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Haciéndome el sueco
Unas pequeñas notas de un postdoc perdido en Ikealandia
Acerca de
Acerca de cómo un gaditano con vocación de científico se marchó de postdoc a vivir venturas y desventuras a un lugar de la Suecia, de cuyo nombre no puedo pronunciar, y de cómo éstas son narradas.
Sindicación
 
Bálsamos para el espíritu


Hace ya más de un mes. Hace ya tanto, medido en ese tiempo que se rige por la temperatura, que alargaba la mano para tratar de agarrar lo que no sentía, o sentía tan lejos que tenía que hacer un esfuerzo y tirar de los recuerdos para palpar con la yema de mis dedos lo que mañana tocaré en verdad. Hace un mes y medio, o dos, o hace ya tanto que parece que ya soy otro, que me tomé un anhelo por compromiso que mañana cumpliré. Y mañana, cuando ya me leáis, estaré volando en cualquier lado del Mar del Norte, de la costa Cantábrica, de la meseta o del Valle del Guadalquivir, o quizás ya agarrando, no tocando, lo que ya me correspondía agarrar.

Detrás, un invierno como nunca antes tuve. Delante, una semana de esparcimiento total. Si tuviera que definirla de una sola tacada, la denominaría de mi semana balsámica. Llevo unos días diciendo a todo el mundo que lo único que quiero hacer es lo mismo que un huevo cuando lo dejas caer sobre una sartén (comparación que poéticamente no alcanza el nivel de los grandes autores del romanticismo, pero gráfico, no se puede negar). Visitaré mis viejos lugares y me dejaré visitar por los más viejos recuerdos. Guardaré silencio para rodearme de sonidos familiares. Gritaré, hablaré y reiré como me plazca y como siempre hice. Bailaré al ritmo de sevillanas en la feria, y tomaré una copa de manzanilla en el lugar adecuado, a la temperatura precisa. Me dejaré inundar por sentimientos y amigos de toda la vida, y no pondré restricciones a mis apetencias. Me siento como un niño con zapatos nuevos a punto de sacarlos a la calle para estrenarlos.

Volveré pronto a estas latitudes y a este rinconcito de internet donde me gusta pasar para calentarme, pero prefiero no pensar en la vuelta, si será dentro de mucho o poco tiempo. Solo diré que por una semana cambiaré mis saludos escandinavos por besos y abrazos, a raudales de presa de contención recién reventada. Y no tengo miedo a las agujetas que como consecuencia me provoque, porque cuanto más duren, más sentiré que no fue de mentira. Así que, y porqué no, voy a comenzar ahora mismo.


Miles de besos y abrazos a repartir.




 
Cosas DE SUECOS,...Y DE SUECAS, CLARO. Capítulo V. Como diría Celia Cruz...


Nota inicial:


Lo primero es lo primero, y remitiéndome a mi post anterior, anuncio públicamente que el apartamento que encontramos es nuestro. He de decir también que, y remitiéndome más a mi pasado, que lamentablemente será así por un periodo de seis meses. No más. Cosas de los alquileres en Ikealandia. Y todo porque nuestra futura casera ha decidido pegarse los próximos seis meses viajando por el mundo, así que le ha colgado las dos hijas que tiene y el perro al padre de éstas (de las hijas, no del perro), y se larga. Y algún día deberé tocar con más este tema, sí. Pero en cualquier caso merecerá la pena, porque ayer respiré el mar desde la puerta de mi nueva casa (ayer fuimos a firmar, lo ocuparemos el 1 de junio) y, aparte de disfrutar de lo más obvio que se pueda hacer en una playa sueca, ayer nos contó nuestra casera que es la época de subida de los salmones desde el mar para desovar, y que podemos ir a pescar salmones salvajes en nuestra playa. Y yo, que lo más que he pescado en la playa no pasa de una mojarrita, pensar en atrapar un bicho para llevármelo a la boca de carnes suaves y rosadas me parece de lo más excitante... sea salmón... u otra cosa.

Fin de la nota inicial.


Salir de tu país para ir a conocer otro cualquiera de una manera pasajera, de esa forma que utilizamos para rellenar los álbumes de cromos de nuestras vidas; aquí estoy frente a la Torre Eiffel, aquí junto a la Estatua de la Libertad, aquí en el Barrio Rojo de Amsterdam, y juras y perjuras a tu novia por lo que más quiere que esa chica tan poca vestida que sale en la foto no tiene nada que ver conmigo..., esa manera de viajar que nos acerca a realidades de pantallas de televisor y de papel de fotos, aquella que sirve para darnos cuenta de que el mundo no tiene más que la extensión que puedas permitirte con tu bolsillo la considero totalmente imprescindible para curarse de algunos males que provoca el estancamiento de las cuatro calles, los siete tenderos, y los quince compañeros de trabajo con que los de una manera monótona recorremos nuestras vidas en su día a día. Lamentablemente, todo lo que hagamos durante una semana de contemplar monumentos, formas de calles, ruidos y olores de países distintos nos enseña muy someramente todo lo que aquella cultura distinta esconde. Es como tratar de describir a una persona, su forma de ser, sus cualidades y sus defectos simplemente describiendo los dos zapatos, el pantalón y la chaqueta que lleva puesta encima. Ni más, ni menos. Quizás sean los lugares más habituales y transitados por la masa humana de aquel país lo que nos de las pistas más acertadas sobre éste, pero normalmente, suelen ser los más vulgares, los menos atractivos para la vista de aquel que tiene que regresar a casa con los ojos y la tarjeta de memoria de la cámara (adiós carretes de fotos, adiós) llenas de experiencias que tiran con fuerza de las habituales del día a día, y sí, se entiende perfectamente que, entre visitar un supermercado o el Museo de Orsay, pues yo me quedo con lo segundo, salvo claro, que no haya probado bocado en un buen rato y necesite recuperar energías.

Pero he aquí que se inventaron los blogs, y dicen que antes que ellos, los expatriados. Y siempre los hubo que trataron de contar crónicas sobre países exóticos de nombres impronunciables, localizaciones imposibles, y mapas inexplorados, como Andorra. Y desde el principio de esas crónicas, siempre ha existido la necesidad de transmitir aquello que por su particularidad y rareza provocó el asombro a los ojos del que no tiene usos y costumbres. Y si se realizara una hipotética revisión bibliográfica de esas narraciones, y en especial sobre aquellas dedicadas a supermercados foráneos, dudando ya de partida que hubiera muchas a las que atenerse, quizás lo que más destaque del correspondiente sueco es que, vayas al que vayas, disponiendo éstos de carritos super evolucionados en mecánica o no, poseyendo un número más extenso de pasillos o no, repletos de productos más o menos conocidos, destacará ante todo, que siempre, por encima de otras necesidades más vitales, el supermercado sueco se caracteriza por tener un pasillo dedicado en exclusividad a chucherías, caramelos, regaliz, gominolas y chicles variopinto, y no deja de ser significativo ver que tras los huevos, pan y leche, siempre hay espacio para un par de bolsas de caramelos en la cesta de la compra sueca. Eso, entre otras cosas, tiene como repercusión el hecho de que Suecia sea uno de los países más adelantados en cuanto a técnicas odontológicas.

Ese gusto por lo dulce entre los suecos, y me refiero al sabor en la lengua, no a una forma de ser, carácter o personalidad, queda patente no sólo en el pasillo de las gominolas de cualquier supermercado, sino en otras secciones que recojan la relativamente variada gastronomía sueca. De hecho, es importante observar los tipos de panes, ya que en ciertas ocasiones, la diferencia entre un bizcocho y un pan para hacerte un bocata tienen una delgada línea de separación, a veces no muy clara. También en las conservas puedes llevarte a sorpresas al darte cuenta que arenques y pepinillos puedan ser tratados como si fuesen melocotones en almíbar. Y así, podríamos continuar, aunque admito que eso requiere una exploración más intensa de otros productos cuya asociación con el gusto dulce jamás se nos hubiese ocurrido.

Y tal hecho, que puede parecer una anécdota más, muestra al parecer un largo hilo en la historia de este país al que a mí resulta interesante engancharme y tirar. Es difícil encontrar los motivos para todos los comportamientos culturales de una sociedad como la escandinava, a veces tan reacia a abrirse. Aceite y agua, me decía un español de sus diez años seguidos de experiencia sueca. Aceite y agua con azucar donde tratar de sumergirse para encontrar datos que sacien la curiosidad del observador externo. Y sin embargo es posible encontrar una respuesta al uso desmedido de lo dulce en las secuelas que la historia va dejando. Una historia de inviernos largos, poca comida, hambrunas penosas que soportar por una población en general, pobre hasta hace no mucho tiempo. Azúcar era un lujo de pocos. Una marca de ostentación que hoy podría tener su alter ego en aparcar un Volvo en tu puerta, antes lo era el poder de utilizar el azúcar a su antojo, incluso como conservante para mantener sana las provisiones durante los largos inviernos, y eso, solo estaba en manos de los acaudalados, mientras que el resto soñaba con alcanzar tales privilegios. De ahí su uso fervoroso y hoy popularizando en todo el país. Un país donde la mitad se puede permitir un Volvo, un poco de azúcar ha dejado de convertirse en una necesidad, para transformarse un elemento de primer uso.

Y así, y viendo que este país, aparte de azúcar, se nutre de impuestos que gravan desde lo más mínimo hasta lo más lujoso para mantener las altas prestaciones de su estado del bienestar, y viendo que aquí suele ganar las elecciones aquel que garantiza y promete que es capaz de subir los impuestos,porque, y permitiéndome este símil, un impuesto en este país gusta más que un caramelo, y teniendo en cuenta la cantidad de toneladas de golosinas que pueden devorarse al cabo del día entre entre escandi-navos, a algún tecnócrata especializado en economía, no se le ha ocurrido mejor idea para obtener más que la de abrir el mercado de la chuchería a las tasas gubernamentales. Y hoy en día, es tema de debate en estas latitudes si es posible o no cargar de impuestos los caramelos sugus, los peta zetas, los pictolines, los chupa chups, el regaliz y como no, los palotes (véase por supuesto que me refiero a la versión sueca de todos ellos, no la familiar a la cual me permito el lujo de acceder para facilitar la comprensión de este tema). Y viniene mi extrañeza, no por el hecho en si mismo, sino por mis pocas entendederas en cuanto el porqué no lo han hecho hace tiempo. Y viendo por tanto que las chucherías "tax free" van a durar menos que, perdón de nuevo por el símil, un caramelo en la puerta de un colegio, estoy planteándome abrir un kiosko en el mercado negro donde poder forrarme más que como pobrecillo científico. Si es así, ya os iré avisando para crear una red encubierta de suministros de gominolas.


Hasta pronto.





 
Nos estamos mudando, relaciones cambiando, las ideas cambiando…, volvemos a empezar…


Hoy he tenido más sensaciones nuevas. Supongo que los cambios de estaciones en países tan al norte de producen de manera lenta, con muchas transiciones. Pero ayer, cuando volvía a casa, mientras veía como las últimas luces se marcaban la silueta de los edificios contra un oscuro azul, previo de noche, miré el reloj, y marcaba las diez menos diez minutos. Los días se van haciendo largos, largos, y aún quedan dos meses donde continuaran estirándose. Y no es algo que venga de ayer a hoy, pero dos días nublados seguidos te dejan al tercero un cambio drástico, muy notable. Aún los árboles muestran su aspecto de muertos, y aunque las yemas empiezan a aparecer, quedan un par de semanas para que empiecen a adoptar su esplendor verdoso. Y yo que me pregunto que, si los cambios que observo ya me empiezan a entrar muy adentro, cuando vea una primera hoja salir de un árbol, supongo que acabaré por subirme a las ramas más altas de éste de mera y pura alegría, y me pondré a cantar como la protagonista de Sonrisas y Lágrimas. Y yo no sé si mis sentidos serán contagiosos, o si es efecto del primer paso de ecuador invernal, mi novatada, pero ahora puedo entender la máxima expresión de la explosión de vida que se produce tras meses de hastío invernal, y dicen que el carácter de los habitantes de este país de repente cambia, como osos que salen de hibernar, y todos se sacudieran un sueño largo y frío para agarrar las mieles del verde que ya promete. Y lo entiendo. Amanece ya a las cinco y media, como si los días quisieran aparecer con prisas, y yo, que a esas horas no me levantaré, sino que como mucho, volveré, pretendo aprovechar todas las horas de luz que hasta ahora me han faltado.

Pero si hablamos de cambio de importancia, y aquellos que me hayan seguido en mi trayectoria sueca por un periodo relativamente largo, sabrán lo difícil que resulta aquí encontrar piso donde establecerse, y aunque cambiarse de piso te ofrece la posibilidad de conocer nuevos barrios, más nombres de paradas de tranvías impronunciables, y más vecinas interesantes… y es que, y partiendo de la premisa de que tanta nórdica de corte espectacular no viven juntas en la misma calle, y que por tanto se distribuyen equitativamente por los distintos barrios de la ciudad, a alguien debe de tocarle en gracia alguna vecina de las que te dan ganas que te pida azúcar, sal, leche o noches de revolcones locos… Pero prescindiendo de sueños de tipo lúdicos eróticos, moverse casa en casa tiene el engorro de mudarse…, y a nosotros, muy a nuestro pesar, nos toca hacerlo de nuevo, antes de que llegue Junio. Y es que, y aceptando las cosas como son, y pagando el pato del que va de listo por la vida, las tornas normales establecidas en el guión se han cambiado, y aquí, nosotros los hispánicos y mediterráneos, los de la tierra de la picaresca y el timo de la estampita, hemos sido totalmente timados por un vikingo, y no lo digo por el hacha, sino por los prominentes cuernos de gran macho cabrío que luce el que nos alquiló el piso donde estamos. Y en un país donde la honestidad viene determinada por ley, y las que conciernen a los apartamentos y rentas varias son muchas y bien frondosas para no dejar huecos donde colarse, aquí nuestro casero, un tal Mattias, supo colocar a dos guiris novatos un buen órdago, y con tretas y jugarretas que son difícil de explicar, nos ha estado exprimiendo por tres meses y medio casi el doble de lo que el apartamento costaba en origen. Sí, he aquí una confesión grave, hay listillos y avispados hasta en el país de los premios Nóbel. Y aquí el que tiene cara de guiri que no se entera, es un servidor que aquí escribe, y que aprende lecciones a pasos de días, y ésta, es de las gordas. Un axioma expresable en miles de formatos, pero aplicable en un solo, un registro en la primera página de mi propia guía, y que se puede expresar con lo siguiente:

No te fíes ni de tu mesilla de noche de Ikea.

Así pues, y viendo lo visto, y teniendo a un listo de casero, nos ha venido bien por dos motivos. Uno primero, y muy práctico, es que le hemos puesto cara y nombre a todo lo malo de este país, ya sea circunstancial o permanente, que nos hayamos quedado sin piso, es culpa de Mattias, que tengamos que volver a perder tiempo y dinero en encontrar otro piso, es culpa de Mattias, que se acaba el pan el supermercado, es que el Mattias se lo ha llevado todo, que llueve a mares y no se ve el Sol, el Mattias se puso a cantar y nos fastidió el día, que una vikinga de armas tomar y más que agarrar con las dos manos mías me da plantón, es que es prima del Mattias. Y así, sucesivamente. Pero no todo va a ser malo, y si hay que sacarle el lado positivo a esta historia, es que ahora tenemos la oportunidad de encontrar algo mejor, más cerca de algún sitio, o simplemente menos problemas con la dichosa lavadora…, sea bienvenido. Y ayer, así a esa hora que el Sol cae con gusto de tarde de verano, fuimos a ver un piso magnifico, acogedor donde los haya, con un salón y su balcón de cara al Sol por las tardes y noches, y una cocina de las que sólo pueden salir buenos olores, orientada al Sol de la mañana, para tomarse el café mientras tomas tus primeros rayos matutinos. Eso, y su localización cerca de la costa, lo cual para un verano que viene en el calendario con ganas atrasadas, hace que sea un sitio ideal para no acordarnos nunca más del Mattias y su piso, salvo claro está, si llueve, si se pone a nevar, si se acaba el pan en el supermercado, o esa chica no me quiere dar su teléfono. Ahora sólo hace falta que nos quieran a nosotros para alquilarlo. Cruzo los dedos para ello, pero luego, que como los cruce ahora mismo, no me sale escribir.

Y ya, hoy que no pongo fotos, pero os enlazo a todas todas, o por lo menos las que me han gustado de mi viaje de Semana Santa por Ikealandia. Estas son las del estreno oficial de ni nueva cámara, aquella a la que le toca acompañarme por unos buenos años. Espero que la bienvenida a mi recorrido visual de allí por donde voy sea de vuestro agrado. Aún me quedan por poner, pero están casi todas. La verdad es que no me gusta mucho como se presentan en esta web, porque salen todas deformadas, pero si alguna os gusta en particular, pinchar sobre ella, que así se verán mejor.



Hasta pronto.




 
Una vuelta por Suecia

Vuelta de Semana Santa. Sí, no la definiría como una semana santa clásica de pasos y procesiones la que he vivido en Suecia, pero aquí, también hay vacaciones. Y no es que los suecos no sean capillitas, que ante la no existencia del fenómeno procesional en estas latitudes, uno no puede tachar a los escandi-navos de poco o mucho aficionados a dicho fenómeno cultural. Y la falta de procesiones no se debe a las raíces protestantes, como se podría pensar en un principio, sino más bien a que en este país, los penitentes deberían hacer sus túnicas con forro polar, en vez de terciopelo, el Cristo habría que vestirlo de gore-tex, y la Virgen, en vez de bajo palio, la llevarían bajo paraguas, circunstancias todas ellas suficientemente graves como para acabar la tradición de bailar el paso en Vikinggatan justo antes de empezarla.

Y ya se va la Semana Santa. Punto de inflexión que viene marcado con la precisión y exactitud de un reloj. El 8 de abril hice la sexta de las marcas que he dibujado en mi memoria, seis meses justos, ecuador de mi primer año sueco, seis meses desde que aquí empecé a escribir, justos, seis de tiempo en contra, y culminados con lo que estoy seguro que fue la última nevada de la temporada, final apoteósico para un invierno largo, inacabable incluso para los suecos, y cambio de las tornas, porque la luz llegaba a la hora de la nevada, transportada desde el Mediterrano, y traspasada a mi persona a base de abrazos bien fundidos, de esos que los suecos nunca dan. Esos abrazos que me trajeron una de mis hermanas y su pareja. Y con ellos he estado recorriendo huecos se Suecia que quedaban por rellenar en mis obligaciones de persona que aquí vive. Y fuimos a Estocolmo, una ciudad, que lamentablemente, me gusta mucho más que aquella donde yo vivo. Porque es una ciudad más real, crecida con la armonía del paso del tiempo, con un casco antiguo colorista de callejuelas de antigua capital, ambiente de ciudad que vive, ruidosa como debe ser, pero tranquila al introducirte por los laberintos del centro. Pero sobre todo, la diferencia que más me llevo entre los dos núcleos de población mayores de este país es que Estocolmo, a diferencia de Goteborg, vive en contacto con el mar. Sus canales que se entrometen en el corazón de la urbe son los dedos largos de un Báltico que allí se deja mimar, adornando con reflejos de hielo los palacios y castillos de la antigua ciudadela. Una ciudad que vive junto al mar, y un mar helado que me nos dio cobijo y cama. Rigerfjord, un barco rescatado de tiempos de travesías en camarotes, de salas de máquina y salones elegantes con sillones de cuero, de esos que parecen echar de menos el olor del humo de pipas señoriales, reconvertido ahora en hostal junto a la orilla del Báltico, al otro lado del palacio del Ayuntamiento, enmarcando en madera antigua las vistas de cuidad llena de luces nocturnas que de mecen en las aguas del canal, aún congelado en algunas partes.



Pero aunque Estocolmo es, no se puede negar, mejor ciudad que Goteborg, los pintorescos paisajes que las zonas adyacentes de mi ciudad son incomparables. La exquisita costa que recorre el Atlántico hasta la frontera con Noruega posee uno de los lugares más fotogénicos de este país. Una costa de piedras duras y muy viejas, prehistóricas, de contornos muy suaves y grietas como cicatrices provocadas por el eterno y eficaz trabajo del agua y el hielo. Piedras algunas grandes, tan grandes que forman archipiélagos espolvoreados por todos lados, rodeando a islas de gran calado como Orust y Tjorn, y pueblecitos de pescadores y veraneo de casas de madera, inconfundiblemente rojas, retando con su viveza la frialdad de una costa azotada por vientos y tormentas y de estos pueblos encantadores, casi perfectos, por sus perfectas casas, pero totalmente fantasmales, abandonados, ya que la vida no suele aparecer por estas zonas hasta que las temperaturas se elevan por encima de un número razonable de grados. Una costa de gran belleza natural y que los suecos parecen haber decidido habitarla, simplemente para adornarla con mucho cuidado, para realzarlas aún más.



Y aún más, justo a las afueras de Goteborg, cogiendo un tranvía que se convierte en ferry, y un pequeño viaje de 20 minutos en barco te lleva hasta la pequeña isla de Brännö. Y allí todo parece tan distinto a mi monótona vida de ciudad invernal de quince paradas de tranvía. Y un pequeño puerto te da la bienvenida, sin espacio más que para pequeñas barcas y bicicletas que recojan a los que vengan desde el mar. Y todo se resume a casas repartidas, de esas que te enseñan que a veces merece la pena construir, porque no molestan, porque se hace con cuidado. Y un viernes santo de fiesta, hay mucha gente laboriosamente trabajando en sus jardines, afanados en repararlos y aderezarlos tras el castigo del invierno. Una señal inequívoca de que llega la primavera. Y esta gente, que quita rastrojos, elimina hojas caídas, atrasadas del otoño anterior, y que repone mobiliarios parece más amable, menos distante que el que no te mira en el tranvía o en el pasillo de tu trabajo.

Y todo ello para darme cuenta al fin, que Suecia ya suena a algo, suena a cantos de gaviotas, gritos de gaviota, más bien. Suecia ya tiene la cara del mar que hasta ahora no había encontrado, quizás, demasiado fría para colocar mi rostro frente al suyo. He esperado hasta abril, seis meses, para escuchar a las gaviotas, cambiarlas por los sonidos salidos de mi iPod, y las aguas serenas que se pasean por los archipiélagos al fin parecen amables. Y Suecia al fin tiene color, el color de las casas de madera, mucho más alegres que los abrigos que hasta ahora todos llevábamos. Y predomina el vivo rojo, pero también está el amarillo, el azul, el celeste, incluso algunas en rosa, cada una trabajada para rellenar una paleta de pintor que reparte con ellas la vida al final del invierno. Y ahora, a finales de esta semana, las temperaturas comienzan a subir, y busco con mi cámara esos colores, y trato de saturar su objetivo con tonos cálidos.

David Llada escribió un post que merece la pena leer ahora. Porque lo que ya está dicho, ya no merece la pena repetirlo, y he estado mucho tiempo esperando a poder poneros el enlace a este post, porque hasta ahora no había percibido esas sensaciones que tan bien describió. Y ya por fin puedo poner el "Here comes the sun", porque al fin parece que puede sonar en mi cacharro de música. Y gracias, muchísimas gracias, hermanita y cuñado, que habéis venido por aquí, porque me habéis traído los colores justo a tiempo, la calidez de vuestras sonrisas que se ha quedado reflejada en las paredes de mi ciudad, en los reflejos brillantes del Sol en los canales de agua ya derretida. Gracias por sacarme de este monasterio invernal, me moría por salir fuera.



Hasta pronto.




 
Cosas DE SUECOS,...Y SE SUECAS, CLARO. Capítulo IV. Así lavan, así, así, que yo los vi.


Tengo muchos recuerdos de mi paso por Gringolandia, hace ya un poco más de un par de años, algunos maravillosos, otros, no tanto. Pero tengo especial manía por mantener en mi cabeza ciertos hechos banales que no son los que uno utilizaría para tratar de deleitar y mantener la atención den unos tertulianos sentados en reunión. Uno de los momentos rutinarios más particulares de aquellos meses de estancia al otro lado del charco era sin duda el rato en el que tenía que cargar la ropa en mi mochila enorme, el "soap", y dirigirme andando alrededor de kilómetro y medio hacia la lavandería más cercana. El procedimiento allí era sencillo. Simplemente necesitabas tres monedas de veinticinco centavos, (dos para la lavadora, una para la secadora), y si no la tenías no había porqué preocuparse porque estaba la máquina que te cambiaba los billetitos verdes, y esperar un rato mientras todo el proceso tenía lugar. Media hora de lavadora, tres cuartos de secadora, y vuelta para detrás con la espalda calentita al contacto con la ropa recién sacada de la secadora. Y así contada, tal rutina que suena demasiado monótona como para empezar este trozo de mis desvaríos mentales, y que ciertamente lo era, no dejaba de tener su interés. Mientras lavabas, siempre podías escaparte a la cafetería que había justo al lado a saborear un café con un muffin, o a comerte unos tacos, dependiendo claro, de la hora del día que fuese. Y si no había ganas, allí mismo, en la puerta de la sala de lavadoras había ejemplares gratuitos de múltiples periódicos, así que el día de colada era el instante de actualizarse, y allí mismo, sentado en la lavandería, o en esa cafetería que antes mencionaba, me arropaba bajo los pliegos de papel tamaño sábana del New York Times, y así, disfrutaba de un rato de lectura de actualidad, aprendía y mejoraba un poco más mi inglés, y comprobaba a la vez con gusto cómo de extensos y bien cuidados pueden tratarse todos los temas tocados por una edición diaria de un periódico.



Quizás porque las lavanderías siempre me han parecido un sitio que no deja de tener su encanto, y todo ello puede que esté idealizado por tanta escena de película venida de Gringolandia, pero lo cierto es que resulta ser un buen lugar para relajarse leyendo un libro con el rum, rum, de las máquinas de fondo, o donde conocer a gente que espera a sus ropas, mientras piensas que podrías ser tú el protagonista de una de esas escenas de película; una de esas en donde él y ella se cruzan, se miran, se enseñan la ropa interior mientras la doblan como si formase parte de un cortejo de apareamiento y acaban mezclándosela, primero por error, más tarde en el suelo del dormitorio de uno de los dos.

Pero uno de los motivos que me impulsaron a escribir todo lo que escribo en este rinconcito de web era el de tratar de eliminar algunos mitos y leyendas sobre los suecos y las suecas..., pero para no dejar un hueco vacío en la mitología popular, es mi deber sustituirlos por otros. Y he aquí que uno de los aspectos más sorprendentes, y que más pasma al mundo foráneo en este país escandi-navo, ya seas del origen y religión que seas, ya laves tu ropa en dirección a éste u otro templo sagrado, ya la separes por parámetros y algoritmos que quieras o hayas aprendido por motivos diversos, enfrentarte a la colada en Suecia es una experiencia que recordarás el resto de tus días. Trauma que arribará a tu mente cada vez que la asomes al tambor de tu máquina de lavar. Y todo lo dicho en los párrafos anteriores puede ya tacharse, o por lo menos, mantenerlo en el olvido hasta que te traslades de país. Hacer la colada es un fenómeno indescriptible que debería aparecer en cualquier guía dedicada a la supervivencia entre vikingos y vikingas. No en vano, en mi primer día en este país, en menos de veinticuatro horas que duró aquello, tuve mis primeras nociones sobre la colada en este país..., y por duplicado.

Porque, si no hace mucho hablaba sobre la capacidad de programación en el plano temporal de los suecos y suecas, el tema cobra tintes dramáticamente espantosos cuando la planificación tiene que ver con su capacidad de visualización del futuro para alrededor de dos semanas en adelante, y con el día, y lo que es peor, la hora que vas a lavar tu ropa. Porque las lavadoras, señores y señoras, en este país, hay que reservarlas con mucho, y cuando digo mucho, quiero decir, mucho, tiempo de antelación. Porque las casas no vienen dotadas con tal bien de consumo. Y así, estos elementos que fueron inventados hace ya tanto, y que ganan su merecido valor cuando te lo dan en pequeñas dosis racionadas, viven en este país en unas salas especialmente dedicadas para ellas. Suelen encontrarse en los sótanos de todos los edificios para el uso y disfrute común de ésta, nuestra comunidad, pero en general, en números absurdamente escasos. Así, y por poner un ejemplo cualquiera, resulta que para mi bloque de siete plantas (dos casas cada una) junto con el bloque de al lado (otras siete plantas, otras dos casas por planta) compartimos la impresionante cantidad de seis lavadoras. Seis lavadoras distribuidas en tres parejas, lo cual se resume a, tres posibilidades de lavar la ropa en cada momento.

Pero no es la cantidad de lavadoras lo que más puede a llegar a fastidiar, al fin y al cabo un lavado no debe durar más de unos 30 ó 40 minutos, lo cual podría suponer turnos de sobra para toda ésta, nuestra comunidad..., pero resulta que los turnos son tres al cabo del día. Tres turnos, tres, divididos en cuatro horas cada uno. Porque además está prohibido lavar a partir de la ocho de la tarde, y es que aquí, Mr. Casimiro tuvo más éxito mandando a la gente a la cama que en tierras hispánicas, y a esas horas, una lavadora, en el sótano de un edificio de siete plantas, es tan molesta para los sueños suecos como es un guisante bajo trescientos mil colchones para las princesas de cuentos. Así que, resumiendo, cuando te encuentras frente al panel donde debes encontrar un hueco tienes que decidir si tus lavadoras las pones, desde las ocho de la mañana hasta las doce, de las doce hasta las cuatro, o de las cuatro hasta las ocho. Horarios que, salvo el primero por tempranero no serían incompatibles con los fines de semana si no fuera porque..., vaya por dios, las lavadoras son tan molestas un sábado a las cuatro, o un domingo durante todo el día como lo son un día entre semana a las nueve de la noche. Conclusión, los fines de semana sólo funcionan los sábados a las ocho de la mañana. Horario que, muy a mi pesar, no existe en mi cabeza, y no será el número de calcetines que me queden limpios lo que me levante un sábado a las siete y media de la mañana. Me niego. En resumen, y volviendo a centrarnos en el panel que tenemos delante, debemos pensar qué nos conviene más, si romper la mañana de trabajo, si romper la tarde, o si salir del trabajo a mitad del día para ir a casa a hacer tu colada. Y en mi caso, con mi media hora larga que tardo en llegar, significa aún más pérdida de tiempo. Pero no habría problema en un turno de cuatro horas, tiempo suficiente para poner lavadoras cargadas de suciedad hasta la saciedad... solo con la salvedad de que en todas éstas, nuestras comunidades, pululan los denominados "buitres de lavandería", que por una regla que debe estar escrita en el primer párrafo de la constitución sueca, tienen todo el derecho del mundo a ocupar tus lavadoras si no las has puesto en marcha en los quince primeros minutos (olvídate un sábado por la mañana, si estabas pensando en ponerla más tarde de las ocho, no sirve...). Pero claro, en esas condiciones, uno es cuando se da cuenta que hay que compaginar la vida laboral con la personal (tanto en cuanto que si quieres conservar, o en su defecto de recién llagado a país escandi-navo encontrar amigos, debes mantener un estado de higiene relativamente adecuado), y como conclusión, resulta que una de las causas de absentismo laboral más fuerte en este país es por motivos de la colada. Y no sorprende, y excusa de obligaciones, y sirve para organizar el resto de tu calendario el saber que mañana por la tarde no puedo trabajar, no puedo acudir a tal reunión, debo asentarme antes de clase, o no puedo quedar con esa estupenda sueca de divinas proporciones porque, sí, desgraciadamente, tengo la colada.

Cierto es, y no subestimaré los métodos escandi-navos para hacer las cosas, que una vez que has conseguido que el turno sea tuyo, te sientes el rey de las coladas, el señor del suavizante, el dios de las secadoras, porque, disponer de dos máquinas a tu santo antojo durante la no desdeñable cantidad de cuatro horas no es ninguna nimiedad, y es entonces cuando puedes disfrutar separando la ropa para cada lavado como te venga en gana, haciendo grupos por colores y sabores de ropa, así que subgrupos dentro de cada grupo para los colores y sabores de las propias manchas. Pero, ¿donde está el motivo para tan extraño sistema de lavado? Así que es hora de interpretaciones y explicaciones de el porqué este tipo de comportamiento, que favorece el absentismo laboral y te ata a tu panel de lavadoras tan fuerte como a su sistema de captación de impuestos, triunfa en un país donde tienen fama de eficientes..., y es que, pese a lo que pueda pensarse, las lavadoras programadas con semanas de antelación tiene un sentido muy práctico a la hora de espabilar la economía..., sobretodo cuando en el juego entran sujetos como éste que escribe. Porque, veamos. La manera más eficiente de saber cuando tienes que poner una lavadora sin perder más días de trabajo de la cuenta consiste en ir al cajón de calcetines y contar los pares que te quedan limpios, y, teniendo en cuenta que tienes un par de calcetines por día, así cuando te quedan unos catorce pares, es hora de bajar a reservar tu siguiente colada. Fácil. Véase que tal regla también puede aplicarse al número de calzoncillos disponibles. Pero en mi despiste de vida generalizado, siempre empiezo a contar calcetines cuando el número está por debajo de cinco, con lo cual, las posibilidades de racionarlos en las dos semanas vista que te toca la próxima lavadora, es, aparte de muy complejo, higiénicamente inaceptable. Con lo cual, a cada tanto me toca ir a comprar nuevos suministros de calcetines o calzoncillos que se volverán a acumular hasta que vuelva a quedar cinco, y tenga que volver comprar, y así, de manera sucesiva hasta que el mundo se parta en dos, o yo me vaya se éste país, lo que sea que pase antes. Y teniendo en cuenta que, según investigaciones recientes, la probabilidad de quedarte con calcetines deshermanados aumenta exponencialmente con el número de calcetines que entran en el tambor de la lavadora, eso te obliga a renovar las existencias antes de lo previsto. Y así, por tanto, al final se te va una parte porcentual curiosa de tus ingresos en abastacerte de ropa limpia, además de aumentar el volumen de tu colada y por tanto de aguas, de electricidad, de detergente... Y hablando de economías, tengo que irme, que me toca escoger nuevos modelos de calcetines para semana santa....



Hasta pronto