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¡¡VIVA LA REPUBLICA!!


Como a todo niño, (¡ay, ¿dónde aquel niño educado en colegio frailuno?!), por aquel entonces nadie me dijo nada de que en España hubo dos Republicas. Una, leve, de muy poquitos meses de vida, once creo, en 1873 y otra algo más larga que comenzó con la derrota de la derecha el 12 de abril de 1931; y de la que sabemos algo más por boca de nuestros viejos ancestros y no porque a los españoles en general nos interese la Historia como tal.

Al crecer dentro de un régimen falto de libertades, es verdad, pero cómodo de vivir si no tenias ideas, creo que casi todos nos convertimos en unos pequeños o grandes pancistas. Nos acomodábamos a lo que más nos convenía y si arriesgábamos poco o nada políticamente, mejor. En definitiva, éramos unos cobardes.

Llegó, por fin, ¡OH!, la Monarquía que se nos presentaba, ¡OH!, como lo que nos iba a llevar al cielo de la gloria. ¡OH!. Reyes por aquí, por allá las Infantas, el Príncipe en el medio, ni fú, ni fá. Y nueros y nueras y nietos y nietas y barcos y barcas y nado y nada de nada. Bluff. Mucho bluff.

Y uno, servidor, madura y lee lo que no está escrito y escribe sobre lo que ha leído y vive y se va desinflando y ya no le dan cattus por lepus. Ni monarquía por bienestar.

Vamos, que me enrollo. Vamos, que ya me aclaro. Vamos, que nos vamos, que lo que quiero decir es que no soy monárquico. No me convence. Y la historia contemporánea me demuestra que esta forma de gobierno –sin gobernar-, de regir –sin mandar-, no es la adecuada, a mí me parece. Y lo digo.

Desde hace años, muchos, me reía, digámoslo claramente, de Luis y Amparo que tal día con hoy, 14 de abril, brindaban con champán o cava. Murió Luis, y Amparo siguió brindando ella sola, en su casa, y ahora en su Residencia, por aquella republica en la que vivió y por la que luchó y que hoy añora con su mente nebulosa por sus casi cien años bien tenidos.

No voy a brindar por la Republica, pero por prescripción facultativa. Me quedo con las ganas. Esta tarde saldré a la calle, caminaré despacito a la Plaza de Oriente y allí, rodeado de escultóricos reyes, miraré hacia el Palacio Real y después de hacerle un ostentoso corte de mangas me marcaré un solo de silbo interpretando el himno de Riego.

Si los Reyes de España supieran
lo poco que van a durar
a la calle saldrían gritando:
libertad, libertad, libertad.

Y me volveré a mi olivo, con un grito rompiéndome la garganta: ¡Viva la república! Que sea así.
No