MUY MÍO.
Indignado es poco. Yo que siempre he dicho –y ahora escribo manteniéndolo- que cuando me llegue la hora no quiero que me tengan enchufado a una máquina ni una décima de segundo más de lo necesario, y que me seden si es necesario, estoy indignado, me cago en la leche, con lo que está pasando en el hospital de Leganes.
Claro que no soy quien para discutir sobre este tema, no soy médico, pero lo que las radios y diarios madrileños dicen es para joderse.
Sedando a los enfermos en Urgencias, sin permiso de los familiares. Opinando que a personas con ¡seis meses! de previsión de vida, lo mejor era sedarles per ómnia saecula saeculorum, amén.
Y pude ser un ejemplo. A un servidor, aquí presente, y escribiendo con sus facultades mentales más o menos indignadas, en un gran centro hospitalario no le dieron más de seis meses de vida. No llegará ni a la lista de transplantes, dijeron. Corría julio del 2001. Cuatro años, ya.
En Leganes ¿me hubieran sedado? Perece que casos semejantes al mío han ocurrido, que horror, en Urgencias, no en paliativos o en planta. Tres veces más muertos que en otro centro. No sedaban, dice el editorial de El Mundo, para acortar la agonía si no para acortar la vida; que cabrones digo yo.
Cuatro años ya que he visto lo más hermoso de la vida que antes no vi. Cuatro años en los que mis escasos amigos (siempre he sido hosco y me es muy difícil llamar amigo si no sale de mi alma sincera) me han demostrado que son amigos. Cuatro años que he disfrutado como un niño con lo bueno y lo malo de la puta vida. Cuatro años que me ha dado el sol en la cara y la luna me arropó por la noche. Que he sentido los jazmines hablarme del rocío tan bello. Cuatro años que he podido buscar en la arena de la playa, aquellos recuerdos de niño que cada vez me parecen más hermosos. Cuatro años mirando el mañana con la ilusión de que se convierta, a la noche, en otro, ¡otro!, ayer; otro ayer que me da vida para otro, ¡otro! mañana; otro poquito de mañana, por favor.
Cuatro años ya, que no se me han pasado deprisa. Al revés. Me parece lejísimos aquel Julio que me ingresaron. He conseguido que los días pasen más despacio para disfrutarlos mejor. Lentamente transcurren los meses. Otro más y que a gustito. Cuatro años. Toda una vida nueva. Que no se atrevan ni a quitarme una brizna de ella. Que es mía y de los míos. Si tiene que pasar, que tiene que pasar, que la vida sea la que se vaya, tranquila, serena, sin dolor, pero ni un ápice antes de tiempo. Que ese ápice, esa brizna, ese segundo, además de míos, son, si lo sabré yo, hermosos muy hermosos y no está la vida para ir derrochándola por ahí.
No. Que yo no quiero el mar adentro. Que no quiero que me ayuden, que yo lo sé hacer sólo.
Soy muy mío, señores míos.
Claro que no soy quien para discutir sobre este tema, no soy médico, pero lo que las radios y diarios madrileños dicen es para joderse.
Sedando a los enfermos en Urgencias, sin permiso de los familiares. Opinando que a personas con ¡seis meses! de previsión de vida, lo mejor era sedarles per ómnia saecula saeculorum, amén.
Y pude ser un ejemplo. A un servidor, aquí presente, y escribiendo con sus facultades mentales más o menos indignadas, en un gran centro hospitalario no le dieron más de seis meses de vida. No llegará ni a la lista de transplantes, dijeron. Corría julio del 2001. Cuatro años, ya.
En Leganes ¿me hubieran sedado? Perece que casos semejantes al mío han ocurrido, que horror, en Urgencias, no en paliativos o en planta. Tres veces más muertos que en otro centro. No sedaban, dice el editorial de El Mundo, para acortar la agonía si no para acortar la vida; que cabrones digo yo.
Cuatro años ya que he visto lo más hermoso de la vida que antes no vi. Cuatro años en los que mis escasos amigos (siempre he sido hosco y me es muy difícil llamar amigo si no sale de mi alma sincera) me han demostrado que son amigos. Cuatro años que he disfrutado como un niño con lo bueno y lo malo de la puta vida. Cuatro años que me ha dado el sol en la cara y la luna me arropó por la noche. Que he sentido los jazmines hablarme del rocío tan bello. Cuatro años que he podido buscar en la arena de la playa, aquellos recuerdos de niño que cada vez me parecen más hermosos. Cuatro años mirando el mañana con la ilusión de que se convierta, a la noche, en otro, ¡otro!, ayer; otro ayer que me da vida para otro, ¡otro! mañana; otro poquito de mañana, por favor.
Cuatro años ya, que no se me han pasado deprisa. Al revés. Me parece lejísimos aquel Julio que me ingresaron. He conseguido que los días pasen más despacio para disfrutarlos mejor. Lentamente transcurren los meses. Otro más y que a gustito. Cuatro años. Toda una vida nueva. Que no se atrevan ni a quitarme una brizna de ella. Que es mía y de los míos. Si tiene que pasar, que tiene que pasar, que la vida sea la que se vaya, tranquila, serena, sin dolor, pero ni un ápice antes de tiempo. Que ese ápice, esa brizna, ese segundo, además de míos, son, si lo sabré yo, hermosos muy hermosos y no está la vida para ir derrochándola por ahí.
No. Que yo no quiero el mar adentro. Que no quiero que me ayuden, que yo lo sé hacer sólo.
Soy muy mío, señores míos.





