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Vuelo de una incrédula
Lugar anónimo donde el pensamiento vuele y la palabra aterrice.
Sindicación
 
Un salto diferente
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Cerró las puertas de la oficina y lanzó un largo suspiro, a su cabeza vinieron toda la serie de vicisitudes por las que estaba atravesando, se dio cuenta que pasaban factura y que la apatía era la tónica diaria.
Pensó en Juan, a quien dejó abandonado en un próximo camino, era alguien a quien durante mucho tiempo consintió que le hiciera daño, mermando su confianza en sí misma, en su madre que poco a poco perdía su Norte, su familia, cercana, pero a la vez lejana, muy lejana y sintió unas ganas enormes de llorar.
Cuando ya iba a entrar en el portal, fijó su vista en un punto concreto y ni corta ni perezosa ¡ zasssssss!, se lanzó a chapotear como una niña pequeña en medio de un gran charco, salpicó sus pantalones nuevos, pero de su garganta brotó una gran carcajada liberadora, saltó con más ímpetu hasta que agotada salió de él y fue como si todo su lastre hubiera quedado allí...
No había Juanes, ni problemas, sólo una nueva frescura que la inundó por completo.
 
El espejo de feria
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Me levanto de la cama y tengo que pasar frente al espejo para salir al pasillo, me miro de soslayo y con miedo, como todos los días; no me gusta lo que veo, una persona triste, no muy atractiva, sola... muy sola, ante mí se abre otro día repleto de la misma rutina, mes tras mes y sin aliciente alguno que permita poner ese toque de color que deja de hacernos sentir anodinos.
El primer café y a la parada del metro, los mismos cientos de personas día tras día, ni una sonrisa matutina para cruzar, ni un buenos dias para regalar... sólo veo sombras.
La jornada transcurre y termina sin más, es un ciclo que se repite de modo inexorable y que hace mella por su cotidianeidad.
Vuelta a casa y al posarme del metro, alguien se cruza conmigo y me da un ligero empujón de modo totalmente fortuíto, al levantar el rostro, escucho una voz que acaricia decirme " perdón Señorita", le miro de modo arrebolado, respondo: " no ha sido nada", él me da su mano y se presenta : " Encantado, me llamo Luis", mucho gusto, mi nombre es Berta, un cruce de palabras intrascendente y una despedida.
Una ducha y cena frugal e irme a dormir, al acostarme el consabido paso frente al espejo, pero ¡ qué curioso!, ahora veo una persona sonriente, de mirada pícara y a la que su día no le ha resultado nada pesado.
Moraleja, no necesitamos proezas para cambiar nuestro estado, basta un simple gesto para hacernos sentir " distintos".
También podríamos tener en cuenta que no todos los espejos nos hacen vernos del mismo modo ( acordarse de los espejos de feria que tantas y tantas risas nos han sacado de pequeños), quizás muchas veces cuando no nos vemos agraciados, no seamos nosotros, tal vez... sea el espejo.