ni ganas, de verdad. Ni especialmente delgado. Sólo tengo una hermana que hace como que me odia, y a mis primos hace como años que no los veo. Ni ganas. Luego está lo de ser simpático. Bueno, eso que en las películas americanas llaman popularidad. Ella es súper simpática, de verdad. Le cae bien a todo el mundo. Yo, ya sabes, no es que sea un tío vinagre, pero no soy tan popular. Se llama Lola, por cierto. Es la primera Lola que conozco que no es ni vieja, ni perro, ni gato.
Bueno, esto… es mi habitación. Debajo de ese montón de ropa sucia está mi cama. Ese enorme póster que está en la esquina, es de unos músicos viejísimos que le gustan a mi padre: Creedence Clearwater Revival, se llaman, vaya nombre. Miré en un diccionario y resulta que significa algo así como El Renacer De La Creencia En El Agua Clara, un nombre muy jipi, dice mi padre; un nombre muy cursi, digo yo. La música no es que te den ganas de vomitar, pero sí un poco de dolor de cabeza, si oyes más de cuatro canciones; es de esos grupos que hacen una canción buena y luego se copian a sí mismos todo el rato. Tengo el póster ahí puesto porque la foto es realmente bonita, con esos tipos que parecen leñadores con las guitarras colgando y esas letras tan retorcidas. Me refiero a las letras del poster, no a las letras de sus canciones, que ni idea. Es una foto oscura y un poco desenfocada y da la impresión de que ese día que estaban tocando había una tormenta de arena, del polvo que se ve. O eso, o que la gente no paraba de mover los pies.
El de la foto de al lado es mi hermano Goyo, con su novia, Lara; y el de un poco más allá, mi sobrinito, Jaime, se llama como yo. Mi hermano no llegó a conocerle, le mataron en un atentado, era guardia civil. Cuando Lara se va de viaje, nos deja a Jimy en casa y yo le cuento cosas de su padre. No veas cómo se ríe. Yo le meto trolas, por ejemplo que tiraba unos pedos larguísimos y él me mira con una cara de sorpresa tan bonita, que tengo que hacer un esfuerzo para no comérmelo a besos. Tiene cuatro años, pero es listísimo, de verdad, y cantidad de guapo. Como su madre, Lara, que también es una una chica guapa de verdad, pero un poco vieja, tiene unos 24 o 27 años.
Estoy aquí como un bobo mirando las paredes de mi cuarto porque mi padre me ha castigado sin salir. Es por tener así mi cuarto. Mi padre se pone nerviosísimo (“enfermo”, dice él, “me pone enfermo ver este cuarto así…”) cuando asoma la cabeza a mi habitación y ve que no está recogida. No es muy gruñón, hay padres peores por ahí, pero a veces, cuando se pone enfermo, se le va la pinza y me castiga. En fin.
¿Qué estará haciendo Lola? Seguro que está con sus amigas andando de un lado a otro del pueblo y yo aquí sin poder cruzarme con ella. Casi me sé todos sus caminos y cuando estoy en vena, me cruzo con ella seis o siete veces en una tarde. Es genial. Sería mejor si se me ocurriese algo gracioso que decirle. Incluso algo que, aunque no fuera gracioso, no fuera deprimente, tampoco. Nunca sé de qué hablar con las chicas. Me han dicho que a ella le encanta la música y que tiene las paredes de su habitación forrada de posters de cantantes. Pero es que yo, la música… no sé, no es que no me guste, pero ponerme a escuchar un disco me parece una pérdida de tiempo. Y ella debe pasarse horas. He intentado oír Los 40, la emisora que ella escucha, pero, chico, no aguanto a los locutores, ni los anuncios, ni –lo que es peor- la música que pinchan. Personalmente, encuentro que es ridículo escuchar a unos tíos que piensan que eres idiota. Pero claro, este es ese tipo de cosas de las que no puedo hablar con Lola.
Imagínatelo.
Bueno, a ver si recojo esto. La verdad es que es un desastre. Un día de estos, me lo voy a tomar en serio. Joé, si vieras el cuarto de Miki. Es una especie de museo, lo digo sin ganas de molestar. Está todo siempre limpio, recogido, ordenado… si mi padre viera que se puede tener un cuarto así, me echaba de casa. Pero lo gracioso es que Miki viene a mi cuarto y el tío hace todo lo posible para que no se le note que es un tío ordenado. Se adapta genial, es una especie de don que tiene. Cuando viene a casa, lo normal es que haya pasado primero por la lechería nueva y que haya comprado un kit-kat. Pues el tío, me da la mitad (eso hay que reconocerlo, lo comparte todo, yo me lo comería antes de subir a su casa), se deja caer a plomo en la montaña de ropa que cubre mi cama y, sin disimular, tira el envoltorio del kit-kat donde caiga. En la cama, en la mesa, en el suelo… como los camaleones, se adapta al terreno que pisa.
Voy a empezar por la ropa. Es lo peor, y lo mejor es quitarse lo peor al principio para que al final te quede lo mejor. Si supiera cómo se sube el estor, que es precioso, entraría algo más de luz y me costaría menos distinguir la ropa limpia de la sucia. Antes era más fácil. La ropa limpia estaba planchada. Pero Sigurny ya no plancha mi ropa. Es la pera, Sigurny. Es ecuatoriana y viene, según mi padre, a echarle una mano con la plancha. La verdad es que yo solo he visto coger la plancha a mi padre el día que la compramos en el Carrefour. O sea que, de echarle una mano, nada, viene a planchar y a hacer otras cosas que parece que le dan algo así como alergia a mi padre: limpiar los baños, los quemadores de la cocina, los cristales y eso. Bueno pues Sigurny dice que ella no va a matarse planchando para que luego yo no guarde la ropa y la deje encima de la cama una semana. O dos. O las que sean. Y yo digo: ¿y a ella qué más le da? Yo no digo que no tenga razón, pero tampoco se mata. Y mi hermana, Montse, dice que plancha fatal, que le hace raya en las mangas de las blusas. Yo, cuando Montse me dice esas cosas, sonrío un poquito, como si estuviese de acuerdo, pero la verdad es que la mitad de las veces no sé de qué me habla. ¿Raya en las blusas? ¿Blusa? ¿Quién usa ese tipo de palabras ahora? Y, admitiendo que esa palabra sirva para algo en el siglo XXI, ¿qué más dará que lleven raya o no?
Casi que voy a dejar lo de la ropa para luego. No veas lo que me deprime.