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Haciéndome el sueco
Unas pequeñas notas de un postdoc perdido en Ikealandia
Acerca de
Acerca de cómo un gaditano con vocación de científico se marchó de postdoc a vivir venturas y desventuras a un lugar de la Suecia, de cuyo nombre no puedo pronunciar, y de cómo éstas son narradas.
Sindicación
 
Cerrado por vacaciones



Pongo un pie detrás de otro. Paso tranquilo, sin prisas, porque voy a llegar, al fin y al cabo. Mi pie no me molesta, ha vuelto a recuperar sus viejos dejes caminantes. Ganas tenía ya de explorar de nuevo el suelo, y lo hace sin acelerarse, reconociendo las viejas rutas, y yo le dejo que vaya sin miedo, le animo a practicar los movimientos antes de soltarlo libre entre arenas y orillas. Eso ya será mañana.

Mañana cuando aterrice y me de un golpe de calor, cuando note el viento de levante que me dicen que sopla fuerte por ese rinconcito donde me dirijo chocar contra mí, siendo así el primer conocido en darme la bienvenida, sonreiré. Porque despertaré una parte que está lleva adormilada mucho tiempo. Algunos me preguntan porqué no dejar mis vacaciones para cuando el frío se aloje en mi puerta de nuevo, y no ahora, cuando tan bien se puede estar aquí arriba. Y yo sólo puedo imaginar y recordar mis veranos de mar, de salitre pegado a la piel, de tardes y noches en la tarima de madera del chiringo, el grito continuo de los vencejos sobre mi cabeza a la última hora del día, el sonido pegadizo de las voces en las noches inacabables de verano en la costa, el caminar descalzo por todos lados, y no..., es irremediable. Al menos, por un par de semanas, soy incapaz de prescindir de ello. Necesito recargar mis pilas con la alegría contagiosa y la energía vital del verano en el sur. Eso me dará alas para aguantar los inviernos que vengan por delante. Eso es precisamente lo que ahora necesito. A por ello voy.

Y me alegra pensar que, pese a que estaré desconectado de esta ventanita que tengo abierta por una temporada, es cierto que estaré mucho más cerca de todos los que aquí se asoman a verme, y quien sabe, puede ser que en una de esas playas o en una de esas terrazas de verano me cruce con uno un otro, yo prestaré atención, y si veis a uno con medio pinta de sueco, medio de tipo del sur, que pasa sonriendo por todos lados como si viviese en las montañas de Heidi, levantad la mano y saludad, quien sabe, quizás haya tiempo de compartir una caña, o un paseo por una de esas magníficas orillas.


Hasta luego a todos.


Vuelvo de vacaciones.





 
Percepciones


Hoy podría estar en junto a la orilla de la playa de la Costilla, allí mismo, junto a la curva de Virgen del Mar, o podría estar por ejemplo en la playa de la Ballena, o la de Punta Candor, cualquiera de ellos me vale. Hoy no me resulta difícil dirigirme allí, volver a tener la sensación de los pies enterrados en la arena a esta hora de la noche, cuando todo se llena de la humedad del agua cercana, y la suave alfombra sobre la que camino es tan agradable al tacto, que siento perfectamente el frescor de los pies allí semienterrados, y me recreo en ello, jugando con la arena sobre mis dedos, siendo perezoso al andar, enterrando y desenterrando mis pies, y desde aquí tengo la certeza de que es una de las sensaciones más placenteras que puedo retener en mi mente, en mis veranos.

Hoy, no me cuesta aproximarme a mis recuerdos, bajar a ellos desde cualquiera de las escaleras que me llevan a esas playas, y ponerme a caminar por esas arenas mientras escucho la incansable respiración del mar; bajando y subiendo sus pulmones en cada ola que viene y va, sintiendo cada una de sus exhalaciones del aire de su interior en la brisa que chocan contra mi cara. Camino sin rumbo fijo, yendo hacia el espigón del Caracol o hacia los Corrales, no importa... todos los sitios son el mismo, esa frontera entre dos mundos, que nos empequeñece..., que nos diluye. Allí, en cualquier punto de ésos, me expreso con el silencio, el respeto de los actos de veneración, y me siento, o quizás me tumbo, junto a mis recuerdos, y empiezo a vislumbrar que hoy, precisamente, me es más fácil volver allí, porque estoy allí tanto como ahora estoy aquí delante del teclado, en una noche apacible en mitad del "tan lejos", quizás la más apacible, la más noche de verano que pueda haber en estas latitudes nórdicas.

Para alguien que se ha criado junto el mar, el verano tenía la naturalidad de volver a ese lugar cercano, pero vedado durante el resto del año. Recuperar un espacio, volver a conquistarlo en una guerra donde siempre éramos víctimas de las primeras quemaduras de carnes expuestas tras su larga ausencia frente al Sol en aquellos tiempos donde los peligros del astro Rey no existían en nuestras mentes... ese paso de cuerpos enrojecidos a morenos más o menos intensos era peaje obligado para cualquiera de nosotros, y no importaba. La playa para los que vivíamos allí la tomábamos con sorbos tranquilos, sabiendo que teníamos meses y meses para devorarla entera, porque durante ese tiempo no desaparecería. Nos educamos en bajar a la playa a la hora en que el Sol ya estaba de vuelta, éramos seres de atardecer playero, tenía el sabor de la merienda entre el primer y segundo baño del día, y concentrábamos nuestra máxima actividad a esas horas en las las sombras se iban alargando. Siempre he sido una persona que rindo mucho más por las tardes..., precisamente a esas horas, y ahora, lejos de esas meriendas, me pregunto hasta qué punto aquellos ritmos vitales de verano se quedaron incrustados en mí, para siempre, imperturbables, como el paso de las mareas.

El tiempo de aquellos juegos queda ahora en trozos de papel más o menos descoloridos, fotos maravillosas que andarán por algún rincón de mi casa. Pero aprendí a disfrutar de las horas donde el estío veraniego dejaba paso al remanso de la tarde. El verano en el sur es un horroroso horno que sin embargo, a cada tarde, para aquellos afortunados que teníamos el privilegio de vivir junto a ese mar a la hora en que éste tomaba distintos colores, nos liberaba del yugo del calor para devolvernos la vida. La tranquilidad del caminar de nuevo, sin bajar los hombros ni parapetarse, de haber sobrevivido a una nueva batalla contra las temperaturas, el alivio del descanso hasta el enfrentamiento del día siguiente. El veterano de ese combate buscó siempre la calma de los horribles días calurosos junto al mar, la cura, renaciendo al respirar ese aire húmedo y cargado de yodo. Y puede que, de esos ratos de agradecimiento, nació una fidelidad de por vida, una necesidad imperiosa de buscarla, a esa masa de agua madre para volver a bajar las pulsaciones de los cuerpos que buscan descansar. De ahí que inevitablemente, siempre me provoque la misma sensación de tranquilidad infinita, de paz cada vez que me arrimo a su vera.

Y ahora, sentado en el balcón de mi casa, viviendo esta noche, sé que estoy cerca de esa masa líquida madre, y no sólo porque en breves días allí viajaré, y no sólo por la cercanía del otro que aquí me observa, sino porque capto en el aire esas mismas sensaciones que viven en mis recuerdos. He conseguido esta noche, tras varios de días de masticar esta sensación en ese mismo balcón gracias a mi pobre pie inmovilizado, darme cuenta de que hay mucho de parecido entre una noche de verano como ésta y las que antes describía. Existe la paz de la lucha acabada, la satisfacción idéntica del superviviente, y esa misma sensación viene de caminos cruzados, de direcciones opuestas al fin reencontradas. Esos días de calor horrible, y esos otros de frío inhumano se encuentran en esta tarde-noche, aquí en el "tan lejos", también allí, junto a mis recuerdos que muy pronto extenderé. Percibir esas sensaciones por primera vez, tan familiares, en este suelo que antes me rechazaba como si fuera un cuerpo alérgeno, curva un poco más los mundos para acercarlos, y hoy, puedo percibir tan cerca los recuerdos respirando este aire, que todo parece posible, incluso caminar sobre la arena fresca en dirección al espigón del Caracol, o los Corrales, qué más da?


Hasta pronto.





 
Cosas DE SUECOS,...Y DE SUECAS, CLARO. Capítulo VIII. Ni pa ti, ni pa mí, sino todo lo contrario...


Un semana ha pasado en la que mi estado ha ido variando de una inmovilidad casi absoluta (siempre visto desde el punto de vista de un ser nervioso que vive con el eterno movimiento que me caracteriza por naturaleza desde que tengo uso de razón y más aún, uso de mis propias capacidades locomotrices) a una cojera cada más disimulada y, si bien aún no estoy para desfilar en Cibeles, hoy por fin he pisado el asfalto callejero y observado con mis propios ojos el discurrir humano de mi tranquilo barrio, así que todo apunta a una pronta recuperación. Pero por los mismos motivos, mucho me temo que mis aventuras a relatar van desde las mundialísticas televisadas que cuentan una desilusión como la de cualquier periodo veraniego bianual, a mis escarceos caseros de una habitación a otra, pasando cuando el tiempo lo permitía por el balcón. Y como el tiempo de los que se asoman a este rincón no me pertenece como para hacerlo derrochar en vagas conjeturas sobre cómo sobrevivir una semana encerrado en casa (ya podría ser invierno para estos secuestros voluntarios...) hoy me decido a tratar de resolver otro de los enigmas de la cultura nórdica, uno de esos que a los aquí lectores les puede sonar a raro, y mucho menos compatible con el más puro estilo mediterráneo, y hablo, como no, del "lagom".

Empezaré por tanto a tratar de explicar el Lagom diciendo ante todo que tal palabra no incluye ningún manjar dulzón y ni mucho menos, podrido de la variada (pongan cierta entonación sarcástica a este adjetivo) cocina sueca, sino que indica una actitud, una forma de ser, una base de la que parte una cultura, y que puede tener su mayor exponente en la siguiente anécdota que no recuerdo donde leí: "una persona que llegó nueva a trabajar a Ikealandia iba cada mañana durante los primeros días en el coche de un compañero sueco que muy amablemente se ofreció a llevarlo hasta que dispusiera de su propia autonomía. El buen sueco llegaba al trabajo unos diez minutos antes que el resto y, por tanto, siempre se encontraba el aparcamiento con plazas libre junto a la puerta de la empresa, pero, pese a ello, todas las mañanas aparcaba su coche fuera, lejos de la entrada del edificio, con lo que siempre les tocaba andar más la cuenta bajo el frío matutino de éste país. Tras varios días sufriendo la misma operación, el foráneo se atrevió a preguntar al escandi-navo a qué se debía tal comportamiento, y éste, sin dudarlo le contestó que ellos, que siempre llegaban antes de tiempo podían aprovechar ése que les sobraba para caminar hasta la puerta, mientras que aquellos que llegaban tarde, les era mejor poder encontrar sitio cerca, para evitar perder más tiempo tratando de encontrar donde aparcar". Este sueco, que en una gran empresa hispana estaría tratando de evangelizar a colonia de pingüinos y se lo comerían vivo por motivos obvios, en Suecia no es más que otro caso claro del concepto de igualdad llevado a los máximos extremos que la sociedad sueca practica. Es decir, el lagom. Dicen que la palabra viene de "Laget Om", lo cual, para aquel que no esté muy puesto en lenguas nórdicas antiguas, era la manera que los vikingos para decir "alrededor del equipo". Frase que utilizaban cuando tenían que rular el cuerno lleno de cerveza de manera que todos los presentes tuvieran una cantidad justa y suficiente para beber. Dicho miramiento democrático entre vikingos solo se igualaba a la hora de cortar cabezas a hachazos, lo cual hacían a diestro y siniestro y sin importar raza ni condición.

Hoy en día, cuando los descendientes de aquellos señores disponen cada uno de sus propios cuernos, además de vasos para beber porque en Ikea los venden la mar de baratos, el término Lagom se usa en cualquier faceta de la sociedad, implantando unas fuertes raíces en la manera de pensar de cualquier escandi-navo. Es muy notorio que, una de las primeras cosas que aprendes en este país, es que nadie es mejor ni peor que nadie, y está muy mal visto que quieras destacar, ya sea por encima o por debajo del resto de tus paisanos. Todo ello repercute, no sólo en que aquí la gran mayoría de las personas pertenezcan a una clase media bastante bien saneada y que apenas haya índices de pobreza, sino, por ejemplo, en la manera de vestir, y es que todos parecen estar cortados por el mismo patrón y visten (más bien o mal) de manera uniformada, pero también en la manera de trabajar de los suecos. Así por ejemplo, hacer horas extras o trabajar a un ritmo más rápido que el resto, por extraño que parezca, está mal considerado, así que, en general, el ritmo de trabajo de estas tierras sea bastante más bajo que el que uno pueda imaginar viniendo de un país donde la gente se parte los elementos antes utilizados por los vikingos para servir la cerveza trabajando sin que por ello podamos hablar de un avance mayor que el de los perfectamente asépticos nórdicos. Eso, provoca que aquí se viva con menos estrés que el que solemos tener los pueblos gritones del sur del continente.

Pero aunque esta filosofía pueda sonar correcta, peca de excesos que pueden resultar un poco enfermizos a la larga. Así por ejemplo, si yo pusiera este post en un blog para que me lo comenten suecos y suecas, ninguno de ellos rechistaría, y no porque hubiera barreras de incomprensión lingüística, sino porque, está mal visto contrarrestar una opinión. Todos somos iguales a la hora de opinar, así que, cualquier opinión es válida, ninguna se discute, y nadie, nunca, te va a llevar la contraria. Conclusión, nadie protesta por mucho que despotriques. Es más, la actitud más usual de un sueco en mitad de una discusión o debate de cualquier tipo será la de alejarse, como espantado por la aparición del demonio. Esta regla, sin embargo, sólo es aplicable para extranjeros poco cultivados en lagom, puesto que, un sueco jamás, jamás, dirá algo altisonante. Incluso, por ejemplo, jamás destacará las cualidades de alguien, porque ello significaría un menosprecio a las capacidades del resto del grupo. En definitiva, acusan una modestia exacerbada que repercute, por ejemplo en el idioma. Una peculiaridad del sueco al hablar es que, por muy tonta que sea tu pregunta, siempre responderán primero con un "NO", pese a que la respuesta sea luego afirmativa. El motivo parece ser que con ese "no" quieren indicar que, por mucho que respondan correctamente, ellos no se sienten capacitados ni son lo suficientemente buenos para responder a la pregunta que le formulas..., pese a preguntarles si saben cómo llegar a la calle donde se criaron, nunca serán lo suficientemente buenos para contestártela.

Otro ejemplo de lagom que sorprende y resulta hasta divertido, es al compartir, por ejemplo, una ración de, por ejemplo, una tarta. Un interesante experimento a realizar es el de colocar a tres suecos frente a un plato con un único trozo de tarta..., probablemente, y por mucha hambre que tengan, ninguno de ellos se atreverá a coger el último trozo. Axioma que en matemáticas aplicadas se denomina "el bloqueo de tres suecos frente al último trozo de tarta". Dicho dilema tiene su solución al entregarles un cuchillo, pero entraremos en otro de dimensiones aún más apabullantes. En este caso, pese a que la solución más práctica sería la de dividir en tres y repartir.., pero ello presenta un problema, los dos primeros comerán sus trozos felices, pero el tercero se encontrará de nuevo frente, horror, un único trozo, lo cual, volvería a bloquearlo. La solución es cortar ese último trozo en dos, coger una mitad y dejar la otra. Pero ahora introduzcamos más suecos en la ecuación, y el primero que llegue, con la misma lógica cortará esa mitad en dos y se llevará una de ellas, y el siguiente sueco, volverá a dividir en dos aquel cuarto, y sólo se quedará con una parte..., y así sucederá sucesivamente hasta que se consiga la atomización absoluta del pastel cortado en una infinita parte de trozos que responde a la ecuación N= n+1 (siendo N de divisiones en la que se cortará el único trozo inicial de pastel y n, el número de suecos presentes) de manera que siempre, siempre, siempre, quedará algo sobre el plato, aunque sean unas migas.

En definitiva, y si consigues que un aborigen nórdico se lance y exprese algo, por muy mínimo que sea, sobre su manera de ser, te encontraras que muchos opinan que el "lagom" es, simplemente, muy aburrido. Pero aún así, moverse fuera de los límites de éste es como poner a los pingüinos de antes a bailar "El lago de los cisnes". Y es por tanto que llegamos al siguiente punto, que por pesado y largo que me ha quedado este post habrá que tratar en sucesivos episodios, y es el porqué en Suecia las macetas nunca tienen aguas. Pero, como decían, eso es otra historia, y habrá que contarla en otro momento....

Y, un segundo, el último antes de irme..., hoy no coloco fotos, porque ninguna iba con el tema, pero he abierto un rinconcito en esta web donde iré colocando de vez en cuando fotos y más fotos, así que, sois más que bienvenidos para pasar por allí si os apetece. Os dejo el enlace.

Me voy a preparar un pastel para tres suecos. Hasta pronto.