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Haciéndome el sueco
Unas pequeñas notas de un postdoc perdido en Ikealandia
Acerca de
Acerca de cómo un gaditano con vocación de científico se marchó de postdoc a vivir venturas y desventuras a un lugar de la Suecia, de cuyo nombre no puedo pronunciar, y de cómo éstas son narradas.
Sindicación
 
Mi pequeño cuento sobre el Milagro de la Navidad

Hace casi un mes que mis manos no ven el Sol. Desde hace ese tiempo, o probablemente más, siempre que salgo a la calle llevo mis guantes como parte integral de mi vestimenta, como llevar los pantalones o los zapatos. Y como ellos, desde hace más de un mes que siempre me los pongo antes de salir a la calle. En realidad, lo de ponerme los pantalones antes de salir de casa lo hacía desde antes, y me atrevería a decir que viene siendo una tradición antigua, que se ha asumido por casi todas las culturas desde hace mucho tiempo (en un rango de entre 30 y 3000 años, así calculados rápidamente). Cierto es sin duda que algunas culturas han aceptado lo de quitárselos posteriormente en distintas circunstancias. Así, viene siendo cada vez más popular la exhibición de un alopécico trasero en gestos celebrativos o de protestas varios, o en ciertos casos exclusivamente femeninos en momentos de acuciante urgencia, miccionante necesidad como la que debía de tener la chica con la que me topé en cuclillas este sábado pasado en la puerta de mi residencia (sí, sí..., un día más sin casa). Y no es que la memoria me dure para tanto con tales encuentros, pero es que tras menos de un metro de cuesta abajo, el producto miccionado se congeló y aún sigue ahí. Meada eterna, como los hielos eternos del polo. Y es que, volviendo a reflexionar concienzudamente, urgencias deben ser las que llevaron a la meona a llevar a cabo tal operación, ya que exponer partes tan delicadas al invierno cruel, como lo es también exponer las manos, es un gesto de imperiosa necesidad. Y digo más, es incluso peor, porque en caso de enfriamiento de dedos y falanges, uno siempre puede frotarse las manos hasta entrar en calor. Cosa que espero que la chiquilla protagonista de esta anécdota no llegara hacer con sus zonas enfriadas, o por lo menos en público, que eso está muy feo, por muy sueca liberal que sea.



Y me viene estupendo este comentario para volver a retomar el tema con el que comenzaba y que tan fácilemente me desvié en mis callejeos mentales. Veo, y sin más remedio lo asumo, que lo de divagar va siendo una tónica común en mis discursos, y que probablemente de mayor me convierta en un anciano insoportable, contando historietas interminables, empezando cuentos sin final, y pasados sin nexos comprensibles entre lo que diga al principio y al final... Pero forzándome a mi mismo, voy a hablar del tema que aquí me trajo, (y es que de nuevo compruebo resginado que perdí el rumbos de mis nortes), es decir, las manos y de las vestimentas adecuadas para éstas, véasen guantes o manoplas. Diré así para empezar que la última vez que traté de cerrarme mi abrigo en plena calle mis manos tomaron el color de la uva madura, y que por ello, por el método de prueba a ver, que seguro que cometes error, me di cuenta que lo de vestirse y desvestirse en estas latitudes es un tema muy serio. Mis manos, siempre tan acostumbradas a tener algo entre ellas (no piensen mal, por favor, que ya me están saliendo por donde no deben...) ahora viven atrapadas, oscurecidas como los animales de cetrería bajos sus caperuzas. Cosa de práctica, y de mucho equivocarme, para coger cierta habilidad, y hasta en mi faceta más gatuna he aprendido a "cazar ratones" usando para ello unas manos ciegas y torpes, aunque en la mayor parte del tiempo jústamente parecen las de un playmóbil, tanto por la posición que toman bajo el guante, como por el manejo poco flexible que de ellas se puede hacer.



No deja de ser sin embargo sorprendente, y por ello me llama la atención, descubrir que este es un mundo regado de guantes. Guantes por todos lados, perdidos, tirados, como víctimas mortales subyugadas por el invierno, yacen semicongelados esperando a "buitres" que los eliminen, o barrenderos que los recojan y les den digna y calentita sepultura. Algunos permancen día tras día, ejemplo de los estragos invernales, pero lo que realmente no puede dejar de mencionarse es que a cada nueva mañana, y si andas lo suficiente, aparecerán nuevos fiambres de lana, de algodón o material diverso esparcidos aquí y allá, estirados los dedos en sus últimos estertores. Y si uno llega desde la parte alta de esta historieta, y no se acaba de incorporar a la lectura, comprobará lo extraño que puede ser perder un guante, cuando apenas hay momento para quitárselo, y mucho menos de olvidarte que no lo tienes más de dos calles más abajo. Lo digo, para mí es lo mismo que perder los pantalones y no darse cuenta de que no los llevas hasta llegar a casa (así las risas de la gente en el laboratorio..., claro, claro). Pero lo cierto es que pasa. Y no debería de haber pasado de un simple descubrimiento sin mucho que comentar si no fuera porque todo cobró protagonismo digno de blog (por lo menos digno para el mío, claro...) el domingo pasado.

El domingo, tras alguna que otra aventura de las de abrir nuevos caminos alrededor de la ciudad, tras un rato de sentirme valiente para combatir el frío, decidí refugiarme en una librería para calentarme (lo siento, nunca no soy tan peleón, y menos con las condiciones climatológicas, que no hay quien las gane). Entrar en una librería normal en este país tiene un punto de absurdo, puesto que por muchos libros que te parezcan interesantes, no pasarás de la portada a menos que alguien te los traduzca, pero claro, eso me di cuenta una vez que mi cerebro empezó a entrar en calor. De todas maneras siempre hay libros de fotos que puedes hojear, y tanto tiempo entre guantes, es un gustazo volver a calentar los dedos con el suave roce de los bordes de las páginas, con el airecito cálido que se levanta en cada nueva hoja que cae. Así, diciéndolo bajito, diré que ese es una de las cosas con las que que me encanta ocupar mis manos. Sin duda, y no solo por la calefacción, una librería me parece un sitio increíble para entrar en calor.

Pero en mi espíritu curioso descubrí que en una columna dentro de la librería había un pequeño póster que no hubiera captado mi interés si no fuera porque estaba lleno de cuerpos mortales de guantes. Guantes de todos tipos, de colores y formas variopintos, pero todos usados, y todos únicos. Organizados como estaban por distintos barrios de la ciudad, supuse que se trataban de guantes perdidos, recogidos y allí puestos, en conjunto, en memoria de aquellos que algún día calentaron manos. Aún me quedan ciertas dudas, pero por lo que deduje del cartel que a su lado había, no era una obra de arte moderno, sino que todo parecía intencionado para reunir a familias perdidas de guantes. Una labor social de ¿reconoce este guante, ha visto a su hermano, primo o tío por parte materna? ¿Es posible que exista en esta ciudad un servicio de, "quien sabe donde estará mi guante?" ¿Es posible reunir guantes hermanos en una ciudad de medio millón de almas, lo cual supone un poco menos de un millón de guantes (hay que tener en cuenta algún que otro manco para hacer cuentas correctas)? El número de guantes allí retratados no dejaba de ser escaso para la cantidad de ellos que andan perdidos, pero a mí me parece, y sobre todo en estas fechas tan entrañables en las que estamos, una estupenda historia de navidad: ese guante que regresa a casa, tras varias semanas ausentes, sucio, desaliñado, pero por fin en familia, listo para calentar la mano que se quedó congelada. Sinceramente. me parece una historia muy bonita, y he aquí mi pequeña contribución a esos cuentos que narran "el milagro de la navidad".

Pero hablando de enternecimientos, y milagros navideños, mañana tempranito, por fin, sin más retraso, tomaré rumbo Sur. Mañana vuelvo a casa por una temporada. Es hora de regresar para recargar pilas. Así que, con lágrimas en los ojillos de emoción, os deseo a todos los que estáis al otro lado de la pantalla que tengáis las mejores fiestas posibles, que os dejéis mimar un poco por quien más queráis, pero eso sí, cuidad de vuestros guantes. Nos vemos a la vuelta, cuando regrese a estas latitudes para seguir haciéndome un poco más el sueco, espero encontraros al otro lado de la pantalla, para el próximo año, prometo hacer mejores crónicas suecas.


GOD JUL a todos!!!!!!!!



 
Comentario:
Vuelvo a tener ADSL. Animo, sigue escribiendo
 
Comentario:
Cuidado con esas lagrimillas, que si se congelan pueden ser peligrosas.

Otra gaditana.
 
Comentario:
Pobrecitos, ahí perdidos, sin la compañía de su mellizo...jeje
 
Comentario:
El número de guantes allí retratados no dejaba de ser escaso para la cantidad de ellos que andan perdidos, pero a mí me parece, y sobre todo en estas fechas tan entrañables en las que estamos, una estupenda historia de navidad: ese guante que regresa a casa, tras varias semanas ausentes, sucio, desaliñado, pero por fin en familia, listo para calentar la mano que se quedó congelada.

Me ha encantado este cachito... Yo también te deseo unas felices navidades junto a los tuyos y aquí estaré para cuando vuelvas! prometido! te echaré de menos!!

un besazo con guante!!!!XDXD
No