Mi pequeño cuento sobre el Milagro de la Navidad
Hace casi un mes que mis manos no ven el Sol. Desde hace ese tiempo, o probablemente más, siempre que salgo a la calle llevo mis guantes como parte integral de mi vestimenta, como llevar los pantalones o los zapatos. Y como ellos, desde hace más de un mes que siempre me los pongo antes de salir a la calle. En realidad, lo de ponerme los pantalones antes de salir de casa lo hacía desde antes, y me atrevería a decir que viene siendo una tradición antigua, que se ha asumido por casi todas las culturas desde hace mucho tiempo (en un rango de entre 30 y 3000 años, así calculados rápidamente). Cierto es sin duda que algunas culturas han aceptado lo de quitárselos posteriormente en distintas circunstancias. Así, viene siendo cada vez más popular la exhibición de un alopécico trasero en gestos celebrativos o de protestas varios, o en ciertos casos exclusivamente femeninos en momentos de acuciante urgencia, miccionante necesidad como la que debía de tener la chica con la que me topé en cuclillas este sábado pasado en la puerta de mi residencia (sí, sí..., un día más sin casa). Y no es que la memoria me dure para tanto con tales encuentros, pero es que tras menos de un metro de cuesta abajo, el producto miccionado se congeló y aún sigue ahí. Meada eterna, como los hielos eternos del polo. Y es que, volviendo a reflexionar concienzudamente, urgencias deben ser las que llevaron a la meona a llevar a cabo tal operación, ya que exponer partes tan delicadas al invierno cruel, como lo es también exponer las manos, es un gesto de imperiosa necesidad. Y digo más, es incluso peor, porque en caso de enfriamiento de dedos y falanges, uno siempre puede frotarse las manos hasta entrar en calor. Cosa que espero que la chiquilla protagonista de esta anécdota no llegara hacer con sus zonas enfriadas, o por lo menos en público, que eso está muy feo, por muy sueca liberal que sea.

Y me viene estupendo este comentario para volver a retomar el tema con el que comenzaba y que tan fácilemente me desvié en mis callejeos mentales. Veo, y sin más remedio lo asumo, que lo de divagar va siendo una tónica común en mis discursos, y que probablemente de mayor me convierta en un anciano insoportable, contando historietas interminables, empezando cuentos sin final, y pasados sin nexos comprensibles entre lo que diga al principio y al final... Pero forzándome a mi mismo, voy a hablar del tema que aquí me trajo, (y es que de nuevo compruebo resginado que perdí el rumbos de mis nortes), es decir, las manos y de las vestimentas adecuadas para éstas, véasen guantes o manoplas. Diré así para empezar que la última vez que traté de cerrarme mi abrigo en plena calle mis manos tomaron el color de la uva madura, y que por ello, por el método de prueba a ver, que seguro que cometes error, me di cuenta que lo de vestirse y desvestirse en estas latitudes es un tema muy serio. Mis manos, siempre tan acostumbradas a tener algo entre ellas (no piensen mal, por favor, que ya me están saliendo por donde no deben...) ahora viven atrapadas, oscurecidas como los animales de cetrería bajos sus caperuzas. Cosa de práctica, y de mucho equivocarme, para coger cierta habilidad, y hasta en mi faceta más gatuna he aprendido a "cazar ratones" usando para ello unas manos ciegas y torpes, aunque en la mayor parte del tiempo jústamente parecen las de un playmóbil, tanto por la posición que toman bajo el guante, como por el manejo poco flexible que de ellas se puede hacer.

No deja de ser sin embargo sorprendente, y por ello me llama la atención, descubrir que este es un mundo regado de guantes. Guantes por todos lados, perdidos, tirados, como víctimas mortales subyugadas por el invierno, yacen semicongelados esperando a "buitres" que los eliminen, o barrenderos que los recojan y les den digna y calentita sepultura. Algunos permancen día tras día, ejemplo de los estragos invernales, pero lo que realmente no puede dejar de mencionarse es que a cada nueva mañana, y si andas lo suficiente, aparecerán nuevos fiambres de lana, de algodón o material diverso esparcidos aquí y allá, estirados los dedos en sus últimos estertores. Y si uno llega desde la parte alta de esta historieta, y no se acaba de incorporar a la lectura, comprobará lo extraño que puede ser perder un guante, cuando apenas hay momento para quitárselo, y mucho menos de olvidarte que no lo tienes más de dos calles más abajo. Lo digo, para mí es lo mismo que perder los pantalones y no darse cuenta de que no los llevas hasta llegar a casa (así las risas de la gente en el laboratorio..., claro, claro). Pero lo cierto es que pasa. Y no debería de haber pasado de un simple descubrimiento sin mucho que comentar si no fuera porque todo cobró protagonismo digno de blog (por lo menos digno para el mío, claro...) el domingo pasado.
El domingo, tras alguna que otra aventura de las de abrir nuevos caminos alrededor de la ciudad, tras un rato de sentirme valiente para combatir el frío, decidí refugiarme en una librería para calentarme (lo siento, nunca no soy tan peleón, y menos con las condiciones climatológicas, que no hay quien las gane). Entrar en una librería normal en este país tiene un punto de absurdo, puesto que por muchos libros que te parezcan interesantes, no pasarás de la portada a menos que alguien te los traduzca, pero claro, eso me di cuenta una vez que mi cerebro empezó a entrar en calor. De todas maneras siempre hay libros de fotos que puedes hojear, y tanto tiempo entre guantes, es un gustazo volver a calentar los dedos con el suave roce de los bordes de las páginas, con el airecito cálido que se levanta en cada nueva hoja que cae. Así, diciéndolo bajito, diré que ese es una de las cosas con las que que me encanta ocupar mis manos. Sin duda, y no solo por la calefacción, una librería me parece un sitio increíble para entrar en calor.
Pero en mi espíritu curioso descubrí que en una columna dentro de la librería había un pequeño póster que no hubiera captado mi interés si no fuera porque estaba lleno de cuerpos mortales de guantes. Guantes de todos tipos, de colores y formas variopintos, pero todos usados, y todos únicos. Organizados como estaban por distintos barrios de la ciudad, supuse que se trataban de guantes perdidos, recogidos y allí puestos, en conjunto, en memoria de aquellos que algún día calentaron manos. Aún me quedan ciertas dudas, pero por lo que deduje del cartel que a su lado había, no era una obra de arte moderno, sino que todo parecía intencionado para reunir a familias perdidas de guantes. Una labor social de ¿reconoce este guante, ha visto a su hermano, primo o tío por parte materna? ¿Es posible que exista en esta ciudad un servicio de, "quien sabe donde estará mi guante?" ¿Es posible reunir guantes hermanos en una ciudad de medio millón de almas, lo cual supone un poco menos de un millón de guantes (hay que tener en cuenta algún que otro manco para hacer cuentas correctas)? El número de guantes allí retratados no dejaba de ser escaso para la cantidad de ellos que andan perdidos, pero a mí me parece, y sobre todo en estas fechas tan entrañables en las que estamos, una estupenda historia de navidad: ese guante que regresa a casa, tras varias semanas ausentes, sucio, desaliñado, pero por fin en familia, listo para calentar la mano que se quedó congelada. Sinceramente. me parece una historia muy bonita, y he aquí mi pequeña contribución a esos cuentos que narran "el milagro de la navidad".
Pero hablando de enternecimientos, y milagros navideños, mañana tempranito, por fin, sin más retraso, tomaré rumbo Sur. Mañana vuelvo a casa por una temporada. Es hora de regresar para recargar pilas. Así que, con lágrimas en los ojillos de emoción, os deseo a todos los que estáis al otro lado de la pantalla que tengáis las mejores fiestas posibles, que os dejéis mimar un poco por quien más queráis, pero eso sí, cuidad de vuestros guantes. Nos vemos a la vuelta, cuando regrese a estas latitudes para seguir haciéndome un poco más el sueco, espero encontraros al otro lado de la pantalla, para el próximo año, prometo hacer mejores crónicas suecas.
GOD JUL a todos!!!!!!!!
COSAS DE SUECOS,...Y SE SUECAS, CLARO. Capítulo II. A qué huelen los bares que no huelen.
Una nota inicial:
Mi querida Charlie. Lamento en el alma mañana no compartir TU momento como así me hubiera gustado, como así debía de haber sido. No me parece justo no apoyarte en TU momento, como tú lo hiciste en el mío. Lo único que puede hacer es que mañana, cuando te subas ahí arriba para comerte con papas a tu tribunal, y sin pan para empujar, porque ni falta que te importa, todo el acopio de energías positivas que llevo guardado desde hace un montón de rato lo lanzaré con todas mis fuerzas para que te lleguen. Tú, que tantas veces me llenaste de esa energía positiva cuando la necesité (perdí la cuenta de las veces hace mucho tiempo), mañana, cuando estés defendiendo tu Tesis, trataré de hacerte llegar las que te debo. Estas que te sale, Charlie, mañana será como dar un paseo por la Acera del Darro, lo sé.
Fin de la nota inicial.
He de decir, y espero no destruir la ilusión de alguno, o quiero creer que puede que de alguna, que el vikingo de cuernos, coletas, barba larga, y rudo comportamiento pasó a mejor vida. Existen, ciertamente, aquellos escandi-navos que llevan coletas, aquellos que tiene barbas largas, e incluso, no lo dudo, es más, doy una de las manos que utilizo para estos ratos de discurrir, que existen aquellos que llevan y lucen cuernos, unos divisables con cierta lejanía, y otros divisibles por el números de fines de semana del año. Pero el escandi-navo actual se caracteriza por su rica diplomacia y su saber estar en situaciones de compleja salida. El escandi-navo de hoy desarrolló la textura del pez para afrontar un problema, y la reacción de un galápago para oponerse a ellos. No es engañoso, ni menos cierto que tal conjunto de propiedades se sumen para generar ese estado tan conocido, y que humildemente tomé prestado para dar título a este Blog.
A día de hoy, el escandi-navo medio no corta cabezas, sino que prefiere asumir lo que le colocan sobre ella, y no es de extrañar por tanto que las grúas de los orgullosos astilleros de esta ciudad hace treinta años que sólo sirvan para rellenar un espacio histórico dentro del paisaje, y algún que otro beneficioso negocio de puenting veraniego. Comparaciones son odiosas, pero aquí no hubo puentes de Carranza que cerrar como protesta, porque todo se asumió. No hubo guerra de guerrillas, ni barricadas en lucha por los sustentos de una ciudad entera, porque ya aparecería otra cosa de la que enriquecerse. En definitiva, y chirigoteando, que es gerundio, aquí nadie entonó el "Cuatro, tres, dos, uno, cero... a ver quien tiene aquí cojones de cerrar Astilleros", y perdonen la frase, pero el que la lleva la entiende, y el que no, no pasa nada, porque sobra en el tratamiento general de este episodio que poco a poco se aleja de su intención inicial y que ahora mismo, trataré de retomar.

Y es que, ahora que es tema de discusión en los países ibéricos, y más rápido se prenden las opiniones airadas, a favor o en contra del tema en cuestión, que la punta del cigarrillo, protagonista y motivo de tales polémicas. Diré que desde hace meses, entrar en cualquier local o sitio cerrado en Suecia significa respirar sin el humo del tabaco, y, pasando de dar opiniones a favor o en contra (me voy haciendo el sueco, me voy haciendo...), por lo menos puedo decir que es un gustazo llegar a casa si oler a humos, o confundir el aroma de las ropas de la noche anterior con el de un cenicero. Desde julio, suecos y suecas deben, hacen y respetan sin queja alguna, salirse a la calle a fumar. Nadie protestó, nadie se salta las normas, y es por ello que me toca, como espíritu inquieto , analista de situaciones, y observador en general, describir lo que podría ser el mañana que tan cercano se presenta en nuestras fronteras. Porque, si bien el ambiente sin humos puede suponer para muchos un motivo de satisfacción, es mi misión actual, como testigo de tales circunstancias que pronto caerán sobre los lugares de ocio de toda nuestra península, alertar de los efectos que ello conlleva y que no se han tenido en cuenta, porque nadie calculó dichos riesgos que ahora son realidades con las que convivir en estas latitudes.
La noticia saltó pronto en la prensa, y el tema se expandió como la pólvora, o como los polvorones en estas fechas entrañables. Los periódicos dedicaban titulares, y los mayores expertos en nada en concreto debatían y debatían. Las universidades crearon departamentos dedicados en cuerpo y alma a investigar el fenómeno y encontrar soluciones prácticas o inútiles con la que restaurar el equilibrio atmosférico de las profundidades abisales de los garitos oscuros, vacíos de humos por primera vez desde que allí se tiran cervezas... Y es que un garito cerrado, siempre olió a humo aquí, y así olerá hasta que nos comamos la última pepita de uva en la Puerta del Sol. Un humo de tabaco que hasta ahora ha servido para enmascarar otros olores que abundan y coexisten el las esquinas de los bares, intimidados antes por el tabaco, ahora libres y con atmósferas abiertas, pululan de lado a lado sin cortes ni restricciones que las ahumen. Porque, ¿quien hasta ahora se ha parado a pensar que un bar nocturno, con las luces encendidas y la música apagada, no es más que una sala llena de gente? Gente que bebe, que baila, que suda y que esconde bajo el camuflaje de los altavoces otras sonoridades gaseosas menos rítmicas. Imaginen por un momento estar en un bar o garito nocturno, tratando de flirtear con sueca o sueco de turno, tratando de decir cosas interesantes pero sin posibilidad alguna de encontrar inspiración, porque a cada una de esas inspiraciones se traga lo que emana del baño de caballeros que se encuentra a 5 metros de distancia. Imaginen que convencen a tal persona-víctima de turno para que se dirijan a la pista a retozar los cuerpos (verticalmente por ahora...) y de cada uno que levanta el brazo a su alrededor surgen anti-anuncios de desodorantes. ¿se lo imaginan? Yo no, porque no me hace falta imaginarlo. Me imagino en cambio esos bares en los que solía moverme las noches de verano, en sitios llenos de calor asfixiante, de playa y de playeros, todos en masa en el mismo local de moda, todos muy, muy juntitos, y sin humos que nos proteja de nuestros semejantes.
Sinceramente, el tema me parece lo suficientemente serio como para dejarnos de Estatuts, y plantearnos remedios que engloben a los países hispánicos. Hay que innovar soluciones antes de que el asunto nos explote de lleno en las narices (nunca mejor dicho...). Yo desde aquí promuevo una seria discusión, una tormenta de ideas planteadas desde la gravedad del tema que nos ocupa y dejo abierta la discusión que espero de sus frutos beneficiosos. Como primer paso, propongo que se inventen los cigarros de Ambi Pur, y que acolchen las paredes de las discotecas con plantillas Devorolor. Sinceramente, creo que es una solución tan seria, como el problema que hace plantearla.
Hasta pronto.
Con un poco de ayuda de mis amigos
Hoy voy a aprovechar este espacio para darme la enhorabuena a mi mismo. He de decírmelo, porque era el límite establecido desde Granada a la hora de venirme como lo peor de todo. He sobrepasado los dos meses. El monstruo que se representaba con el salto a este país, y que se me venía encima con una oreja gélida, y la otra negra de oscuridad, al final no me dio sus temidos zarpazos, sino un meneo severo y unas ganas de echarme a dormir a las cuatro de la tarde, tras caer la noche, como un gallináceo. Reminiscencias de tiempos de siestas mezcladas con la del reloj orgánico que se regula por las luces y los vacíos de ésta. Pero no mucho más. Sobreviviendo, con dos narices. Claro que una de ellas está morada por congelación y la otra soportando estoicamente un permanente carámbano helado que podría servirme de abrelatas.
Pero no ha estado tan mal. Y todo porque parto de esa misma filosofía que ya defendían los Beatles "I get by with a little help from my friends, I get high with a little help from my friends...", Roberto Carlos (el otro, no el de va detrás de las pelotas), con su coro de pajaritos, o más entrañable porque fueron lo que dieron esta lección a una generación entera entre las calles del Barrio Sésamo: "Sólo, no puedes. Con amigos, sí". Siempre me he volcado mucho en las personas que me rodean, en mis amigos, y creo que todos los que vosotros sois y ahí estáis detrás de mi pantalla, delante de mis ojos, bien lo sabéis que es así. Y es meritorio, y así lo quiero pensar, que esta semana haya tenido mi primera visita de unos amigos. Los pioneros que se vinieron al norte a verme. Es meritorio porque llevo tan sólo dos meses, y lo es sobre todo porque venir a Suecia en pleno diciembre no es lo que yo consideraría unas vacaciones de Sol y playa. La luz es poca, y suele tener matices en gris, incluyendo en las gentes que así se vuelven. El tiempo es malo, y las calles no invitan a estar en ellas. Pero a su vez, en un Suecia real, que dura unos seis meses, y que invito a los que quieran venir a hacerlo también. A vosotros que vinisteis, gracias por aparecer, por poder estar un rato sin tener que pensar antes de decir lo que digo, por entender mis bromas sin tener que explicarlas, por el trozo de chorizo con guita y todo, y por el sabor a navidad que trajisteis para mí en forma de mantecados. Un placer, como siempre, teneos por aquí.

Y ahora más o menos puedo augurar que pasaré el primer invierno. Ese ha sido siempre mi límite cuando me han preguntado por el tiempo que pienso quedarme aquí: "mínimo un par de años, si sobrevivo al primer invierno". Así que puede que tire con un segundo, o tal vez un tercero, y así, hasta que me harte y quiera volver a donde pertenezco. Porque mi intención es volver. No quiero alargar mis años más de lo debido en un sitio en el que me siento como los cordones de zapato cuando se convierten en molestos polizones dentro de éste. Es obvio, podéis decirlo, totalmente natural que ahora piense así. Llevo poco, no tengo aún raíces que se cuelen por los resquicios de este suelo para agarrarse. Es un suelo muy frío donde asentarlas. Y ni siquiera tengo lo que podría llamarse una casa (sí, sigo buscando, sin mucha suerte) que es lo primero que debería tener para ello. Todo puede cambiar en un futuro, lo sé. De eso no tengo duda, todas las raíces son más duras que la piedra, y con el paso del tiempo se cuelan por donde uno no imagina. Las raíces más profunda pueden ser sin embargo aquellas que salen del corazón para dirigirse a otro latiente y similar, sin tener que traspasar el suelo frío. Son a éstas a las que más temo. Raíces flotantes, que no miran al suelo por el que pasan, porque éste mismo acaba importando lo mismo que la nada y así, da bastante igual cómo es el que pisas, porque tu vida gira alrededor de sentimientos, no de lugares. Pero eso, puede que pase, o puede que no. Además, de ese tipo de anclajes ya creí echar en otros lugares y acabaron por soltarse. Nada parece ser para siempre, ni las raíces más profundas.

Sé que aquí no estaré para siempre. Ahora lo sé con seguridad. Y dejo esto aquí para dentro de unos años como documento escrito de mis intenciones. No estaré para siempre, porque a la gente con una larga trayectoria en este lugar vienen a responderme lo mismo si les pregunto qué tal la vida aquí: "bueno, no está mal, pero claro, es un poco coñazo el clima, pero se aguanta, pero bueno...". No. No quiero establecerme de por vida en un sitio que "se aguanta". No es lo que busco para mí. Sinceramente, como experiencia la considero increíble, todo lo que me da por conocer, por entender y asimilar en este cruce de culturas, pero no de por vida. Eso, creo que ahora mismo lo tengo claro.
Tan claro como mi segundo capítulo sobre "Cosas de suecos... (y se suecas, claro): A qué huelen los bares que no huelen", y que colocaré en breve en este mismo sitio y que debidamente abonada la cantidad de 10 minutos de vuestro tiempo para leerlo, podrán ser servidos. Así que, ya saben, permanezcan atentos a sus respectivas pantallas, que de un momento a otro, me colaré por ellas.
Hasta pronto.
A solas con mi "iPó"
Vivimos. O mejor dicho, vivíamos. Aunque todavía más específico y aclarador: la mayoría de los que estáis al otro lado de la pantalla siguen viviendo, pero el que aquí resume frases y discursos mentales sin pies ni cabeza, ya no lo hace..., en un país ruidoso por naturaleza. Sí. No se me alteren ni digan lo contrario, (y si así lo quieren hacer me parece bien, pero por favor, no griten, o me darán la razón), porque, pese a que todo sigue siendo relativo, y lo que uno puede considerar ruidoso a otro le puede parecer aceptable, les sugiero que vean si les parece dudoso el rumbo de mis palabras hasta este tierno momento de mi crónica, y las encuentran (yo no las encuentro, pero ni siquiera me puse a buscarlas, porque así me lo creo directamente, sin falta de datos que lo corroboren) las estadísticas sobre ruidos, que colocan a nuestra nación de naciones o como buenamente se la quiera llamar (paso de aprender terminologías nuevas hasta que no esté seguro de cuando me vuelvo y no me quede otro remedio que hacerlo) en una de las más sonoras de todas las naciones de naciones que forman la entidad supranacional europea.
Y es cierto que no llevo mucho tiempo alejado del mundanal ruido, pero no puedo evitar darme cuenta del silencio que ahora "no suena" en cualquier lado de las latitudes escandinavas, como estoy seguro de que me daré cuenta de lo contrario en cuanto pise la primera calle hispana, y el primer conductor torturado por dos inacabables segundos de mortal espera en un semáforo que chilla en verde, clave su bocina con ganas de trasformar dicho elemento de tortura acústica en garrote vil con el que atravesar la nuca del conductor del coche que le precede. Ni falta decir que lo mismo ocurrirá cuando vaya a pedir el primer café en un bar de los de porte antiguo, de pelotas de servilletas estrujadas alfombrando el suelo que rodea la barra, y fotos de platos combinados debidamente enumerados del uno al seis que emanan, como diseñado por efectos especiales, la pringue tras años de amarilleo por humos de parrilla (fotos que con el debido respeto, merecen el mismo reconocimiento que por ejemplo el toro de Osborne, y por tanto sugiero que alguien debería de empezar a encargarse ya de ir recogiéndolas para exponerlas de una vez por todas en un museo de alto nivel; quede aquí dicho por si alguien recoge la propuesta). En ese momento de mañana, donde la máquina de moler el café da la nota para que suene el vapor de la máquina de café exprés que calienta la leche, mientras los platos llevan su propia comparsa chocando ruidosamente unos con otros o con combinaciones de cucharillas y tazas me daré cuenta de las diferencias sonoras.
Y sí. Echo de menos algunos de esos ruidos. Claro. El silencio en una calle llena de gente tiene algo extraño, como piezas que no encajan por muy poco en un puzzle, como un mal sueño sin ruido. Algo falla. Falla también la imposibilidad del cruce de conversaciones, de frases sueltas que se meten entre las tuyas indecorosamente, pero inevitablemente porque se comparten en el espacio único y público que es la calle. Falla porque tus oídos se relajan, porque nada se entiende. Da igual lo que digan, o lo que oigas, todo se diluye entre el ruido ambiente porque las palabras que no tienen significado en mi cabeza pertenecen aún al mundo de los abstractos, de los ruidos armoniosos, pero ruidos al fin y al cabo. Así que yo, por mi cuenta, llevo mi ruido conmigo. Y llevo todo el ruido que puedo para mi sólo. Mi ruido, que es mi música y que viajó toda ella conmigo a Suecia en mi iPod (menudo regalo me hicieron...) y que me acompaña a donde voy. Muchas veces, tener tal refugio de ruidos propios al que acudir cuando los del ambiente no dicen nada, es lo que me mantiene vivo en la oscuridad, en el frío y en mi propio aislamiento. Aislamiento que así parece más voluntario porque está provocado por los sonidos que sólo yo escucho, y que me traen consigo los recuerdos agarrados y fusionados a fuego en cada una de las notas que suenan. Recuerdos que le dan colores y sentido a cada canción, como las curvas de nivel se lo dan a los mapas de la una cadena montañosa. Y por eso tengo la sensación de ponerme un abrigo más cuando me conecto mi iPod, y me largo a caminar.
Y es entonces cuando me pregunto si a todos los iPods que veo tienen tanta personalidad como yo le quiero dar al mío. Tanta como las huellas de identidad de identifican perféctamente a su propietario. Y me pregunto qué hay en cada uno de los otros que veo por la calle, y a veces me dan ganas de cambiar por un rato el mío por el que se me cruza en en el tranvía, y si eso servirá tanto o más que preguntarle para saber algo de esa persona. He visto imágenes de un tipejo como G. W. Bush acarreando una de estas máquinas mientras hace sus ejercicios, y me pregunto qué tipo de música puede estar escuchando en ese momento, y espero que no haya una canción en común entre el suyo y el mío.
Puede que no tenga nada que ver y que no esté en lo cierto, pero me gusta pensar que un cacharrito de éstos, con las incontables horas de sonidos que en él tengo guardadas sirve para marcar un poco más mi huella de identidad.
Y ahora, me voy con la música a otra parte.
Hasta pronto.