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POLIFEMO Y GALATEA.
En una calle, la de Martín de los Heros, del madrileño barrio de Argüelles donde pasamos muchos años de nuestra vida tanta gente, incluso Umbral, había entre Romero Robledo y Benito Gutiérrez, frente por frente a la entrada de mi Colegio, una papelería llamada La Andaluza y un antro donde se vendían lo que hoy son chucherías.

La Andaluza era una gorda y simpaticota mujer cuyo nombre nunca supe. Era la Andaluza. Nos vendía plumillas, lapiceros, plumieres, cuadernos, muchos cuadernos hasta que el Padre Ernesto se olió el negocio y nos obligó a comprarlo en el cole. Pero seguíamos yendo a La Andaluza, que si no lozana tenía siempre un chascarrillo que contarte y que las más de las veces no entendían mis compañeros. Yo sí, pues siempre he entendido el andaluz y en octubre, al volver a clase, lo hablaba a la perfección hasta no entenderme Don Ursicinio, el de matemáticas, que era un sieso por entonces y ahora un viejecito cascarrabias que aún anda por aquí. O no me entendía o es que yo de matemáticas... nada de nada. Es una duda que aún tengo.

Y en el antro, ¡la de dios! Era un matrimonio los dueños de esos de rompe y rasga. Madrileños de tez oscura, chulos, mal hablados y con dos hijas que recuerdo siempre pintarrajeadas y con muchos coloretes. Nunca cambiaron. Fui a ese colegio doce años creo y las dos chavalas siempre iguales. Cuando éramos más pequeños nos trataban malamente. Según crecíamos se volvían más simpáticas. En preu, mientras intentábamos saber lo que Góngora decía en el Polifemo, ellas nos enseñaban, al final del mostrador, sus encantos adivinados en blusas entreabiertas que dicen acaban de abrir por oscuros rincones del Paseo Moret, a cambio de unas pocas y redondas rubias.

Lógicamente el gran éxito de aquel pequeño y oscuro local, donde hoy se escancian finos y se fríe cazón, se debía a la prohibición total que teníamos de entrar allí. Era un terrible pecado del que nos teníamos que confesar a diario con el Padre Daniel que estaba loco y por penitencia nos enseñaba los pueblos de Madrid en verso y había que aprenderlos. Yo me acuerdo.

Navalcarnero, Buitrago,
Madrid, Chinchón, Colmenar,
Álcala, El Pardo, Getafe,
San Martín y El Escorial.

En fin, en aquel local, que es a lo que iba, se compraban pipas y altramuces y cacahuetes y chicle Bazooka y gelatinas y leche de burra y caramelos pictolin y regaliz Zara, y un largo etcétera. También, claro, vendían pitillos de chocolate; y de Tabacalera para los más mayorcitos.

Allí nos gastábamos los céntimos y algún ricachón la peseta. En verano, llegaba el carrito de los helados y los polos. Los de fresa y menta, 0,50 cts. Los de chocolate y nata, 0,75cts.

Y si quedaba algo, era para el cine. De sesión continua y programa doble. El barrio estaba bien servido de locales. El más cercano, La Flor, hoy elegante Conde Duque. El La Flor si te sentabas en butacas, debajo del entresuelo, a mitad de la película sentías que te caía agua del techo de madera. Lógicamente era que los graciosillos de arriba se meaban para entretenerse de las pelis aburridas. Si subías arriba, el cachondeo era terrible. Peleas, sobos de niños que querían ser maricones y de niñas que iban para putillas baratas.

Viene esta evocación de pipas y caramelos, de cines y de miserias a la noticia que algún periódico de hoy nos trae: Los niños se gastan sus pagas en el móvil; llamadas, mensajes cortos, descarga de logos y música, etc. Se castiga, quitando el móvil a los niños en vez de ponerlos de rodillas cara a la pared.

Es terrible, ¿no verdá? Ahora todo es mecanización, ordenadores, electrónica. ¿Cómo le explicas a un joven de esta época que nosotros lo más erótico, por ejemplo, que teníamos a boca era un puñado de altramuces y además envueltos en papel de periódicos?

Ellos se sorprenden de que hemos sido capaces de resistir sin móviles, informática, televisiones, discos compactos y hasta sin saber ingles.

Yo que sé, señores y señoras. Supongo que si para mi la vida ha sido pasable sin tanta máquina, para los de hoy también les será prescindible tanto Polifemo. La vida cambia. Y como decía la abuela que nunca conocí: Lo que se aprende con bragas, no se olvida con canas. El problema está en saber qué aprender. Pero eso pasó siempre.

Se nos está olvidando comer pipas y altramuces. También, desgraciadamente, se me ha olvidado lo que decía Polifemo. Yo siempre he estado enamorado de la mediterránea Galatea.
No