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Haciéndome el sueco
Unas pequeñas notas de un postdoc perdido en Ikealandia
Acerca de
Acerca de cómo un gaditano con vocación de científico se marchó de postdoc a vivir venturas y desventuras a un lugar de la Suecia, de cuyo nombre no puedo pronunciar, y de cómo éstas son narradas.
Sindicación
 
Una de proezas

No es difícil acostumbrarse a las nuevas veredas y cañadas que van creando los ojos al pasearse día a día por los mismos lugares. Los caminos que trazan la memoria son los que se abren al mirar, y los que luego siguen construyendo la costumbre y el hábito. Rutina, que denominamos normalidad, es ésa que necesitamos para sentir los pies bien aferrados a la tierra, por mucho hielo resbaloso que sobre ésta se deposite. No es la primera vez que hablo de esta idea y, a riesgo de parecer repetitivo, o falto de recursos originales a la hora de narrar mi discurrir mental, vuelvo a ella porque hoy me vino a visitar la memoria mucho de lo que ya puse en aquella ocasión. Hoy me he acordado de mis miradas en negro porque he de darle la antítesis y con ello, la razón a Wendelin en el comentario que allí me dejó.

Y es que, por mucha nieve a la que me haya acostumbrado a ver, hoy ha sido el día más blanco de mi vida. Resultó que amaneció primavera, una hecha totalmente de hielo, de invierno, una estación florida muy fría en pleno enero. Hoy los árboles amanecieron poblados, exultantes de mostrar sus infinitas yemas blancas nuevas. Todos los árboles, ayer pelados, hoy se cubrieron copiosamente con hojas de hielo, redecorados como producto de una noche de rocío, gélido, pero rebosante a la vez de savia helada y rejuvenecedora. Las siluetas de los árboles secos de ayer, se transformaron en la mañana en las de cerezos a mitad de abril, todos de un blanco brillante, con infinitas hojas minúsculas y puntiagudas, como pequeñas puas de cristales de hielo crecidas en una sola noche de laborioso trabajo de condensación. Realmente espectacular. Una efímera primavera de noche de enero, con un otoño más rápido aún, y guiado por los rayos de sol que mínimamente calentaban a primera hora de la mañana. Un mundo escandinavo al revés, con la oscuridad que hace florecer, y una luz que luego deshace las hojas. Y así, por tan solo una vez, y esperando a que tales deseos no se repitan en mi cabeza más de dos o más de tres veces por temporada invernal, me alegré al ver que se ocultaba el Sol tras una densa niebla, espesa, de esas que devoran edificios, calles y gente una vez que se alejan cinco pasos de ti. Una niebla blanca que rellenó el paisaje, creando un día sin más luz que la del reflejo del pleno blanco. Sinceramente, y me alegro de poder contarlo, creo que hoy he tenido una de las visiones más espectaculares del más puro invierno. Va a ser difícil olvidarlo.



Y es que, y tomando el tema que hoy me arrastraba a este foro, puede que las cosas se vean de otra manera desde ayer, y que todo tome un sentido más positivo. Ayer puede que crucé una de mis últimas fronteras para la integración en el mundo sueco, ayer por fin conseguí hacer lo más difícil y preciado que se puede hacer cuando se viene a Suecia, algo que me llena de satisfacción y me ha tenido con una sonrisa de lado a lado de la cara durante todo el día. Es posible que, todo lo narrado al principio de esta historieta de hoy no sea más que producto de imaginación avivada por la satisfacción, mostrándome árboles pomposos de nieve, como lavados con Perlán, y que lo que haya pisado no sea la nieve, sino las nubes de mi propio gozo. Y todo ello no es producto de aquello que muchos de los que aquí me estén leyendo eluciden como algo probablemente relacionado con miembros del sexo opuesto; con vikingas desmelenadas tomando posesión al asalto de este cuerpecito mío como si se tratase del mero islote de "El Perejil". Ni mucho menos es producto de ello, puesto que mi hazaña supera con creces ambas (tanto la de las vikingas desmelenadas como la de la conquista del "Perejill") porque su dificultad es muy superior. Ayer, por fin, y tras varios meses de tortuosa búsqueda, encontré piso. Adiós muchachos, que diría Gardel, compañeros de mi cocina, adiós a mi involución a tiempos de estudiantes. Cierto es que el piso está, allí, como le digo a quien me ha preguntado en el laboratorio, justo "in the fitth pine tree", cierto es que me haya tenido que aliar con otro españolito que he conocido aquí en circunstancias gemelas a las mías para encontrarlo, y por tanto vamos a compartir el territorio conquistado. Cierto es que es, y eso era obvio, un apartamento de segunda renta. Pero por lo menos, ya tengo apartamento. Tres meses después de llegar, por fin, apareció. Habrá que hacer una fiesta para celebrarlo. Estáis todos invitados, pero eso sí, no montarme mucho escándalo, que ahora que ya lo conseguí, no quiero que me echen.

Hasta pronto.



 
Sueño con ventiscas

Para alguien que, durante toda su vida su único contacto con la nieve haya sido el que se producía en el congelador de mi nevera vieja y destartalada, descubrir con pureza las sensaciones de convivir con la nieve es una experiencia suprema. Convivir con la nieve es un modo de vida que me transforma y me amolda. Nieve es observar con cuidado las temperaturas retadoras del exterior, nieve es la que se acumula bajo mi ventana, y en mis botas, que diligentemente dejo siempre en la puerta de mi habitación antes de entrar en ella, así como en las entradas de las casas allá donde me inviten a pasar. Nieve es organizarte para coger un autobús sin esperas de tiempo, es una forma de andar y de vestirse, de despeinarse de un modo particular bajo el gorro, y de coger las cosas bajo los guantes como si fuera una herramienta de las de feria que tratan de agarrar objetos allí abajo, un modo de ir de compras sin entretenimientos paralelos y de usar las manos sin derroche de dedos expuestos sin sentido. Nieve es escuchar sonidos nuevos, como el suave crujir de la primera pisada sobre la recién caída, o el ruido acolchado de las calles, como en una habitación enmoquetada de blanco. Nieve es ver la noche negra con retales en blanco, una oscuridad diáfana, ojos que se convierten en los de un felino. Es sentir la textura del terciopelo bajo tus pies en las nieves aplastadas, erosionadas, pulidas por las incesantes pisadas que abren veredas.

Nieve es muchas cosas a la vez, es cristal en viruta que cae sin caer, que se sustenta en el aire con movimientos arbitrarios, jugando a ser moscas blancas a la hora de la siesta, o luciérnagas brillantes bajo la luz de una farola. Nieve son copos gordos que caen a pedradas desde el cielo. Nieve son cornisas de vida caduca que caen sobre cabezas, de acuerdo con las instrucciones indicadas en los carteles de "peligro que cae nieve" que adornan las calles del centro. Nieve son figuras congeladas en forma de ramas de árboles, de coches paralizados, son sombras más nítidas que los cuerpos que las crean en los días soleados. Son extraños seres de cuerpos redondos y narices naranjas y puntiagudas, y son ángeles representados en la nieve virgen.



Hace algunos días viví mi primera ventisca. La nieve caía acelerada por un viento que marcaba registros de sensación térmica de diecisiete bajo cero, y se mezclaba con la ya caída que levantaba de nuevo el vuelo. Los remolinos de viento se trazaban así en blanco, y su helada carga acababa acumulándose en dunas de arena blanca y gélida. Duró dos días con sus dos respectivas noches. Cantidades ingentes de nieve, suficientes como para parar un tren, o por lo menos todo el servicio de tranvías de una ciudad nórdica por unas horas. Todo ello para acabar aprendiendo una importante lección que aquí expongo: cojas la dirección que cojas, mires hacia donde mires, o cambies la dirección de tus pasos en cualquier otra, la nieve de una ventisca, siempre se dirige en dirección a tu cara. Conclusión: para mi próxima ventisca me compraré una nariz de payaso de gore-tex.

Hasta pronto.




 
¿Hace un cine?

El tiempo aquí funciona como un reloj. Dicha aseveración, por lo obvio, suena a comentario poco inteligente. Sin embargo no deja de ser cierto que el tiempo, el climatológico, que es el que preocupa, es el medible de verdad en estas latitudes, es el que funciona como un reloj. Ell otro, el que miras en tu muñeca, ese suena a broma de poco gusto cada vez que asomas tus ojos a la plena oscuridad de las cuatro de la noche. El tiempo, el metereológico, el de nubes y nieves, el de soles gélidos, cumplió sus predicciones de principio de enero, como un buen reloj, y de todo lo que llevo por aquí, la semana pasada fue sin duda la peor, si hablamos del tiempo.

Hay quien decide en estas circunstancias hacer como que nada ocurre, y en un país donde la película "Las bicicletas son para el verano" cobraría su máximo sentido, es fácil encontrar ciclistas sobre hielo, caminantes sacando a sus perros, o corredores incansables de fondo y de frío. Sin embargo, antes que todos esos detalles que hacen a nórdico un ser distinto al mediterráneo, me impresionó ver el fin de semana pasado en una calle de la ciudad, mientras llevaba a cabo otra de mis correrías de reconocimiento, a un par de crías, de no más de 10 años, apostadas en una acera, comerciantes en potencia, tratando de vender sus trastos viejos, juguetes antiguos y sus muñecas raídas y gastadas. Allí, sentadas en la acera, no parecía percatarse o importarles unas temperaturas, que a mí, entre otros detalles mínimos, me están dejando los labios agrietados y maltrechos. Aquellas dos niñitas rubias me recordaron a los que se colocan durante el verano en la acera del paseo marítimo de mi playa a vender conchas y piedras preciosas que recogen en la orilla (bueno, preciosas no, pero bonitas, sí..., vale, de acuerdo, era un chiste malo), pero en versión fría, muy nórdica.

Sin embargo, yo, que pertenezco a otras lindes, y a estas alturas de año recién estrenado, con el invierno que te avisa cada día en el cogote y en las orejas de que nuestro idilio con él acaba de empezar, soy de la opinión de que con las pocas oportunidades de disfrutar del ocio callejero, hay pocas cosas que se pueden hacer mejor que escabullirse del mundo hostil para refugiarse en una sala de cine. Bueno, lógico que se me ocurren cosas mejores que hacer, por eso digo que hay pocas cosas, aunque haberlas, haylas. De todas formas, remitiéndonos al precio de una entrada de cine, y la libertad que da poder tomar la decisión de entrar en una sala oscura y acogedora por uno mismo y sin depender de nadie, prácticamente, no hay nada mejor que hacer. He de admitir sin embargo, y por mucho que rebusque en mi cabeza no encuentro otros motivos mayores que la pereza, que aquí únicamente he pisado las salas de los cines en un par de ocasiones. Cosa que comparando mis hábitos granadinos significa de un descenso demasiado vergonzoso como para dejarlo pasar.

Así que, por una vez, y dando muestras de que poco a poco esta ciudad y yo vamos acompasando nuestros pasos y entendiéndonos, en un ejemplo de obviedad por las fechas, que roza el buen gusto, Goteborg comenzará este fin de semana su Festival internacional de Cine. Durante dos semanas se van a proyectar en esta ciudad unas 480 películas de muchos lugares del mundo (incluyendo hasta películas suecas, además de alguna que otra española). Una alta variedad concentrada en poco espacio de tiempo, y con la presión de los espectadores, en su mayoría suecos, que en sus formas de actuar previsoras, están agotando las entradas desde el primer día de puesta en venta. Así que tras mirar el programa, meterme en la página web, hacer alguna consulta que otra, y ajustar los calendarios para que no coincidan, me he hecho con una primera tanda de 7 películas muy variopintas.

En mi meditada elección he tratado de meter un poco de todo, y así, como gran renombre iré a ver "Good Night, and Good look" de George Clooney que ayer mismo se quedó un poco fuera de los Globos de Oro, pero parece que promete. Como elección hispana me he quedado ni más ni menos que con "Camarón". Una película no apta para ver rodeado de suecos y suecas, sobretodo porque seguro que en algún momento de la peli se me levanta algún que otro sentimiento que al resto ni les inmutará. Como nórdica me he quedado con una peli islandesa, "Dark Horse", que promete de todo, menos emociones. Confieso que no sé ni de qué va, pero como me ha invitado a ir una sueca que he conocido hace poco, pues como para negarse. Luego me he quedado con dos latinoamericanas; "Si sos brujo, una historia de Tango", para rememorar mis tiempos de tanguero, y abrirme así de nuevo el apetito por las milongas, y "Play", una peli chilena que tiene pinta de historia de amor con final feliz (de esas que necesito ver...). También iré a ver una brasileira, con pinta de tener mucha música "Looking for black morpheus". Luego tengo entrada para, la que según declaran, la mejor peli checa de los últimos 5 años "Something like happiness", y por último una china, "Shangai Dreams", que la he escogido un poco al azar y porque quería poner un toque oriental a mi primera selección. Supongo que no serán las únicas, y hay algunas más que tengo en mente, aunque quizás espere a ver si me recomiendan alguna que otra. No sé si acertaré con las pelis que he escogido, pero por lo menos tener la oportunidad de ver estas películas que normalmente no se proyectan en ningún lado, el riesgo merece correrlo.



Os dejado el link con la página web del Festival, así que, si alguien me recomienda alguna, cualquier idea será bienvenida. Además, si alguien se quiere venir a ver algo, que sepa que yo pago la entrada. ¿alguien se anima?

Me voy ahora a limpiar mis gafas de ver de lejos.

Hasta pronto.

 
Cosas DE SUECOS,...Y SE SUECAS, CLARO. Capítulo III. A qué huelen las comidas que huelen.

Hay muchas cosas destacables de los suecos y de las suecas que tengo ganas de contar aunque más bien, diría que es preciso y necesario que lo haga, y que no he llegado a hacer todavía por miedo a que las acabe contando todas, y luego me quede sin tema con el que continuar el blog... Además, entendiendo el interés general que va a tener este blog para generaciones futuras que decidan trasladarse al país de los escandi-navos, una especie de tabla de salvamento, un manual de supervivencia, el libro de cabecera, el cobijo del desesperado... (por favor no dejen de notar el tono sarcástico de esta frase), es importante que tales detalles concretos los cuente bien acomodado y acompañado por las musas para que quede lo mejor posible. Y como éstas aún no se han enterado que me trasladé a Ikealandia y no me han llegado a visitar (todavía....), sigo sin contar la mayoría de ellas. Sin embargo, ayer, tras leer el último post de Ardilla, y tras obtener un rechazo por su parte a una posible invitación a ver un hipotético remake de "Holocausto Canibal" (nunca aprenderé a hacer las invitaciones correctas...), me puse a pensar en tal clásico título cinematográfico, solo apto para los muy cinéfilos, y dentro de ellos a los de mejor estómago, o en su defecto a los muy muy miopes, y ello me ha hecho recordar ciertos aspectos de la comida sueca. Así que tras meditarlo un poco, he decidido hablar sobre ella, y en concreto, dentro del conjunto, a la más popular e inclasificable de todas las que se puedan denominar como delicatessens. Un plato sin parangón en el mundo entero, y un negocio destinado a la bancarrota segura al intentar exportarlo, a menos que sea como artículo de broma (de mal gusto, y esto nunca mejor dicho...). Me refiero al archiconocido plato, y aclamado por todos los mejores cocineros del mundo, cuando intentar asesinar por envenenamiento al gato de sus vecinos, el más que popular Surströmming del Báltico.

Surströmming, que en mis conocimientos de sueco, que más que vagos los denominaría perros, perros, viene a decir algo así como Arenque Fermentado, aunque así, en familia, lo podríamos denominar Arenque crudo y podrido en lata. Esta bendición de pescado, dicha maravilla culinaria, es sencilla de preparar, pero debe ser muy difícil de comer. Para ello simplemente se pesca el arenque (ahí, más o menos por primavera), se mete en una lata, y se deja que fermente durante meses dentro de la lata. Las buenas fermentaciones, las de verdad, suelen producir gases. Y en este caso, y debido a que falta una válvula de escape, los gases acaban deformando la lata, de manera que uno sabe lo "maduro" que están sus arenques por los abombada que se encuentre la lata de su sueños. Una vez que decides que tu lata se ha deformado más que la joroba de Quasimodo, es hora de invitar a los amigos, (a aquellos de los que te quieres deshacer para siempre, naturalmente), a hacer un picnic en el campo. Ojo, porque este punto es el más importante, y el que viene recomendado en todas las guías sobre cómo sobrevivir a los arenques podridos. Probablemente lo ponga escrito en las latas en letras grandes, pero reitero, como mi sueco anda poco pulido, tampoco lo puedo aseverar al cien por cien. Es imprescindible que la lata la abras en mitad del campo, y si es posible, retirado en bastantes kilómetros a la redonda de cualquier núcleo de población si no quieres provocar un nuevo Chernobil. No es casualidad que Suecia tenga una de las extensiones de terreno más grandes de Europa, pero es de los países con menos habitantes por kilómetro cuadrado. Todo está previsto, y es que los gases de los que hablábamos que se producen en la lata, digamos que no se utilizan para las esencias de Armani. Con lo difícil que está la vivienda por estas latitudes, las únicas casas abandonadas, son aquellas donde por error se abrió una de estas latas. Es más, y debido al efecto olla exprés, es rigurosamente necesario abrir la lata dentro de un cubo de agua, si no quieres que tu invento acabe reventando por la liberación de gases, y acabes creando el primer espectáculo de fuegos artificiales a base de arenques podridos.



Vale, campeón, abriste la lata entera, y su contenido ve la luz por primera vez en meses, o puede que en más de un año. Y si tu estómago aún no saltó por los aires como los arenques, lo mejor de todo viene ahora, y es lo que la guía en donde me he documentado para traer la información más fidedigna, recomienda que se de este siguiente paso. Y es que cojas tu lata, tu máscara antigás, y aquellos de tus amigos que aún sobrevivan y salgas corriendo a refugiarte bajo techo, ya que es probable que hayas alertado a toda la población de moscas en kilómetros a la redonda, y se dirigen raudas y veloces a ver quien es el guapo que ha provocado tal olor.

Y ahora, si tienes lo que hay que tener, a comer. Dicen que el sabor no es tan malo como el olor. A mí, personalmente, me da igual, con tal de que sea la mitad de malo, ya es suficientemente como para ni intentarlo. Otros argumentan que más que un plato que saborear, su degustación es una prueba de hombría, digna, diría yo, de los tiempos vikingos más embrutecidos. A mí, sinceramente, me parece una historia desagradable, pero con malicia, no puedo evitar reírme cuando me imagino guardando un par de latas para regalarlas en navidad, recomendando por supuesto que las abriesen durante la cena de Nochebuena, con la familia alrededor, con las mejores galas. Seguro que nadie se olvidaría de aquella cena... Menos mal que no tengo tan mal corazón, pero como broma, es digna de un programa de Cámara Oculta.

La pregunta que me hago es cómo alguien pudo un día comerse algo tan desagradable, y cómo fue capaz luego de convencer al resto para que se lo comieran, hasta llegar a popularizarlo en todo el país. Algunos lo defienden por un ser un método antiquísimo y clásico de conservación de la zona del Báltico, pero la verdad, y dejándonos de aberraciones culturales, no es un método de conservación ya que por definición, todo lo que está podrido, es que no se ha conservado bien, por mucho que quieras después estimular tus paladares más masoquistas.

En definitiva, resulta paradójico que tal maravilla culinaria, tal gusto para la invención gastronómica, viene del país que hace los muebles más vendidos en el mundo entero, y los coches más seguros. Lo cierto es que no tengo intención alguna de probar tal plato, y no creo que mi integración a este mundo llegue a límites tan extremos, pero si alguno de los aquí asomados desea hacerlo, simplemente que me escriba, que yo me comprometo a mandarles una lata.

Y que os aproveche.

Hasta pronto.


 
Walk on the water

He vuelto. Vuelvo a mis latitudes, y a este rinconcito del cibermundo donde de vez en cuando me desahogo, y al que dos semanas de aislamiento me han servido para darme cuenta de que estoy enganchado. Vuelvo para contar que hoy he caminado sobre las aguas.

Y no es que me sienta un Jesús de los vikingos, ni siquiera es que las vacaciones me hayan sentado tan bien que ahora pueda flotar. El único milagro de la física destacable en este paseo sobre las aguas es el de la solidificación de los líquidos por congelación, y por tanto la conversión de un lago enorme, del tamaño de muchos campos de fútbol, en una auténtica pista de patinaje. Vale. Puede que no sea lo mejor que se pueda contar tras varias semanas de silencio bloguero, pero estoy seguro de que una inmensa mayoría de los que me leen (una inmensa mayoría..., así suena como si hubiera mucha gente leyéndome...) no han tenido nunca la oportunidad de hacerlo. A todo esto, y empiezo con mis desvíos de guión, ¿para cuando se establecerá como unidad métrica básica el campo de fútbol? ¿Porqué se utiliza tanto esa referencia como media cuando estoy seguro que mucha gente, incluyendo este servidor, no es capaz de hacerse una idea a ojo de lo que mide un campo de fútbol?

Año nuevo, y la vida que me persigue continua teniendo tonos en blanco de nieve, y gélido aliento invernal. Mi cuidad, mi nuevo mundo sueco tiene las mismas medias caras que cuando me fui, las caras de noches interminables y días efímeros. Caras que me han mirado de reojo y de mala gana en mi retorno, aunque lo más probable es que haya sido al revés, y las caras largas sean las mías que veo reflejadas en las superficies nevadas. Si lo pienso, creo que mi año nuevo empezó el 8 de octubre, cuando me trasladé por primera vez a Ikealandia. Sin embargo, lo cierto es que ha sido más difícil volver ahora a mis latitudes suecas. Romper de nuevo las amarras y consciente como he sido, o más bien resignado, de que ya todo lo que tengo que hacer está aquí. Para bien o para mal, mis antiguas correrías están en un libro ya cerrado. Un libro que estas navidades me di cuenta que debía colocar en la estantería, listo para recibir polvo, para pasar la mirada sobre su lomo mientras recuerdo a qué sabía cuando aún estaba abierto.

Lo primero que hice durante mis vacaciones fue volver a Granada. Necesitaba y quería retornar a las calles que me dieron vida durante los últimos 6 años. Pero tengo la sensación de que todo ha cambiado. Todo a cambiado porque, aunque parezca de perogrullo, el protagonista de mi película granadina era este mismo que aquí discurre, y resultó que se ha trasladado a rodar a otros escenarios. Y durante estas vacaciones volví a salir en esta peli sobre Granada, pero simplemente con una aparición pasajera, como un breve cameo en las historias que ahora son de otros y en las que ya no participo. Tuve una sensación clara de que lo único que permanece son los recuerdos, agolpados en cada esquina, y a los que sentí arrastrar conmigo allá por donde pasaba, como un fantasma translúcido que arrastra su bola encadenada y de la que es incapaz de soltarse. Un fantasma que trató de tocar lo que ya no puede, porque ya no pertenece a ese mundo. Fue genial, claro, volver a ver a mis amigos de Granada, a todos esos a los que tanto echo de menos, y fue de casi echar una lágrima ver que en el bar donde a veces solía ir por las mañanas, se acordaban de lo que me gustaba desayunar sin tener siquiera que decirlo. Pero no es agradable descubrir así, de repente, casi por tropiezo, que existe un vértice en el cual aparecieron direcciones distintas y donde todo lo que era, y yo mismo, empezamos a alejarnos. Volví a Granada a cerrar historias. Notar que ya tan solo estoy de paso, caminando por encima, sobre el estanque helado. Cerré para mí mismo así, y entre otras cosas, una historia rota hace ya una eternidad (dicho con la libertad que me da la elasticidad que posee la manera en la que medimos tiempo), interrumpida al más puro estilo de "Casablanca", en una estación de tren centroeuropea, donde los alemanes, o suizos, o qué más da quienes fueran, pero todos iban de gris, y sus ojos iban del maravilloso azul que seguían teniendo en Granada cuando los volví a ver, aunque ya me mirasen de otro modo.



Tras mi paso por Granada volví a mi rincón asomado al mar. Me refugié allí, y traté de recargar baterías bajo el amparo de mi familia. Me encontré de paso con mis amigos de siempre. Aquellos con los que construí mi adolescencia, y que me contaron sus día a día, que por lo poco que se parecen al mío y que me sonaron a chino, tanto o más como el mío seguro les sonó a ellos. Gente a la que me cuesta hacer entender qué carajo hago en mitad de Suecia, tal vez porque a veces me cuesta mucho trabajo hacérmelo comprender a mí mismo. Es difícil hacerte entender, explicar que esto es verdaderamente lo que quieres hacer cuando te repiten a diestro y siniestro si no había un trabajo un poco más cerca, cuando ves que la mayoría de la gente piensa que no haría lo que yo estoy haciendo por nada en el mundo. Supongo que me llevo como conclusión de que el bicho raro, el perro verde, es ese que habita en mi espejo.

Empecé este post tratando de hacer un resumen de mis vacaciones navideñas, y acabo dándome cuenta de que estas vacaciones de cuerpo y de escandi-navos me han agitado bastante por dentro. Quizás porque la navidad tiene el fastidioso poder de remover en lo más profundo, con lo bien que se está enterrándolo, quizás porque han sido las primeras desde que me fui y me han acabado enseñando algo importante, pero difícil de asumir. Me he dado cuenta de que durante lo que será bastante e indefinido tiempo, lo breve, lo pasajero, será lo que hasta hace poco era mi día a día, y todo esto que ahora llevo entre escandi-navos es mi realidad. Así es, por mucho que siga moviéndome torpemente, como esta mañana, a resbalones, por el lago helado.

Saludos escandinavos.