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Historia de Borrachos
Historias de borrachos perdidos en una ciudad de pecados
Acerca de
Me gusta el Vino, porque el vino es bueno, pero cuando el agua sale pura y cristalina de la madre tierra, más me gusta el vino...(Tito Fernández, El Temucano)
Sindicación
 
Libertad e Inocencia
Treinta ojos lo miraban fijamente mientras que el silencio se podía sentir en el aire, tragó saliva y en un susurro saludó a los hombres que estaban encerrados con él. Unos lo saludaron con indiferencia, otros no le dirigieron la palabra.

El calabozo era frío y el aire era una desagradable mezcla que se impregnaba en la ropa. En un banco largo, algunos dormían abrigados unos con otros mientras otros hablaban. El Jota se sentó en el suelo, cerca de la puerta enrejada y apoyo su frente en las rodillas resignado a esperar lo que viniera.

Uno de los detenidos tenía la camisa bañada en su propia sangre y los labios y un ojo hinchados por los golpes que su hermano le dió cuando él lo encontró con su mujer, según contaba el hombre más tarde jurando vengarse al salir. Unos estaban por consumo o tráfico de drogas, otros por asalto u otros delitos comunes, aunque en ese momento eran todos iguales.

El hambre no hacía más que aumentar su ansiedad por salir y se prometió devorar un pollo asado entero apenas volviera a casa. El resto del día se hizo eterno esperando alguna novedad y todos los ojos se enfocaban hacia la puerta esperando ser liberados, pronto llegó la noche y el sueño hizo cabecear al Jota, aunque no pudo dormir pues el helado amanecer lo hacía tiritar intermitentemente.

Ya tarde al otro día, por fin llegó la libertad junto a las noticias del Instituto Médico Legal cuyo informe respaldaba la castidad de ambas chicas y con ello, su honor recuperado anunque los moretones durarían varios días, su amor por Laurie duraría para siempre...
 
Entre Rejas Rojas
La puerta trasera del furgón se abrió y un corpulento oficial agarró de la camisa al Jota para apurarlo a salir. Con sus ojos hinchados ahora heridos por la luz apenas pudo ver por donde caminaba. Arrastrado por el uniformado, llegó hasta un alto mesón donde un obeso policía escribía con dos dedos en una vieja máquina.

--A este lo traemos por violeta--, dijo el más grande; el gordo murmuro una frase inteligible sin levantar la vista. --Gozando a dos bandas, se pescó a un par de pendejas allá en el Cajón del Maipo--, completó el oficial con una risita burlona. Recién ahí el gordo tras la máquina levantó los ojos y estudió el rostro del Jota que evidenciaba los golpes recibidos. El gordo metió otra hoja en el rodillo y tomó la declaración del sospechoso.

--¿lo revisaron?--, preguntó el gordo con la intención de meterlo al calabozo, El policía aludido cacheó al detenido y levantó vencedor la mano cuando se encontró con dos paquetitos de yerba que el Jota había olvidado por completo tras la traumática experiencia. --Más encima traficante, de esta no te vas a salvar, cabro--. dijo el policía a la vez que lo empujaba hacia los calabozos.

El nerviosismo se apoderó del Jota y comenzó a tiritar mientras su rostro adquiría un tono blanquecino, sin articular palabra trató de zafarse de la mano de su carcelero para correr hacia la libertad, pero no alcanzó a dar un paso cuando recibió un bastonazo de lleno en la cabeza que lo derribó y un puntapies que se perdió en sus costillas antes de llegar al suelo --Intenta correr de nuevo y te rompo la cabeza-- alcanzó a oír antes de recibir otro bastonazo esta vez en la espalda.

Arrastrándolo, abrió la puerta y lo empujó hacia el interior de una habitación de seis por ocho ocupada por unos quince detenidos. Le hizo pasar los brazos a través de los barrotes para quitar las esposas el policía tomó éstas por la cadena y tiró sorpresivamente hacia atrás, haciendo chocar contra los barrotes el rostro cada vez más deformado del Jota. La sangre brotó esta vez de la ceja izquierda.

Liberado de las cadenas, se aferró cansado a los barrotes y tembloroso trató de recuperarse del impacto producido momentos antes. Quería que esta pesadilla terminase de una vez, él no había hecho nada de lo que lo acusaban y lo único que lo mantenía en pie, era el recuerdo del rostro de Laurie.

Una lágrima furtiva rodó por su mejilla dejándo un surco entre la sangre y el barro, una lágrima que secó rápido con el dorso de su mano...
 
In Justo Castigo
El canto de los pájaros parecía aumentar el dolor de cabeza del Jota, se restregó los ojos y vió a las chicas dormidas, Laurie a su lado con un aire angelical y el pelo revuelto flotaba en sueños romanticos con él.

Mareado todavía se dirigió al arroyo, se saco la ropa y se tiró al agua helada, sintió como su cuerpo alertado por el frío, se despertaba de una vez. Secó su cuerpo con la camiseta y volvió con una olla llena de agua para el desayuno.

La Gata asomó la cabeza cuando el fuego ya estaba encendido y el café humeaba en el tazón. Se acercó risueña preguntando si habían dormido muy apretados mientras tomaba un trago del café que él le acercó. El Jota sonriendo le dijo que muy bien aunque entre ellos no había pasado nada. La Gata no le creyó e iba a decírselo justo cuando Laurie se acercó envuelta en un manto adormilada y sonriente. Besó al Jota con complicidad y se unió a ellos junto al fuego tomando otro tazón que él le entregó.

Una mano golpeó la oreja del Jota por detrás, haciéndole perder el equilibrio y volcar el café sobre sus piernas, sin darse cuenta y bajo una lluvia de insultos, recibió varios golpes de mano y pies al tiempo que las mujeres gritaban sin saber que hacer.

El padre de la Gata puso una rodilla sobre la espalda del Jota que permanecía boca abajo y con una mano lo tomó del pelo enterrándole el rostro en el polvo, mientras le apuntaba con una pistola en la nuca lo acusaba de la violación de su hija. La sangre brotó copiosa por la nariz del Jota sin entender todavía que sucedía.

El hombre ciego por la ira, ató las manos del Jota detrás de la espalda y lo levantó del pelo, sólo para darle un puñetazo en la boca del estómago y dejarlo arrodillado tratando de respirar. Boqueando como un pez fuera del agua, lo arrastró hasta el arroyo y hundió la cabeza del joven varias veces en el agua.

La policía alertada por el mismo padre de la chica llegó cinco minutos después que el iracundo hombre obligándolo a bajar el arma y alejarse del Jota. Las chicas lloraban jurando que no habían hecho nada malo, mientras un cabo ponía esposas en las manos del Jota a la vez que cortaba la cuerda con que estaba atado y rápido lo subió atrás del furgón.

Cuando el padre de la Gata subía a las chicas a su vehículo para llevarlas a casa, un oficial lo detuvo y le dijo que no podía llevárselas sin antes pasar por el Instituto Médico Legal, para certificar las lesiones que apoyarían la acusación de violación que había levantado...
 
Paseo al Cajón del Maipo
La Gata no volvió a hablar del encuentro y en Laurie se desvaneció el enojo por la irruptiva aparición en el kiosco. Pasaron los meses y pronto fue superado el incidente a tal punto que la Gata la acompañaba de vez en cuando guardando absoluto silencio sobre las actividades de Laurie.

Cierto día, el Jota propuso salir de campamento al Cajón del Maipo; un hermoso valle encajonado por cerros conectados a la Cordillera de los Andes distante unos veinte o treinta kilómetros de Santiago. La idea era irse un día y volver al siguiente. Inventando quedarse cada una en casa de la otra para estudiar como excusa para los padres de ambas.

El día acordado, temprano tomaron un bus camino al Cajón, el Jota cargó una mochila grande con ropa, comida, saco de dormir y una carpa, además de mucha marihuana y alcohol, mientras que las chicas llevaban en las mochilas del colegio, ropa abrigada para la noche, cigarros, golosinas y más alcohol.

Cuando llegaron a San Alfonso, un pueblito escondido entrre los cerros y centro comercial del Cajón, caminaron otro tanto por la carretera, buscando una quebrada para internarse donde estar solos con la naturaleza. Los asustó el bocinazo de una camioneta acercándose, el conductor saludó con la mano a la Gata sin detenerse.

Ella nunca esperó encontrarse en este rincón de Santiago con su tío, aunque él no se detuvo a saludar. Pensó nerviosa en lo inconveniente del encuentro hasta que Laurie y el Jota la tranquilizaron.

Encontraron por fin la quebrada y se internaron en ella bordeando el arroyo que destellaba alegre bajo la luz que se colaba por la copa de los arboles, caminaron hasta un claro en donde decidieron acampar. Las chicas prepararon unos tallarines con salsa y después de lavar los platos, los tres se dedicaron a la contemplación de la naturaleza, fumándose el tercer cigarro del día.

La tarde pasó plácida entre conversaciones y tragos de ron hasta que la noche estrellada y calurosa los encontró borrachos y risueños. Cansados Laurie y el Jota decidieron entrar en la carpa mientras la Gata vaciaba la botella junto a la fogata que agonizaba entre llamas anaranjadas.

Aunque oyó las risas dentro de la carpa, la Gata decidió entrar ya que el sueño la vencía, tropezando en la penumbra se encontró con la pareja dentro de un saco de dormir besándose efusivamente. Quizo ignorarlos, pero no pudo evitar oír los ruidos que ellos producían, ahogando su excitación dentro de su saco, trató de dormir...
 
Una pareja de tres
La curiosidad era uno de los motivos de su apodo y fue eso lo que impulsó a la Gata, seguir a su amiga una tarde a la salida del colegio, deseaba conocer al hombre que había logrado ese cambio tan profundo en Laurie.

Aguantó los quince minutos que duró el camino y se ocultó en un portal cuando vio que Laurie se detenía frente al Kiosco y saludaba a su interior, la curiosidad se la comía aunque esperó otros diez minutos observando desde la sombra.

Simuló sorpresa cuando estuvo frente al negocio y vio a la pareja conversando distraídos ajenos al mundo y a su ruido; saludó a Laurie mientras miraba de reojo al hombre pidiéndole que se lo presentara, Laurie le presentó al Jota con recelo, aunque la Gata no mostró mayor interés Laurie sabía que la había seguido y eso le molestó.

La Gata se despidió rápido inventando una urgencia y los dejó solos nuevamente, retomó el camino a su casa satisfecha su curiosidad, una sonrisa en los labios y una oscura idea comenzó a gestarse en su cabeza.

Pensó que ella también se merecía un hombre como él, tan cautivador y atractivo como el de su amiga, alguien que la mimara y la quisiera...

¿y porqué no el Jota?...
 
Sin destino desconocido
Las circunstancias en que el Jota conoció a la Gata fueron bien singulares, ella era la mejor amiga de Laurie, otra joven de su edad compañera de colegio por varios años, con la que compartía juegos infantiles y secretos que a su edad eran importantes. Cosas como el primer beso recibido a escondidas o cómo proyectaban sus vidas de mujeres adultas y casadas.

En realidad era Laurie quién conoció primero al Jota, su espíritu juvenil e inocente se enamoró rápidamente de las historias mágicas de él, su rostro se iluminaba ante los histriónicos relatos que él le dedicaba y su sonrisa afloraba radiante cada vez que lo oía. Comenzó a pensar con más frecuencia en él y en sus sueños el príncipe azul llevó su rostro.

Enamorarse del Jota fue uno de los secretos mejor guardados de estas amigas y sus conversaciones fluían en torno de su aparición, las clases perdieron interés y los cuadernos se llenaron de corazones y flores adornando el nombre del que llenaba su cabeza de locas y románticas ideas.

Laurie se fugaba de clases cada vez con más frecuencia para visitar a su secreto enamorado y el kiosco se convirtió en el discreto refugio de sus escapadas; las tardes pasaban veloces llevando las golondrinas a otras tierras y el viento barrió las hojas del calendario entre alegres risas y paseos asoleados.

Incomprensiblemente el Jota respetaba la diferencia de edad que parecía ser menos notoria mientras más se conocían, aunque a veces sentía el impulso casi irrefrenable de estar con ella, sabía contener sus deseos y pasó mucho tiempo y varias aventuras antes de que consumaran su amor.

La Gata miraba los actos de su amiga con pasiva complicidad, al principio bromeaba con ella sobre el rumbo que tomaría su platónica relación, pero como ya no se veían con la frecuencia acostumbrada, comenzó a sentirse desplazada y paulatinamente se alejó de Laurie.

La distancia que la Gata puso entre ellas no disminuyó el afecto que sentía por su amiga y pensaba que su felicidad era también la propia aunque a ella le habría gustado ser la protagonista de este romántico sueño había algo que la inquietaba sin saber exactamente que era, quizás algo de envidia, acaso celos infantiles.
 
Bienvenida resaca
El Jota abrió tarde el pequeño negocito donde vendía diarios a unas cuadras de su casa, la noche anterior todavía rondaba en su cabeza fermentada por el ron que se tomó puritano (sin mezcla) junto a la Gata; esta pendeja se la estaba buscando, quien la viera tan flaca y con toda esa resistencia al copete y con apenas catorce años, parecía camionero tomando codo a codo junto a él.

Sonrió al recordar la íntima fiesta que la Gata le regaló la noche anterior y la cabeza volvió a darle vueltas. Se sentó al sol para recibir un poco de su energía, pero el calor pareció abatirlo. Entrecerró los ojos mientras se levantó y sacó de la máquina una lata de Coca que tomó con avidez; el negocio estaba pésimo, nadie se aparecía a comprar; le echó la culpa a su tardanza en abrir. Volvió a sonreír ante el borroso recuerdo de la Gata bailándole sensual arriba del sillón mientras se sacaba la blusa, mirándola absorto tomaba directo de la botella.

Encendió el primer cigarro de marihuana del día cuando apenas eran las diez de la mañana, nada mejor que fumarse un porro para mantener la borrachera, trató de hacer memoria desde cuando fumaba, recordó a su calvo amigo Pingua, con quien a los doce conoció por primera vez el placer de volar.

Entrecerró los ojos mientras dió una profunda pitada, evitando olvidar el delicado cuerpo que había recorrido hacía algunas horas. Todavía parecía percibir en sus manos el envolvente aroma de la Gata, y sus eróticos susurros todavía le acariciaban el cuello.

Un cosquilleo eléctrico le recorrió la espalda cuando oyó la voz de la niña-mujer hablándole suave en la nuca; sobresaltado se dió la vuelta y se encontró con el casi inocente e infantil rostro de la Gata sonriéndole y acercándose hasta tocar con sus pequeños senos el agitado pecho del Jota, al tiempo que sus brazos lo rodeaban por el cuello; no pudo ni quizo evitar el sorpresivo beso matinal que llegaba a despertar su líbido. Empezó a respirar agitado cuando la chica lo empujó suave dentro del kiosco hasta apoyarlo en la puerta del refrigerador.

Los catorce años de la Gata habían sido bien condimentados de fiestas y drogas, aún siendo de una familia de clase media, sin problemas intrafamiliares ni faltos de comunicación. Quizás sus dos hermanas mayores influyeron en su formación, ya que ambas tenían una vida tan ligera como la que se buscaba la Gata.

A ella no parecía incomodarle la situación ni la diferencia de edad que como pareja representaban ya que el Jota tenía treinta y cinco. De todos modos ella se comportaba como una amante adulta y experimentada.