Cosas DE SUECOS,...Y DE SUECAS, CLARO. Capítulo IX. Jag heter Telmo!!
Septiembre está a la vuelta de la esquina. Hace ya tiempo que los pocos vencejos que han sobrevolado por el verano sueco tomaron rumbo sur. Dentro de poco se les unirán los que llenan de gritos los atardeceres ibércos. El viento a cambiado. Y mucho. Todo ha vuelto a la normalidad por estas latitudes. El verano sólo queda en la cabeza de algunos y algunas que se resignan a meter en el cajón los pantalones cortos y minifaldas hasta el año que viene. La luz ya es distinta. Y hablando de prendas no sé cuantas prendas he de llevarme por la mañana, porque los pronósticos aquí tienen la certeza de una mirada tras el cristal y al termómetro exterior que adorna una de ventana de cada casa. Las caras son distintas, las mismas que antes, las que comprimen los sentidos contra la bajada de temperaturas que ya es más que una obviedad. Hay escalofríos, no los que provienen del termómetro, que para ello aún falta un poco, sino los que habitan en los recuerdos soplando vientos internos. Llueve más de la cuenta. Lo normal, que ya es demasiado.
Retomamos el pulso a la rutina. Hacemos promesas tras las que trataremos de marcar los pasos que acabarán yendo en cualquier dirección. Pero hay intenciones que retomar. Y entre ellas, está las de mis clases de sueco. He vuelto a retomarlas tras las escasas que tuve antes de que llegara el verano. Y lo poco que aprendí allí se diluyó y borró entre olas de mar gaditano. Ahora toca retomar un idioma que hoy trataré de explicar un poco. Para aquellos infortunados que no se hayan topado aún con las lenguas suecas en sus distintas versiones, ya sea oral, escrita, auditiva, u oral con lengüetazo, hoy me he decido relatar un poco a qué suena un idioma crecido entre vikingos y evolucionado con el único fin de poder poner nombres de imposible pronunciación a mesitas de noche, colchones, sofás y otros utensilios de "mónteselo usted mismo".
El sueco, como el noruego y el danés tienen bastantes raíces germánicas. De maneras que si dominas el alemán, podrás entender muchas de las palabras cuando las veas escritas. Otra posibilidad es aprender holandés, o flamenco (no el de taconeo, sino el que se habla en la mitad de Bélgica), ya que por lo visto a un sueco le resulta muy fácil leer textos en estas lenguas. No sé si será así para el resto, pero como digo, un sueco una vez me comentó esta capacidad suya. La buena noticia de todo ello es que los nórdicos, ocupados como estaban en afilarse los cuernos en otros tiempos, adquirían las palabras pero las metían con calzador en una gramática muy sencilla. De manera que si aprendes holandés y alemán, lo tuyo, aparte de tener ganado un par de medallas al valor, es meterte a aprender sueco.
En general las lenguas escandinavas son bastante similares, salvo el finlandés..., idioma que hasta para sus vecinos es totalmente incomprensible, aunque siempre acaben utilizándolo para meterse con los vecinos fineses o finlandeses. El sueco, el danés y el noruego son, por así decirlo, como el español, el portugués y el italiano. O incluso más similares. Según una definición de cierto autor sueco, el noruego es un dialecto del sueco que se pronuncia comenzando las oraciones en barítono, y acabadas en falseto. El danés, que de los tres resulta el más alejado, y el sonoramente más inapropiado, según el mismo autor suena a alguien que estuviera intentando tragar y escupir a la vez una patata recién sacada del horno (lo cual debe deberse a su mayor cercanía con Holanda). El sueco, entre medio de fineses, daneses y noruegos, poseen una entonación suave, sin sonidos guturales, pero peculiar a la forma de recitar las palabras. Como regla general de entonación, ante cualquier palabra sueca, se deberá acentuar en esdrújula; regla increíblemente válida hasta para palabras de una sílaba. A partir de esta simple teoría, cualquier otra cosa, puede ser posible. En general, hablar sueco es lo más parecido a comprarle a tu lengua un billete para dos viajes en montaña rusa. Hay subidas, bajadas, loopings y, sobretodo, frenazos y aceleraciones. Una mesita de noche de Ikea con tres vocales, pongamos por ejemplo, una ä, una å, y una ö, podrá tener una o dos de ellas que, para pronunciarlas correctamente requieran ser alargadas en el espacio-tiempo, como una chicle, dejándolas suspendidas en el aire, en lo alto de la montaña rusa por un rato hasta que venga la tercera, pronunciada a la velocidad del descenso en picado.
Hagamos un ejemplo práctico y sencillo. Imaginemos que tenemos un espacio vacío en una pared de casa, y que un sábado sin nada mejor que hacer decidimos pasarnos por la tienda de letras amarillas a adquirir un cuadro de colores y rallas que hemos observado en el catálogo antes de venir. Nos dirigimos al dependiente, y le pedimos por favor que nos diga donde podemos encontrar los cuadros de la serie "Furulund". En castellano esta palabra no tiene misterio. Pero para pedirlo con propiedad, debemos, en primer lugar aplicar la regla de las esdrújulas. Vamos bien. Lo siguiente es construir nuestra montaña rusa a partir de las vocales. Yo, en mis humildes conocimientos, no puedo más que tratar de suponer, que nuestra palabra bien pronunciada hay que decir "Fúuuuuuuuuruuuuulund". Seguro que con estos conocimientos básicos nos atenderán mejor en dichos establecimientos, por lo menos los que se encuentran en tierras escandinavas. El único inconveniente a lo dicho por ahora es que, en general, los suecos, y en esto no puedo quejarme, porque yo hago lo mismo con el dialecto del español que se habla por tierras gaditanas, ya sean de la capital o de la otra punta, se acaban cepillando letras y sílabas a la hora de hablar. Así que, un ejercicio habitual en clase de sueco es tachar todas aquellas letras que no se pronuncian en una frase.
Y si a todo ello sumamos que un sueco en general tiene un nivel de inglés que apabulla, y poca paciencia a la hora de conversar contigo en el poquito sueco mal construido y peor viajado en la montaña rusa, se dirige a ti siempre en inglés, todo indica que mis posibilidades de irme de aquí con un nivel óptimo de sueco son medianamente bajas. Y pese a que yo no deje en ningún momento de buscar suecas con quien ejercitar la lengua, creo que mis clases de sueco sirven, como ya dije para socializar con extranjeros de todo tipo más que para hacerme con el idioma. Seguiremos estudiando pese a ello.
Lycka till, och hej då!

El embarcadero de Rörbäck
El pequeño embarcadero de Rörbäck es como muchos otros de los que te encuentras mientras te mueves por la costa de Suecia. El pequeño embarcadero de Rörbäck no difiere mucho del resto, aunque justo en el extremo se extiende, abriéndose horizontalmente para dejar sitio a un gran banco de madera, uno donde supuestamente puedes esperar a cierto barco que te recogerá para llevarte a otros puntos parecidos del fiordo, pese a que nunca vi llegar ni irse ningún barco de ese pequeño embarcadero durante los días que allí he estado. Sobretodo a esa cierta hora de la noche. Ya hace mucho tiempo que el último barco que vi pasar dejó de marcar sus huellas entre ondas extendidas. A estas horas de la noche hay que andarse con cierto ojo por el embarcadero, porque hay colocadas estratégicamente rocas enormes que pueden fastidiar el encanto de la situación. La madera está húmeda y fría bajo los pies descalzos, y el cuerpo se ha encogido al exponerse al raso de la noche, bajo un cielo abierto, oscuro y magnífico para contar planetas, constelaciones, y deseos. Las pocas caras que rompen el imponente silencio de la noche junto al albergue de Rörbäck se miran en busca de apoyos, escrutando en la penumbra los ojos del resto, buscando en ellos atisbos de voluntad que a ti mismo te falta. Alguien tendrá que ser el primero, y decido que seré yo. O alguien lo decidió y a mí tampoco me importó serlo. Hay algo único al romper el silencio, la calma chicha del agua, penetrarla..., y no me importa, es más, quiero ser el primero. Y son mis pies los que se me mueven al fin sobre las tablas mojadas por la humedad del aire, avanzo sin pensarlo más. Los pensamientos son dudas que se transforman en losas, más rocas que entorpecen mi avance por el pequeño embarcadero. Esas mismas losas que justo una hora antes, encogido bajo mi jersey en una silla, con el cuerpo cortado por el frío, me decían grabadas a fuego que ni en sueños me despojaría de mi ropa para avanzar por el embarcadero. Justo lo que estoy haciendo ahora sin dudarlo, recorro el último metro hasta el vacío del agua, empujándome a mi mismo a saltar, grabando al final en mi memoria el instante en que los pies quedan suspendidos en el vacío, esperando el instante del contacto con el agua invisiblemente negra que sucederá antes de que yo acabe de describir esta frase. Casi ya. Ya.
Rörbäck para la gente que trabaja en mi departamento significa jornadas de retiro. Tres días a mitad de agosto de convivencia, en un paraje perdido entre bosques, lindando la costa de un fiordo sueco, uno de esos que a diferencia de los noruegos no tienen paredes escarpadas a su alrededor, sino suaves pendientes boscosas, campiñas doradas por el centeno a estas alturas de años, o pastos dulces para animales de granja. Un fiordo de aguas calmadas, con aire de lago entre suaves lomas. Un lugar único en el silencio, perfecto para unas jornadas de retiro con la gente con la que trabajas. Una manera de forzar las interacciones con los que no tienes más remedio que tenerlas, porque trabajas con ellos. Los escandi-navos nunca se han caracterizado por su intensas relaciones sociales. Son seres aislados, que deambulan por los pasillos del laboratorio sin mirarte, sin saludarte, sin cambiar de expresión, como si los diez meses de trabajo con ellos no hubieran servido ni siquiera para acumular intenciones de un simple "hej" mal dicho una de tantas mañanas. Las interacciones hay que forzarlas, crear actividades sociales, sacarlos de sus corazas y ponerlos en el mismo espacio para demostrarse unos a otros que son seres vivos, no simples extintores de pasillo. Rörbäck es un sitio perfecto para ello.
Pero en la habitación de conferencias, mientras alguien nos da una charla sobre sus investigaciones en la fosforilación de cierta proteína esencial para la activación de algún regulador transcripcional implicado en la respuesta a estrés por un choque hiperosmótico en las levaduras, alguien ha abierto una ventana que coloca mis ojos justo delante de la orilla. Hace un día de sol y temperaturas agradables, un pequeño velero se desliza suavemente sobre el mar sin olas, sin movimiento, sobre la suave superficie, y mis cabeza sale de la sala de reuniones, y pulula por el embarcadero, atraída sin remisión por todo lo que está exento de choques hiperosmóticos. Alguien me habló de espectáculo nocturno de aquellas aguas, algo sorprendente, inaudito y fascinante, y una de las mayores atracciones de aquel retiro para mí era comprobar con mis propios ojos lo que allí sucede a la caída del Sol, cuando todo se queda oscuro y el agua es una masa oscura, materia negra donde viven esos seres mágicos durante un par de semanas a finales del verano.
Para alguien que ha estudiado biología y se ha dedicado posteriormente a tratar de comprender modestamente algunos de los fenómenos que conforman la vida, todo lo que acontece en la naturaleza tiene un motivo, una razón más allá de la de estar ahí. El color exuberante de ciertas estructuras vegetales, el sabor dulce de los frutos, el canto elaborado de ciertas aves, las perfectas estructuras de una telaraña. Todo tiene un motivo, aunque hay momentos en los que cuesta encontrar una razón y nos dejemos llevar por la explicación más fácil, la más inocente, la mejor quizás. Y es que por mucho que los científicos nos rompamos los sesos, hay cosas que están diseñadas para ser hermosas, para agradar sin más, para hacer de este planeta un parque de atracciones en el que merece la pena participar. Hay veces en las que esa es la única explicación posible, como para aquellas algas minúsculas que los suecos llaman y alguien me tradujo como “los fuegos del mar”.
Y ahí estoy, saltando para encontrarme con aquellas luces. El salto desde el embarcadero sé que va a merecer la pena, y, además, por mucho que la temperatura del aire no es la más idónea para mojar la piel, el agua del fiordo está sin duda más caliente, casi agradable. He sumergido la mano momentos antes desde la orilla, y sé perfectamente la temperatura del agua antes de introducirme en ella. Aquella mano mía que parecía soltar conjuros al contacto del agua negra, cuando en el primer movimiento suave bajo el agua, de repente cientos de luces empezaron a brillar entre mis dedos. Pequeñas luces blancas estimuladas por la agitación del agua. Rodeando mis dedos, arremolinándose entre ellos. Brillos intensos bajo la oscuridad del agua que juegan a seguirme, como si de repente alguien levantase la mano y pudiese colocar las estrellas a su antojo, a base de pinceladas trazadas con la mano con suavidad. La misma sensación. Y ahora dejo pasar los primeros segundos tras el golpe de mar. El agua te recibe fría, cortando la respiración de mis pulmones por un instante, tratando de acompasar mi piel a las temperaturas del agua mientras, de repente, todo empieza a iluminarse. Me veo las piernas brillar bajo el mar, mis brazos, mi torso. Todo centellea al mínimo movimiento, me rodea como si aquel fiordo tuviese la maravillosa capacidad de destapar un aura brillante alrededor de tu cuerpo. Y no puedo dejar de moverme, porque estas luces necesitan a dinamo de tu movimiento para prender, y nado de un lado para otro en un baño nocturno entre fuegos fatuos que se pegan en la piel, en el pelo. Todo está oscuro salvo mi cuerpo, y el de los otros que han ido saltando al agua tras de mí. Sumerjo mi cabeza con los ojos abiertos, tratando de mala manera de aguantar una respiración agitada por la temperatura del agua y por el espectáculo, y allí debajo tengo la sensación de ser un astronauta volando entre miles de estrellas.
Ahora salgo del agua, tras varios minutos de paseo espacial, busco inmediatamente mi toalla entre las otras antes de que el cuerpo se quede gélido al contacto con el aire, y aún, mientras me paso la toalla por el cuerpo, vuelvo a iluminarme con cientos de puntos brillantes que permanecen atrapados en la capa de agua que me he traído conmigo al embarcadero, como una especie de maquillaje sicodélico. Mientras empiezo a temblar por la temperatura sé de buena tinta que con este baño me he ganado un buen resfriado, pero hay resfriados que merecen la pena pillarlos. El tiempo empeora rápidamente en estas latitudes, y probablemente éste haya sido mi último baño de la temporada, pero ha habido pocos antes, y pocos habrá después tan espectaculares como éste. O por lo menos, tan brillantes.
Hasta pronto.
Etiquetas: suecia, ikealandia
Volvemos
Permitanme empezar esta nuevas andanzas con un recuerdo, uno atado a un domingo en Catarrijan. Una de las pocas playas que me han resultado cautivadoras en la provincia de Granada. Allí, dentro de aquel chiringo, disfrutaba de una tarde de domingo y de la compañía de unos amigos. Había vuelto recientemente de mis vacaciones en mis playas gaditanas con una sensación de gusto que antes no recordaba haber tenido. Muchos años de llegadas y salidas hasta encontrar ese punto magnífico que desde entonces me reconcilió con aquel rincón de Cádiz. De la nada, y tras unos días mansos, me habría creado mi pequeña burbuja donde por fin podía aislarme de los estragos de una tesis que tomaba la pendiente en alto como el camino más utilizado para vérselas conmigo. En aquel chiringo, recuerdo haber leído una columna de El País donde se hacía mención a la etimología de la palabra vacaciones. No seré yo quien suelte aquel texto que mi memoria conserva en lo básico, pero lo que allí se decía estaba claro. Vacaciones y vacío vienen de la misma raíz. Son lo mismo. Vaciarse es vacacionar. Dejar todo detrás, volver a crear nuevas curvas en la rugosidad del cerebro, nuevos paisajes donde dejar atrás lo viejo para rellenar con algo distinto, nuevo, aunque sea por un rato, unos días que siempre sabrán a pocos, pero serán suficientes, si uno consigue juntar las vacaciones con su intención original; vacío.

He vuelto de vacaciones, así que lo primero, y antes de llegar al grado de la descortesía, he de parar y dar un saludo en general. Abrazos y besos a repartir al otro lado de la pantalla. Un gusto volver a este lugar a reencontrarme con todos. ¿Que qué tal mis vacaciones? Bueno, bien, supongo que lo he dicho aquí al principio resume bastante lo que he tenido durante estos días. Juntando todo ello a reencuentros y más reencuentros. Algunos sorprendentes e inesperados por su simpleza que indican la fragilidad de las costumbres, lo débil que resultan las rutinas que a veces parecen tan difíciles de romper, cadenas de papel con color de acero forjado. Resultó excitante por ejemplo reencontrarse por sorpresa con un cielo estrellado en la oscuridad, alejada de las luces de las farolas, y de las diáfanas noches de verano en Ikealandia.
Pero no pretendo contar mis vacaciones aquí como si ahora tocase redacción de principio de curso, y simplemente diré que fuera aparte de ciertas incidencias de última hora que me retuvieron en tierras hispanas más de lo previsto, participé por primera vez en mi vida en un concurso fotográfico en el que acabé recibiendo el premio a la mejor fotografía (prometedor para las primeras fotos que en mi vida he puesto a comparar con productos de cámaras ajenas). Por extraño que parezca para tales laureles, no dispongo aún de la foto premiada que, espero recibir pronto, y que será dignamente expuesta delante de tan selectos ojos. Toca sin embargo relatar la vuelta a mi actual morada, la vikinga, en una ciudad que hierve ahora mismo entre pistoletazos de salida, cuerpos de atletas, cronos imposibles, banderas de naciones europeas, y una inusitada vida nocturna plagada de escenarios, conciertos, actividades, y puestos de todo tipo. El atletismo y unos días de temperaturas estupendas han transformado a esta ciudad por esta semana, subiéndola, princesa por un día, al tronío de otras urbes del continente. Celebraciones multitudinarias que se juntan con las clásicas de estas fechas de año por estas latitudes. La celebración del cierre del verano, como si clausuraran un festival que celebra la vida, el periodo veraniego finalizará el 15 de agosto. Comenzará entonces irónicamente mi periodo de mi consciencia sueca encadenada a recuerdos, solaparé luces y sensaciones térmicas. El ciclo va cerrándose sobre sí mismo, y es que hace un año que pisé por primera vez las tierras suecas para una entrevista de trabajo que poco tiempo después me permitiría, entre otras cosas, abrir este ventanita del ciberespacio.
Y como el tiempo no pasa en balde, ni nadie se libra de hacerse marcas en la consciencia, como los prisioneros en las paredes contando días, las transformaciones que poco a poco me van sucediendo las he notado, sobretodo, en esta vuelta. He salido del país donde vivo, he pisado el país al que pertenezco, y tras una, dos, tres vueltas jugando a la gallinita ciega, ahora empiezo a confundir un sitio con otro, porque las fronteras se diluyen, y pisar suelo sueco no me produce las mismas estridencias mentales, ni el idioma tan distinto me suena tan extraño, ni el aire fresco y cargado de humedad de finales de verano a mitad de agosto me chirría. Los colores verdes del paisaje, distinto al amarillo polvoriento del Sur no resulta curioso, sino familiar. La vuelta, esta vez, resultó agradable. Quizás porque poco a poco me voy asimilando a este terreno, colocando cimientos. No es ni raro, ni inusual. Simplemente sigo los pasos normales a la adaptación. Los he notado a la vuelta tan claro como la lluvia que me recibió en mi cara. Todo se va a acercado a ese punto que me dicen que llegará, aquel en el que algún día volveré aquí de algún viaje promulgando el "me voy a casa". Algún día.

Hasta pronto.